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domingo, 2 de septiembre de 2018

La paciente excepcional.




Por Maite Pil.

Te estás viendo con alguien. Todo marcha con la normalidad relativa que conllevan este tipo de relaciones. Pero de pronto una mañana, en el silencio matutino, algo suena a rajadura y vos sabés que todo está a punto de romperse. Nadie se sienta a desayunar. El café se toma de parados, acodados en la mesada o mirando por el balcón. Siempre te pareció un poco boba esta idea del lenguaje corporal, pero hay que admitir que el cuerpo da señales. 
Lo tenés bajo la mira, la rigidez en la cara es un hecho, poco se puede hacer para batallarla. Te debatís entre sacar un tema de conversación e ignorar el elefante o quedarte en silencio y mirando el piso para siempre. Él te desliza todo lo que tiene que hacer en lo que resta de la semana, vos sabés que el tiempo se acabó y te despedís con un beso espantoso, una pequeña puesta en escena de acuerdo tácito.
Te vas, empezás a caminar  y te cae como un rayo la certeza de que todo se fue al demonio. Pero ¿Qué pasó? ¿Por qué me di cuenta de que algo estaba pasando? 
Lo primero que hacés es contárselo a alguna amiga, o a todas, porque necesitás opiniones. Están las que te dicen que sí, que es la última vez que lo vas a ver, y están las que no te dan bola, que te dicen que sos una exagerada, qué sabés, capaz el chabón estaba dormido, te contestan. Y vos no entendés cómo hacen para sobrevivir en este mundo con esa mirada ingenua y optimista. 

La certeza cala cada vez más hondo. Querés distraerte con otras cosas pero la pregunta no cede y se vuelve más intensa ¿Qué carajo pasó? 
Estás pendiente del celular. Cada minuto que pasa sin un mensaje de él confirma tu teoría. Pensás que qué suerte que en dos días tenés terapia, sabés que tenés que llegar viva a ese día, ponerte metas cortas, como los adictos en recuperación. Volvés a hablar con una de esas amigas que no te dieron bola, le presentás todos los argumentos, no vas a parar hasta convencerlas a todas de que es así como decís, porque cualquier otra conversación te parece una pérdida de tiempo. Lográs quebrarlas, empiezan a trabajar para tu equipo. No estás sola, tenés cuatro o cinco mujeres pensando teorías y estrategias para vos. Se empiezan a barajar escenarios posibles. Están las que te dicen que le escribas vos, para tantear, están las que te dicen que esperes y están las que te dicen que es porque no se quiere enganchar. A esas las amás. 
Llega el día en que tenés sesión con tu analista. Te acostás en el diván y le contás la situación. Te angustiás, hablás de la ansiedad, por un momento hasta se pone sobre la mesa la idea de que seas vos la que está boicoteando el vínculo. Sabés que no es el caso, pero bueno, la que está ahí sos vos. Te menciona la palabra silencio, que qué te pasa con los silencios, y te quedás callada. Decidís ponerle onda a la sesión, tratás de ser cooperativa, pensás que bueno, que a fin de cuentas, esto te va a servir para la próxima relación. Que por algo hacés terapia y no vas al tarotista. Te da un poco de bronca, igual, sacás la cuenta de todos los años invertidos en tratar de ser un poco más sana. Te enojás y le decís a tu analista que por qué no podés angustiarte sin sentirte una loca. Te quedás mirando el cuadro que tiene colgado, no te queda mucho tiempo de sesión, querés decir algo que dé pie a una intervención genial. Pero no podés, estás tomada por el cuadro, no se te cae una idea. Le confesás esta fantasía que tenés de ser una paciente excepcional. La frase paciente excepcional rebota en el consultorio. Se te abren los capilares, te late la cara, podés escuchar el piii del silencio y un dejamos acá.  








sábado, 11 de agosto de 2018

Qué forra.








Por Maite Pil. 





Un día arreglé un encuentro con un señor. Nos encontramos en un famoso bar de Palermo. Él me estaba esperando en la barra. Era un día de semana, no era tarde, no había mucha gente. En la barra, éramos sólo nosotros dos. Yo suponía de qué iba la cosa. Unas cervezas y después, el después. Pero saberlo, suponerlo, es muy diferente a evidenciarlo. Además, en el medio, siempre puede pasar lo impredecible. 

En un momento él me dice que va al baño y se va. Yo me bajo de mi banqueta, me acomodo las ropas, siempre hay una media que se baja o se sube. Y en el piso, a la altura de su asiento, mirándome, yacía una caja de preservativos inmaculada. 
Son de él, pensé. Qué hago. No puedo decirle que se le cayeron. Sería como contar el final de la película. Y mirá si los compró para usarlos con otra. O peor, no son de él y yo doy por sentado una situación. Pero si son de él y después nos faltan, es un garrón. Porque si no se los doy, y nos vamos de acá sin forros, y le digo en el camino que compremos, me va a decir que no, que él ya tiene. Y yo qué le voy a decir ¿Estás seguro? Es absurdo. Dejarlos tirados no es una opción. Porque además corro el riesgo de que los vea en mi presencia ¿Y si pone cara de incomodidad cuando los ve? Me voy a dar cuenta de que los encontró y yo también voy a poner cara de incomodidad, y a nadie le gustan esas caras. No, yo no puedo presenciar el momento en que los encuentre. 
Dejarlos tirados no es una opción. ¿Y si es un experimento? ¿Y si los dejó tirados a propósito para que los encontrara? ¿Será su forma de invitarme a cojer? ¿Será un psicópata? ¿Será una prueba que tengo que pasar? Me siento una rata de laboratorio ¿Qué hago? 
Bueno, tengo que repasar mis opciones, dejarlos tirados es una, con el riesgo de que ambos muramos de vergüenza. Levantarlos y decirle que se le cayeron, con el riesgo de que me diga que no, que no son de él, y se sienta mal. Yo, honestamente, después de este desgaste no tengo capacidad para hacer sentir bien a alguien. Levantarlos y preguntarle si se le cayeron... ¡Pero por Dios! Si es obvio que son de él, no hay nadie acá, y quedar como una ingenua que no sabe a qué vino. No. 
Se los guardo en la mochila que está colgada del gancho. Eso. Ya fue. Se le deben haber caído de otro lado, si esto tiene doble cierre y está perfectamente cerrado, pero se los guardo en el bolsillo de la mochila igual. Peor es nada. Al menos así los saco del piso y me evito la confrontación.
Ya, ahora, Maite, agachate y agarrá la caja de forros y guardásela en el bolsillo de la mochila. Maite, va a salir del baño y vos todavía no resolviste qué hacer y el tiempo va a resolver por sí solo, eh ¿o qué te pensás, que va a estar en el baño por siempre? 
Le sonreí al barman, me agaché a agarrarlos, se los guardé en el bolsillo de la mochila y me volví a acomodar en mi banqueta. 
Cuando llegamos al telo, él me dice no encuentro los forros. Buscaba en los bolsillos de la campera, del pantalón. Yo, con mi mejor cara de desentendida, le contesté ¿no te fijaste en la mochila?
Y los encontró. 


domingo, 3 de junio de 2018

En el ojo ajeno





Por Maite Pil


Quisiera saber, alguna vez
¿Te hiciste una paja pensando en mí?
No suelo hacer esta pregunta.
Y cuando me lo dicen
me ofendo casi nunca.
Pero a veces me pongo triste,
me doy cuenta del vacío.
¿Te molesta si te lo pregunto?
Cualquiera se puede hacer una paja.
Pongamosle un valor a la paja.
Para que no haga agujero.
No hay nada mío en esa paja.
¿Alguna vez te hiciste una paja pensando en mí?
Si me dijeras que soñaste conmigo.
No te digo lo que voy a pensar.
¿Te puedo preguntar si fue sin querer?
Puedo aparecer en una paja para otra.
Si llegaras a decirme eso, al menos.
¿Te pasó? ¿Me lo contarías?
De todas formas quiero saber.
¿Alguna vez te hiciste una paja pensando en mí?
No puedo ubicar el sexo en vos.
A veces parecés tan virgen.
No puedo recrear tu sexo.
Ni arriba, ni abajo.
Ni parado, ni sentado.
Se te borra la cara.
Se te disuelve el cuerpo.
Quiero completar la escena.


viernes, 21 de junio de 2013

Lo de siempre

Por Flor Bea

Contigo me encontraba en otra parte, 
en un lugar extranjero, 
extraño a mí mismo.
André Gorz, Carta a D. Historia de un amor

Huele a hierba y es verano. Las nubes hicieron formas infantiles. La luna salió antes del atardecer. Huele a aire que no es viento pero airea. La primera estrella saldrá en tres horas. Si tenemos que dibujarnos, nos alcanzan dos pinturitas de colores. Somos libres y tienes rulos. Hacemos pis sentados. En nuestra casa hay una pelotita de tenis. Y judías verdes por si tenemos hambre. Y sin embargo, lo siento. Habrá días que no sean tan preciosos. Habrá caprichos de mi parte. Porque lloro como una nena de cuatro años cuando lloro. Y no sabré decirte por qué lloro. Lloraré por estar llorando, sí, pero antes no sabré explicarte el primer llanto. Todas las angustias vienen de una angustia fundamental. La angustia fundadora en mí es no poder decir lo que me duele. Cuando un dolor se me hace impronunciable, se desencadena una serie de causas-consecuencias que solo saben ir a peor. Lo siento. Era muy niña cuando me pasó por primera vez y no supe (tal vez por eso) repararlo a tiempo. Ahora está (estoy) como una pared que fue pintada sobre muchas manchas de humedad. Ya sabes, tú me colocas de otra manera en el mundo. Lo extraño es que todo me importe desde ti y para ti. Eso nunca me había sucedido. Lo siento. Y sin embargo, esto nuevo y diferente incluye lo de siempre. Lo que todas las veces me ha sucedido: sentir el dolor del dolor. Me las he ingeniado cada vez para escabullirme en el mundo. Me salió bastante bien porque escapé a todo y me disfracé hasta de lo que no existe. La monté entre bambalinas. ¿Y puedes sospechar por qué contigo no me funciona? Claro, porque tú estás puesto en este mundo de un modo que solo me vale a mí. Todos los demás modos tuyos (que son varios más) me quedan por fuera. Los amo, porque conozco tu taza y sé que has desayunado en ella por más de treinta años aunque yo no conocía tu taza. Por eso los amo, pero los miro desde afuera. El tuyo para mí, en cambio, es exacto. Es una taza cascada y esa pequeña pieza de porcelana que le falta, encontrada en la basura. Una pieza rescatada, incluso con poca luz, una noche de primavera.

jueves, 30 de mayo de 2013

La división de males.

Por Maite Pil




Hay varios tipos de separaciones.
Estoy segura de que también  hay varios tipos ( y minas) separándose mientras yo escribo esto.
Suerte con eso.
Y después de la separación, como si esto no fuese suficiente, viene la división.
Hay gente que se queda con la casa y otra a la que le encajan la mascota.
Las fotos no se dividen, cada quien manotea las que quiere, si es que quedan. Si es que hubieron.
Hasta se dividen amistades en fb. Etiquetas. Eventos.
Lo que no se divide nunca es la experiencia.
Pero eso a quién le importa.
También hay separaciones indivisibles.
O eso te hacen creer.
Hasta que un día te llama por teléfono y te pide que le devuelvas el puff que te había regalado.
Esas son geniales.
El mismo puff en el que estabas sentada cuando le tuviste que confesar, después de un largo interrogatorio, que sí, que al tipo con el que lo cagaste le practicaste sexo oral.
Como si importara. Como si lo hubiera copiado de la película "Closer".
Pero no se lo practicaste en ese puff. Suponemos que por eso lo quiere de vuelta.
O sea, si vas a tener sexo con otras personas en muebles ajenos, después confesalo, en una de esas ya no te los reclamen.
Y después están las separaciones en las que él se queda con tu Revista Barcelona y vos con la faringitis que él estuvo incubando toda la semana.
Supongo que cada relación tiene la división que se merece.





domingo, 19 de mayo de 2013

La gente cuando ama

Por Flor Bea

“En un domingo tan domingo
alejado del resto del mes
de lo que tengo que hacer
y, sin embargo, acá […]
lo mismo da lo que tenía que hacer y esto de ahora
padecerlo, comprenderlo, y resolverlo
¿es así estar enamorado?”
Dani Umpi

La gente cuando ama hace esto: va al trabajo, trabaja todo el día desconcentrado esperando ansiosamente llegar a casa donde el otro espera y cuando llega siente que volvió a nacer.

Cuando leamos esto, dentro de dos años, por ejemplo, nos parecerá estúpido, tonto, cursi y naif. Pero es porque lo habremos olvidado. Cuando nos pasaba (ahora), pensábamos que era urgente e importante. Es más, lo único importante. Y no nos daba miedo nada. Hasta en un punto queríamos morir, porque sabíamos que nunca más en la vida íbamos a tener la posibilidad de morir tan felices.

Si te daban a elegir entre morir ese día, tan feliz tú entre mis brazos o dejar que la vida siguiera, el tiempo transcurriera y con ellos el romance hacia donde siempre van los romances (hacia la tierra, desde el cielo) lo hubieras pensado dos veces. Claro que nadie te dio a elegir, no se ha inventado tal clase de personas. Existen los que aman y los esperan. Y existen los secos. Los que quedaron esperando al sol, solos, y se olvidaron de moverse hacia la sombra y se arrugaron.

Están las flores quemadas. Están los tornados y las brisas incluso. Pero los que dan a elegir no.

Y aunque lo habremos olvidado, yo lo digo con certezas. Hacemos esto: amamos y esperamos. Mutuamente amando y esperando. No hay nada más que hacer en el amor. Todo lo demás son excusas. Cocinar con la excusa de comer, ir a la cama con la excusa de dormir. Pero no es cierto. Nada lo es, solo amar y esperar la muerte.

Me encanta como me respondes. Es como si hubiera esperado toda mi vida a que alguien me respondiera de esta manera.

Pero de la muerte. Yo estaba hablando de la muerte.
Hay que ser muy valiente para realmente desear que el avión que nos lleva de luna de miel se caiga. Yo lo prefería al viaje pero no me animé a decírtelo. Igual, tal vez ya era tarde. Si hoy pudiera elegir para luego volver atrás y que se realice la elección, elegiría morir el mismísimo día que te conocí e hicimos el amor por primera vez.

Me gusta que deambules por la casa sin mirarme. Que no necesites mirarme cuando yo me retuerzo en el sofá amándote. Pero que luego me hables.

Lo más lindo de amarnos es que hablemos de cualquier cosa menos de amarnos. Es como cuando conduces y pones música y me cuentas de una semilla, todo simultáneamente.

Luego me llamas por teléfono y me dices que vas a llegar más tarde y yo salto de alegría, porque ya que no morimos el primer día, ese en que saliste del trabajo y volviste corriendo a casa para volver a verme, que al menos entonces me tengas tan en ti que ni necesites verme.

Que no necesites volver. Que sigas para adelante. Yo te sigo.

Pero de esperar estaba hablando. El verbo esperar es como el verbo creer. Son verbos-trampa.

Cuando estoy desnuda al lado tuyo soy mucho más bella que cuando me desnudo a solas. Mis pechos solos no son para nadie y no tienen sentido ni forma.

Esperar la muerte. Esperar que algo suceda. Que llegue eso que espero cada día. Espero que llegue lo que es espero cada día. Espero que me ames, aunque eso ya esté incorporado como los estantes que colocamos con taladro y tarugos el día de mi mudanza. Espero la muerte pero espero que no mueras. Esperar: verbo-trampa.

Creer es arriesgarse por algo sabiendo que existe otra opción pero también es tener certezas. Tan absurdo como mi modo de amarte.

No tienes idea de quién soy pero de algún modo me has descubierto y por eso te merezco.

Me enseñaste a hablar mientras hago el amor (justo a mí, que siempre busco excusas para callarme y cualquier acción la hago devenir en excusa). Eso me hace pensar que eres el hombre de mi vida.

jueves, 10 de enero de 2013

Puto daño



Por Flor Bea
 
Siempre he sentido que vos y yo estamos sentados en el mismo cine, pero mirando películas diferentes. Estamos viajando en el mismo avión, pero yendo a destinos diferentes. Estamos comiendo la misma comida, pero sintiendo sabores diferentes. Estamos haciéndonos el amor, pero amándonos diferente. Estamos enamorándonos, pero jugando diferente.

Y pasan los años y yo sigo atrapada en la misma sala, en el mismo viaje, en el mismo plato, en la misma cama, en el mismo tablero. Aunque yo creía que no.

¿Por qué somos así? ¿Por qué somos tan ajenos y pasajeros y estamos tan enajenados?

De pronto, en una noche, se me encogió la vida. Los últimos años vividos se me diluyeron en el recuerdo de un más atrás. Mis últimos amantes, mis últimas parejas, dejaron de tener nombre y rostro. Lo que dolió, ahora ni lo conozco. Lo que bailé y sonreí, ahora no lo soporto. Se me redujo todo a Uno.

Es uno. No seremos dos. Ya hemos aprendido que no sabemos hacer esa suma. Y sin embargo, cuando el día se ha hecho muy largo, vos y yo caemos cansados en un discurso que nos monta otro escenario.

Te acariciaría la planta del pie todo el día. No te enojes, anoche me lo pedirías; ya sé, ahora ya se hizo de día.

Toda. Toda la historia reducida a nuestro pasado. ¿Para qué hemos pasado, últimamente, por estos últimos años?
Tengo mucho más para decir pero te lo resumo: se me ha hecho un puto daño.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Breve sueño de amor


Por Maite Pil

Yo estaba a los pies de tu cama, parada, y vos recostado me contabas que siempre que hablabas de mí decías “mi amor”. Y yo te miraba con cierta vergüenza  y me reía, y vos me decías, que sí, que claro, que me amabas. Lo repetías tres veces. Y yo,  más que decirte que yo también, quería darte las gracias. Saltar al colchón, besarte y seguir riendo de felicidad. Y en un momento iba al baño y recortaba  la tapa del inodoro porque sobresalía. Y el plástico sobrante formaba medio corazón. Iba a la habitación y te lo mostraba, me lo ponía en el pecho para que lo vieras. Vos tenías una sonrisa. Era una señal, hasta los objetos nos señalaban algo sobre el amor. Y vos me decías “ves por qué te amo, porque hacés esas cosas”. Y yo pensaba que tenías razón, que todo lo que hacía lo hacía para que me amaras. Nunca fuimos tan felices. Ojalá vos hubieras tenido este sueño. Estoy segura de que si lo hubieras soñado te habrías enamorado de mí. Entonces entenderías por qué nunca me fui, por qué nunca me voy. Sentirías miedo de que alguna vez lo hiciera y me dirías algo parecido a una confesión.
Te lo quería contar por eso. 

miércoles, 7 de noviembre de 2012

París, sin tus uñas

Por Flor Bea
 
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Tengo las fotos que tomé desde el balcón de tu casa. Los edificios de enfrente salieron muy lindos. Con buhardillas todos ellos; pero me gusta observar lo diferentes que pueden llegar a ser los marcos de las ventanas. Nuestra ventana era más amplia, tu edificio era demasiado nuevo. No importa. Tu sillón era naranja y eso compensa que no hayamos hecho el amor en una típica buhardilla parisina.
Las buhardillas de París ya no se encienden por las noches, sin tus uñas.
En el sillón naranja te escribía mensajitos en Facebook que los leías desde tu computadora, al lado mío, en tu silla de escritorio. Y me respondías los mensajitos también por escrito diciéndome que el naranja me quedaba hermoso. Y que dejara de jugar y me pusiera a escribir. Pero yo (te) estaba escribiendo.
El kilo de naranjas a 3.99 euros en París ya no es jugoso, sin tus uñas.
Entonces nos sentamos en el sillón color ladrillo de dos cuerpos y ocupamos solo un cuerpo y medio del sillón con tu cuerpo y el mío. Y miramos cuatro películas en blanco y negro en una misma noche. Y todo estaba apagado en París excepto nuestra computadora-pantalla-cine y la torre de Eiffel. Pero…
Las luces de la torre de Eiffel ya no se encienden por las noches, sin tus uñas.
Entonces me quisiste hacer los masajes que aprendiste cuando viviste en Tailandia con tu familia. Te entregué mi pie izquierdo. Lo amasaste orientalmente. Y ahí fue cuando nos acordamos de terminarnos la comida china de la noche anterior.
Las tiendas de comida china en Montmartre ya no me llenan de saliva la boca con su olor, sin tus uñas.
Por suerte ya habíamos terminado de comer cuando yo tiré mi cabeza para atrás para reírme más cómoda y vos cambiaste de pie y quisiste olerlo y olerlo. Y bromeamos que lo mordías y lo comías y lo lamías y lo untabas y lo chupabas y lo devorabas.
No, los quesos franceses en París ya no son ricos, ni siquiera caros, sin tus uñas.
Y dejaste de mirarme para poner play de nuevo en la película. Pero a tu mano la dejaste en mi pie derecho y ahí empezaste y no paraste. Y es el día de hoy que no paraste. Mientras, afuera llovía, como cada noche, y tu balcón estaba, hacía meses, mojado.
París ya no es gris y lluviosa; ahora ni siquiera tiene clima, sin tus uñas.
Me rascaste suavemente (si es que a esa caricia única puede llamársela rascar) a cada lado de mi pie, del empeine y de la planta, porque ya no te importaba mostrarme lo que habías aprendido en Tailandia. Y ese roce de tus uñas con mi piel todavía algunas mañanas me despierta, y me miro los pies a ver si tienen tu mano.
Los locos sueltos de París están más perdidos(,) sin tus uñas.
Y yo ya no estoy en París…
Y yo no estoy, sin tus uñas.

jueves, 18 de octubre de 2012

Al borde del marrón


Por Flor Bea


Took my diamond to the pawnshop –
But that don’t make it junk.
Leonard Cohen

Hoy me siento confundida. Por un lado, creo que acabo de descubrir que lo entiendo todo. Por otro lado, desde entonces que quiero pasar en limpio todo lo que entendí (que es todo) y noto que ni sé de qué se trata ese todo.
He mirado a los ojos a muchos hombres en los dos últimos meses y he encontrado de las bellezas más profundas y más fugaces que supe ciertas. He conocido a varios de verdad; últimamente he estado frente a hombres que se quitaron la ropa, se sentaron desnudos sobre la cama y me explicaron quiénes eran y por qué habían llegado a esa ciudad y a esa cama. Y luego me tendió la mano, me acostó sobre esa cama, me acomodó el pelo y me besó suave pero apasionadamente todo el cuerpo y yo no dije nada, y luego, con algunas noches más, le di mis sonrisas y le conté qué hago, que no es lo mismo que quién soy, pero sí, de mí también hablamos y hoy sabe perfectamente quien soy, a su manera, y para su versión.
Y siempre siempre se quedó mirando mi mirada.
Y detrás de los dos, y de cada uno de nosotros, encontré las tonterías más profundas, la inocencia más genuina y la soledad menos inevitable de mundo. Y las palbras más exactas (¿será porque es escritor?).
¿Por qué esta noche de lluvia él está solo y yo estoy sola? ¿Por qué él está en una ciudad que no es en la que yo estoy, pero en una ciudad en la que también llueve?
Es sencillo (y aquí es cuando creo que lo entiendo todo): porque somos inocentes pero tenemos armas en las manos.

Estábamos tomando champagne. Me explicó que la amaba. Ella le dijo que creía que no estaba enamorada de él.
–No importa, podés tomarte el tiempo que necesites, yo voy a esperarte –me dijo.
Quise llorar pero le clavé una mirada caliente.
–Pero lo que te digo es transparente –agregó mirando fijo la copa–, no lo tiñas de marrón.

Luego me abrazó en la estación de tren y lloró. Y lloró. Y supe que él estaba llorando en mi hombro. Entonces cuando nos soltamos, porque los demás pasajeros ya estaban abordando el tren, nos miramos a la cara y le vi láminas de agua en las mejillas. Y lo miré con cara de no estás llorando, no te preocupes mi amor, no estás lorando, yo no te duelo, tú no me dueles…, y él me miró la mirada.

Entonces aquella tarde de lluvia (por supuesto) que fuimos con su coche a recorrer los viñedos de champagne, entramos a tomar unas copas en un bar fantasma donde dentro estaba la dueña, tres alemanes y una familia francesa con dos hijos casi obesos, y de pronto algo pasó, y él y yo lo notamos y nos reímos porque supimos que éramos los dos únicos delirantes que lo habíamos notado:
–A la gente eso no le importa.
Luego hicimos el amor en el coche, y cuando en mi cama pienso en él lo pienso transpirado, perfecto, en el coche, perfecto, mojado, erecto, correcto, amado.

Apasionados todavía, paramos a comprar el vino que beberíamos horas más tarde en su casa, con la cena. El vendedor, en francés, lo miró y le dijo:
–Y si tu esposa se te queja, venís y te devuelvo la plata y te llevás ese de 60 euros –y me guiñó un ojo, y ellos dos se rieron y yo no porque no entiendo francés.
Pero cuando él me contó la anécdota, era esta. Ya van tres versiones, supongo que la vida real fue un poco diferente.. Y yo amo su versión. La suya, que en el medio del relato se interrumpe, apoya él las manos sobre la mesa desde la cual lo miro cocinar, me acerca los ojos a mis ojos, y me dice:
–La esposa. Esposa. Mi esposa.

Pero tengo que caminar por el andén hasta mi vagón. Es mucho más adelante. Arrastro una maleta con rueditas. Imagino que él me mira, que no deja de mirarme hasta que subo al tren. Que no deja de mirar mi pelo dorado.

Pero yo lo último que vi fue esa lámina plateada sobre su mejilla derecha. Y otras láminas. Y otra mejilla.

Y me llamas y me preguntas por qué no estás en París, y yo ahí entiendo que aún somos inocentes, a pesar de sostener en la intimidad y en la soledad de nuestras manos todo el marrón.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Tuve cita con un nerd

Por Flor Bea

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A mí me gustan varios tipos de hombre (o varios tipos directamente, pero suelo preocuparme por escoger solo uno) y de hecho los he probado diferentes. Y esto desde lo físico hasta lo más interior, si es que he llegado alguna vez tan profundo… En fin. Me gustan las citas, además, creo ya haberlo confesado en algún post y si no, sépanlo a partir de este. Sí, me gustan las citas; me gusta esa situación de cita de “te paso a buscar con el coche por tal lado a tal hora” y estar preparándome sola en mi casa con música de fondo y poco pulso en las manos para pintarme las uñas de los pies debido a un cierto temblor que prefiero no asumir como nerviosismo pero que tampoco sé cómo bautizarlo para mentirles. Asimismo, no adhiero a las citas a ciegas, esas donde te vas a encontrar con alguien que nunca hasta entonces has visto, tal vez solo hablado un poco en algún chat (amén de que no chateo…).
Pero en esta ocasión, el fin de semana pasado para ser más precisa, tuve cita con un nerd a quien, por supuesto, ya había visto personalmente pero en un bar con poca luz y música bien alta. Además, no lo había visto parado y habíamos estado hablando solo un poco (del mismísimo bar), a los gritos por el ruido, y yo borracha. De modo que al día siguiente sabía que había conocido a alguien, me desperté con una sensación linda en la panza (a pesar del alcohol ingerido la noche anterior) pero a decir verdad no recordaba un carajo lo hablado (y su aspecto más o menos, más bien creo que lo que veía en mi recuerdo no era un recuedo sino una construcción mía, pero no quiero hilar tan fino). Igual, no me importó. El teléfono celular me sonó esa misma tarde, día siguiente de esa noche, y era él. Lindo momento. Me dijo de vernos al día siguiente para cenar y acepté, muy entusiasmada (me da ternura recordarme).
Me pasó a buscar con su coche. Mientras conducía acordamos ir primero al cine y luego por la cena. No tenía una voz especialmente linda pero pensé que podía con ello.
Estacionó el coche a tres cuadras de las salas de cine. Fueron tres largas cuadras. Entre otras cosas porque yo no sabía el camino (cómo me rompe las pelotas caminar por la calle con alguien hacia un lugar que no sé qué camino requiere, y entonces llegar a la esquina y amagar como una pelotuda doblar, porque me pareció entender que el otro iba a hacer eso, y chocarme con el otro que no dobla, porque era derecho…).
Cuando salimos del cine y volvíamos al coche, vi algo de su lenguaje corporal que ya me hizo sospechar lo que todavía no quería asumir: al llegar al cordón de la vereda, tras haber cruzado una calle, no subía el escalón como cualquier mortal, flexionando simplemente la rodilla; pegaba un saltito para alcanzar la vereda. Pánico.
Restaurante. Carta abierta en sus manos. Terminamos de elegir lo que queremos y se queda leyendo la carta como si fuera el diario. El mozo nos mira varias veces pero no viene. Yo le clavo la mirada a él porque estoy dispuesta a, en cuanto me la devuelva, pedirle con gestos o palabras, me da igual, que cierre la carta así el mozo entiende que ya sabemos lo que queremos, pero él no me mira, sigue leyendo “el diario”.
–¿Pedimos?
­–Sí, claro.
Levanto la mano y llamo al mozo. Estoy dispuesta a sacudir en el aire la servilleta como señal de socorro para que nos atienda de una puta vez (me cago de hambre).
Le pide la promoción de las patatas bravas que viene con tres cañas de cerveza por cinco euros (estamos en España) pero le explica al mozo que nos sobra una caña, que somos dos. El mozo no ve el problema, yo tampoco. Él insiste en explicar que sobra una caña. El mozo se cansa y dice:
–Bien, les traigo una porción de bravas y dos cañas.
Él se pone feliz porque siente que el mozo finalmente lo comprendió. Yo pienso que es la pelotudez más grande que vi porque nos va a salir más caro que la promo, pero a esa altura me la suda (como dicen acá).
Terminamos las bravas. Me pregunta si he probado las croquetas de jamón.
–No.
Las pide.
–Y la cerveza, por favor.
–¿Qué cerveza? –le pregunta el mozo.
–La otra caña.
–Ah, y otra caña, vale.
Mi dios, me agarro la cabeza porque ya entiendo todo.
El mozo viene con las croquetas y dos cañas porque tratándose de dos personas “españolas” nadie creería que nos vamos a comer una porción de croquetas compartiendo una caña… (ni tratándose de cualqueir nacionalidad, pero en fin).
Él se agarra la cabeza; espera, tímido, a que el mozo se vaya y me dice:
­–Entendió mal, nos faltaba una sola caña, nos trajo una de más.
Vale, yo a esa altura no quería saber más nada ni con las croquetas ni con él, pero sentí ganas de contestarle mal.
–No, no nos faltaba una caña; además qué, ¿íbamos a compartirla?
– Y sí, porque es la que faltaba para completar la promo de las bravas…
­–Ya, ya, lo interrumpí y probé las croquetas, que eran una delicia.
Volvimos al coche. Se agarraba del volante como si fuera a caerse por la ventanilla. Yo quería viajar sentada en el techo a esa altura. Pero él fue todo el viaje hablándome de su trabajo (con computadoras, claro) mientras se acomodaba los anteojos redonditos sobre la nariz, porque se le resbalaban por la transpiración. Y sí, España en verano está que arde.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Una amiga.


Por Maite Pil.



Leticia me llamó llorando y con algún tipo de cuadro gripal, conozco sus congestiones. Se deprime y se engripa, o se engripa y eso la deprime. No logré entender mucho de lo que dijo, por sus mocos y la histeria, pero mencionó algo de un hombre boca abajo en la cama, vestido, que no pudo soportarlo, que un hombre no hace eso y algunos comentarios más acerca de sus límites, la muerte y el final. Este día iba a llegar. Con algún hombre se las iba a cobrar.  Hasta ahora entre nosotras el "lo mato, lo mato" había sido una muletilla. Pero no iba a tardar demasiado en ocurrir. Una vez casi nos matamos entre nosotras. En esa época estábamos por rendir un final de neurociencias y, estudiando las funciones cerebrales, se nos dio por golpearnos la cabeza en lugares estratégicos para olvidar viejos y actuales amantes. Terminé un mes con un cuello ortopédico y ella con la boca partida. A pesar de todo esto, recurre a mí en plena crisis como si yo fuera a darle alguna solución coherente. Tal vez aquel golpe sí la haya afectado. Será que soy bastante buena en esto de la escucha. O será que estoy lo suficientemente loca para ir, sin hacer demasiadas preguntas, a la potencial escena de un crimen. Me preparé algunas cosas que podríamos necesitar. Un vino, aunque corría el riesgo de que ella estuviera con antibióticos. Pero yo no iba a mover un muerto sobria porque todavía tengo algo de decencia. Unos cubre calzados que me había robado del trabajo y unos guantes de latex. Dos paquetes de cigarrillos. Una caja de anticonceptivos de emergencia. Lavandina y uno de esos jabones femeninos. Un juego de sábanas sucio, un toallón y la cámara de fotos.  Me tomé un colectivo de una línea que no me llevara a su casa sólo para tener el boleto como coartada.  Me bajé a la primera parada y me tomé un taxi. No sabía si iba a servir de algo pero era la primera vez que estaba envuelta en una cosa así. Como metí todo en una mochila de camping, me hice pasar por extranjera con el taxista, el cual no dudó ni un segundo en pasearme por la ciudad aprovechándose de la situación. Esto ya estaba empezando a salirme caro. Después de varias vueltas sin sentido, llegué. Le toqué el portero con nuestro clásico código y enseguida me abrió. Por suerte puede abrir desde arriba. Creo que se mudó ahí simplemente por eso, para ahorrarse el viaje en ascensor. Me abrió la puerta de arriba e intentó darme un beso, le esquivé la cara para no dejarle transpiración en la mejilla y le pregunté "Dónde está?", susurrando, como si los muertos escucharan. No me contestó y rompió en llanto, mientras me hacía un gesto con el brazo como invitándome a pasar. Le respondí con otro gesto que me esperara. Ahí fue cuando me di cuenta de que los cubre calzados junto con los guantes habían quedado a lo último de la mochila. Me agaché en el pasillo y empecé a buscarlos. Me los puse con una velocidad digna de admiración y entré. Leticia me miró con una cara surrealista y me preguntó: "¿Pisaste mierda?". Yo no podía hablar, me apoyé el dedo sobre la boca como los carteles de silencio hospital y fui directo a su habitación. No había nadie en la cama ni a los alrededores, tampoco en el placard. Volví al comedor y le pregunté "¿Qué hiciste con el tipo que tenías en la cama?". "¿Martín? Se fue a la casa, lo mandé al carajo", me contestó, y volvió a llorar. Se puso a hacer mate mientras me explicaba cómo él solía esperarla boca abajo en la cama antes de tener sexo y cómo ella ya no soportaba esa escena. Me quedé en blanco, casi temblando. No podía sentir más que decepción ante la ausencia del crimen. Y miedo por mí, por mi deseo. Le dije que había pisado mierda y que yo iba a tomar vino.


lunes, 6 de agosto de 2012

Así estoy hecha daño

Por Flor Bea

Hoy me senté en el sillón a pensar en vos pero no pude pensarte
porque no recuerdo tu cara.
No recuerdo tu cara.
No la recuerdo ni de frente ni de perfil. No te recuerdo de espaldas tampoco.
Y no es que te haya olvidado.
Vaya si te hubiera olvidado….
A cada lugar donde voy te recuerdo.
Hoy iba en auto y te recordé tanto tanto, que volví a llorar por nosotros.
Tuvieron que consolarme.
Pero tu cara no vino. Se me fugó tu cara.
Sí, sé de qué color era tu pelo y tus ojos.
Y sé perfectamente cómo era tu nariz.
Pero no los recuerdo.
Saber no es recordar.
Sé que te besé, pero no me recuerdo besándote.
No recuerdo el sabor de tu boca ni la diferencia de altura ni los dos en la cama.
No me acuerdo de vos y yo en la cama.
Y recuerdo que la última o la anteúltima vez
(ves, no recuerdo con exactitud)
me hiciste el amor de una manera suave como solo en una amarga despedida
podríamos haber hecho y yo mire hacia la ventana que tenía a mi derecha,
Y a través de la ventana vi la luna que estaba a mi derecha.
Y pensé,
recuerdo que pensé
que no tenía que olvidar esa noche, nuestros cuerpos,
tu desnudez petróleo.
Pero hoy no la recuerdo. Sin embargo, hoy, ya no recuerdo.
Sí, claro que tengo todavía recuerdos de vos:
recuerdo tu campera marrón y recuerdo tus pies.
Recuerdo especialmente las uñas de tus pies.
Y creo que recuerdo también las uñas de tus manos.
Recuerdo una noche sentados los dos en una especie de escalinata en San Telmo, tomando cerveza del pico.
¿Tomábamos cerveza del pico?
Sí, te recuerdo en nuestra primera cita, ¿y qué?,
¿acaso vos eras vos y yo era yo?
¿Quién era yo?
¿Era yo?
¿Entonces era yo?
Quiero preguntar: antes de conocerte, vos quién eras y yo quién era.
Me gustaría amarte como no te he conocido
(no, no es cierto, no sé si te soporto sin los cambios hechos a mi medida).
Por  mi parte, yo nacería de nuevo sólo para arreglarme y que me ames arreglada, reparada (así estoy hecha daño).
Y te pregunto: ¿cómo es tu cara?
Sabés, sé que has llorado tanto…
Delante de mí, incluso, has llorado tanto.
Y no te recuerdo llorando.
No sé qué expresión hacés cuando llorás.
Puedo escuchar tu risa (¿puedo escuchar tu risa?).
No, no es cierto, no puedo escuchar tu risa.
Y cuando hablamos por Skype escucho tu voz y te reconozco, sí, claro,
nunca pensé que alguien hubiera usurpado tu cuenta…
Pero no te reconozco.
¿De qué nos estamos hablando?
Quiero decir:
¿acaso crees que sabes quien soy?
Es que si no tienes ni idea de quién eres…
¿Y crees que siempre hablo de tú?
No, por supuesto que no, hablo de vos.
Yo hablo de vos.
Todo el día hablo de vos.
Con todos hablo de vos.
¿Y vos?,
¿recordás la cara que pongo cuando hago el amor?
No, perdón, la pregunta es otra: ¿sabés qué cara pongo?
De qué estamos hablando ahora.
Quiero decir, ¿por qué decidiste amarme?
Yo no recuerdo tu cara.
Entendeme, escuchame, atendeme un momentito y después seguís con lo que estás haciendo: yo no recuerdo tu cara, yo no recuerdo tu cara, yo no recuerdo tu cara, yo no recuerdo tu cara, yo no recuerdo tu cara, yo no recuerdo tu cara.
Y miro fotos y te reconozco, sí, pero no me ayudan a recordar nada.
Reconocer no es lo mismo que recordar.
Y si la policía viniera con una foto tuya y me gritara:
¡alto ahí!, ¿¡conoce, usted, a este sujeto!?
Contestaría que sí si decidiera decirles la verdad,
pero conocer no es recordar.
Recuerdo una de las peores cenas que tuvimos, allá en el centro de Buenos Aires.
(¿cuál de todas las peores?
La de nuestro aniversario).
Qué dolor.
Sabés qué pasa…
Ah, antes, pregunto:
¿vos me mirabas cuando hacíamos el amor?
Porque yo sí, pero no vi si vos me mirabas… ¿ves cómo es?
¿Recordás cómo era?
 Y tu respiración…
No recuerdo tu respiración
y sin embargo todo el día respirabas,
todo el día, todo el día.
¿Qué voy a hacer con vos?
¿Qué voy a hacer sin vos?
Si yo te miraba todo el día…
¿te acordás que a vos te gustaba cómo yo te miaraba?
(Amame por haberte mirado,
por favor, amame).
Vos eras una luciérnaga,
eras poeta y eras gay,
eras un reptil y una mariposa.
Eras niebla.
Yo era lluvia,
era truenos y era brisa,
era risa y era trampa,
era rampa.
Era espinas.
Después nos encontramos.
Y vos me dijiste a mí:
Tú eres fuego y yo quiero estar contigo.
Y yo te hice burla,
y no me acuerdo si en el momento me quedé pensando 
en que te estaba haciendo burla
o en lo que te estaba diciendo.
Te estaba diciendo: sabés qué pasa…
Eso te pregunté unas líneas más arriba
para revelarte qué paso entre vos y yo,
pero de verdad qué pasó
(ni las mariposas ni los vientos, ¡la verdad!),
pero ya no lo recuerdo
y eso también es estar hecha daño.

Montevideo, agosto de 2012

lunes, 16 de julio de 2012

Las casas

Por Flor Bea
 
Me he mudado de casa, como de barrio, tantas, tantas veces. Me mudé también de compañía. Y sí, creer o reventar, yo vivía con un tipo. Éramos una pareja. Si éramos felices no tengo idea porque recuerdo poco y nada de aquella etapa de mi vida. Fue lejos y hace tiempo, cuando yo era joven, muy joven y me pintaba los ojos de negro y no me pintaba los labios porque besaba seguido. También viví con amigas. Con una duró muy poco la convivencia porque ella quedó embarazada y a continuación nos peleamos. Una parte de la pelea fue un malentendido, la otra parte fue bien entendida. Con otra amiga conviví bastante más. Porque ninguna quedó embarazada y porque nos compensamos bien: yo grito cuando ella calla, ella calla cuando yo grito. O sea… la gritona soy yo, asumido.
Pero llegué a las casas porque estaba pensando en otra cosa. En mis invitados en mis casas. O más bien, en mí en mis casas con mis invitados. Quiero decir: qué lindas y cómodas que me parecieron a mí mis casas. Un ambiente, estufa, sahumerios, los violines de Kronos Quartet sonando en un buen parlante… ¿qué más podía querer yo de una casa “mía” (entre comillas porque siempre fueron alquiladas)?
Pero entonces él me dijo que venía a cenar a casa. Que me ocupara de la cena, que él llevaba el vino. ¿A casa?, ¿de la cena? Me bloqueé. O sea, arroz integral (si no blanco) para mí era sinónimo de cena. ¿¡Y a casa!? De pronto tuve la sensación de que no iba a pasar por la puerta de entrada. Él era tan alto y mi casa, por dios, de un ambiente, tan pequeña. No íbamos a entrar los dos en la cocina, no, no íbamos a entrar, definitivamente. La cena resultó el chau fan de mi chino de entonces, y su vino. Se quedó a pasar la noche. Pero como tuvimos que dormir en mi cama de una plaza y media que a su vez hacía de sillón y él tan grande… se despertó y se quejó del dolor de cuello y entonces yo… pensé que nunca más iba a llamarme.
O el uruguayo que vivía en Colonia y me dijo: “Te extraño, te amo, me voy para Buenos Aires. Bancame en tu casa hasta que consiga algo”. ¿¡En mi casa!? Bueno, salí corriendo a comprar un camino para la mesa ratona, fundamental. Y averigüé en todos los Frávega si de verdad era malo poner el microondas encima de la heladera. O sea, se me había metido en la cabeza que sin microondas no lo podía recibir. Pero en mi cocina… apenas entraba yo (una vez tuve un depto en el que no entraba la heladera en la cocina y la tenía en el living, sí, pasé por todas). Nunca compré el microondas porque una compañera de la oficina me preguntó dónde iba a poner todo lo que tenía arriba de la heladera (licuadora, especiero de seis frasquitos, frutera, panera y rollo de cocina) y entonces caí en mi realidad.
Pero el peor ataque de nervios lo tuve cuando mi rubio preferido me llamó para dormir juntos. Bueno, su casa descartada excepto que su esposa quisiera dormir con nosotros también. Ambos odiamos los telos. OK, mi departamento.
–A las 10 está bien.
Corté. Me tamblaban las manos. Miré a mi alrededor. Agarré el Blem pero me estaba meando. Fui al baño con el Blem. Hice más que pis y entonces me di cuenta.
–¡No tengo bidet! Qué mierda.
Me limpié y salí corriendo al pasillo del edificio. Me tomé el ascensor y noté el Blem en la mano. ¿Había cagado y me había limpiado con el Blem en la mano? “Qué loca, por dios, si lo apoyé en el piso y volví a agarrarlo“, pensé.
Llegué a la vereda. Miré a ambos lados como si fuese a cruzar la calle. Un pendejo pasó y me dijo: “Sí, enceramela, mamita“. Paré un taxi que pasó por la puerta. Me subí. El taxista me preguntó adónde iba. “A la zona de los negocios de sanitarios“, le dije. “¿Dónde mierda queda eso?“, me preguntó enojado porque se dio cuenta de que billetera no tenía, sólo tenía Blem. Le tendría que haber disparado con el aerosol en los ojos por ser un guarango conmigo. Pero simplemente me bajé. Caminé las tres cuadras que habíamos hecho con el auto, llegué a mi departamento, entré al baño y me senté a llorar en el inodoro.
Mismo día a la noche: mi rubio en mi casa. Todo mío (ilusión, no importa).
Se levanta para ir al baño. Yo aprovecho para alinear los libros en la biblioteca.
–Siempre me pregunté cómo hace la gente que no tiene bidet.
Auch.
–Ah, con Blem –se hace el chiste a sí mismo.
Bueno, no me causó nada de gracia.
Un tarado el rubio. Por suerte no me llamó nunca más.

jueves, 12 de julio de 2012

Si esta siesta


Maite Pil

El viento era  helado. Fumé con los guantes puestos. Vino el colectivo y me ubiqué delante del asiento que sabía se iba a desocupar en tres paradas. Me senté. Antes de desmayarme en un sueño profundo, pensé que buscar es una mierda. Cerré los ojos y pensaba más. Después de un millón y medio de estados anímicos perdí el hilo conductor. Podría culparlo a mi gato por ello. Juega con  cordones, con piolines, bien podría haber escondido el hilo conductor debajo de la heladera. “Hay que tener cuidado con la curiosidad” me dijo  mi analista al final de la sesión, ya abriéndome la puerta del consultorio. Pará, pará, qué me quisiste decir. ¿¡Qué me quiso decir!? Y de pronto estoy en el departamento y pienso que construirse un mundo sobre la palabra es infantil. Y una verdad, y una vida, y un par de deseos, otras tantas frustraciones. Construirse personas, vínculos, recuerdos. La vida es un puro bla. Ahora no escucho nada. Me tapo los oídos y empiezo a  decir “lero, lero, no te escucho”. Buscar es una mierda. Ojalá este momento de silencio se prolongara para siempre, me digo sin hablar. Lo pienso.  No quiero volver a buscar palabras. Hay vínculos que son como sopas de letras. Veo la sopa adentro de una taza de café enorme y se forman palabras. Mamá. Hermana. Hombre. Hombre no es un vínculo, y tiro la taza. Trato de decir algo pero no escucho, tampoco la taza hace ruido al caer. Hay cosas que ya nunca voy a poder decirte y al lado de la taza me doblo en llanto. Veo unas fotos en la computadora que tiene forma de caja de cartón. Encuentro una foto tuya y empiezo a vomitar letras, aunque no llegué a tomar nada de esa sopa verde, espesa, llena de errores conceptuales. No quiero ver nada. Grito pero no me sale la voz. Estoy muy cansada. Me tiro en el piso con la idea de taparme los ojos. Pero esta vez no iba a espiar por entre los dedos.
Me reincorporo y me siento  en silencio, después camino.  Pero estaba  a oscuras. No, empiezo a tener miedo de golpearme con la mesa, una que estaba ahí, cruzada. Entonces me vuelvo a sentar. Me quedo sentada a oscuras. Con los ojos cerrados y los oídos tapados. Pienso que no hay música pero no quiero ni a la música. No, no la quiero. Siempre me trae recuerdos. Y vuelven las palabras, y las imágenes. No, no quiero nada de eso. No quiero comer tampoco. Los sabores me los guardaré para otra ocasión. Y desearía no haberme cortado el pelo, estaba casi rapada y me desesperaba.  Era verano, en el piso estaba el enterito que tenía puesto el día que te conocí. Y me lo pongo. Me revuelco arriba de las piedras del gato, la caja era enorme. Sí, arriba de las piedras del gato a oscuras y en silencio. Empiezo a llenarme de mierda toda la ropa y el cuerpo. Y miro la bañadera pero no me voy a bañar. Odio el vapor y además la ducha hace mucho ruido. No quiero saber nada con los sonidos. Las ventanas empañadas me hacen acordar a las casas. Pero esto no tiene forma de casa. Algo se deforma y se pone negro. De pronto abrí los ojos, tenía la mano del colectivero en mi hombro, me dijo algo, yo balbuceé. Bajé como eyectada de una nave espacial. Y me fui, caminando y en silencio, pensando en la diferencia entre un sueño y una pesadilla. 

sábado, 23 de junio de 2012

Llamado de atención.


Por Maite Pil

A Juan José Burzi por la gracia en la desgracia.


 http://www.youtube.com/watch?v=o8Wo4Hd4RZ8&feature=related


Es muy feo despertarse un sábado a la mañana con el celular. Sobre todo si quien llama es el técnico de Telecom que está esperando en la planta baja. Salté de la cama, escondí la botella de vino que estaba sobre la mesa, cerré la cocina, estiré el acolchado, me puse el jean. En el ascensor me di cuenta de que no me había lavado los dientes. Horror. Bueno, tengo una polera, pensé. Puedo hablarle y taparme la boca con el cuello. Total, qué sabe, puedo ser tímida. O puedo tener un defecto en la dentadura que me condiciona socialmente. Él no lo sabe. 
Cuando subimos descubro que no había cerrado el placard. Toda mi ropa, toda la ropa que tengo en esta vida, rebalsando hacia el mundo. Los cajones semi cerrados. Un espanto. El caos me pone muy loca cuando otro más puede observarlo. En cambio, el caos y yo a solas, nos entendemos. De hecho, basta que haga limpieza para perder unas cuantas cosas. Como la pala. A veces me pregunto si la habré tirado junto con la basura que ella contenía. Sería como un síntoma psicótico, o algo así. Confundir lo literal con lo simbólico. Los psicóticos no entienden metáforas, generalmente. Y yo no entendí que la pala, aunque estuviera con la basura, no era parte de ella. O al menos, esa es la construcción que hago de esta misteriosa desaparición.
El técnico se fue rápido y dejó la línea en funcionamiento, por suerte. Y se fue sin juzgarme por el estado de mi casa, por suerte también. En un momento sentí miedo, ¿Y si es un violador o un loco? ¿Qué clase de persona se pone un anillo así en el dedo meñique? ¿Será una insignia mafiosa?
Funciona el teléfono y él se fue sin matarme ni violarme. Ahora puedo no recibir llamados con toda la tranquilidad del mundo. Igual, me hice un café y me puse a escuchar a ver si había mensajes, por las dudas. Y había. Algunos de mi tía, enojada porque nunca me encontraba. Otros de Telecom diciendo que pague. Muchos mensajes de un número de teléfono que desconozco pero sospecho. Un mensaje de Federico, si alguien sabe quién es tenga el gesto de avisarme. Y un mensaje de Julián. Julián no me llamó a mí, la llamó a Gloria. Hay que llamarse Gloria, eh.  Ésto decía él: “Hola Gloria, soy Julián, vi como tres llamados tuyos, no estaba con ganas de hablar, es un momento de mierda, qué sé yo, no sé que decir, que no me olvido y ya hablaremos. Chau.”
Pobre Gloria. Sentí una inmediata y penosa identificación con ella. Tres llamados. Yo pudiera haber llegado al cuarto o quinto. Gloria se midió. Y el destino la traicionó. O Julián es un boludo que marcó mal el teléfono. Capaz no sea un boludo, capaz fue un fallido. Pasan esas cosas. A los dos días de haberme separado de Matías me llega un mensaje de él preguntándome dónde era la fiesta. Qué fiesta, Matías? Te equivocaste de número, boludo. Hay que ser boludo. 
El punto es que yo tenía un desencuentro en mis manos. No dudé. Lo llamé a Julián. No estaba. Me puse medio loca por no encontrarlo, me sentí Gloria. Pensé, lo llamó dos veces más? Hasta tres es aceptable.  Digo, si se banca tres llamados de Gloria se puede bancar tres llamados míos, que ni me conoce. Y todavía no le di motivos para odiarme o quererme lejos. Llamo dos veces más y nada. Pero Julián tiene contestador. Mucho mejor, le dejo un mensaje. Tengo que decirle algo. Tengo que unirlos, o al menos, hacer algo por Gloria. ¿Qué decirle a un contestador? ¿Vivirá solo Julián? ¿Habrá llamado de su casa? ¿Del trabajo? Muchas  dudas. ¿Cómo llegar al corazón de Julián?
El motivo del mensaje iba a ser doble. Por un lado, avisarle que el mensaje lo recibí yo y no Gloria. Y por el otro, decirle que la llame nuevamente, y que la llame ya. Porque ella está esperando y esperar es muy feo. 
Entonces me acordé de una entrevista que le hace un español a Borges. Yo la vi por youtube hace un tiempo. Así que la rastreé por el historial y me dispuse a verla. Me hice otro café ya que estaba. Mi idea era volver a la cama, la idea original. Pero ya no creía. Era un deber para con Gloria resolver esto y la cafeína estaba surtiendo efecto.
Finalmente, y después de varias distracciones, encuentro el fragmento que buscaba. Me encanta escuchar a cierta gente hablar, hablar de la vida, de lo humano. Borges dice lo siguiente: “La amistad no necesita frecuencia, el amor sí. Pero la amistad, y sobre todo la amistad de hermanos, no. Puede prescindir de la frecuencia. En cambio el amor, no. El amor está lleno de ansiedades, de dudas, un día de ausencia puede ser terrible. " Lo dice tan lindo, además. Con ese tono de voz tan apacible... Yo debería hablar así. Con menos histrionismo. 
En fin. El plan era el siguiente: Anotarme en un papel el mensaje para Julián, llamar, dejar el mensaje. Hice varios borradores, hasta que me decidí por uno. Por contenido y duración: “Hola, este es un mensaje para Julián, me dejaste un mensaje en el contestador a mí creyendo que era el de Gloria. O sea, ella no lo recibió. Ojalá ya hayan hablado, y si no,  llamala, porque como dice Borges, un día de ausencia en el amor puede ser terrible.”
Pero lo llamo y el hijo de puta me atiende. La concha de la lora. Con estos tipos no se puede prever nada. La puta madre. Ya no sé si Julián sea el mejor hombre para Gloria. Capaz Gloria necesite otra clase de persona a su lado. Una persona que marque bien su número, por ejemplo. Seguro que Julián no es cirujano. Creo que las mujeres como Gloria necesitan estar con un cirujano. Digo, no todas con el mismo cirujano. Sino que por cada mujer como Gloria debería haber un cirujano que las ame. Son más prácticos.
Corté. No estaba preparada para afrontar esa conversación. Y pensé, si llamo simultáneamente de mi teléfono y del celular, en alguno de ellos dos me va a atender directamente el contestador. El plan, ahora, era el siguiente: marcar primero del celular y marcar, con dos segundos de diferencia, desde mi teléfono de línea así desde ése le dejaba el mensaje que ya tenía redactado.
No sé bien qué fue lo que falló, pero terminé dejándole el mensaje no al contestador, sino a él, a su persona . Cuando me di cuenta de la estupidez que estaba cometiendo decidí no perder la concentración en el texto. Se lo leí a Julián, medio apurada pero tratando de imitar el tono de Borges. Julián no me interrumpió en ningún momento. Corté y volví a la cama.
Y me quedé dando vueltas en torno a otra cosa que menciona Borges en esa entrevista. Él cita una frase de Emily Dickinson, que dice algo así como que publicar no es parte esencial del destino de un escritor. Qué triste es esa frase. Seguro la idea de ella era el consuelo, pero el consuelo siempre aparece después de lo penoso. Capaz Julián no sea parte esencial del destino de Gloria. O viceversa. Y capaz el amor no sea parte esencial de mi destino a pesar de ser una romántica.

Por Maite Pil. 

jueves, 21 de junio de 2012

Tan pez

Por Flor Bea

Si no escribo me ahogo, pensé; y si pensarlo saqué la computadora en el aeropuerto y empecé a escribir.
Los aeropuesrtos son lugares nefastos. Nunca me sentí completamente feliz en un aeropuerto, ni siquiera las pocas veces que viajé acompañada. He arribado a aeropuertos con el alma destrozada; pero también he llegado a algunos con ansiedad y entusiasmo por alcanzar ese lugar soñado y, sin embargo, ni en esas ocasiones fui la más feliz. Sin contar que parecen una gran maqueta. Que están llenos de gente pero yo no conozco a nadie. Que muchos ríen y comen y yo no quiero consumir en un patio de comidas y tampoco tengo con quién reír. Que casi siempre viajo sola…
Viajar sola tiene sus inmensas ventajas. Te da la posibilidad de conocer mucha gente y de conseguir muchas cosas gratis. Te da la posibilidad de enamorarte aunque sea fugazmente. Te la la posibilidad de fantasear con historias de amor que por fin protagonices…
Pero las valijas pesan y el cambio horario te deja más estúpida que sexy y entonces ya no conquistás a nadie. Sin contar que te bañarías porque ya pasaron doce horas desde que te levantaste y no vas a alcanzar tu ciudad de origen hasta dentro de otras diez. Porque dicen que el mundo es chico, pero yo me levanté a las cuatro de la mañana del jueves (o sea, lo que alguien diría: en medio de la noche del miércoles) en un lugar del hemisferio norte donde estaba durmiendo, y no voy a llegar a Buenos Aires hasta las nueve de la mañana del día siguiente, o sea, viernes. Y el desodorante y la pasta de dientes dentro de la Ziploc. Y las medias sobre las que caminaste mientras te escañaban hasta las entrañas. Y las zapatillas que cargaste en la mano hasta darte cuenta de que van en los pies. Y el sueño.
Dicen, también, que los aviones son lugares ideales para conocer a alguien. Después de cargar la mochila de mochilero en la espalda, creyendo que me hacía una mujer interesante pero en realidad me hacía caminar como un pato, tengo esperanzas de que en el asiento de al lado me toque un gringo de esos que parecen salidos de una película indie de este país (Hollywood no miro, perdón). Pero seguro que me toca una mamá de pelo castaño y nariz gorda con su precioso niño de tres años sobre quien sus compañeros de fila en el avión van a hablar todo el santo viaje. Sí, sin dudas que el niño podría ser un perfecto candidato pero si tuviera treinta años más por lo menos. Y ella… si no tuviera la nariz gorda y un hijo, lo consideraría (nunca me gustaron las mujeres que en la punta de la nariz tienen mucha carne, ni las que tienen tanto pelo en las cejas, quiero decir de paso, que se me perdone por esto).
Pero es jueves (¿es jueves?) y yo siento una inmensa pena. Tan inmensa como el país que visité aunque mucho más inmensa que él, porque yo me fui de ese país y la pena se vino conmigo (¡maldita pena!).
Pena por esta maldita soledad que tanto se hincha en los aeropuertos, esos nefastos lugares que quedan en un lugar que puede que nunca conozcas por más de que estés en él, y del cual sabés la hora pero no terminás de entenderlo, y sabés la temperatura pero nunca llegás a sentirla porque, aunque dicen que quien viaja es como un pájaro al viento, estás más encerrada que nunca en ese lugar tan, tan… link y de libertad, esta especie de pecera para seres sin aletas pero con maletas, no tiene casi nada.
¿O acaso pudiste elegir qué comer? Sí, entre cuatro o cinco cadenas de comida rápida. Y seguro que te hicieron creer que estabas eligiendo. Pero como encima de males la comida chatarra está rica, más menos la disfrutás mirando por los ventanales de vidrio y por un minutos dudás de si acaso vos no estarás en el lugar perfecto de este mundo, siendo libre y feliz, mirando tiburones que nadan en un océano tan celeste... No, son máquinas y se llaman aviones, te lo recuerdo.
Y entonces caigo en la cuenta no de las horas reales que ya llevo levantada, sino de que en breve voy a estar yo dentro de uno de esos aviones alejándome aún más del lugar que ya dejé, por elección no por obliagación, pero que tanto me gustaba, y entiendo, por fin entiendo, por qué los aeropuertos son lugares tan nefastos y me hacen sentir tan sola, tan pez.

miércoles, 13 de junio de 2012

Despertar en duelo.


Por Maite Pil





Anoche, en algún momento de la noche, soñé con ella. Creo.
Me fui a dormir con una idea, eso seguro. Después no sé si soñé con ella o no. 
Y aunque no hubiera soñado...No se puede deshacer la muerte. 
Yo podría decirle un montón de cosas sobre ese sueño que son verdad por más de que el sueño no haya existido. 
Son verdad porque las pienso. Y porque ya hice lo que hice. 
Entonces ya está. Es verdad. La verdad no siempre es lo que pasó, a veces es lo que no pasó. Otras veces la verdad es lo que nunca va a pasar. 
La muerte, en ese sentido, establece una verdad absoluta. Para él y para nosotros. 
Y lo que queremos. Lo que queremos nunca puede ser mentira. Cuando yo quiero nunca miento. Nunca le mentiría a ella. Nunca le diría que la quiero si no la quiero. Y si le digo que la quiero entonces la estoy queriendo mientras se lo digo. Y si cuando termino de decirlo dejo de quererla, eso no quiere decir que le haya mentido. Jamás le mentiría a ella.
Ella me mentía a mí en ese sueño. Y me dolía. Pero esta vez ella no gozaba. Es verdad que siempre me dolieron las mentiras. Ves? Ves que no miento? Jamás le mentiría, pero si algún día le miento, no quita que ahora esté diciendo la verdad.
Pude matarlo. Y no siento nada más que alivio. Fue aquel sueño, el que soñé o el que inventé, no importa. Matar no es tan lindo como ella. Pero hubo algo de eso que me excitó. Pensé muchas veces en ella, en sus sonidos, en sus gemidos. En las fantasías que tenía de morirse en un orgasmo. De hacerme sangrar. De meterse por mi boca y nunca salir. En ese extraño apego que tiene por el dolor, aunque no se anime, aunque le tema. Aunque estoy seguro de que no es el dolor lo que le da miedo. Es otra cosa. Que el dolor no la mate. No sentir nada. No sentir algo.
Por eso lo maté. Lo hice por ella. Lo hice para protegerla. Lo hice para ser yo quien la haga sufrir, así, como a ella le gusta. Con una lágrima y un cuerpo atragantado. 


Por Maite Pil.