domingo, 22 de julio de 2018

La anónima.






Por Maite Pil. 




Hay separaciones que son bastante simples de explicar o, al menos, responden a cierta continuidad, a un devenir. Toda pareja tiene su talón de Aquiles -supongo- y a veces eso, que al principio se circunscribe a un tema, termina tomando otros, se expande.
Alguien me citó una frase hace unos días, cuidado pequeños amantes, que el contrato se firma en las primeras horas.
Es la paradoja fundamental de todo vínculo amoroso, se establecen las clausulas en el momento en que más se está dispuesto a ceder. No hay tal cosa como buenos comerciantes enamorados.
En mi caso, ya no se trataba de tal o cual tema. Cuando me preguntan por qué me separé no logro convencer a nadie con mis respuestas. La gente busca motivos dramáticos, grandes traiciones, actos imperdonables. Nada de eso.
Por la mirada, osé responder alguna vez. Hay miradas imposibles de soportar. Esas que nos sacan del anonimato y nos colocan donde no queremos estar siendo lo que no queremos ser.
Quiero ser anónima, pensé, sentí. Es el camino. 
¡A tomar por culo las expectativas de todos! No me voy a condicionar nunca más ¡Voy a hacer lo que quiera cuando quiera! La sensación de libertad me invadía el cuerpo. ¡Nunca más voy a necesitar de un otro! Era una fiesta. Había resuelto todos mis problemas vinculares. Es una sensación embriagadora. Descubrí la pólvora.
¡Pero qué poco dura, la puta madre!
En una de esas primeras noches sin mi hija, me fui a cenar con una amiga y ella me decía que me había ganado la lotería, prácticamente; que ya tenía una hija, una casa, y que ahora era momento de pasarla bien. Vos tenés que garchar ¿hace cuánto que no garchás? vos tenés que tener un montón de chongos. Y te garchás a uno, y después te vas, y te garchás a otro ¡Qué suerte que tenés!
A mí ya me estaba bajando la manía pos separación y empezaba a presentir los primeros síntomas fatales. Pero como no la quería decepcionar -cosa que en sí misma ya denotaba que escapar de la mirada es un imposible- le dije que sí, que tenía razón. Y hasta me lo volví a creer. Haz como si creyeras y la creencia llegará por sí sola. 
Pero yo debo tener un circuito cortado. Hay una comunicación intrínseca que no fluye. A tal punto que el otro día tuve que releer uno de mis posteos para ver qué pensaba cuando podía pensar anónimamente.
¿Cómo puede ser que lo que uno sepa no sirva de nada?
Hay saberes que se olvidan, también. Que pasado un tiempo de no ponerlos en práctica se entumecen. Yo había logrado desarrollar ciertos protocolos, estrategias, reglas. Me funcionaban parcialmente, nunca fui la heroína de este lío, a decir verdad. Supongo que a determinada edad, eso está muy bien, alcanza.
Pasados los treinta y con una hija en el haber, todo cambia. ¿Pero realmente lo cambia todo?
Bueno, algunas cosas cambian seguro. Ya nadie te llama a las tres de la mañana para ver en qué andás, por ejemplo. Y si lo hicieran, no escucharías el teléfono sonar. Okey, pienso, el afuera cambia, la disponibilidad cambia.
¿Y yo cambié? ¿Se puede elegir cambiar? ¿Necesito un cambio o una cura? No lo sé. Pero hay algo que sí sé incluso en tiempos donde mucho de lo que sé parece inútil: No puedo hacer pasar eso por un Otro. Ya conozco los resultados.

domingo, 15 de julio de 2018

Ajustada








Por Maite Pil. 


Hablando con una amiga por teléfono me cuenta que su ex le escribió un mail justo cuando ella estaba empezando a salir con otro.  Yo, que cuando tengo un día lógico me aferro a eso cual salvavidas, le dije que la explicación era muy obvia: el factor tiempo. Que es el tiempo el que hace coincidir ambos fenómenos y que ellos iban a suceder, de todas formas, sin dependencia entre sí. El ex le iba a escribir y ella- todos sabemos- iba a estar con otro. 
Pero la duda ya se había apoderado de mí. La rigidez en mi respuesta ya no era tanto una convicción sino una forma de sacarla a ella de ese circuito, desengancharla de ese mail. 
Ya a solas surgen las preguntas del caso: ¿Será realmente así como le dije? ¿O será posible que haya dependencia entre ambos fenómenos amorosos? Y si es posible ¿Puede probarse?
Empecé a recordar momentos en los que yo misma me vi envuelta en una de esas coincidencias fascinantes. No tuve que irme muy lejos en el tiempo. En la última etapa de mi relación con F. un día me llega un whatsapp de un número desconocido. Al abrirlo, descubro con asombro que se trataba de K. Me pregunta si me puede llamar, le digo que sí. 
K. estaba en la misma que yo, con dudas, con nostalgia, con un deseo atragantado. Y, por suerte, lejos. Hubiera sido una tragedia tenerlo cerca, verlo, usarlo de tapón. La distancia me garantizaba no tener que elegir, porque like they say, a man don´t always do what´s best for him -frase que dice el personaje de la entrañable película de los noventas "Romeo is bleeding"-. La coincidencia era doble, no sólo me escribió en el momento justo sino que, además, le estaban pasando las mismas cosas. 
K. me ayudó a tomar la decisión. Él no hizo nada en concreto, ojo, pero me acompañó en la angustia. Me conectó con mi cuerpo. Y yo hice un poco lo mismo, supongo, así fue que los dos decidimos separarnos de nuestras respectivas parejas. Decisión que nada tenía que ver con un pacto de amor. Estamos lejos.  No hay forma de terminar esto satisfactoriamente, le dije un día que creímos, por un segundo, estar a un Uber de distancia. 
Ahora somos amigos. Él volvió con ella. Yo no. Yo nunca vuelvo. Nunca se trató de eso para mí, ni con uno ni con el otro. 
¿Qué hubiera pasado si él nunca me mandaba ese whatsapp? Una variación de lo mismo. Yo me hubiese separado igual. Para cuando acepté ese llamado, ya estaba un poco separada, pienso. Él me había escrito un tiempo antes y nunca le respondí, me parecía una traición, la tentación iba a ser inevitable. ¿Quién necesita de tentaciones cuando es feliz?
Nada quita que K. haya tenido un papel central en todo. No sólo en mi separación, ya que fue ésta la que se dio y no otra, sino también en el comienzo de mi relación con F. Él, F., era todo lo que K. no era. Siempre fueron dos caras de una misma moneda. Una moneda que nunca fue cambio. 

Supongo que adjudicarle el sentido de la incógnita a ciertas apariciones es una forma de habitar al otro que no nos necesita. Se puede estar presente incluso, o tanto más aún, en la medida en que uno sobre eso no sabe ni acciona. El misterio es una forma del amor. Sobre todo, de esos amores a los que no les quedan más decisiones por tomar.