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domingo, 19 de abril de 2020

Culpando al virus.





Por Maite Pil. 

Es casi imposible que el domingo siga teniendo, en plena cuarentena, esa impronta que lo caracteriza, ese ritmo melancólico, la pesadez propia de estar al borde del lunes. Era lindo tener un día reservado a la reflexión y a la añoranza. Al retiro, a la resaca, al sillón. A la familia, a la siesta permitida, a las facturas por la tarde. En cuarentena, creo yo, ningún día es domingo, al contrario de lo que piensan muchos. El domingo representa un final y un comienzo inminente. Ahora, todo es un continuo, una sucesión de días más o menos inútiles. 
El domingo supone una jornada de duelo, de angustia. Es, también, un día para el deseo, porque algunos neuróticos funcionamos un poco así, bajo amenaza de que todo acabe, y, en ese sentido, hacía las veces de nuestra propia pandemia privada, nuestro propio apocalipsis; nos enfrentaba con el absurdo de la vida, pero, también, nos brindaba una segunda oportunidad, la oportunidad de prometernos mejores decisiones para la semana entrante.

Qué difícil, además, que es escribir sobre amor, sexo y vínculos en este contexto. El aislamiento nos ha empobrecido la vida, también, en este sentido. Aunque, en mi caso, creo que muchas de las limitaciones que ahora reconozco como compartidas, ya estaban presentes en mí desde antes. Y no debo ser la única, pero bueno, quién soy yo para pincharles el globo diciéndoles que, sin coronavirus, tampoco iban a enamorarse o a coger tan fácilmente. 

Esta realidad nos toma, nos aliena, con lo que ya éramos y con lo que ya teníamos. Entiendo que la tentación es muy alta, la tentación de empezar a elucubrar neuróticamente sobre que si no fuera por la pandemia, nuestro presente sería otro. Y está bien, como primera medida defensiva es, por lo pronto, aceptable. Es una forma de poner al deseo a servicio de la frustración, del enojo. No es poco.  

No estoy tan segura de que sean tiempos óptimos para estar en análisis, aunque hayan salido todos los psicoanalistas, como locos, a hablar de las sesiones online. Sí creo que, aquellos que pasamos por esa experiencia, tenemos alguna que otra herramienta a mano. Porque, a fin de cuentas, tal vez el psicoanálisis no cure, pero nos vuelve sujetos más sensatos. Y, entonces, ya no culpamos a un virus de todo. 

domingo, 22 de marzo de 2020

Una pandemia de ¿amor?







Por Maite Pil. 



El domingo pasado, cuando me enteré de que iban a suspender las clases, me enojé. El lunes estuve todo el día a las puteadas, el martes, también. El miércoles me angustié y, para cuando decretaron el aislamiento obligatorio, ya estaba entregada. No siento ansiedad, no tengo planes ni fantaseo con hacer cosas para cuando volvamos a la rutina. Tampoco me prometo cambios para cuando todo termine, ni ando romantizando la vida como la conocía hasta antes de todo esto. No estoy pendiente de las fechas, es más, pienso que todo puede extenderse más allá de lo imaginable. Considerar esa opción me tranquiliza. Ejercer mi maternidad me entrenó en este sentido, como ya lo he dicho en otras oportunidades. Me enseñó a ser impotente sin volverme loca. 

Estuve leyendo varios artículos sobre la sexualidad en tiempos de pandemia. Y me causaron un poco de gracia, algunos, debo decir. Pareciera que muchos se olvidaron de que antes tampoco teníamos el encuentro con un otro garantizado. De hecho, era una queja constante: se puede y no se quiere. Pero bueno, supongo que los seres humanos funcionamos un poco así, necesitamos de ese obstáculo externo para convencernos de que sin él todo sería diferente y mejor. 
También están los que consideran a la masturbación como una forma útil de suplantar el acto sexual. Y se creen revolucionarios por escribir sobre eso. A mí me parece lo contrario, de hecho. Se justifica una práctica que no necesita justificación alguna. Y, además, se reduce la sexualidad a una suerte de mecanismo de descarga. 


Estamos frente a una situación atípica, inédita. Estamos todos arrebatados, se nos impuso otro mundo, otra realidad. Una que pulveriza al sujeto capitalista. Ese que cree que todo lo controla y que acopia recursos materiales para establecerse sus propias reglas y prescindir del otro, o para hacer del otro un instrumento más. En este sentido, pienso que este presente, de limitaciones, miedos e incertidumbres, se le parece bastante a experimentar el amor. 

domingo, 5 de enero de 2020

Nuevos son los años




Por Maite Pil

Empezó el año. Y no hace falta ser un optimista para sentir, aunque sea con disimulo,  que nuevas oportunidades y cambios vendrán. Los humanos nos vivimos inventando finales y comienzos que, paradójicamente, nos permiten eludir la idea de finitud pero, también, la idea de continuo.
Hay algo insoportable, insostenible, en lo continuado, se traga la noción de futuro; es habitar un constante tiempo presente.
En la película "Gegen die wand"(Fatih Akin, 2005), el protagonista tiene un intento de suicidio fallido y el médico que lo atiende le dice: no hace falta matarse para terminar con su vida. Me gusta esa frase, no habla de un renacer, no es pretenciosa ni destila esperanza . Y él, que es un muerto en vida, ¿qué hace? Va y se enamora. Obvio, qué otra cosa iba a hacer un tipo normal, que no es joven ni talentoso, para experimentar algo que lo sacara de esa serie monótona, vulgar y hostil.
El amor y el deseo son las experiencias humanas más democráticas. En ese sentido, coincido plenamente con las palabras que Pino Solanas supo pronunciar alguna vez: Dios tuvo la grandeza de, junto a la creación, descubrirle al hombre y a la mujer el goce, que es un derecho humano fundamental. En esta vida de profundos sacrificios, ¿no va a ser un derecho? ¿Y qué derecho tiene el pobre, además? Si en la crisis brutal que vive la Argentina, de una crisis en otra,  no le queda, por lo menos, el derecho de amarse.
No por nada el amor ha sido bandera de diversas revoluciones. No se trata, creo yo, como pregonaba el hippismo, de amarlos a todos. Ni creo que se trate de amar a los animales, o que las mujeres nos amemos entre sí por el simple hecho de compartir genitales. Con esto no digo que esas banderas estén mal, pero creo que es bastante más simple o, mejor dicho, más íntimo. Hay una paradoja que habita toda causa que es la estetización. No es algo que, necesariamente, genere la causa en sí, sino que el propio sistema va haciendo imagen y mercado de todo aquello que se le opone. Sí es responsabilidad de los diferentes movimientos cómo interpretan las resistencias, e incluso, las trampas, a las cuales se enfrentan.
Muchas veces, estos dos últimos años, me sentí extrañada, y una pizca anacrónica, llevando adelante este blog. pero hoy entiendo a esa incomodidad de otra forma. Creo que tener un espacio que hable de amor,  sexo y  equívocos heterosexuales, suma. No soporto la idea de que el amor propio lo pueda todo. Y odio la frase que dice: Si duele, no es amor.
Nací en 1987, pasé 5 años de mi vida esperando que la nana Fine se case con el Sr. Sheffield, las femme fatale son mis heroínas y Drew Barrymore me parece gorda. Tengo mis focos machistas, claramente. También sé anular enchufes, pintar paredes y cargar peso por la escalera caracol. Si no hago estos balances, me matan.
Es domingo y no tengo novio no representa la ausencia de un varón. Es una metáfora sobre la ausencia de goce, sobre el aburrimiento y la adaptación plena al sistema. No sea cosa que un domingo no descansemos y e lunes rindamos poco. Es domingo y no tengo novio es la inconformidad, la intriga y la búsqueda de una mujer. 


jueves, 20 de junio de 2019

Inmutis por el foro






Por Maite Pil.


El domingo pasado hice mi columna habitual partiendo de una entrevista que le hicieron a Kohan titulada " Acostarse con un boludo no es violencia". Luego leo una nota, en contestación a ésta - titulada "Por una pedagogía del cuidado, el acuerdo y la responsabilidad afectiva"- y realmente, quedé pasmada.
Por un lado, pareciera que en la medida en que no se dice o se aclara todo, inmediatamente se valida lo omitido. Estamos al horno, eh.
Y esto no lo digo en defensa de una ni en detrimento de otra, porque no conozco a ninguna de las dos y poco me interesan como personas, no las conozco y probablemente jamás me las cruce en la vida.
Pienso en sus discursos y lo que producen. Creer que quien dice "cogerse a un boludo no es violencia" está eximiendo de responsabilidad a un hombre- o está negando que exista un sistema que es mucho más permisivo con el hombre- es reaccionario, no crítico.
Las quejas respecto del amor resuenan mucho más en el campo de lo femenino.
Y sí, claro que por algo es!
Por otra parte, si hay algo que rescato de la entrevista con Kohan, es la capacidad que tuvo para identificar la queja y cierto costumbrismo femenino en torno a eso que nos decepciona, nos angustia. Yo no me sentí boludeada con esa nota, todo lo contrario.
Superar la queja y hacer de ella una herramienta de cuestionamiento subjetivo es lo mejor que nos puede pasar.
Porque, es cierto, estadísticamente hay un montón de boludos - soportados por un sistema patriarcal, ya lo sabemos- pero si siempre estás con boludos, una angustia debería interpelarte. No hay mejor forma de empoderarse que haciéndose cargo de las elecciones. Y las elecciones, obviamente, se hacen en un tiempo y un espacio que es patriarcal, señoras y señores. O nos cae esto como un balde de agua fría?!

Yo pensé que una de las cosas que el feminismo iba a poder romper es la idea de que un discurso domine por sobre otro. Viendo esto, temo que he sido ingenua.
Acá hay gente que sigue midiéndose el pito, viendo quién define o defiende mejor a la mujer, pero cagándose lisa y llanamente en la pluralidad de voces.

domingo, 9 de junio de 2019

Dame fuego.











Por Maite Pil

Hace unos días, en una cena con amigos, nos pusimos a hablar de Santiago Cafiero. El tema surgió por algo que yo había puesto en Facebook sobre él, haciendo referencia a su belleza. Una de las presentes, que vive en el exterior, no sabía quién era, así que empezó a googlear fotos suyas. No le pareció lindo. A lo que muchos hombres de la mesa- y esto fue lo que más me sorprendió- respondieron diciendo que bueno, que en una foto no se puede saber, que hay que verlo en acción, cómo habla, etc. Y ahí fue cuando yo dije que esa es una de las razones por las cuales Tinder no me terminaba de convencer. La pareja que tenía sentada enfrente se había conocido de esa forma. Ella nos comentaba que igual Tinder no dejaba al destino de lado, porque vos ponés un millón de me gusta y después ves qué pasa. Todos estallamos en risa, supongo que algo había que hacer para desviar la incomodidad que le supusimos al novio.


No es que las apps de citas hayan inventado algo, sino que retomaron, y adaptaron a las nuevas tecnologías, una demanda preexistente; antes podían ser los boliches de solos y solas o, incluso, los avisos clasificados. Hay una escena maravillosa de la película "Cuento de otoño" (Éric Rohmer, 1998) en la que una amiga saca un anuncio en nombre de la otra sin que ésta lo sepa. Cuando le confiesa lo que hizo, la otra le responde: pero ahí no hay todos psicópatas?
Esa pregunta que se hace la protagonista de la película es, en verdad, un interrogante que apunta a otras cosas. No sólo a la intriga de por qué alguien buscaría una pareja por esas vías sino, también, una suerte de defensa ante su propia exposición. Hoy por hoy, ya casi nadie piensa que se ofrece ahí por desesperación, desadaptación social o incapacidad. Ese es el verdadero triunfo de estas apps, han normativizado y naturalizado una forma explícita de levante.


Cito de la página de Tinder: "Usar Tinder es fácil y divertido: simplemente desliza a la derecha si te gusta alguien, o a la izquierda si pasas. Cuando alguien te corresponde, ¡es un match! Hemos inventado un sistema en el que sólo se consigue un match cuando el interés es mutuo. Sin estrés. Sin rechazo. Solo tienes que deslizar, conseguir un match y chatear online con tus matches, y luego dejar el móvil a un lado para conocerlas en persona y construir algo juntos." 



¿Soy yo o se parece bastante a las instrucciones de un juego de mesa? La diferencia reside en que la trampa está en el reglamento mismo. Porque el rechazo es permanente, toda vez que no se consigue el "match" hay un rechazo que subyace. 
De todas formas, ese no sería el problema, ya que nadie, en su sano juicio, aspira a gustarle a todos. Lo curioso - o lo monstruoso- es que la misma app pretenda dar garantías de que el rechazo no va a suceder. Es decir que, en cierta medida, aquello que supone asumir un riesgo- el de mostrarse disponible- tiene como contrapartida cierto reaseguro. 

Me pregunto si develar la seducción no hará que coloquemos velos en otros lados. Porque el deseo, incluso el amor, requieren -aunque pretendamos que no- algo del orden del misterio, la contingencia e, incluso, de la insatisfacción. ¿Puede haber encuentro con un otro si pretendemos garantizarnos todo de antemano? 

El desafío, creo yo, reside en erotizarnos ante lo posible, lo disponible. Que el encuentro sexual no se convierta en un mero ejercicio pornográfico. Sería un sinsentido que el precio que paguemos por tener sexo sea la pérdida del deseo.       







 












domingo, 19 de mayo de 2019

El vuelto de la cobra.







Por Maite Pil. 


Como muchos de ustedes ya se han enterado, Jimena Barón sacó un nuevo tema, "La cobra". El primero, "La tonta", cuenta, básicamente, cómo ella se siente una tonta por haber creído en el amor de un hombre; amor que no era tal, o amor que la dejaba a ella en un lugar indeseable. Es sabido que ese tema está basado en la experiencia que tuvo con el padre de su hijo. Desconozco los detalles de dicha relación, pero evidentemente las cosas no terminaron bien. "La cobra", entonces, viene a ser la superación de aquella historia, devenida en canción, que se inicia con ese sentimiento de ser una boluda - esto lo dijo ella en una entrevista-. 
Es muy entendible y supongo que casi todos podemos empatizar con cierto sentimiento de estafa que puede generar el haber apostado amorosamente a una relación y ser traicionado. Y entonces aquí se da, también, una suerte de falsa doble victimización, porque no sólo se ha sido estafado sino que además se siente culpa por haberlo sido; como si ser tonta fuese la condición anterior a la estafa y no, el sentirse tonta, su efecto. 
La primera fantasía que se desprende de esto es, entonces, que con habilidad e inteligencia uno puede salvarse de un dolor o de una decepción amorosa. Tal vez esos atributos sirvan para los negocios y la timba financiera, pero en el amor y los vínculos, la cosa pasa por otro lado. Digo falsa doble victimización porque o se es víctima o se es responsable. De alguna forma esta canción, aunque creo que no era su intención, exime de responsabilidad al otro y le carga todas las tintas a la propia estupidez. Y hay chicas que la cantan como si fuera un himno feminista...

Bueno, volvamos a la "La cobra": 
Soy la cobra que se cobra todo lo que hiciste, bebé 
¿Pensabas que era gratis lastimar? 
(...) 
A ver si ahora te animás 
Que me hice piedra de tanto aguantar 
Que tanta mierda me hizo hasta engordar 
Y crezco y crezco, y me hice grande (Uh) 
Ya te puedo aplastar, ay.

Una épica de la amenaza y la venganza. Ahora bien, en un ámbito mafioso, por ejemplo, ambas conductas tienen un sentido. La amenaza busca, infundiendo miedo, obtener algo. La venganza, en cambio, es un acto aleccionador. Pero no para el objeto de la venganza, alecciona al resto, a quienes observan el despliegue; es una demostración de poder. 
En el ámbito amoroso, por otra parte, la amenaza y la venganza no existen. ¿Con qué se amenaza a alguien que ya no te quiere? ¿Cómo se venga uno de aquel que se fue?
La amenaza y la venganza son fantasías defensivas. Creer que en tres meses te lo vas a cruzar en una fiesta y vos vas a estar hecha una diosa y él se va a querer matar por haberte dejado, te puede servir de consuelo un ratito. No tiene nada de malo fantasear con esas escenas, pero no son una solución en sí mismas. Todo lo contrario, son la demostración plena de que el duelo no ha concluido. Cuando uno duela un vínculo, ya no recurre a esas escenas de supuesta satisfacción. La satisfacción está en otros lados, en otros amores.    
Confundir al dolor con ser víctima y al resentimiento con empoderamiento son dos lujos que no podemos darnos.   







domingo, 5 de mayo de 2019

Desgraciada







Por Maite Pil. 

Hace varios años atrás me fui de vacaciones, con un novio que tenía, a una playa muy exclusiva de Uruguay. Él era de zona norte y el ambiente le resultaba absolutamente familiar. A mí no, todo me parecía bastante plastificado; y el contraste con la naturaleza no podía más que exacerbarlo. Una tarde, a la hora de los tragos, mi momento favorito, fuimos a un bar de playa precioso. Mientras yo saboreaba un aperitivo vital, él se tomaba, probablemente, una gaseosa.  En un momento se sienta, en una de las mesas libres, una familia digna de revista: un hombre con cara de millonario y cuerpo de deportista,  una cuarentona con cuerpo de quinceañera, una quinceañera con cuerpo de mujer y una hija menor con evidentes problemas madurativos (problemas que, en verdad, los tenían todos los integrantes). No tuve mejor idea que decirle- a mi entonces novio-: pobres, la hija menor les cagó la familia perfecta. 
Él creyó que me estaba burlando de la piba, pero para nada, de hecho era con la única que me podía identificar. Mi ex se paró y se fue. El viaje continuó pero nada volvió a ser o mismo. Él seguía horrorizado y yo me sentía cada vez menos comprendida. Tener que defenderse de un chiste ante una pareja es una de las cosas más aburridas y solitarias del mundo. 
Tonto sería de mi parte evadir la culpabilidad de mis dichos. Yo no quería provocar- ni mucho menos ofender- a nadie más que a él. A veces hacerse odiar es una linda forma de evitar que el partenaire se conforme con una Sprite. Pero me salió mal. 

A veces me pregunto qué hace que dos personas puedan construir una intimidad que se les sea propia. Que no haya censuras en un chiste, una confesión e, incluso, en cierta miseria. 
¿Es la intimidad el camino para construir una pareja? ¿O será la pareja el camino para construir la intimidad? Que no son lo mismo, y que pueden tomar carriles separados, doy fe.  

En el escrito anterior les hablé del pensamiento y de la pasión. Y allí me preguntaba qué es el amor, qué lugar ocupa, qué rol juega, en función de esas dos cuestiones.  Hoy me pregunto qué es una pareja, qué hace que algunos logren consumarla y otros no. A veces no falta nada para que suceda y no sucede.  A veces falta algo, y se consuma igual.  

Hace poco me preguntaron por qué quería formar una pareja si podíamos ser amantes. Pero es que el amante siempre deja una silla vacía. Nunca falta la ocasión en que te gustaría que se siente al lado. 










domingo, 16 de diciembre de 2018

La vuelta al forro.






Por Maite Pil. 



El otro día hablando con mi amiga M. - a quien hacía mucho no citaba- surgió el tema del uso del preservativo. Una de las cosas que yo vengo pensando hace bastante - que no es políticamente correcto decir- es que ese sexo seguro que te explica la ginecóloga cuando sos adolescente es casi inviable. Ella sentada del otro lado del escritorio, con su guardapolvito blanco y la foto de sus tres hijos, es muy difícil, sino imposible, de practicar. 
Esa coreografía teórica, higiénica y sanitaria, que transmite el profesional, muchas veces no se ajusta a la realidad. Ojo, no es que esté diciendo que esté mal, al menos las mujeres - que tal vez no tuvimos educación sexual en los colegios - accedemos a la información obligadamente mediante la ginecóloga. Los hombres no tienen un médico, o desconozco si lo tienen, que se encargue de esto en esa etapa. Tal vez un clínico podría hacerlo, pero no todos van al médico, en fin. 

Todos acordamos, supongo, los que más o menos rondan a mí generación, que el sexo es con preservativo. Hace un tiempo hablé por teléfono con un amigo que vive afuera y me preguntó si yo usaba preservativo. Más allá de lo gracioso de cómo formuló la pregunta, porque pareciera que me recordara con pene, me hizo pensar en otras cosas. 

En general, en vínculos establecidos, o de pareja, una de las primeras cosas que se hace, o lo que se tiende a hacer, es cambiar de método anticonceptivo. Esto es muy importante porque se modifica ya el sentido del preservativo. Pasa de ser un instrumento de protección contra enfermedades a un método suplantable. Y lo más llamativo de todo es que, muchas veces, ese pasaje no se da- como debe hacerse- porque ambos van al médico y se hacen la serie de análisis correspondientes para descartar enfermedades de transmisión sexual. Es la confianza, o el amor, lo que descarta al otro como fuente o potencial fuente de contagio. Por esto mismo, otras tantas veces, cuando las parejas están mal, se avecina una separación, vuelven al preservativo como método. 

Es por esto que empiezo diciendo que el relato higiénico del sexo seguro que dan los profesionales no alcanza o es infructuoso. Porque el preservativo no es nunca sólo un preservativo; como sucede con casi todo lo tocante a la sexualidad. El preservativo se nos representa como una barrera en otros sentidos. 

El problema fundamental es que difícilmente se logre erotizar el uso del preservativo. Las empresas que los fabrican le ponen onda, hay que reconocerles eso, entonces los hacen con sabores, de colores, con tachas, con efecto retardante y otras variantes. Pero esto no es más que el signo de su gran problema. Diría, incluso, que la carga erótica se coloca en la idea de no usarlo. Hombres que creen que con preservativo van a perder la erección, mujeres con sensibilidad al látex, etc., etc.  
Mi teoría es que el cine no incorpora, prácticamente, al preservativo en las escenas de sexo justamente por esto, porque narrativamente no aporta erotismo. Se incorpora en la medida en que la escena pretenda ser cómica o accidentada, ahí sí de pronto vemos personajes que no logran abrirlo, o no los encuentran o el blooper que fuere. 

De ninguna manera quiero que se me interprete como que estoy haciendo apología a su no uso. Todo lo contrario, creo que es importante hablar de esto, sacarle esa carga deserotizante que se le ha ido construyendo con los años e incorporarlo sin tantos rodeos. 




domingo, 2 de diciembre de 2018

La suerte ya no juega.





Por Maite Pil. 


Antes era muy común oír decir a alguien, o incluso decir, en algún mal momento de nuestras vidas amorosas, no tengo suerte en el amor. Y qué es lo que se decía realmente con esto, qué encubría la suerte en este terreno. A veces apuntaba a los repetidos desenlaces fallidos de las historias amorosas, otras, a la falta de oportunidad de encontrar a alguien- que no se sabe si existe-. Todos conocimos esas leyendas urbanas que narraban que él o ella se quedaron a dormir la primer noche en la casa del otro y no se fueron nunca más. Fue un flechazo, ay, qué suerte! 
¿Pero era realmente suerte eso? ¿O era una facilidad primera que no auspiciaba de garante en el desenlace de un vínculo?  

A mí criterio, uno de los cineastas que mejor trabajó este tema es Woody Allen - dejemos de lado su pedofilia, perversión, personalidad abusiva, o como quieran o crean más acertado llamarla-. Voy a citar dos ejemplos claros de cómo él puso sobre la mesa que la suerte no es más que una cuestión arbitraria de resultados y que es sólo a posteriori donde puede establecerse - no es más que una cuestión de percepción- qué es buena o mala suerte. 
El primero es del film "Ladrones de medio pelo"(2000). Aquí él, que también lo protagoniza, convence a la mujer de poner un negocio al lado de un banco con el fin de robarlo mediante un boquete y hacerse millonarios. La ironía consiste en que el negocio empieza a funcionar tan bien que se vuelven millonarios de forma legítima. 
El segundo ejemplo lo tomo de la película "Match point" (2005), cuando el protagonista quiere deshacerse del anillo de su víctima y, al revolearlo al río, choca contra la muralla y queda en el piso. Eso permite que un hombre cualquiera lo agarre y sea acusado del asesinato de ella. En el tenis - deporte que recorre toda la trama de la película y del cual proviene el título de la misma- eso sería un Net. Sin embargo, para el personaje, esa falta termina convirtiéndose en la jugada que le asegura su victoria.

Hay un viejo refrán que dice "afortunado en el juego, desafortunado en el amor". Y hace referencia a cierto supuesto equilibrio de ganancias, o temor neurótico de revanchismo del destino, en donde cuando algo sale bien, seguramente, otra cosa salga mal. 
A mí entender es un refrán que cayó en desuso y que ya no representa el espíritu de época que se vive; porque lo más asertivo sería afirmar lo contrario: afortunado en el juego, afortunado en el amor. Digo esto porque vivimos rodeados de la idea de que el éxito llama al éxito. Tenemos todo un aparato de redes sociales que nos invitan a recortar lo mejor de nuestras vidas y colocarlo en la vidriera. Pero también de algo más profundo, el capitalismo como sistema de acumulación infinita, donde la idea de renuncia no existe. Por esto me parece, también, que la filosofía del poliamor, lejos de ser combativa y revolucionaria, es funcional a este paradigma en el que todos jugamos el papel de hijos únicos caprichosos que debemos ser constantemente satisfechos.
Incluso, el otro día, Florencia Fernandez, psicoanalista uruguaya, puso en su Facebook, más bien se preguntaba, desde cuándo se empezó a utilizar el término "Disfrutalo!". Antes se deseaba "suerte", luego "éxitos" y ahora se apela al gozo. El mandato terrorista por excelencia, que cuenta con el apoyo ideológico de la meritocracia.

Hace unos domingos atrás, cuando publiqué mi escrito sobre los supuestos nuevos hombres feministas, y planteé la pregunta de qué quiere el hombre de hoy, muchas mujeres me contestaron, con insólito enojo, que ellas tenían "una vida" y que no necesitaban cuestionarse por el otro. Lo cual me lleva a pensar en un fracaso profundo y complejo de cómo se (auto)perciben ciertas conquistas femeninas en el terreno de lo público. La lucha feminista no puede considerar a la soledad como un triunfo, es más bien el síntoma de lo complejo que se han vuelto ciertos vínculos.  Hacer de lo que falla, de lo que nos falta, incluso de lo que nos cuesta, un síntoma con aceptación social, es lo que nos rige hoy. Donde creemos que tenemos más derechos y posibilidades pero estamos cada día más alienados y con una libertad, e intimidad, absolutamente vulnerada. 

domingo, 25 de noviembre de 2018

Mamita.








Por Maite Pil. 




Hace un tiempo hablando con una mujer, cuya identidad prefiero preservar, contándole de mis torpezas amorosas y encuentros fallidos, me dice  pero vos ya tenés una hija, no rompas las pelotas, yo vengo primero. Como si el destino, Dios o el universo, manejara un sistema donde a las mujeres se nos fuese ubicando por orden de prioridad. Una suerte de lista de espera de donación de órganos.
 
Al tiempito de este breve e infructuoso intercambio de desgracias, vi un episodio de una serie, que creo ya les he recomendado, Easy. En este capítulo -porque cada uno es una historia diferente- la protagonista, una mujer de unos treinta y pico, se separa del novio y cae en la cuenta de que no le quedan muchos años para conocer a alguien, consolidar el vínculo y tener hijos. Digo cuenta porque es un aspecto fundamental en estos casos, empieza a correr el contador del poder quedar embarazadas y eso dificulta ubicar al deseo. 

Cuando terminé de ver el capítulo tuve una sensación de alivio tonto y pensé: qué suerte que ya tengo una hija, de todas las angustias que existen en este mundo hay una que no voy a transitar; me salvé de contar años fértiles. 
La verdad es que yo nunca tuve el objetivo de ser madre, de tener un hijo, formar una familia, casarme, etc. Emergió como deseo en un momento determinado, con una persona determinada, y tuve la suerte de quedar embarazada en el primer mes de intento. 

Quiero aclarar, antes de continuar, por si no quedó clara mi postura, que bajo ningún punto considero que todas las mujeres atraviesen esta angustia ni que deban hacerlo. De ninguna manera creo que toda mujer deba ser, o deba desear ser, madre.  

Hecha la aclaración correspondiente, me interesa pensar en lo siguiente: cómo repercute la maternidad - la deseada o la consolidada- en el vínculo con los hombres y en la concepción de deseables que manejamos las mujeres. 
Cuando me separé y retomé diálogo con algunos hombres de mi pasado, un poco la pregunta que sobrevolaba a las conversaciones, que no se animaban a formular del todo, era, básicamente: ¿Seguís cogiendo como antes? ¿Qué cambió?

En el caso de la mujer que cito al principio, la pregunta que sobrevuela -en la fantasía femenina, al menos- es otra y sería la siguiente: ¿Querés coger aunque no te embarace? 

Y conozco hombres que no son padres, que desearían serlo, que ya pasaron los treinta largos, que no se preguntan ni se cuestionan si eso los hace más o menos deseables. Y no pasa porque el hombre sea fértil, digamos, en términos generales, durante toda su vida. Porque piensan, también, y con tino, que tener un hijo a los setenta años sería un cachito absurdo.   

Algunos meses atrás, Luciano Lutereau (psicoanalista y escritor) hizo un posteo en Facebook, no lo recuerdo textual, donde hablaba de que el deseo masculino estaba estrechamente relacionado con la juventud. Y coincido plenamente, seguramente haya un fogoneo cultural al respecto y podríamos debatir muchísimo sobre esto, pero me importa más que nada pensar en cómo las mujeres, pasada cierta edad, utilizamos a la maternidad - repito, la consolidada, la deseada, o la supuestamente deseada- para encubrir el miedo al deserotismo. Abandonar la posición de Lolita es un duelo que muchas mujeres, con determinadas características, debemos afrontar. 

Concluyo, entonces, que si bien me ahorré, como dije antes, una angustia, para ponerlo en esos términos, todas las mujeres, pasada cierta edad, estamos sujetas a un miedo. Y el desafío no pasa por internarse en un gimnasio, hacer dietas insoportables, operarse el culo o congelar óvulos. Quien tenga la voluntad que lo haga, obviamente. Pero el desafío, entiendo yo, consiste en entender que el deseo trasciende al cuerpo. Que se puede ser madre sin gestar, que se puede erotizar sin ser joven. 
Y cuando todo se mezcla porque, cómo no hacerlo, la madre y la puta llegan a donde llegan haciendo lo mismo, tener en claro que no es necesario elegir. No hay contradicción alguna allí. Y quien crea que sí, deberá revisar su propio deseo. 











   

domingo, 28 de octubre de 2018

Humano y divino.












Por Maite Pil.



A muchos de ustedes les habrá pasado de contarle a un amigo o amiga una situación determinada, un encuentro "amoroso", incluso un diálogo, algo que sucede entre dos, y que quien escucha diga pero qué ridículo. Es sorprendente cómo, incluso con gente que no necesariamente tenemos un alto grado de intimidad o vínculo consolidado, se da una suerte de acuerdo. Y el acuerdo recae, fundamentalmente, en no juzgar de absurdo lo que está sucediendo.

Yo les adelanté por Facebook que hoy quería hablar- hablo cuando escribo- la diferencia entre la ilusión y el enamoramiento. Me gusta pensar que esos pequeños acuerdos son el punto de partida para ilusionarse. Ahora, ¿ilusionarse respecto de qué?

El otro día dije que para enamorarse era necesario estar un pelín aburrido; me corrijo y digo que para ilusionarse, y no enamorarse, hay que estarlo. Cuando hablo de aburrimiento me refiero a cierto espacio simbólico inutilizado o, como leí alguna vez por allí, para que alguna cosa exista es necesario que en alguna parte haya un agujero.
Pero estar agujereados no nos garantiza estar predispuestos a la ilusión. Todos lo estamos, de alguna u otra forma, nadie puede declararse completo, rellenado. Y eso no nos garantiza estar dispuestos a la ilusión de enamorarnos.
Entonces, ¿hay predisposición o no la hay? ¿Es una cuestión de voluntad?


Quienes abordan el estudio del amor desde una perspectiva científico-biológica hablan de neurotransmisores, preselección genética y estimulaciones químicas. Nos reducen a una especie más cuyo fin es la reproducción.

En las antípodas de este pensamiento podemos ubicar al psicoanálisis. Y en este sentido, para ilustrar por qué lo coloco de la vereda de enfrente, voy a citar un dicho de Lacan, que adoro por su ironía y simplismo: Un acto no es simplemente algo que les sale así, una descarga motriz (...) aun cuando, con la ayuda de cierto número de artificios, de diversas facilidades, o incluso del establecimiento de cierta promiscuidad, se llega a hacer del acto sexual algo que no tiene más importancia, como se dice, que beber un vaso de agua. No es verdad, y lo percibimos rápidamente, porque ocurre que se bebe un vaso de agua y después se tiene un cólico.

La ilusión, entonces, sería la antesala de otra instancia, un estado en el cual el otro tuvo una participación reducida. La ilusión es un poco narcisista, es acostarse en soledad a fantasear. Es la paja. Como me dice muchas veces mi amiga M., no tengo en quién pensar.

Para enamorarse, sin embargo, el otro tiene que tener una participación más activa. Incluso uno mismo debe asumir un rol activo, el de la conquista. Aún cuando, conquistar, sea un hacerse conquistar. A veces es estratégico y a veces no, responde a otras características. Los hombres - perdón que generalice- suelen estar dispuestos a la ilusión y poco dispuestos a enamorarse. Enamorarse es, indefectiblemente, asumir el agujero frente al otro.

Antes de empezar a escribir, y en relación a un diseño, le dije a un amigo que no tuviera miedo de quedar como un hincha pelotas con las modificaciones. Me dijo que no, que en absoluto él temía eso. Al despedirlo, diciéndole que me iba a poner con el blog, me dijo: escribí sobre el temor a ser hincha pelotas.
No es un temor infundado el que tenemos en este sentido. De hecho, la tecnología se ha puesto en función de cuantificar y medir el rechazo. Los tildes azules, la hora de la última conexión, y un sin fin de herramientas que usamos para flagelarnos y estipular el deseo y la intención ajena.
Aún así, teniendo todo un aparato tecnológico-capitalista confabulando en nuestra contra, la fantasía de lo que podría haber sido no muere. La fantasía neurótica del desencuentro, de la pérdida por el malentendido, o la falta de timing, van a subsistir.
Porque, a fin de cuentas, ilusionarse es humano y enamorarse es divino.













































































domingo, 7 de octubre de 2018

La pantufla de la vida.












Por Maite Pil. 

A los catorce años tuve un novio del cual me enamoré perdidamente.  Nunca tuvimos relaciones, yo era virgen  y él no quería tener nada que ver con mi situación. El noviazgo habrá durado unos meses hasta que me dejó. Olvidarme de él me costó horrores. Yo lo adoraba, estaba absolutamente tomada por él. Me rompió el corazón. Después de muchos años, volvió a aparecer. Nos vimos algunas veces para tomar un café  hasta que un día me invita a dormir. Literalmente, a dormir con la ropa puesta. Yo acepté porque pensé que era una especie de juego, hacer como si no fuera a pasar nada. Pero no. Él estaba decidido a que no pasara nada. Nos despedimos a la mañana siguiente y nunca más nos volvimos a ver.
A las pocas noches de ese suceso, inexplicable y absolutamente absurdo, soné con él. Lo soñé con un pene enorme, que le daba vuelta hacia atrás, como una especie de cola de diablo. Me decía que no podíamos tener sexo porque con semejante pene no se podía. Yo lo abrazaba y ,por detrás de la espalda, le acariciaba la cabeza y le decía que no importaba. Por supuesto que este sueño se lo llevé a mi analista de turno y se hizo un festín. 

Mi amiga M. se ríe de mí cada vez que le digo que alguien me intriga, sexualmente hablando. Me dice que no es intriga eso, que es calentura. Y yo le digo que no, que también podría ser, pero que es fundamentalmente intriga. De alguna manera ese episodio que relaté, y ese sueño, me traumaron. Yo necesito corroborar, por decirlo de manera elegante, que no habrá obstáculo. Supongo que la desnudez de cualquiera puede generar curiosidad, pero creo que la desnudez masculina mucho más. 
En este sentido, entiendo que algunos hombres le escapen a ciertos encuentros a medida que la expectativa se va haciendo mayor. Ya sea evitándolo o no consiguiendo una erección, que es una forma de escape también. 
Pero la sexualidad no es genitalidad. Si al encuentro sexual lo vaciamos de toda fantasía, de todo sentido más allá de lo físico, nos queda una coreografía repetitiva y limitada. No hay demasiado que inventar. Incluso se puede sumar gente, objetos, lencería, pero nada de eso por sí mismo aporta si no hay una comunión anterior, un acuerdo erótico tácito que emerge de forma misteriosa con el otro.  
Eso explica por qué muchas veces cuanta más puesta en escena se hace, menor es el placer. No hay nada más deprimente que proponerse ser pasional con alguien con quien ya se perdió, o nunca se alcanzó, la excitación. 
Me causa mucha gracia cuando alguien me cuenta que tal coge mal. Me resulta tan absurdo como que me diga que no sabe respirar ¿Qué es lo que hace mal? Es como que yo diga que mi novio de la adolescencia no coge. Sí, coge, pero no conmigo. 
Hay una presión estética, y de rendimiento, colocada en los cuerpos, que no contribuye al placer. Vivimos en una sociedad que busca incansablemente hacer del cuerpo el gran protagonista del sexo. Pero, en verdad, es sólo un instrumento a través del cual se experimenta. 
Yo soy radical en este sentido, creo que si se rompe el erotismo, o el acuerdo no surge con el otro, no hay nada que tenga sentido hacer. Claro que el mercado nos ofrece soluciones concretas para resolver los problemas de erección y de lubricación ¿No te calienta? No te preocupes, nosotros hacemos posible que cojas igual que si te calentara. Pero ¿de qué nos sirve eso realmente?

No soy de las que piensen que el deseo sexual esté en crisis porque haya mayor apertura social respecto de la sexualidad y sus manifestaciones. Creo que puede entrar en crisis en la medida en que ya no sea condición necesaria para el encuentro con el otro. Somos nosotros mismos los que muchas veces aceptamos evadir esta cuestión y poner el cuerpo en función del sexo como una actividad más. Basta con leer la cantidad de notas periodísticas que hablan sobre los beneficios del sexo- como quien habla de las propiedades vitamínicas del tomate- para darse cuenta de que hay un vaciamiento de erotismo. Pero coger no es como comer o ir al gimnasio, aunque nos los quieran vender de esa misma forma. Por eso siempre tengo presente una frase de Lacan que dice: no nos sorprende que un hombre pueda eyacular mirando una pantufla.  La pantufla, aunque no nos sorprenda, es el verdadero misterio de la vida. 




domingo, 30 de septiembre de 2018

Lo que leí cuando leí.










Por Maite Pil. 


Las mujeres heterosexuales fantaseamos, muchas veces, con que esos amigos hombres que tenemos nos revelen grandes verdades sobre ellos y entonces así finalmente entenderlos y sacarles ventaja. Ventaja al cometido de la conquista. Pero no, resulta que tienen los mismos dramones que una. No saben si mandar un audio o un texto, si aparecer, no saben cómo leer las actitudes de ella, no tienen una certeza que ofrecer,  ningún saber les es propio cual hombre. Nadan las mismas aguas de la incertidumbre que nostras. 
A mí, el amor, y la sexualidad, me importan desde que tengo 6 años. Puedo recordar patente un almuerzo en casa de mi madre, con mi tía de invitada, y preguntarles -ambas psicoanalistas- qué era el Complejo de Edipo. Claro que en ese momento yo no sabía que estaba preguntando por ambas cosas- sexualidad y amor-, lo sé ahora. 
Con el psicoanálisis me pasa un poco lo mismo que con los amigos hombres, pero con resultados un poco más satisfactorios: es el lugar desde el cual espío, repienso y trabajo- cuando efectivamente estoy en análisis- mis dos grandes temas. 

Una nueva virilidad y otros ensayos sobre el sexo y la época de Gabriel G. Artaza Saade (psicoanalista) - a quien le agradezco la gentileza de habérmelo regalado y dedicado- es uno de esos libros que me resultarán de consulta constante. Voy a hacer un breve recorrido, arbitrario, de los puntos que más me han interesado. 
Supongo que todos tenemos modalidades diferentes de lectura, creo que el modo en que se lee dice mucho del modo en que se vive. Yo leo, fundamentalmente, aquello que puedo anudar a una experiencia. En este sentido, si bien no hago una lectura académica, puesto que no lo soy, tampoco hago una lectura de pseudo autoayuda del psicoanálisis. No encuentro-ni busco- consejos o nuevas formas de resolver. No hay nada allí que me sirva para modificar un acto - para eso está la terapia-. Como tampoco lo hay en mis experiencias. Jamás pude aprender de lo que me pasó cual profilaxis ante nuevos errores. La experiencia siempre ha resultado paliativa, tal como me impacta la lectura. 


"Amor, deseo y goce" es la primer parte del libro y es sobre la que me voy a pronunciar. 
Lo primero que encuentro allí es un interrogante respecto de qué es lo que nos gusta de alguien, la causa del deseo. Y de esto ya podemos desprender la primer cuestión: qué de alguien. Cuando hablamos con alguien y le contamos sobre X nos pregunta, muy comúnmente, pero qué te gusta del chabón. Es decir que todos, de alguna manera, tenemos incorporada la noción que hay una parcialidad del gusto. No te gusta todo el chabón: el gusto -o deseo- está recortado. Esa causa de deseo, ese recorte, el rasgo insustancial - muchas desconocido para uno mismo- es lo que Lacan denomina objeto a. 
Emparentando esto con lo primero que dije respecto de que ni la experiencia, ni el amigo hombre, ni la lectura nos dicen demasiado sobre lo que vendrá, y mucho menos sobre cómo conquistar a alguien, me pregunto ¿se puede realmente conquistar a alguien? Si ni siquiera uno puede, a ciencia cierta, saber qué le gusta de quien le gusta.

Otro tema que encuentro es la separación que se da, mayormente en el hombre, entre el amor y el deseo. Cómo puede ser que cojamos tan bien y no se enamore. ¿Nunca se hicieron esa pregunta? También habría que preguntarse por qué se busca enamorar desde ese lugar, pero eso lo dejamos para otra ocasión. Digo más arriba mayormente hombres porque está íntimamente vinculado al vínculo con la madre, la idealización de esta figura y la degradación de la otra, la garchadora. 
Es válido preguntarse si el feminismo, cual revolución, va a poder disolver a lo largo de los años estas cuestiones psíquicas tan arraigadas que superan lo que, muchas veces, se mal resume como la ideología del machirulo. 

Por último me interesa compartirles esta idea de legalidad heterosexual en los hombres.Que creo es uno de los grandes temas de la época. El autor los describe como tipos que, efectivamente, son heterosexuales pero hay algo ahí del orden de la virilidad que no cierra. Cuentan con una virilidad pasiva, a la que le falta iniciativa, tipos a los que hay que bajarles los pantalones - me hace acordar a la anécdota que les conté del amante que me esperaba boca abajo en la cama-.

Es curioso que, justamente, antes se utilizara la expresión  tener los pantalones bien puestos para referirse a aquel que mandaba, al que tomaba las decisiones. Lo que me lleva a pensar, una vez más, que hay cierta venganza solapada. Que hay hombres que no logran acomodarse del todo a las nuevas modalidades vinculares que se están dando - a las mujeres también nos cuesta, eh-. Creo que la legalidad heterosexual -en esta lectura de época que me permito hacer y corre exclusivamente por cuenta mía- no es más que el síntoma del hombre que quiere, cueste lo que cueste, llevar los pantalones puestos.






domingo, 23 de septiembre de 2018

Bésame mucho, poquito, nada.






Por Maite Pil.




Pienso en los besos. Recordé que en mis épocas de adolescente terminaba con los labios en compota de tanto besarme, la cara raspada y alguna que otra paspadura. Una vez que se incorpora el acto sexual, en los encuentros con el otro, la cosa cambia. Los besos y todo ese ritual de franeleo calentón va desapareciendo, o se va acortando.
Ni hablar de lo que pasa cuando ya tenés una pareja con la que convivís. El beso empieza a desaparecer del sexo también. Se da una mezcla entre que ya no se lo necesita tanto, porque el código pasa por otro lado, pero también cierto componente de rechazo. Es como si de alguna manera aquella huella del beso como pasión quedara incorporada y no mereciera ser traicionada. Los besos pasan a ser un simple saludo, un piquito terrorífico y helado.

Hace algunos años, una amiga mía vivía con su pareja, y cada vez que yo iba de visita presenciaba el mismo tipo de situaciones. Él le decía, por ejemplo, voy acá a un par de cuadras y vuelvo, y se acercaba a ella y le daba un beso. A mi no me saludaba. Y cuando llegaba iba hacia ella y le daba otro beso. Y yo pensaba pero por dios qué pesado! Cuántas veces va a saludarla este pibe por día. Después entendí que ya estaban entrando en la etapa que mencioné antes; él tenía pánico de perder los besos en la pareja. Es más, ahora sospecho que probablemente se quedara abajo haciendo tiempo y fuese todo una maniobra para poder besarla.

Lo típico que se pregunta cuando una relación viene en picada es ¿hace cuánto que no cogen? Y yo creo que esa pregunta merece ser suplantada por ¿hace cuánto que no se besan? Son los besos, a mi entender, y no el sexo- que incluso puede ser muy placentero aún cuando estés durmiendo con el enemigo- el indicador óptimo para evaluar el vínculo amoroso.  

Hay una canción de Los Caballeros de la Quema que dice "no hay besos campeones en un primer round". No coincido para nada. El beso es o no es. Funciona entre dos o no funciona. No hay mucho margen para trabajarlo y mejorarlo. Tal vez quiso decir que no hay encuentro sexual campeón en un primer round, eso sí puede ser. Pero claro, no pegaba mucho la frase con la estrofa.

Ayer le pregunté a una amiga, O., cómo le había ido con el señor que se había visto, y me empieza a contar más o menos el encuentro hasta que me dice pero no me coparon mucho los besos, viste. Ya está, no se diga más, el flaco no le movió un pelo.

Yo tengo un tema con los besos, sobre todo los besos como saludo, lo reconozco. En ese tipo de vínculos que no son ni chicha ni limonada pueden ser un problemón. Que te encontrás y te saludás con un beso en el cachete y te despedís con un beso en la boca. Ok, la primera vez está bien, pero y la segunda y la tercera y la cuarta... Qué fiaca y qué stress. Ni hablar si en el medio se cuela un encuentro público con gente conocida en común. Yo he explotado más de una bomba en esas situaciones. Preferiría ser como los yankees que casi no se besan al saludarse. Se dicen hola y listo.
La otra vez hablando con M., que iba a encontrarse con un flaco por segunda vez, le pregunté ¿y cómo lo vas a saludar? Y no entendía de qué le hablaba ¿Cómo pelotuda cómo lo voy a saludar?, me decía. Sí, si lo vas a saludar con un beso en el cachete o un beso en la boca, le insistía yo. Ah, pero vos te hacés problema por todo, me replicaba. Hasta que cayó en la cuenta de que lo que le estaba haciendo era una pregunta súper válida. Ella iba siempre a la boca porque nunca se lo había cuestionado.
Al final, ese encuentro se frustró, pero de haberse concretado, estoy segura de que lo habría saludado con un beso en el cachete.

domingo, 16 de septiembre de 2018

La grieta.





Por Maite Pil. 





Este es el primer domingo, desde que retomé el blog, que me deprimo. Deprimir en términos de domingo. La angustia anticipatoria del lunes, un pelín de arrepentimiento por el uso del tiempo libre, en qué se invirtió, qué expectativas hubo, etc. Hay una película de Netflix que se llama "La enfermedad del domingo", no sé a qué remite el nombre, no la vi, pero me parece genial. Me hubiese gustado que sea de mi autoría, de alguna manera, me siento dueña del domingo y sus derivados. 
Había logrado esto a fuerza de imponerme una rutina de escritura y soledad. Generalmente es un día que no estoy con mi hija y eso me permite también hacer uso del silencio hogareño- cosa vital si las hay-. Pero no es sólo eso, es tener una voz como mujer. Esa voz que me dijo hace unos meses atrás, el día de mi cumpleaños, que me tenía que ir corriendo de la pareja en la que estaba. Que no quería ni torta ni velas, era absurdo pedir tres deseos si no podía hacer esa única cosa por mí. 
La gente me llamaba para saludarme y me preguntaban qué planes tenía y yo les decía, ninguno, me estoy separando. Y algunos pensaban que era uno de esos chistes incómodos que suelo hacer y otros no sabían cómo darme ánimos porque todo les parecía sumamente triste. Entonces yo terminaba calmándolos ellos, como siempre hago cuando me pasa algo, diciendo que bueno, que no era tan grave, que no era la mejor noticia para dar, pero que la vida continuaba y yo estaba decidida y feliz de estar decidida. Así fue que empezaron dos o tres meses de locura absoluta. Pero yo elegí pararme estoicamente en el medio del samba.
En el transcurso de esos días, se separa mi vecina también. Ya le he dedicado unas palabras a ella. Siempre me llamó la atención la transformación física y estética que tuvo a partir de la separación. A las semanas, ya alguien la estaba trayendo en auto del trabajo. Al principio, se quedaban un largo rato en la puerta. Luego él empezó a pasar y ayer ella se mudó a su casa.
¿Cómo puede salirse de una separación queriendo convivir? Eso, incluso, me parece anecdótico ¿Quiénes son estas personas que en términos de meses van de cero a cien ? Hay una grieta -que no es sólo amorosa- que separa a estas dos tierras. 
Yo he cruzado alguna vez al otro lado - el cruce en el otro sentido es casi siempre un viaje de ida- y los resultados no fueron buenos. Mi amiga M. - quien está chocha de que la cite tan seguido- día por medio me (se) pregunta por qué nunca un tipo normal. A mí no me parece normal lo que hay del otro lado, pero entiendo su queja. Yo también me quejo. Somos de una generación que se queja de los hombres, pero lo estamos revisando.  Identificar de qué lado de la grieta se para uno es fundamental. Por supuesto que la cuestión que separa no es creer o no creer en el amor, eso sería una simplificación tonta. Sería más bien con qué limitaciones. Es decir, qué preguntas se le formulan y qué expectativas hay ahí colocadas. Hay una demarcación que se va construyendo y reviendo. Exige un dinamismo y cierta introspección. Es un  modo de habitar la pareja -si es que ésta se consuma- y es un modo también de asumir las dificultades de generar semejante comunión. Habrá gente, habrá amores, que soplan y hacen botella. Los que no, sabemos la importancia de no perder el aliento. 

domingo, 9 de septiembre de 2018

A tomar por culo.





Por Maite Pil. 


Leí una frase el otro día, más bien una oración, que me interpeló de una forma particular. Hay ideas que logran acomodar, tiene una capacidad ordenadora, que le ponen palabras a una sensación, es decir, transforman el sentir en conocimiento: "(...) somos amables pero no amamos".

De pronto se me vino una lluvia de recuerdos, un aluvión de gracias recibidos. De gracias insólitos, horribles, cobardes, idiotas. ¿Hay algo más violento que transformar en un favor aquello que no lo es?
Tal vez no sólo de favores se trate. Ese ser agradecido, educado, es también una forma de trazar la línea que separa la acción, el deseo, del recibimiento. 
Pero no amamos, claro que en este punto no tomo el amar de forma literal. Casi nunca hablo de amor, creo que cuando hay amor no hay demasiado para decir. Me importa el amor en tanto falta, pensar qué lo rodea, cómo se lo anticipa. 

Mi amiga M. me contaba hace un tiempo que había estado con un hombre al que, en primera instancia, le pidió que no pasara nada porque se estaba viendo con alguien más, pero al calor de los besos, ella cambió de opinión ¡Y él no! Quién carajo se piensa que es para respetarme de esa manera ¡Por respeto me decía! Pero dejame de joder. Lamento profundamente no haberle prestado más atención a esto, nos hubiésemos ahorrado descubrir lo que descubrimos por vías más grotescas. Su intento por permanecer visto como un tipo correcto lo llevó a las más impensadas incorrecciones. Hacía lo que debía, pero de deseo, ni hablar. 

Supongo que cuando suceden este tipo de cosas, estos desencuentros de deseo, las broncas son inevitables. Al menos, como estado transitorio. No conozco una sola persona que me haya dicho no me quiere ver más, pero me lo dijo en re buenos términos, qué bueno/a que es. No existe eso. El rechazo es siempre doloroso. Claro que con esto no estoy diciendo que las diferentes formas de comunicarlo den lo mismo. Pero a fin de cuentas, reemplazar lo que no sentimos por buenos modales, no es la solución. No hay solución, de hecho. Buscarla, probablemente, sea una utopía culposa. 
Creo que las mujeres, en este punto, y tal vez desde un lugar intuitivo, sabemos mejor que los hombres que la incomodidad es inevitable. Hace tiempo vengo pensando que hemos transformado esto - el estar incómodas- en una forma ventajosa de habitar ciertos vínculos. 
You can´t snort a line of coke off a woman´s ass and not wonder about her hopes and dreams, it´s not gentlemanly, dice el protagonista de la serie "Californication" en uno de sus capítulos. 

De alguna manera esta frase ilustra cómo pensar en un intercambio justo en relación al encuentro con un otro es un poco absurdo: Un culo a cambio de escucha -una escucha programada y artificial-. 
Confundir simetría con reciprocidad o, mejor dicho, buscar la simetría allí donde lo recíproco no existe, sea, tal vez, el peor error evitable a cometer. 







domingo, 26 de agosto de 2018

La ceremonia de la bombacha.






Por Maite Pil. 

Mi tía me contaba el otro día que tenía una amiga que, para evitar encamarse en la primera cita con un señor, para trazarse un límite, se ponía la ropa interior más rota y fea que tuviera. Pero, qué pasaba, no le funcionaba como reparo y, finalmente, se terminaba acostando con el tipo así, con la bombacha impresentable. Y aunque el fracaso de esta estrategia fuese sistemático, lo repetía cada vez que una cita se le presentara.

Ayer surgió, en una conversación, la diferencia entre un plan y una ceremonia. Las ceremonias pueden consumarse con independencia de los planes, o al menos, los trascienden. 
Las citas, los encuentros, tienen mucho de esto. El casamiento, para no saltear lo obvio, es la ceremonia por excelencia que da cuenta de la consumación del amor. Hoy por hoy puede ser la convivencia, un primer viaje, etc.
El ejemplo que presenté antes me parece una linda forma de ilustrar cómo esto se cuela también en lo más micro: La ceremonia correspondería a la elección de la bombacha, el plan sería no coger.

Si tuviéramos que trazar una línea de tiempo, respecto de un encuentro con un otro, se podría componer de tres momentos; el antes, el durante y el después. Foucault diría que el mejor de los tres, es el último:  El mejor momento del amor es cuando el amante se está yendo en el taxi (...)  comenzás a recordar el calor de aquel cuerpo, el encanto de su sonrisa, el tono de su voz. 
Y a quién no le pasó, te quedás oliendo el perfume que te dejó en el pulóver y fantaseás con no lavarlo nunca más. O se te vienen fragmentos del encuentro y te agarra ese vértigo en la panza. Mi amiga M. me dijo genialmente una vez "son mariposas sexuales". 

Puede ocurrir, también, que la ceremonia se constituya en el durante.
Voy a contar esto porque pasó hace muchos años y jamás daría nombres. Tuve un amante con el que nos veíamos en una frecuencia semanal. Yo iba a la casa, generalmente los miércoles, llevaba algo de postre o alguna bebida, y él se encargaba de los ingredientes de la cena. Cocinábamos, tarta de berenjena - la hago muy rica- o fajitas, comíamos, mirábamos algo en la tele o poníamos música. Yo iba al baño, él iba a la pieza y me esperaba acostado en la cama boca abajo y vestido - no voy a entrar en este punto-. Todas las putas veces lo mismo.
Ay, pero qué embole, me dijo una vez otra amiga cuando le conté la situación que ya me estaba pareciendo, por lo menos, sospechosa. Pero no había forma, o yo no la encontré, de introducir una variación en los encuentros. Acá, plan y ceremonia se habían enlazado, de forma tal, que ya no era posible obtener uno sin el otro.
Hablo, en este caso en particular, de ceremonia y no de rutina, porque la rutina no abre paso a nada, nada se espera de ella, es un lugar que se habita, que se reproduce sin siquiera ser consciente de ello. Si lo pensara en términos zizekianos, podría decir que la rutina es a la pareja lo que la ideología es al hombre. 

En lo personal, se me dificulta darle la derecha a Foucault y decir que el después es mi instancia preferida. Dura un tiempo eso. Pero requiere de una renovación que no siempre sucede y a veces se convierte en un martirio al que le he dedicado ya varios comentarios.
La ceremonia preparatoria se puede vivir con entusiasmo, sí, que siempre conlleva la posibilidad de la desilusión, o se puede vivir con cierto desinterés, como defensa ante los nervios, y finalmente no haber ido lo preparada que se debía estar. 
Definitivamente me quedo con el durante - pero no el que relaté anteriormente-. Ese momento en que lo estás mirando y no sos ni consciente de lo mucho que te gusta, no hay nervios, no te preguntás de qué hablar, ni qué gesto hacer, si se te corrió el flequillo para un lado o para el otro. Fluye. Estás ahí y él está ahí. Punto final.