domingo, 18 de agosto de 2019

Los malos al poder.






Por Maite Pil. 


Jamás escuché a un hombre decir que una mujer- por más males que le ocasionara- fuese perversa. Digamos que, vulgarmente hablando, lo que nos cabe, si de algo quieren acusarnos, es de ser locas o histéricas. Erráticas o indecisas. Por el contrario, entre mujeres, la figura del perverso, incluso la del psicópata, son moneda corriente. Rápidamente le suponemos cierto goce maligno y direccionado a quien nos hizo pasar un mal trago. 
Estas expresiones que, repito, utilizamos vulgarmente y en nuestro lenguaje cotidiano, son interesantes para pensar cómo reproducimos, sin advertir demasiado, posiciones de poder y sometimiento. 

Hace poco una amiga me contó de una situación que vivió con un hombre; él le pedía una serie de cosas a cambio de otras tantas. Ella cedió, no muy convencida, y la angustia se le impuso. Cuando me lo relató, por supuesto, le asignó al muchacho el diagnóstico de perverso. 
Sin juzgarla a ella, y mucho menos a su angustia, me pregunto hasta qué punto las mujeres de hoy- que estamos tan advertidas respecto de lo que se supone son manejos propiamente masculinos- tenemos derecho a angustiarnos por un pelotudo: No es lo mismo la torpeza que la perversión. 
Pensar que un hombre es siempre consciente de los alcances de sus actos es atribuirle un conocimiento respecto de lo femenino que, probablemente, no posea. 

Pienso entonces que, desde algunos discursos feministas, se alimenta una noción de mujer víctima que no contribuye a mejorar los vínculos que quedan por fuera de la violencia machista y lo patológico. Qué pasa allí donde, simplemente, la cosa no funciona: ¿No es hacer trampa considerar patológico todo aquello que no nos sale como esperábamos?

Hace no mucho tuve una cita con un señor que me dijo que tenía que sentirme empoderada, que yo era una sobreviviente de la violencia machista. Y nunca más me escribió. Lo cuento así, con este reduccionismo tendencioso, para evidenciar que, en definitiva, no hay contradicción alguna allí. Que su elección - verme o no- poco tiene que ver con su posición ideológica. 
Hay que hacerse cargo, también, de lo que pasa en un encuentro. O en un desencuentro. 
De alguna forma, esto que señalaba al principio de tildar a los hombres de perversos, tan a la ligera, es apelar a una suerte de obediencia debida. Obedecer excluye a la elección. No se puede- y no porque yo lo diga- acceder al poder sin asumir la responsabilidad e incomodidad que esto supone. 
Quedarse con la idea de que el poder es un beneficio es no haberlo ejercido. 
Empoderarse es humano, responsabilizarse es divino. 


domingo, 28 de julio de 2019

Cuerpo a cuerpo






Por Maite Pil

Hace unos días una lectora del blog me pidió si no podía escribir algo respecto del cuerpo y la vergüenza al momento de una relación sexual. Me cuesta abordar este tema en términos conceptuales; es tan subjetivo el vínculo que uno establece con el cuerpo propio y con la mirada del otro, que sólo puedo acudir a mi propia experiencia. 

Yo no tuve tanto registro de los cambios, las huellas, que el embarazo habían dejado en mí, hasta que me separé. Fue ahí, cuando el deseo de estar con otros hombres emergió, que empecé a preguntarme por mi -nueva- imagen. Paradójicamente, o no tanto, empecé a contactarme con viejos amantes, amantes que conocían un cuerpo anterior. Tal vez esa elección tuviera que ver con un ponerme a prueba, encontrar allí una aceptación o un rechazo. Una suerte de sondeo estético. 

Esta idea de ponerme a prueba es algo que puedo reflexionar ahora, no lo tenía tan claro en aquel entonces. ¡Ni siquiera saqué conclusiones al respecto! Por otra parte, el miedo, o la vergüenza, que la mirada del otro pudiera generar en mí, eran fantasías previas al encuentro. Porque cuando hay encuentro, justamente, creo que algo de la propia imagen se desvanece o que, al menos, debería ceder. Nadie puede tener un momento de intimidad y de entrega, sea cual fuera la circunstancia, si se está pensando en el rollo de la panza. Que el cuerpo entre en acción implica abrirle paso al disfrute, al placer, y eso no se ubica ni se origina en ningún atributo físico. 

No puedo dejar de asociar esto con algo que suele suceder y que es que después de los primeros encuentros sexuales con una persona, el cuerpo tiende a doler y quedan marcas. Siempre hay un hueso que se clava y deja un moretón, o un músculo que se forzó de más. Sin embargo, y no necesariamente porque baje la intensidad del sexo, cuando se está en pareja eso casi nunca sucede. En este sentido podríamos pensar que hay una aceptación que no pasa por la mirada. Me gusta pensar que la aceptación del cuerpo a cuerpo va por otra vía, una  a la que no deberíamos dejar que los complejos, que todos tenemos, interfieran.

En definitiva, poner al cuerpo en acto es, en cierta forma, la mejor vía para dejar de representárselo.