martes, 22 de enero de 2013

Uno, dos y... ¡Tres!

--> Por Flor Bea

Tres empieza con uno: con un monólogo (¿interior?). O empieza con dos: es un discurso dirigido a una segunda persona que sería su interlocutor/a. Uno está hablando de dos (“tú arriba, yo abajo”) e incluso de tres (“siendo infiel”). Pero también está hablando de uno: cuando dice “escape” o “tú mueres”, inevitablemente queda uno.
Este monólogo es una voz en off sobre la imagen de unos cables de postes, que pasan a la velocidad de quien los mira desde un tren. La cantidad de cables que van de poste a poste es uno, dos o tres, representando lo que el relato en off sugiere.
Este comienzo de la película continúa igual de sugerente: un baile armónico entre tres personas que interactúan con sus cuerpos como si no tuvieran peso parece anticiparnos que la armonía entre tres es cosa posible.
Luego, nos seguimos deleitando con la estética del film: la pantalla dividida en varios recuadros nos muestra simultáneamente diferentes escenas, a una velocidad también de tren. No obstante, no pasarán muchos minutos de película hasta que lleguemos a la demora. Este recurso de la demora tiene un objetivo muy claro: generar ansiedad o impaciencia en el espectador, y conmigo les ha salido de maravillas. Mientras su novio la llama desesperado varias veces al teléfono celular para avisarle que está en el hospital por un problema de salud que se ha convertido en una emergencia, ella está enredándose en situaciones de las que ni siquiera goza completamente porque una parte de ella misma le indica que en su comportamiento hay algo fuera de lugar; sin embargo, todo su entorno (de música y festejos, en contraste con el silencio hospital que está habitando él) la sumerge cada vez más profundo en esa situación de la que tanto le costará huir (de manera literal, incluso, pues va a intentar escapar por una puerta de emergencia que, paradójicamente, parece estar trabada y no puede abrir). Esta situación de demora nos recuerda un poco a esos sueños (pesadillescos) en los que todo se trata de llegar a un lugar pero el personaje (uno mismo, en ocasiones) realiza acciones que no conducen a ese lugar ni generan movimiento hacia la meta. Y este desliz que me permito hacer sobre los sueños, lo hago porque la película tiene mucho de eso: en escenas en blanco y negro, vemos sueños y pesadillas de alguno de los personajes sobre un tema tan recurrente en lo onírico: la muerte. E, incluso, con el cliché de la caída de los dientes y su supuesto presagio de malos augurios.
Tres personajes llenos de dudas, pero también de respuestas a las dudas de los otros. Cuando uno de ellos, confundidísimo tras una experiencia sexual, se empieza a preguntar (de una manera más personal a cómo lo planteo yo acá, pero la idea que subyace es la misma) qué es ser homosexual o qué sexo (en ambos sentidos de la palabra) prefiere si tiene que elegir uno, otro personaje (que paradójicamente trabaja con la biología humana) le responde que no se preocupe, que salga de esas ideas deterministas de la biología. Y desde entonces, las historias van a correr en un sentido en el que romper con ciertas convenciones será una respuesta o salida posible.
La película (de amor, sin dudas, pero también de búsquedas) está permanentemente en el borde entre la fantasía (lo fantasioso, inclusive) y la realidad. La exactitud y la aproximación. La vida y la muerte. La ciencia y la superstición (incluso, cierta numerología; y no podemos ignorar el título de la película…). El determinismo y el azar. Así, los tres coincidirán, se encontrarán (por accidente a veces, y otras veces con intención) y se desencontrarán en todas las combinaciones posibles que tres pueda generar.

Vi esta película alemana sentada cómodamente (digo que estaba cómoda porque la verdad es que quedé fascinada con las butacas tipo sillón de un cuerpo que tiene ese cine) en primera fila de la sala Godard del Cineclub Buenos Aires MonAmour, sala que ya hace un tiempo se sumó a la clásica del barrio de San Telmo. Toda esta semana la siguen dando (pueden consultar los horarios en el sitio web del BAMA: http://www.cineclubmonamour.com/). Sin dudas, vale la pena verla y reencontrarse, de paso, con el director de Corre, Lola, corre. ¡Bien por Tom Tykwer!

domingo, 20 de enero de 2013

Anarconeurosis.


Por Maite Pil.

Estuve analizando, en lo que va de este nuevo año, mi pasado amoroso. Todavía no terminé. Pero hoy recordé, por esas cosas de la vida, a un viejo amante en particular: el anarquista. Personaje. Un día me sugirió que comprásemos una heladera juntos para el depto que usábamos de bulo. No sé si era un indicio de que quería un mayor compromiso o si realmente solo no iba a poder hacerlo. Me han propuesto peores cosas. Ojo. Una vez me invitaron a comer una hamburguesa a medias. Sin papas.
Nadie puede decir que yo salgo con tipos por su plata. O sus modales. 
El punto es que, tras varios encuentros con el anarquista, heladera de por medio, decidí que no quería verlo más. Me invita un día, a lo que yo sabía que era, nuestro  último encuentro. Día de semana. Cuando alguien te gusta no contás las horas que vas a poder dormir pero no era este el caso. Pensaba, entonces, entre que vamos a cenar, después vamos al depto, etc, se va a hacer muy tarde. Con lo cual le dije de ir directo a su casa con una picada (para ahorrarme unas horas). Esa noche discutimos sobre algo que no recuerdo y no nos vimos más. Tiempo después hablo con él, me hace referencia a esa noche, y me menciona “el lindo gesto de la picada" y la culpa que le había generado nuestro distanciamiento en ese marco de "agasajo" de mi parte. 
Años más tarde me vi envuelta en una situación similar: Me empecé a escribir con un ex y le terminé diciendo de vernos porque ya no toleraba sus faltas de ortografía.
Si todo esto hubiera tenido lugar en mi infancia, podríamos decir que se trataría de “la escena traumática”. Es decir, ese acontecimiento, o conjunto de ellos,  que me dispararon la siguiente ilación neurótica: si yo soy capaz de despreciar con un acercamiento, acaso, aquellos hombres que me desprecian ¿no estarán, en verdad, ocultando su verdadero deseo?
El principio del fin de las relaciones saludables. O, mejor dicho, de las relaciones.
Por suerte, a lo largo de varios años de análisis, no resolví nada pero aprendí una cosa: me tiene que chupar un huevo el deseo del otro.