domingo, 5 de enero de 2020

Nuevos son los años




Por Maite Pil

Empezó el año. Y no hace falta ser un optimista para sentir, aunque sea con disimulo,  que nuevas oportunidades y cambios vendrán. Los humanos nos vivimos inventando finales y comienzos que, paradójicamente, nos permiten eludir la idea de finitud pero, también, la idea de continuo.
Hay algo insoportable, insostenible, en lo continuado, se traga la noción de futuro; es habitar un constante tiempo presente.
En la película "Gegen die wand"(Fatih Akin, 2005), el protagonista tiene un intento de suicidio fallido y el médico que lo atiende le dice: no hace falta matarse para terminar con su vida. Me gusta esa frase, no habla de un renacer, no es pretenciosa ni destila esperanza . Y él, que es un muerto en vida, ¿qué hace? Va y se enamora. Obvio, qué otra cosa iba a hacer un tipo normal, que no es joven ni talentoso, para experimentar algo que lo sacara de esa serie monótona, vulgar y hostil.
El amor y el deseo son las experiencias humanas más democráticas. En ese sentido, coincido plenamente con las palabras que Pino Solanas supo pronunciar alguna vez: Dios tuvo la grandeza de, junto a la creación, descubrirle al hombre y a la mujer el goce, que es un derecho humano fundamental. En esta vida de profundos sacrificios, ¿no va a ser un derecho? ¿Y qué derecho tiene el pobre, además? Si en la crisis brutal que vive la Argentina, de una crisis en otra,  no le queda, por lo menos, el derecho de amarse.
No por nada el amor ha sido bandera de diversas revoluciones. No se trata, creo yo, como pregonaba el hippismo, de amarlos a todos. Ni creo que se trate de amar a los animales, o que las mujeres nos amemos entre sí por el simple hecho de compartir genitales. Con esto no digo que esas banderas estén mal, pero creo que es bastante más simple o, mejor dicho, más íntimo. Hay una paradoja que habita toda causa que es la estetización. No es algo que, necesariamente, genere la causa en sí, sino que el propio sistema va haciendo imagen y mercado de todo aquello que se le opone. Sí es responsabilidad de los diferentes movimientos cómo interpretan las resistencias, e incluso, las trampas, a las cuales se enfrentan.
Muchas veces, estos dos últimos años, me sentí extrañada, y una pizca anacrónica, llevando adelante este blog. pero hoy entiendo a esa incomodidad de otra forma. Creo que tener un espacio que hable de amor,  sexo y  equívocos heterosexuales, suma. No soporto la idea de que el amor propio lo pueda todo. Y odio la frase que dice: Si duele, no es amor.
Nací en 1987, pasé 5 años de mi vida esperando que la nana Fine se case con el Sr. Sheffield, las femme fatale son mis heroínas y Drew Barrymore me parece gorda. Tengo mis focos machistas, claramente. También sé anular enchufes, pintar paredes y cargar peso por la escalera caracol. Si no hago estos balances, me matan.
Es domingo y no tengo novio no representa la ausencia de un varón. Es una metáfora sobre la ausencia de goce, sobre el aburrimiento y la adaptación plena al sistema. No sea cosa que un domingo no descansemos y e lunes rindamos poco. Es domingo y no tengo novio es la inconformidad, la intriga y la búsqueda de una mujer. 


domingo, 8 de diciembre de 2019

Amantes seriados.








Dicen que dejaste plantado a tu novio
Dicen que quemaste tu antiguo colegio
Dicen que reías mientras todo ardía
Dijiste basta, basta, basta, paso
Paso de tanta tontería
Me largo a la luna
Albert Pla - Lola, la loca.


No me contradigo, soy inestable. Quería empezar diciendo esto porque hace dos domingos, en mi último escrito, estaba convencida de haber dejado atrás ciertos arrebatos amorosos. Por suerte, el destino siempre se encarga de hacerme saber que estoy equivocada. Le agradezco un montón, me mantiene a raya.

Hay algo de las mujeres más grandes, adultas, que siempre me resultó hipnótico, atractivo. Recuerdo escenas, siendo yo chica, escuchando a mi vieja hablar con mi tía y otras amigas. Ya estaban de vuelta de todo. Una mezcla de serenidad -de esa que da el hartazgo mezclado con alcohol, no la meditación- con experiencia y sensatez. Una capa protectora infalible. 

Quién pudiera hartarse. Hartarse de sí mismo y mutar. Eso quisiera. Hartarme de la vergüenza, de las culpas, de los miedos. Hartarme de la última hora de conexión de Whatsapp. De quedar cómoda para otro. De suponer. Del entusiasmo seguido de angustia. De las dependencias. Hartarme de los que vuelven y de los que nunca vienen. En fin, hartarme de escribir estas cosas pegajosas, catárticas y de mal gusto literario.

El otro día hablaba con una amiga sobre el desencuentro constitutivo que implica el día posterior a, justamente, un encuentro lindo, copado, intenso. Hay un cierto desarraigo, una resaca de la pasión que se traslada al cuerpo, a la neurosis, al alma, no sé. Entonces me puse a pensar que, tal vez, es ese entre-encuentros lo que mejor defina a un vínculo. Lo que lo hace posible, incluso. Por eso sucede, tantas veces, que la espera es mejor, que las expectativas superan a la realidad y que el miedo a la decepción, a contrastar, nos puede jugar en contra. 

Creo que ciertas tecnologías, sumado a una idiosincrasia argentina, hizo que nos convirtamos en amantes seriados. Hay códigos y plataformas de conquista que se han ido cristalizando. Las sorpresas e irrupciones, a lo sumo, se dan mediatizadas por una pantalla. Ya no contaremos epopeyas de hombres y mujeres que se tomaron un barco, y navegaron 90 días, en busca de un amor sin siquiera saber si estaban vivos. Ahora, a lo sumo, tocamos timbre sin avisar que estamos en la puerta.