domingo, 24 de junio de 2018

Amigos son los ovarios y se turnan.


Por Maite Pil.



Las amistades son vínculos sobre los que poco se dice en el psicoanálisis. Pareciera ser que es difícil ubicar aquello que le es propio. Se los piensa como derivados, o versiones recortadas, de otras construcciones vinculares. Un vínculo sin sexo ni filiación.
A raíz de un reencuentro hermoso que tuve con una amiga, a la que no veía hace mucho, me puse a pensar en qué pasa cuando dos o más mujeres se juntan. Qué función se asume en la escucha. Qué decimos y qué no decimos.
Muchas veces, cuando conocemos a alguien, cuando nos separamos, o cuando nos pasa algo relevante-o pretendidamente relevante- en nuestra vida amorosa, recurrimos a las amigas para contarlo. Hay un goce del relato. Se revive en el relato cierto entusiasmo, o dolor, que nos satisface.
Todas sabemos de esto, de una forma más o menos intuitiva, nadie puede negar del placer que se experimenta allí. Entonces sucede que, muchas veces, en función de no cagarle la historia, no decimos lo que verdaderamente pensamos. 
Lo mismo pasa con cuestiones más tontas. El jean que se compró o el nuevo corte de pelo. Evitamos, muchas veces, pinchar el globo, porque entendemos que hay todo un mundo dispuesto a eso.

Ayer estaba viendo una película, The tale, que trata sobre la reconstrucción que hace una mujer de su primera relación sexual. Una relación que, mucho tiempo después, descubre que no fue tal, sino que se trató de abuso. En una conversación con su madre, respecto de este hecho que ocurrió cuando ella tenía 13 años, le pregunta por qué siente culpa. Y descubren, conjuntamente, que ella - la madre- había percibido esto y que fue su marido - el padre de ella- quien la convenció para que dejara su preocupación de lado. El padre tenía sus motivos para hacerlo, porque era una familia de mucha paranoia femenina, pero poco importa eso, sino que importa por qué la madre, que tenía la certeza de que algo estaba pasado entre su hija y ese hombre, decide desentenderse.
Traigo este ejemplo porque me parece interesante pensar cómo las mujeres, en mayor o menor medida, servimos de cómplices en determinadas situaciones. Y no escapa esto a la función que ejercemos desde la amistad. Nadie duda de que una amiga , ante un caso de violencia física, tomaría cartas en el asunto. Pero a veces las cosas se presentan de manera más sútil. A veces hay que animarse a decir que ese vínculo, tal como se lo relata - por más goce que haya en el relato o gusto que se sienta por ese hombre- no va. Animarnos a contradecir, a señalar, que es también una forma de acompañar.
Es un excelente momento para pensar estas cuestiones. Reubicarnos en los roles de amistad. Hay ahí también mucho por deconstruir.


miércoles, 20 de junio de 2018

La marca del rollo


Por Maite Pil. 






Basta con separarse para darse cuenta de que hay que comprarse ropa. Otra ropa. O hacer como mi vecina, que se separó casi el mismo día que yo, se tiñó el pelo y ya está estrenando novio. Hace muchos años atrás, cuando me separé de D., mi primera relación larga, fui a la casa a buscar mis cosas y él tenía zapatillas nuevas. Se las vi desde la otra cuadra, eran naranjas y llamativas. Pero no le dije nada. No contento con la situación, puso un pie arriba de la silla y se desató los cordones para volvérselos a atar. Él quería que le dijera algo de las zapatillas. Quería que volvamos. Demostrarme no sólo que era lindo, porque las zapatillas lo embellecían, sino también, que había algo de cambio ¿Si me cambio de zapatillas como no voy a poder cambiar todas esas cosas que te molestan? 
D. se confundió. La otra ropa nunca opera para la relación perdida. La ropa sólo puede funcionar en la medida en que, el cuerpo que habita debajo, no haya sido amado aún. Se puede enamorar con la ropa - con el pelo teñido- pero no se recupera un amor por esas vías. Lacan dice: "Lo que hay debajo del hábito y que llamamos cuerpo (...) es ese resto que llamo objeto a. Lo que hace que la imagen se mantenga es un resto (...) el amor en su esencia es narcisista, y denuncia que la sustancia pretendidamente objetal es de hecho lo que en el deseo es resto, es decir, su causa". 
Me separé de D. porque un día hizo mucho calor o, para ponerlo en términos macristas, de pronto pasaron cosas. Llegué al consultorio de mi primera (única mujer) analista y le dije que estaba derretida. Me preguntó que qué me derretía y ahí nomás me puse a llorar. D. no me derretía. Me había dejado de gustar. Fue la mejor sesión que tuve con ella. Esa sesión pasé a diván. 
El otro día estaba hablando con Flor Bea sobre cómo a veces creemos que nos curamos cuando, en verdad, es que no se presentó la oportunidad de enloquecer. Porque loca no es la quiere sino la que puede. Separarse muchas veces genera esa falsa ilusión de salud mental. 

Hay un sueño que siempre recuerdo. Yo estaba sentada en el inodoro hablando con ella, F.B., sobre el papel higiénico. Le decía que el de hoja simple era para los hombres y el de hoja doble era para las mujeres (tal vez pudo haber sido al revés). Cuando se lo conté en sesión a Lito Matusevich (mi siguiente analista) me dijo "ahí está tu rollo, dejamos acá". Tres minutos y el resto de mi vida duró esa sesión. 
A veces pienso en llamarlo. Contarle que fui mamá. Contarle que mi vieja se murió y que ya no sueño con animales que me atacan. 
Decirle que retomemos aquel sueño del rollo antes de que vuelva a jugar su papel si es que ya no lo jugó.