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domingo, 24 de octubre de 2021

Carne accidentada

 




Por Maite Pil


Hoy estuve hablando con una de mis hermanas sobre la vida y el amor, hablamos sobre todos esos rollos coincidentes, los que tenemos en común, esos que nos hermanan más, y esos otros que no tanto.

Y en esa charla —que solo podría haberse dado con ella, así como otras charlas solo podrán darse con otras personas— llegué a la conclusión de que una de las cosas que a mí me permitieron poder pararme de otro modo en la vida fue descubrir que, a fin de cuentas, ser amada por un hombre no es tan especial. Ni es tan especial —como lo imaginaba a mis 20 años, que se me iba la vida en buscarlo—, ni es tan meritorio.

El amor —erótico, digamos, cosa a la que le he dedicado, y le dedico, millones de horas de práctica y de teoría— es algo bastante más ordinario y accidental de lo que uno tiende a suponer. Sin embargo, las personas —no todas, las que podemos, al menos, porque no se tiene esta patología solo por desearla— insistimos en esta idea de que el amor es el sentimiento más elevado que podemos experimentar. Y como si esa ficción no fuese suficiente, nos creemos que el amor que recibimos, o el que potencialmente podríamos recibir, tiene una relación directa con nuestro ser —o en su otra vertiente, creer que el amor que recibimos debe ser proporcional al que damos—.

Si se ponen a pensar, todos hemos buscado amor por diferentes vías y en distintas personas. Y hasta hemos sido capaces de que nos gusten cosas muy disímiles. No obstante, la escena que nos armamos de nuestro rasgo amable, en tanto digno de amor, es constante. Pueden variar dos o tres cuestiones satelitales, pero, en general, insistimos en ser amados por algo, pongámosle X.

Entonces vamos con nuestro X a cuestas, mostrándolo, ofreciéndolo, o escatimándolo; y a veces nos va un poquito mejor y a veces nos va un poquito peor. Y llega un punto en que hasta podemos empezar o retomar un análisis, y nos preguntamos por qué, por qué no se nos da en el amor si tenemos X. Capaz que nos vayamos de ese análisis mejores, capaz que nos sintamos estafados, o capaz que nunca nos vayamos. Y eso también será accidental, porque en el análisis también se juegan las cosas del querer.

Me gusta la palabra accidente y la traigo, un poco a repetición, porque habla de ciertos hechos azarosos que pueden tener un tinte trágico como un tinte dichoso. Como le decía hoy mi hermana, tus accidentes devienen siempre en regalos, otra gente tiene un accidente y se quiebra una pierna.  

En fin, el punto es que el amor es accidental, por lo tanto, no hay mérito ni mística. No hay orden divino, tampoco nos aman por X, si nos aman, lo hacen por cualquier otra letra. Hacer carne esto es un alivio —no uno intelectual, claro, menos que menos si se es un obsesivo—. Pero para que el alivio sea genuino, primero debe ser carne y luego idea. No funciona al revés.


domingo, 9 de mayo de 2021

Blancanieves, the devil in disguise.

 






Por Maite Pil.


Mientras algunos líderes mundiales, junto con organizaciones internacionales, abogan por la liberación de las patentes de las vacunas contra el coronavirus, hay sectores del feminismo que piden reversionar Blancanieves ya que consideran que el beso final no es consensuado. Ustedes bien pueden pensar que presentar el tema así es tendencioso -y tienen razón-. Desde ya que el contexto pandémico no impide, o no debería impedir, los debates y las luchas culturales. Qué excelente oportunidad para visibilizar, por ejemplo, que seguimos siendo las mujeres las que mayor carga horaria de tareas domésticas y de crianza tenemos. O que de la pobreza mundial el mayor porcentaje está compuesto por mujeres. 

Este feminismo desconectado de la realidad, despolitizado, de mujeres blancas, pudientes y superficiales, completamente adaptadas al sistema, reviste un grave peligro y desdibuja las bases ideológicas de -la que debería ser- la gran revolución del siglo XXI.

Uno de los mayores problemas es la denominada cultura de la cancelación, que consiste, muchas veces, en una censura retroactiva. En lugar de leer e interpretar a las obras en su contexto sociocultural, aunque más no sea para repudiarlas, se las pretende eliminar. Esto es, sin dudas, de una ignorancia suprema, propia de los sectores más necios y reaccionarios. 

Vayamos al caso concreto de Blancanieves: la escena en cuestión consiste en que el príncipe, creyendo que su amada, o su crush, está muerta, la besa a modo de despedida. No sé si ustedes fueron alguna vez a un velatorio a cajón a abierto, pero es muy común que la gente se despida de los muertos con besos, caricias y demás demostraciones de afecto. Jamás vi a un muerto consentir o rechazar ninguna de esas acciones. Entonces, el problema no sería el beso en sí, en tal caso sería el mensaje de que un hombre está en posición de salvar a una mujer completamente pasiva. Bueno, seguramente sea un mensaje de mierda, pero, por sobre todas las cosas, es un aspiracional en desuso. Yo podría ver la peli con mi hija y conversar sobre el tema, hasta incluso reírnos de la solemnidad romántica reconociendo aquello que desentona con el presente. Ahora, si lo que yo hago es adelantar la escena, editarle la historia, estoy fracasando.

La humanidad necesita de un feminismo que esté a la altura de las circunstancias. Está perfecto revisar las moralejas de los cuentos clásicos, pero el legado de estas generaciones no puede ser la cancelación, debe ser la producción. Producir cultura, ciencia, conocimientos, y, por sobre todas las cosas, condiciones sociales dignas. 

Y cuando digo producir me refiero a traspasar las pantallas. Nos toca vivir una época muy proclive a la fetichización de las luchas. Nos encontramos con el feminismo Instagram que lo único que hace es mostrar una axila que no está depilada, pero no hay internalización alguna. No hay un verdadero aprendizaje y deconstrucción allí, lo que hay es una fijación estética. 

El feminismo fetichista, ese que muestra y dice, y no le hace ni cosquillas al entramado social, es the devil in disguise. 

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viernes, 2 de abril de 2021

Reventante

 

Por Maite Pil






Yo tengo una loca, loca, creencia: que los amores del pasado sirven para pasar el rato hasta que lleguen los amores del futuro. No se dejen engañar. Los amores del pasado son lobos disfrazados de corderos. Parecen no restar energías ni causar ningún tipo de daño, pero lo hacen. No voy a enumerar anécdotas al respecto, simplemente contarles la última: me regaló un té Yogui (esa es la marca) y luego me eliminó de Facebook. Qué bronca. Me ganó de mano. Se caía de maduro que no daba para más el vínculo, pero me ganó de mano. Es la última vez que desayuno ese té, me lo prometí. 

Tengo otra loca, loca, creencia: que a los hombres hay que darles tiempo. Esta es triste y bochornosa. Porque siempre te lleva a un lugar absurdo de demanda; claro, vos creés que el otro está contando los intentos con vos, pero no. No hay nada más frustrante que no ser rechazada de forma explícita. En general, los chabones de mi generación no sabe cómo decirle que no a una mujer y todo se vuelve un chicle confusional y humillante, hasta que el silencio se vuelve respuesta en sí misma y una elimina el whatsapp del otro y una noche de flaqueza intenta rastrearlo en un chat del msn. 

Mi última creencia loca es que, a pesar de todo, incluso a pesar de estar publicando esto, voy a conocer a alguien nuevo, algún día, y sin abrirme un Tinder, ni responder los mensajes de Facebook -y en plena pandemia-. Esto más que creencia es como una utopía. 

La gente me dice que me sume a los sitios de citas, me acercan testimonios fantásticos de parejas soñadas. Hasta mis dos hermanas mayores conocieron a sus novios así. Pero yo tengo un problema: me odio y me creo superior en partes iguales. Entonces obro en mi contra con aires de grandeza. Una cosa que, aparentemente, cae mal en la gente. Así me contaron.

Por suerte dejé análisis y ahora tengo más tiempo para pensar en mi flaquezas. 


domingo, 7 de junio de 2020

A las corridas.










Por Maite Pil.

Ahora en CABA está permitido salir a hacer actividad física por las noches. Perfecto, a mí no me cambia en nada, pensé. Hasta que empecé a leer en las redes sociales que era la ventana de oportunidad perfecta para salir a tener encuentros amorosos. Y me angustié, peor incluso que la angustia, sentí miedo. Porque entonces ya no es que estamos todos en la misma. Se me vino la imagen de miles de amantes a las corridas, en busca de un poco de placer, tocando puertas ajenas. 
Ahora, ¿será realmente así o se tratará, simplemente, de una fantasía que queda en el plano virtual, una máscara que posibilita la transgresión?

Me pregunto, además, cómo funcionaría. Me imagino la situación, un primer encuentro en este contexto, me coloco en ella, yendo a la casa de un muchacho. Estoy en la entrada del edificio con el barbijo puesto. ¿Cuándo se supone que me lo tengo que sacar? ¿Antes de que abra la puerta, cuando lo veo salir del ascensor, o arriba después de haberme lavado las manos? Y si me lo saco arriba, ¿lo saludo con un beso cuando salgo del baño o ya fue? 
De por sí una primera cita no es fácil, ¿encima esto? 


Más allá de lo ridículo de la escena, porque todas las citas lo son, lo que verdaderamente me interesa pensar es otra cosa: cómo lograr el pasaje de un otro como potencial portador del virus, a un otro para la intimidad. 
Porque, en definitiva, es eso lo que da miedo, estar frente a lo íntimo. 

domingo, 16 de junio de 2019

Irresponsable afectivamente







Por Maite Pil. 

Hace uno o dos días leí una entrevista que le hicieron a Alexandra Kohan - psicoanalista y docente de la Facultad de Psicología de la UBA- en relación a la responsabilidad afectiva, el feminismo, los vínculos actuales y la violencia de género. La entrevista me gustó mucho y, además, me reafirmó cierto camino que, humildemente, y con las herramientas que tiene una mina que sólo empezó carreras para abandonarlas, hace un corto tiempo emprendí: el de cuestionar al feminismo. Al menos, ese que se vende en grandilocuentes titulares como axiomas. 
Además de que me parece súper valioso que promueva e incite a repensar, que le quite el velo de lo incuestionable al movimiento, me cagué de risa. Porque en la mayoría de los ejemplos que daba, yo estaba interpelada: El comité en el whatsapp analizando lo que el otro mandó, las señales de la primera cita que pasamos por alto, etc. Un sinfín de claridades - no me gusta decir verdades porque no daría lugar a nada más- que nos interpelan directamente. 

Volviendo a este espacio, a mí me gusta más pensar que rodeo frecuentemente ciertos temas a que soy insistente; porque el rodeo, creo, tiende a preservar al tema de la dicotomía. La insistencia, por el contrario, apunta al convencimiento. Y quien parta de ahí, muy probablemente, crea tener la razón. 

Yo no tengo razón ni certezas en nada. Pero sí tengo algunos rasgos neuróticos, que vulgarmente se traducen en valores, y algunas experiencias, que sólo se traducen a palabras, que me obligan a seguir ejercitando la escritura. 
Hace poco me mandaron unas preguntas para una revista online, y en una de las respuestas dije algo así como que me sentía - en relación a mi vínculo con el amor y el blog- como el crítico de cine al que le adjudican la frustración por la dirección. Una de las cosas que descubrí, mientras respondía vía mail - porque la escritura además genera eso, una suerte de revelación- es que escribir sobre amor, o sea, sobre la falta de amor, porque no hay otra forma de nombrarlo sino desde allí donde no está, no es eso que hago mientras preferiría estar amando. De la misma manera que no creo que el crítico vea una película deseando estar en el set de filmación. 

No quiero decir con esto que experimentar al amor no me interese. Pero sí soy medianamente consciente de que para hacerlo hay que tener cierto grado de sanidad. Entendida como un mínimo de integración entre lo que uno cree que quiere y a lo que uno se expone.     

Porque si no, nos vemos envueltos en situaciones donde tenemos que elegir entre el orgullo y el sometimiento, aleccionar o vengarse, decir o callar. Un sinfín de situaciones que nos colocan en el centro de la escena, como si fuéramos los protagonistas de algo donde nos olvidamos de que hay un otro involucrado. Claro que, a veces, hay relaciones en las que uno más que otro decide, pero no suelen ser de las que nos quejamos. 

Aún así, teniendo más o menos clara la teoría, más de una vez tuve que repensar por qué no ir en pos de mi elección, por qué ponerse a pensar al otro como ese que usufructúa con uno. Por qué no pensar a la elección como la potestad misma del deseo. Por qué carajo el acceso a un otro se ha convertido en quitar u otorgar, en vez de intercambio. Y el intercambio no es justo, no tiene por qué serlo, y quien crea que encontrará justicia en un vínculo, sólo se topará con desilusión. 











domingo, 5 de mayo de 2019

Desgraciada







Por Maite Pil. 

Hace varios años atrás me fui de vacaciones, con un novio que tenía, a una playa muy exclusiva de Uruguay. Él era de zona norte y el ambiente le resultaba absolutamente familiar. A mí no, todo me parecía bastante plastificado; y el contraste con la naturaleza no podía más que exacerbarlo. Una tarde, a la hora de los tragos, mi momento favorito, fuimos a un bar de playa precioso. Mientras yo saboreaba un aperitivo vital, él se tomaba, probablemente, una gaseosa.  En un momento se sienta, en una de las mesas libres, una familia digna de revista: un hombre con cara de millonario y cuerpo de deportista,  una cuarentona con cuerpo de quinceañera, una quinceañera con cuerpo de mujer y una hija menor con evidentes problemas madurativos (problemas que, en verdad, los tenían todos los integrantes). No tuve mejor idea que decirle- a mi entonces novio-: pobres, la hija menor les cagó la familia perfecta. 
Él creyó que me estaba burlando de la piba, pero para nada, de hecho era con la única que me podía identificar. Mi ex se paró y se fue. El viaje continuó pero nada volvió a ser o mismo. Él seguía horrorizado y yo me sentía cada vez menos comprendida. Tener que defenderse de un chiste ante una pareja es una de las cosas más aburridas y solitarias del mundo. 
Tonto sería de mi parte evadir la culpabilidad de mis dichos. Yo no quería provocar- ni mucho menos ofender- a nadie más que a él. A veces hacerse odiar es una linda forma de evitar que el partenaire se conforme con una Sprite. Pero me salió mal. 

A veces me pregunto qué hace que dos personas puedan construir una intimidad que se les sea propia. Que no haya censuras en un chiste, una confesión e, incluso, en cierta miseria. 
¿Es la intimidad el camino para construir una pareja? ¿O será la pareja el camino para construir la intimidad? Que no son lo mismo, y que pueden tomar carriles separados, doy fe.  

En el escrito anterior les hablé del pensamiento y de la pasión. Y allí me preguntaba qué es el amor, qué lugar ocupa, qué rol juega, en función de esas dos cuestiones.  Hoy me pregunto qué es una pareja, qué hace que algunos logren consumarla y otros no. A veces no falta nada para que suceda y no sucede.  A veces falta algo, y se consuma igual.  

Hace poco me preguntaron por qué quería formar una pareja si podíamos ser amantes. Pero es que el amante siempre deja una silla vacía. Nunca falta la ocasión en que te gustaría que se siente al lado. 










miércoles, 1 de mayo de 2019

Banda flotante








Por Maite Pil. 



El sábado vi un concierto, por llamarlo de alguna forma, de música experimental (o algo por el estilo). Mientras lo escuchaba no podía más que pensar que no me conmovía, no me emocionaba, simplemente me mantenía en tensión. Tiene esa cosa rupturista respecto del ritmo, no hay continuación. No soy una experta en música, en absoluto, sólo puedo decir que esos saltos, esos vaivenes en la melodía, no pude más que identificarlos con un ejercicio intelectual. Era una música para pensar o, mejor dicho, algo de mi forma de pensar se identificaba con ese estilo. 
Dos días después vi una película que se llama "Frank & Lola". Se trata de un hombre y una mujer que se conocen y comienzan una relación. Todo va bien hasta que una serie de secretos, y encuentros con terceros, comienzan a salir a la luz. La pareja se pudre tal como lo expresan ambos. Pero eso es simplemente algo que piensan- que no por eso genera menos dolor-. Se distancian y, un corto tiempo después, se reencuentran en un evento. Y allí es cuando él le dice una de las cosas más honestas y descriptivas de lo que quiero, con mucha dificultad, transmitir hoy. Dice él: ninguno de los motivos por los que dejé de verte superan a los motivos que hacen que te extrañe. 
En el momento no hice la conexión, ni siquiera es que busqué ver esa peli adrede. Pero recién, en una caminata solitaria, pude entender que en la pasión no sólo no hay motivos sino que tampoco hay interrupciones válidas. 
La pasión y la atracción son estados insistentes, que van hacia una única dirección, lo que no quiere decir que tengan el destino asegurado. Pero esa dirección es el encuentro con el otro. El pensamiento puede carecer de eso, incluso, puede gozar de disentir, de aislarse, de reinvindicarse . La pasión no, la pasión nunca goza de forma solitaria. 
¿Y qué pasa con el amor? ¿Qué es eso? Porque aunque hablemos de pasión, atracción, no podemos ubicarlos muy lejos del pensamiento. Porque como todos ya sabemos, el corazón, incluso el alma, son figuras poéticas, no fuentes de expresión o sentimiento humano alguno. Tal vez el amor sea esa forma particular e intransferible de sintetizar lo que nos apasiona y lo que nos hace pensar. 

domingo, 14 de octubre de 2018

Un poliamor y dos pancitos






Por Maite Pil.




De un tiempo a esta parte está en agenda, se viene debatiendo, la idea del poliamor. La premisa fundamental, para simplificar, sería que una persona mantiene varias relaciones en simultáneo, con conocimiento y consentimiento de los otros actores que, a su vez, también podrían estar teniendo otras relaciones en simultáneo también consentidas por los otros.

En mi época, porque ya me empiezo a sentir un poco vintage, a esto lo llamábamos estar con más de uno. Claro que la diferencia fundamental radicaba en que no había explicitud. Se entendía que al no haber un compromiso manifiesto, formal y enunciado, cada quien podía, si quería, estar o no con otras personas. Pero claro que el compromiso ausente, en el caso al que me referí recién, tenía que ver con la monogamia. Es decir, la exclusividad. Y el gran salto de estatuto, entre este tipo de vínculo y el comprometido, era ese justamente: decir que estamos solamente juntos. 
Lo más interesante de esto es que, en definitiva, en ese salto de estatuto, lo que más trascendía no era tanto la idea de dejar a otros de lado sino que, ese acuerdo, era el signo de amor por excelencia. Importaba más eso, ser elegido exclusivamente, sentirse amado, que las nuevas cláusulas del contrato.

Yo -y creo que muchos y muchas coincidirán conmigo- no puedo dejar de pensar que el amor es extraordinario, en el sentido estricto de la palabra; es aquello que nos saca del anonimato, que nos hace especiales respecto de otros, que nos coloca en un lugar de privilegio para el amante. Sin embargo, llegado a este punto, me encuentro con una gran contradicción cuando pienso en la relación, que se da muchas veces, entre el amor y los celos. Los que hemos sufrido celos, ya sea porque fuimos celosos o fuimos celados- o ambas- sabemos que la fantasía fundamental que se pone en juego casi nunca es si él o ella ama a alguien más. Lo que atormenta en este tipo de fantasías es la posibilidad de que se desee a alguien o algo- porque a veces se es celoso del trabajo, o de los hijos de otro matrimonio, etc.- más de lo que se lo desea a uno. Es decir que, el estatuto que nos da el ser amados, no es reaseguro suficiente, no nos alcanza. No quiero con esto dar la impresión de que los celos son el parámetro por excelencia para cuantificar el amor de una persona. No siempre es mediante los celos que esta intriga que nos impone el sentirnos amados es manifestada, se expresa o, para ponerlo en otros términos, se sintomatiza. De algún modo, cuando alguien nos ama, nos preguntamos por qué a mí. 
Es por esto que me surge la inquietud respecto de si no será esa pregunta - por qué a mí - la condición necesaria para cuestionarse por el deseo del Otro. Tal vez éste sea un punto clave en todo este meollo: ¿Hay amor allí donde el deseo del Otro no me conmueve?  

Concluyo, entonces, sin demasiadas certezas ni grandes revelaciones, que lo que me hace ruido del "poliamor" no está relacionado ni con una cuestión moral, ni de economía pasional; ni siquiera me resulta novedoso. Me molesta el nombre, lisa y llanamente, debo confesar que es eso. Me molesta en el mejor de los sentidos: me hace pensar y me moviliza. ¿Por qué no denominarlo "polivínculo"? ¿Por qué es necesario meter al amor en el medio? ¿Es acaso una forma de "sacralizar" una modalidad que puede ser interpretada - o juzgada- como inocua y pasatista? ¿No es acaso su denominación una forma de evadir el deseo?














domingo, 22 de julio de 2018

La anónima.






Por Maite Pil. 




Hay separaciones que son bastante simples de explicar o, al menos, responden a cierta continuidad, a un devenir. Toda pareja tiene su talón de Aquiles -supongo- y a veces eso, que al principio se circunscribe a un tema, termina tomando otros, se expande.
Alguien me citó una frase hace unos días, cuidado pequeños amantes, que el contrato se firma en las primeras horas.
Es la paradoja fundamental de todo vínculo amoroso, se establecen las clausulas en el momento en que más se está dispuesto a ceder. No hay tal cosa como buenos comerciantes enamorados.
En mi caso, ya no se trataba de tal o cual tema. Cuando me preguntan por qué me separé no logro convencer a nadie con mis respuestas. La gente busca motivos dramáticos, grandes traiciones, actos imperdonables. Nada de eso.
Por la mirada, osé responder alguna vez. Hay miradas imposibles de soportar. Esas que nos sacan del anonimato y nos colocan donde no queremos estar siendo lo que no queremos ser.
Quiero ser anónima, pensé, sentí. Es el camino. 
¡A tomar por culo las expectativas de todos! No me voy a condicionar nunca más ¡Voy a hacer lo que quiera cuando quiera! La sensación de libertad me invadía el cuerpo. ¡Nunca más voy a necesitar de un otro! Era una fiesta. Había resuelto todos mis problemas vinculares. Es una sensación embriagadora. Descubrí la pólvora.
¡Pero qué poco dura, la puta madre!
En una de esas primeras noches sin mi hija, me fui a cenar con una amiga y ella me decía que me había ganado la lotería, prácticamente; que ya tenía una hija, una casa, y que ahora era momento de pasarla bien. Vos tenés que garchar ¿hace cuánto que no garchás? vos tenés que tener un montón de chongos. Y te garchás a uno, y después te vas, y te garchás a otro ¡Qué suerte que tenés!
A mí ya me estaba bajando la manía pos separación y empezaba a presentir los primeros síntomas fatales. Pero como no la quería decepcionar -cosa que en sí misma ya denotaba que escapar de la mirada es un imposible- le dije que sí, que tenía razón. Y hasta me lo volví a creer. Haz como si creyeras y la creencia llegará por sí sola. 
Pero yo debo tener un circuito cortado. Hay una comunicación intrínseca que no fluye. A tal punto que el otro día tuve que releer uno de mis posteos para ver qué pensaba cuando podía pensar anónimamente.
¿Cómo puede ser que lo que uno sepa no sirva de nada?
Hay saberes que se olvidan, también. Que pasado un tiempo de no ponerlos en práctica se entumecen. Yo había logrado desarrollar ciertos protocolos, estrategias, reglas. Me funcionaban parcialmente, nunca fui la heroína de este lío, a decir verdad. Supongo que a determinada edad, eso está muy bien, alcanza.
Pasados los treinta y con una hija en el haber, todo cambia. ¿Pero realmente lo cambia todo?
Bueno, algunas cosas cambian seguro. Ya nadie te llama a las tres de la mañana para ver en qué andás, por ejemplo. Y si lo hicieran, no escucharías el teléfono sonar. Okey, pienso, el afuera cambia, la disponibilidad cambia.
¿Y yo cambié? ¿Se puede elegir cambiar? ¿Necesito un cambio o una cura? No lo sé. Pero hay algo que sí sé incluso en tiempos donde mucho de lo que sé parece inútil: No puedo hacer pasar eso por un Otro. Ya conozco los resultados.

lunes, 9 de julio de 2018

Y el hombre qué.



Por Maite Pil. 




La presentación de la novela "La huesped", de Florencia del Campo, en Eterna Cadencia, que estuvo a cargo de Elsa Drucaroff, se construyó en base a una léctura de género. Es una novela que trata sobre una mujer que está en pareja y, por cuestiones que desconocemos, se muda con él a la casa de su suegra. Allí empiezan a desarrollarse, a tomar cuerpo, sus conflictos, que no son más que la imposibilidad de aprehender un deseo que le sea propio. La lectura de Elsa fue muy interesante, ya que enmarcó esa imposibilidad de desear, que se traduce en un agujero en el lenguaje que construye este personaje femenino, en una imposibilidad colectiva que está dada porque el lenguaje deja, de por sí, a la mujer afuera. Lo más interesante, desde mi propia experiencia, fue que al salir de la presentación, quien en ese entonces era mi pareja, me miró con un enojo mal disimulado y me preguntó: y el hombre qué. 
Hay algunas escenas del libro que retratan a este personaje masculino, la pareja de la protagonista, como un tipo bruto, en el sentido de animalado. Ella lo describe, por momentos, como un animal sucio y desagradable que invita a la burla. Un pelotudo, porque no hay forma de decir algo de un hombre, que mueva a risas, sin que se sienta un pelotudo todo aquel que goce identificarse - lo que demuestra, en mi humilde opinión, que la exclusión del lenguaje que cualquier individuo pueda sufrir supera al género como tal-. 
Qué sé yo el hombre qué, no se trata de un hombre. Esa fue mi respuesta. Lo único que me falta, tener que responder, además de qué es ser una mujer, el hombre qué. ¡Además! ¿El hombre que qué? ¿Por qué no tiene verbo esa pregunta? ¿Qué es? ¿Qué tiene que hacer? ¿Qué que? 

Que el amor feminiza a los hombres es algo que vengo leyendo seguido o, como lo dice Nicolás Mavrakis en su libro "El sexo no es bueno", los castra. O sea, el amor les quita más que que les aporta. Y cito - respecto de la lectura que hace N. M. de Karl Ove Knausgard en Un hombre enamorado-:"marido orgulloso de su castración y voluntarioso babysitter (...) es, en esencia, una chica" -"chica" no mujer. Se encoje-. 
Continúo: "Si se lee con atención Un hombre enamorado, entonces, lo que queda es un mundo donde la igualdad y la justicia son los únicos parámetros importantes. Un mundo donde no se toleran las diferencias porque estas ya han sido arrasadas por la castración y la prohibición (...) ese no es sólo un mundo incompatible con el amor, también es un mundo opresivo y pavoroso donde el sexo no es bueno". 
Me llama la atención, sin ánimos de juzgar, que crea que hubo un mundo anterior que fue más propicio para el amor. Es una idea romántica, sin dudas, y cargada de nostalgia. Supongo que toda época habrá sentido un poco lo mismo. Como vengo diciendo hace un tiempo, el cine da cuenta de esto cuando decide colocar ciertas historias de amor por fuera de la contemporaneidad. Las historias de amor actuales no son tales -sacando a los franceses de lado, que siguen reproduciendo triángulos amorosos no matter what-. Son historias de parejas que se juntan para preguntarse, individualmente, qué es ser lo que son, respectivamente. 
Decir que la igualdad y la justicia atentan contra el amor es como echarle la culpar a Netflix de que una pareja no se hable. 
Por lo demás, como no tenemos otra vida, habrá que arreglárselas para amar en el mundo, y el género, que nos toca. 







domingo, 1 de julio de 2018

El milagro del amor.


Por Maite Pil


Anoche cenando con unas amigas llegamos a la conclusión de que toda buena pasión deriva en amor. No hay forma, para nosotras, de escapar de eso. 
Los hombres, en cambio, pueden atravesar relaciones pasionales sin amar. Incluso, iría más allá, y diría que para muchos de ellos es condición del amor que no haya pasión. 
No estoy hablando de hombres de la década del 50 que tenían a la mujer en la casa y a la amante afuera. Hoy por hoy esto subsiste de una forma mucho más solapada y, cala tan hondo, que tal vez no sea ni reconocible para ellos. Mientras que antes se hacía de esto una elección consciente y se distribuían las necesidades en dos figuras femeninas antagónicas ( la madre y la puta) hoy se transformó en un padecer que deja a muchos hombres habitando la insatisfacción: Por qué con mi pareja no cojo bien.  
La verdad, es que de poco vale ocupar nuestro tiempo intentando resolver los conflictos masculinos. Que, por otra parte, los tenemos idealizados y consideramos que son mejores que los nuestros ¿O no? ¿No fantaseamos muchas veces en experimentar el amor como los hombres? Que es en verdad, las ganas de no experimentarlo. Las ganas de habitar la pasión despojada de sentimientos. 

Tarde o temprano, cuando un vínculo se dispone así, que una quiere amar (porque sin la autorización del otro nunca se ama del todo) y el otro sólo desea, la cosa se termina; utilizamos infinidad de rodeos para no toparnos con esa pared. Aparece el padecer del entre citas. En los encuentros nadie duda de que se la pasa bien. Pero es en ese medio, en ese tiempo que no garantiza el volver a verlo a el otro, que las mujeres perdemos la cadena. Y empezamos a buscar signos de amor. Que si me escribió, que si me preguntó como estaba, que si tardó dos días en responder, que si me invitará a tal evento, etc. 
En este sentido pueden aparecer diferentes posturas, a veces interpretamos la realidad a nuestra conveniencia y leemos amor donde no lo hay, otras, no podemos leer nada, ni siquiera aquello que existe y que no es poco. 
El otro día escuché una frase que hablaba de otra cosa pero bien puede aplicarse: el poder naturaliza su conveniencia. Está claro que cuando la dinámica se da como la planteo, el poder está del lado del que no ama. La conveniencia es no habitar la incomodidad del desencuentro. Nosotras sabemos esto, por eso la angustia. Si hacemos lo que queremos, aparece la incomodidad y se deshace el vínculo. La fantasía que subyace en todas nosotras es que su amor no llegó todavía pero que podría llegar. No es una fantasía infundada en absoluto. Casi siempre el hombre ama segundo. Pero no siempre. 
Ahora bien, me interesa traer a colación de esto una frase de Lacan - que si no desasnamos nos puede cagar la existencia-: El amor es siempre recíproco. 
¡Francés tenía que ser! ¿Qué carajo quiso decir con esto? Les aviso desde ya que bajo ningún punto está diciendo que es suficiente amar para ser amado. Así que abandonen esa ilusión. Hay que entenderlo como la confirmación de que nunca se ama completamente a solas. El otro participa, no es un asunto individual. De lo que el otro nos presenta nosotros construimos una forma particular del decir, lo nombramos amor.  Por eso cuando un amor se confiesa, aunque se fantasee con el ridículo, jamás cae por sorpresa. 
Por lo demás, voy a parafrasear a Miller y cerrar diciendo que cuando el amor de uno se corresponde con el amor del otro, es siempre del orden del milagro. 






miércoles, 20 de junio de 2018

La marca del rollo


Por Maite Pil. 






Basta con separarse para darse cuenta de que hay que comprarse ropa. Otra ropa. O hacer como mi vecina, que se separó casi el mismo día que yo, se tiñó el pelo y ya está estrenando novio. Hace muchos años atrás, cuando me separé de D., mi primera relación larga, fui a la casa a buscar mis cosas y él tenía zapatillas nuevas. Se las vi desde la otra cuadra, eran naranjas y llamativas. Pero no le dije nada. No contento con la situación, puso un pie arriba de la silla y se desató los cordones para volvérselos a atar. Él quería que le dijera algo de las zapatillas. Quería que volvamos. Demostrarme no sólo que era lindo, porque las zapatillas lo embellecían, sino también, que había algo de cambio ¿Si me cambio de zapatillas como no voy a poder cambiar todas esas cosas que te molestan? 
D. se confundió. La otra ropa nunca opera para la relación perdida. La ropa sólo puede funcionar en la medida en que, el cuerpo que habita debajo, no haya sido amado aún. Se puede enamorar con la ropa - con el pelo teñido- pero no se recupera un amor por esas vías. Lacan dice: "Lo que hay debajo del hábito y que llamamos cuerpo (...) es ese resto que llamo objeto a. Lo que hace que la imagen se mantenga es un resto (...) el amor en su esencia es narcisista, y denuncia que la sustancia pretendidamente objetal es de hecho lo que en el deseo es resto, es decir, su causa". 
Me separé de D. porque un día hizo mucho calor o, para ponerlo en términos macristas, de pronto pasaron cosas. Llegué al consultorio de mi primera (única mujer) analista y le dije que estaba derretida. Me preguntó que qué me derretía y ahí nomás me puse a llorar. D. no me derretía. Me había dejado de gustar. Fue la mejor sesión que tuve con ella. Esa sesión pasé a diván. 
El otro día estaba hablando con Flor Bea sobre cómo a veces creemos que nos curamos cuando, en verdad, es que no se presentó la oportunidad de enloquecer. Porque loca no es la quiere sino la que puede. Separarse muchas veces genera esa falsa ilusión de salud mental. 

Hay un sueño que siempre recuerdo. Yo estaba sentada en el inodoro hablando con ella, F.B., sobre el papel higiénico. Le decía que el de hoja simple era para los hombres y el de hoja doble era para las mujeres (tal vez pudo haber sido al revés). Cuando se lo conté en sesión a Lito Matusevich (mi siguiente analista) me dijo "ahí está tu rollo, dejamos acá". Tres minutos y el resto de mi vida duró esa sesión. 
A veces pienso en llamarlo. Contarle que fui mamá. Contarle que mi vieja se murió y que ya no sueño con animales que me atacan. 
Decirle que retomemos aquel sueño del rollo antes de que vuelva a jugar su papel si es que ya no lo jugó. 

domingo, 10 de junio de 2018

Celos will tear us apart



Por Maite Pil

Antes de ayer vi una película, “El hilo fantasma”, sobre la cual ya escribí pero dejé afuera esta escena que les voy a relatar, la estaba guardando para la ocasión. Sin entrar en demasiados detalles, la escena consiste en que la protagonista, que vive con su amante, por decirlo de alguna manera, lo ve a él tomándole las medidas para un vestido de novia a una chica joven y bella. Lo ve de lejos, más allá de la distancia física, porque lo ve de afuera. La cara se le transforma, en un segundo pasan por sus gestos angustia, odio y desesperación. Esa escena es la condensación perfecta de lo que los celos son y lo que los celos provocan. Al menos, en las mujeres.
La verdad es que la piba de la escena era linda, sí ¿pero para tanto? ¿Como para que te cague el día y, probablemente, la relación?
Se siente excluida, lo que me parece uno de los puntos claves del asunto. Las escenas que nos dan celos siempre son vistas de afuera, nunca formamos parte. Ya sea porque las observamos con paralizante fascinación o porque las fantaseamos con el mismo énfasis. Somos espectadoras, pasivas, de una historia, que la mayoría de las veces, no existe ni existirá. Pero no es ese en el único sentido que la exclusión aparece, se da, también, como una suerte de repartición de atributos donde lo que tenga ella yo ya no lo tengo, dejo de poseerlo. Si es linda, yo me siento horrible, si es inteligente, yo me siento una pelotuda. Y así, con lo que se puedan imaginar al infinito. La mala noticia es que el mundo está plagado de mujeres hermosas e inteligentes. La buena, es que tal vez la única que está pensando en eso sos vos.
En cambio, los celos de los tipos, son otra cosa. La posibilidad de que conozcas a otro más lindo y más copado que él, existe, obviamente. Que, vamos, puede pasarle a cualquiera, a un hombre o a una mujer en una relación hetero u homo; pero los celos no son preventivos, todo lo contrario.
Lo que importa es la construcción de ese celo, el contenido que cada uno le da. Cuál es el detalle o el dato que dispara semejante horror. Ahí radica la diferencia entre las posturas masculinas y femeninas.
Conozco mil historias donde había un tercero, X, que era fuente de celos, y luego con el tiempo, adivinen qué pasó: El celado se fue con X. Pero no porque hubiera verdad en la sospecha sino porque la sospecha plantó el deseo. (Si esto les pasó o llegara a pasarles, ni se gasten en explicarlo, o pedir explicaciones. No tiene sentido). Alguien me dijo una vez, que a su vez creo que se lo dijeron – el origen de esta frase tal vez nos pueda llevar a generaciones atrás, si alguien es el autor le reconoceremos los derechos- no hay que darles ideas.
Bueno, los celos de los hombres, ahí me quedé: El celo al pasado. El celo al pasado, es tan tonto como el celo al futuro, nadie lo niega, pero la diferencia es que el hecho ya fue consumado. No hay salida. Si el celo al pasado emerge, a menos que se pueda viajar en el tiempo, hay que agarrar la cartera e irse. Es un fantasma que carcome la cabeza y que poco se puede hacer al respecto. Hay una película muy buena que retrata esto que se llama “Song to song”. El protagonista (Ryan Gosling) descubre -descubre porque pregunta, no porque el destino así lo quiso- que su pareja tuvo sexo con un tipo que lo cago a él en un negocio discográfico. Un tipo que lo tiene todo, plata, facha, minas, poder. Un pene erecto caminante. Y Ryan (no recuerdo el nombre del personaje) no puede vivir con eso, quiere investigar, hace preguntas que sólo le traen respuestas insoportables. Cuántas veces se acostó con él, cuándo, etc. etc. ¿Cuál es la única pregunta que no hace en relación al otro? Si lo amaba, eso no lo pregunta. No le interesa. Él sabe que ella lo ama a él. Pero no le sirve. Porque no puede dejar de pensar en cómo se la cogería el otro. Si la tendrá más grande que él. Si la hacía acabar en tal o cual posición. Y se separan, obviamente.
Mientras que de un lado tenemos una postura femenina que cela la posibilidad de que otra sea más mujer, elegida para ocupar ese lugar, más merecedora de amor; del otro nos encontramos con una postura donde lo que se pone en juego no es amor, sino placer, que otro la haga (o la hizo) gozar más que él.

En fin, yo no estoy intentando hacer teoría, y mucho menos dar recetas. Me gusta describir aquellas cosas que observo; el saber, o construir cierto tipo de saber propio, debe servir de algo. No siempre se aprende de lo que se sabe, ni se pone en práctica lo aprendido. Pero si se empieza por algún lado, es sin dudas, sabiéndolo. Saberlo para no querer saber más nada de esto.

miércoles, 14 de agosto de 2013

La puta espera

Por Flor Bea

Nadie es tan infeliz como para saber
por qué busca a otra persona.
Luis María Pescetti


¿Hay algo peor que querer hablar con alguien (con él) y no conseguirlo? Pone ansiosa, desespera. Y empeora si encima creemos que no contesta porque no quiere, no porque no puede.
¿Algo que vaya tan a peor tan rápidamente? Porque este tipo de situaciones no hacen más que llevarnos al patetismo y hundirnos en la mierda.
Ausencia, ausencia, ausencia... que lleva al reclamo, al insulto, a la depresión, a la violencia. 
¿A la imaginación también?... Nos hacemos la película, siempre una certeza de por qué no atiende; una película que en general no suele coincidir para nada con el desenlace de la situación. Es que la vida supera a la ficción y a las fantasías.
Esta es la puta espera.






domingo, 20 de enero de 2013

Anarconeurosis.


Por Maite Pil.

Estuve analizando, en lo que va de este nuevo año, mi pasado amoroso. Todavía no terminé. Pero hoy recordé, por esas cosas de la vida, a un viejo amante en particular: el anarquista. Personaje. Un día me sugirió que comprásemos una heladera juntos para el depto que usábamos de bulo. No sé si era un indicio de que quería un mayor compromiso o si realmente solo no iba a poder hacerlo. Me han propuesto peores cosas. Ojo. Una vez me invitaron a comer una hamburguesa a medias. Sin papas.
Nadie puede decir que yo salgo con tipos por su plata. O sus modales. 
El punto es que, tras varios encuentros con el anarquista, heladera de por medio, decidí que no quería verlo más. Me invita un día, a lo que yo sabía que era, nuestro  último encuentro. Día de semana. Cuando alguien te gusta no contás las horas que vas a poder dormir pero no era este el caso. Pensaba, entonces, entre que vamos a cenar, después vamos al depto, etc, se va a hacer muy tarde. Con lo cual le dije de ir directo a su casa con una picada (para ahorrarme unas horas). Esa noche discutimos sobre algo que no recuerdo y no nos vimos más. Tiempo después hablo con él, me hace referencia a esa noche, y me menciona “el lindo gesto de la picada" y la culpa que le había generado nuestro distanciamiento en ese marco de "agasajo" de mi parte. 
Años más tarde me vi envuelta en una situación similar: Me empecé a escribir con un ex y le terminé diciendo de vernos porque ya no toleraba sus faltas de ortografía.
Si todo esto hubiera tenido lugar en mi infancia, podríamos decir que se trataría de “la escena traumática”. Es decir, ese acontecimiento, o conjunto de ellos,  que me dispararon la siguiente ilación neurótica: si yo soy capaz de despreciar con un acercamiento, acaso, aquellos hombres que me desprecian ¿no estarán, en verdad, ocultando su verdadero deseo?
El principio del fin de las relaciones saludables. O, mejor dicho, de las relaciones.
Por suerte, a lo largo de varios años de análisis, no resolví nada pero aprendí una cosa: me tiene que chupar un huevo el deseo del otro.  

jueves, 29 de noviembre de 2012

Llamado a la solidaridad

Por Flor Bea
 
Se necesita con suma urgencia hombres que PREGUNTEN.

Estoy en llamas de furia, lo advierto. NO hay nada que me ponga de peor humor que un hombre no me pregunte qué te pasa cuando hago de todo, ¡¡¡todo!!! para que se dé cuenta de que me pasa algo. O sea, qué les pasa a los hombres que, cuando es evidente que algo me pasa, me siguen hablando como si nada!!! O sea, lo llamo por teléfono:
–Hola.
–Hola.
–Hola, Flor, ¿cómo estás?
–Bien, no, no sé, más o menos… ¿Dónde estás?, se escucha como el culo.
–En el colectivo.
–Bueno, ¿no te podés correr?
–¿Adónde?
–No sé, adonde se escuche mejor.

Y pienso: por mí bajate. Pero sé que si le pido que se baje voy a estar siendo egoísta, además de que no solo que no va a bajarse sino que va a creer que estoy loca. Siento odio pero sigo la conversación de la mejor manera que puedo.

–No, todo bien, no importa, te quería decir algo importante pero se escucha mal.
–Yo te escucho bien, decime.
–No, no importa.
­– Bueno, ¿cómo te fue en el trabajo? ¿Bien?
–Sí.
­–¿Y ya llegaste a tu casa?
–Sí.
–¿Vas a cocinar?
–No. ¡Y no te escucho nada son ese ruido!
–Bueno, te llamo a la noche.

¿¿¿¿¿Qué?????? ¿¡¡¡No le da intriga lo que tenía para decirle!!!? ¿¡¡¡Y no se dio cuenta de que le contesté todo con monosílabos, que es obvio que algo me pasa!!!? Además, ¡¿a la noche?! Son las seis de la tarde. Primero: qué es la noche, ¿las 8?, ¿las 9?, ¿las 10?, ¿10.30? Para las once, si no me llamó, me suicidé.
Además de que seis y once lo estaba llamando de nuevo.

–¿Pero qué pasa?
–De todo, pero no sé, ¿a qué hora me vas a llamar?
–Cuando llego a casa, como siempre.
–No, no sé a qué hora llegás a tu casa.
–A la de siempre, sí sabés… no te preocupes, hablamos más tarde.

Peor. Mirá, al menos la noche me la puedo figurar. Más tarde es una coordenada de tiempo que mí no se me representa de ningún modo en concreto, y yo NECESITO cosas concretas. A ver si empezamos a entendernos mujeres y hombres. De más está decir que entré en un ataque de llanto en cuanto cortamos… Y no podía hacer más que desear que me llamara en ese momento y atenderlo con la voz de llanto desgarrado para que de una puta vez me preguntara qué te pasa, a ver si con ese llanto seguís sin preguntarme… Qué qué me pasa. De todo: que tengo TODA la ropa sucia, que me dijiste que me llamabas más tarde y no sé lo que eso significa en tu mundo, que se rompió el collar turquesa, sí, el que te encanta, que el incienso es más grande que el agujero del porta incienso, que mi jefe es un imbécil y hoy tenía olor a chivo, que hay ruido porque es hora pico y la gente parece que no sabe conducir sin tocar bocina, que se cortó el agua esta mañana y no me pude bañar y ahora voy a tener que bañarme de noche y el pelo me va a quedar como el culo, que se me había ido la menstruación pero resulta que hoy se me manchó la bombacha con una gota de sangre porque se va pero viene y hace lo que le parece, ah, y que me quedé sin papel higiénico y estoy usando rollo de cocina y no pienso invertir un solo minuto de mi puta y aburrida vida en ir a un almacén a comprar papel higiénico. Pero sabés qué, dejá, ni te preocupes por preguntarme lo que me pasa. Ya ni me importa, ¿sabés lo que voy a hacer? Voy a bajar a la panadería y me voy a comprar TODAS las tortas y me las voy a comer todas y no pienso guardarte nada, y voy a engordar y a reventar y te vas a joder vos también porque voy a estar gorda y fea. Pero feliz por haberme comido la panadería entera que larga un olor que me tiene loca todas las mañanas. Mierda, voy a tener que mudarme ahora que lo pienso.

¿Y él? Sigue ahí, tranquilo, en el colectivo. Después llega a su casa, se da una ducha, pone el noticiero, se abre una lata de cerveza, se rasca el culo y después, recién después, me llama. Ayyyyyy. Ommmmmmmmmmmmmm. Ya sé, es mi culpa. Pero este es un pedido a la comunidad masculina. ¿Pueden preguntar la frase mágica “qué te pasa“?, no es mucho, y eso da pie para que nos desahoguemos. Ya sé que no es justo que nos desahoguemos contra ustedes, pero con un abarzo, un mi amor, no te preocupes, la ropa te la lavo yo y a la panadera voy a matarla, ya está, no es tanto pedir, ¿no?

viernes, 12 de octubre de 2012

A Fabulous Kisser

Por Flor Bea

 
Como me termina pasando con todo en esta vida, de las citas también acabo cansándome. Me aburro de todo. Pero no voy a hablar de que me aburro de todo, voy a hablar de otras citas que tuve en Barcelona.
Estaba yo sola en Barcelona. Sería muy largo contarles cómo es que él llegó a invitarme a salir esa tarde barra noche, pero el punto que es quedamos en tal esquina a tal hora. Demoró porque se perdió en las curvas de Terrassa (Terrassa queda a cuarenta minutos en tren de Plaza Catalunya en BCN). Me llamaba al celular para decirme que estaba cerca pero que no encontraba exactamente la esquina. Bueno, no importa. Eso sí, qué coche será que tenés, digo, al menos para levantar los brazos y sacudirlos en alto si te veo venir a lo lejos. Pero no le pregunté por el coche: un segundo antes de la pregunta que no fue, me incomodé yo misma, como si no fuera una pregunta práctica, como si fuera a juzgar. Llegó. Ahí pensé: suerte que no le pregunté qué auto tenía. Era un BMW negro descapotable. Específicamente, el M6, con la música alta aunque no mucho y otros gestos para no pasar desapercibido. En cada semáforo brindábamos tema de conversación a la gente. Sí, no era muy cómodo, yo no tenía ganas de vidrieras en mi noche.
Fuimos a la terraza de un hotel ubicado justo en una esquina de Barcelona, muy cerca de la Sagrada Familia. La vista era hermosa. Tomamos vinos y comimos quesos, y probé ahí por primera vez la comida más típica de ellos: el pan con tomate (parece una boludez pero es una delicia, chorrea aceite de oliva y eso es lo mejor). Me contó entonces que estaba casado. Bueno. Más pan con aceite y tomate, pensé. Me mostró las fotos de su mujer, una rusa que se casó con él solo para obtener la nacionalidad española. Me explicó que lo hizo porque él sí la amaba aunque sabía que ella no. Bueno, y más vino, por favor. Cuando salimos de la terraza, mientras esperábamos el ascensor que iba a llevarnos a la planta baja, me regaló un chupetín con forma de corazón, sonrió y me mostró que él tenía un chupetín gemelo en su mano. Se rió con ruido y me entregó el suyo también. Yo quise llorar pero le sonreí.
Regresamos por la autopista, esta vez con el techo cerrado porque el viento de la noche entonces iba a ser demasiado. Tres cuadras antes de mi casa (yo estaba parando en Terrassa, él era de Terrassa, fue una de las coincidencias que hizo posible la cita) frenó el coche para mostrarme más fotos de su Iphone. Sí, la modelo que lo acosaba pero que él prefería tener lejos “porque son chicas hermosas pero peligrosas, mirala, ¿no es un bombón?”.
¿A qué fuimos? Quiero decir… ¿qué hacíamos él y yo un domingo por la noche en una terraza romántica de Barcelona gastando tanto dinero en quesos y vinos, rodeados de parejas que parecían amarse (aunque eso casi siempre es más un parecer que un ser) y de japoneses que tomaban fotos a la increíble vista? ¿En qué momento él decidió cambiar el discurso, decidió dejar de mirarme a mí para mirarse a sí mismo? Sí, es cierto, a mí no me gustaba, y debe de haberse dado cuenta, y entonces cambió los planes. Pero quiero preguntar: ¿es válido cambiar los planes en medio de la cita? ¿O deberíamos jugarla hasta el final? ¿Está bien transmitirle (ni idea de qué modo lo hice…) que no me gusta en la primera hora o debería mantener las expectativas hasta el final y luego decirle: no, hoy no porque ya es tarde y no sabía que podía no volver a mi casa… pero llámame en la semana, ok? (aunque esté mintiéndole)?
Sé que cambió los planes y no que yo tampoco le gusté a él porque ya en la puerta de mi casa, los dos parados al borde de su coche, me dijo: mira que aunque soy feo beso como ningún hombre que has besado en tu vida besa, ¿no quieres probar? Soy fabuloso en eso.
¿Eh??? ¿¡Esos modos de jugarse una última carta!? Pero después de la modelo y tu esposa y el gusto a queso que debés de tener… No, gracias, la verdad es que no quiero probar.
Y así fue como las últimas semanas me fui cansando… No me comí ningún chupetín, se los dejé de regalo a la pareja que me hospedaba en la casa de Terrassa. Aunque debo confesar que dudé de si regalarlos o acaso no usarlos para practicar... anyway.

sábado, 18 de agosto de 2012

La ley y el desorden.

Por Maite Pil. 

http://www.youtube.com/watch?v=ijZRCIrTgQc

Hay una gran diferencia entre el mal dirigido y el efecto colateral de la mera existencia. No hay que ignorar el hecho de que por el simple existir afectamos a nuestro mundo. El que nos armamos, ese que tenemos cerca. No recuerdo si ya he citado esta gran frase que me dijo mi analista alguna vez: "No existe la justicia en el amor".  Justicia es " (...) dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece". Tiempo después, soy un poco lenta con las devoluciones, entendí que la frase de mi analista estaba en línea con la propia definición que Lacan hace del amor: "Amar es dar lo que no se tiene a quien no lo es".( Algunas traducciones dicen a quien no lo quiere o necesita, lo cual sería básicamente lo mismo). El otro día le pregunté a una persona si estaba enojada conmigo y me contestó: "¿Debería estar enojado?". Lo cual me dejó pensando en que no sólo efectivamente estaba enojado sino que además pareciera que el enojo válido, el que hace justicia, el que puede ser confesado, debe ser efecto consecuente de un acto determinado. Imaginen ustedes si alguien nos preguntara si lo queremos y le contestásemos "¿Debería quererte?". No hay forma de regular, de ejercer un control, de regir una ley respecto a los afectos. Pero, como los humanos necesitamos de un soporte simbólico que haga las veces de ley, que nos ampare, inventamos la noción de compromiso. 
Entonces, quienes estén dentro de la regulación del compromiso, podrán ejercer determinada cantidad de derechos a la vez que responderán a determinada cantidad de obligaciones. Muchos utilizarán esto como estrategia defensiva, lo cual es una canallada. Una amiga una vez me dijo: "Hay que desconfiar de la gente que tiene los dientes tan blancos". Qué gran metáfora, aunque ella lo haya dicho en sentido literal. Hay que desconfiar de la gente que tiene la conciencia limpia. Todos hacemos daño, alguna vez, lo queramos o no. Lo importante es entender que la pretendida libertad que supuestamente nos da la ausencia de compromiso  no nos libra de responsabilidades. No hay forma de regular los afectos humanos que surgen de los vínculos, cuales quiera sean sus características. En lo tocante al amor, el orden lineal de la causalidad se rompe. Entender y obrar según esto, es lo más parecido a la justicia que los humanos podemos alcanzar. 

domingo, 20 de mayo de 2012

Ni la noche ni el bochinche.

Por Maite Pil



La noche, oh, la noche. Cuando una está soltera tiene una especie de obligación, casi moral, de salir nocturnamente y, encima, divertirse. 
El viernes me acerqué a una de las chicas y le pregunté si sentía mal. Me dijo que no y agregó: "¿Por qué?" "Bueno, porque estás agarrada de la pared y tenés los labios pálidos", le contesté.  Supongo que es exactamente ésta la definición de estar borracho. Una ilusión del propio bienestar que no se transmite.
 “Remixar este tema es convertir una tortura de tres minutos en una tortura de siete” fue la frase más sensata de la fiesta.  Yo le podría haber contestado “Corré,  no te preocupes por mí” Por supuesto que en inglés sonaría mejor, como en las películas.  Run, go! Como si estuviéramos frente a un potencial peligro. Antes era justamente eso lo que me entusiasmaba del salir, las contingencias, la posibilidad de que algo extraordinario pasara. Y pasaba la mayoría de las veces. Hoy tengo una concepción de la diversión mucho más controlada. Pero no en un sentido poco espontáneo. Sino en su más puro sentido, el de reconocer qué cosas son las que me habilitan un disfrute. Qué música, qué gente, qué ambientes, qué conversaciones.  
Decir que todavía hay hombres que se acercan con el discurso del signo, nombre y ocupación laboral, parece un lugar común. Y lo es, todos sabemos que lo es. Lo cual lo convierte en algo sorpresivo. Todos sabemos que es un cliché y sigue pasando  ¿No les da vergüenza? La respuesta es no.  Es el lenguaje, al menos uno de los posibles, del levante. La idea del levante está siempre implícita en este tipo de salidas. Incluso cuando se niegue, e incluso cuando el que se te acercó a preguntarte si tenés novio en una forma disimulada (como por ejemplo, “por qué saliste sin tu novio?”) te lo niegue.  O sea, sos soltera, así que más te vale que salgas, te diviertas y conozcas a alguien.  
También está la idea de la acumulación de diversión para el futuro: Aprovechá para salir ahora que sos soltera, porque después… ¿Después qué? Esto de creer que la posibilidad de ser feliz está siempre en otro lado es un triunfo ideológico. Es lo que sostiene al sistema capitalista cuya fórmula, en su estado más puro, sería: “la posibilidad de ser feliz está en tu próxima compra”. Y así, nos atan al consumo infinito de cosas. Porque la felicidad es la aspiración humana por excelencia.  Al menos, a nivel consciente.
Como dice Slavoj Zizek, ya no vivimos en una sociedad que reprime los placeres sino que vivimos en una sociedad que nos impone, nos demanda, placer. Y es responsabilidad de cada uno de nosotros encontrar un espacio en el cual nos sintamos cómodos con nuestras insatisfacciones, las cuales nunca dejarán de existir, pero por sobre todo, nunca nos impedirán, del todo, elegir quiénes queremos ser y cómo queremos serlo. En definitiva, que algo nos falta y aceptarlo... A menos que eso que nos falte sea amor. 
¿Y qué pasa con el amor? El amor es la única cosa que escapa al mercado. Y la mejor bandera de resistencia contra él. 

domingo, 23 de octubre de 2011

Los ciegos y los que queremos ver.



Por Maite Pil

En el enamoramiento se da un doble juego de miradas. No es simplemente una atracción hacia lo que vemos sino que a la vez  somos atraídos por la mirada que el otro nos devuelve. Es un juego de reflejos.
No puede existir amor si no hay un otro que esté dispuesto a devolvernos la mirada. Una mirada que nos redefine, que nos dice quién somos de un modo que nos deja fascinados. 
El psicoanálisis postula que el amor es siempre recíproco justamente por esto. Entendido así, creo que la mejor manera de respondernos ante la pregunta de qué es el amor, es pensarlo como un vínculo. Si hay algo de sentimental en el amor, no es un sentimiento, son dos.
Todas esas veces que creímos estar amando solos, en realidad, estábamos haciendo otra cosa. Ese sentimiento que no es compartido no puede ser nunca amor...Será deseo, tal vez.

Cómo captar la mirada del otro es una pregunta inevitable y un tanto inútil. No creo que haya forma de saberlo. Sin embargo, en los juegos de seducción se percibe algo de esto, de la importancia de la mirada. Se genera un movimiento que va del estar a la vista de a un salirse de escena. Pero no hay recetas mágicas.

Para entrar en el juego de reflejos debe haber un resto o, para decirlo en términos lacanianos: “Para que alguna cosa exista es necesario que en alguna parte haya un agujero”.
Por supuesto que esto no implica matar la conquista. Es justamente al momento de conquistar que se va creando esa imagen que le ofrecemos al otro y que después veremos reflejada. Conquistar es un reinventarse. No porque mintamos acerca de quienes somos, eso nunca se sostiene. Sino porque lo que somos es relacional.

No creo que sea azaroso que en sociedades como la nuestra, donde los vínculos están sufriendo cambios (y dificultades), emerja una  gran variedad de redes sociales que nos invitan a mostrarnos. Evidentemente la necesidad de ser visto persiste, sólo que en vez de tener un otro (real) que nos devuelve un reflejo, nos sometemos a múltiples miradas virtuales que nosotros mismos debemos completar. Y por más tentador que pueda resultar este ejercicio, el dotar a la mirada del otro con cuanta cosa deseemos, no deja de ser un acto solitario.
Hasta qué punto estas miradas virtuales llenan ese agujero no lo sé.
Pero no hay que engañarse, que aunque el amor se trate de ver y ser visto, tenemos un cuerpo que poner. 

Por Maite Pil