domingo, 1 de septiembre de 2019

Ni chocha ni amada







Por Maite Pil. 

En mi último escrito publicado aquí, en relación a los encuentros sexuales -"Cuerpo a cuerpo"- postulé dos ideas: que la aceptación de los cuerpos- entendida como unión placentera- no pasa por la mirada, y que poner al cuerpo en acto es la vía para dejar de representárselo. 

El registro del cuerpo - ya alejándonos del plano de la sexualidad- está principalmente relacionado a su funcionamiento. Por ejemplo, un dolor puede ser indicador de una enfermedad. Ahora, ya sabemos que el cuerpo da señales cuya interpretación, o sentido, trasciende lo clínico. 

Todos somos portadores de un cuerpo fragmentado. Y en esa suerte de disociación que se produce, entre la función y la imagen, es que surge una idea bastante habitual; que hay una relación directamente proporcional entre belleza y placer. En más de una ocasión escuché declaraciones de vedettes o modelos- supuestas bombas sexuales- que dicen que prefieren dormir a coger, que practicar sexo oral les desagrada, o incluso que son tímidas. Creemos que el deseado, por el simple hecho de ser deseable, tiene con qué responder. 


Ya conocemos la- polémica- frase que dice algo así como que detrás de toda persona linda hay otra cansada de cogérsela. El acierto de la frase está, justamente, en que ubica al erotismo en otro lugar. Hay gente que se anota en un gimnasio para salvar su matrimonio. O que creen que la culpa de todo la tiene la panza, que si hubieran tomado menos cerveza habrían conservado la atención de sus compañeros para la eternidad. 


Me dejé estar, es un latiguillo habitual, en boca de hombres y mujeres, que de pronto se topan con la falta de pasión. Es cierto que el tiempo no tiene piedad, y la ley de gravedad, menos, ¿pero es realmente la huella del paso del tiempo en el cuerpo lo que separa a una pareja? Yo creo que no. 

Pero qué mejor defensa que esa.

Después viene la idea de reavivar al amor, como si fuese un acto voluntario: Estuvimos a punto de separarnos pero decidimos ponernos las pilas. ¿What? ¿O sea que todo este tiempo arriesgaste un proyecto de vida por fiaca?  

Y se planea un viaje, o se coordina una salida un sábado a la noche. Cosas que no pertenecen a la vida cotidiana y que no hay manera de sostener en el tiempo. Porque los abuelos de los pibes se copan un fin de semana, después cagaste. 

Yo no pienso, necesariamente, que al amor le corresponda un vínculo pasional. Ni que la pasión deba ser amorosa. Pero cuando no tenés ni chicha ni limonada, ¿qué vas a hacer? 

domingo, 18 de agosto de 2019

Los malos al poder.






Por Maite Pil. 


Jamás escuché a un hombre decir que una mujer- por más males que le ocasionara- fuese perversa. Digamos que, vulgarmente hablando, lo que nos cabe, si de algo quieren acusarnos, es de ser locas o histéricas. Erráticas o indecisas. Por el contrario, entre mujeres, la figura del perverso, incluso la del psicópata, son moneda corriente. Rápidamente le suponemos cierto goce maligno y direccionado a quien nos hizo pasar un mal trago. 
Estas expresiones que, repito, utilizamos vulgarmente y en nuestro lenguaje cotidiano, son interesantes para pensar cómo reproducimos, sin advertir demasiado, posiciones de poder y sometimiento. 

Hace poco una amiga me contó de una situación que vivió con un hombre; él le pedía una serie de cosas a cambio de otras tantas. Ella cedió, no muy convencida, y la angustia se le impuso. Cuando me lo relató, por supuesto, le asignó al muchacho el diagnóstico de perverso. 
Sin juzgarla a ella, y mucho menos a su angustia, me pregunto hasta qué punto las mujeres de hoy- que estamos tan advertidas respecto de lo que se supone son manejos propiamente masculinos- tenemos derecho a angustiarnos por un pelotudo: No es lo mismo la torpeza que la perversión. 
Pensar que un hombre es siempre consciente de los alcances de sus actos es atribuirle un conocimiento respecto de lo femenino que, probablemente, no posea. 

Pienso entonces que, desde algunos discursos feministas, se alimenta una noción de mujer víctima que no contribuye a mejorar los vínculos que quedan por fuera de la violencia machista y lo patológico. Qué pasa allí donde, simplemente, la cosa no funciona: ¿No es hacer trampa considerar patológico todo aquello que no nos sale como esperábamos?

Hace no mucho tuve una cita con un señor que me dijo que tenía que sentirme empoderada, que yo era una sobreviviente de la violencia machista. Y nunca más me escribió. Lo cuento así, con este reduccionismo tendencioso, para evidenciar que, en definitiva, no hay contradicción alguna allí. Que su elección - verme o no- poco tiene que ver con su posición ideológica. 
Hay que hacerse cargo, también, de lo que pasa en un encuentro. O en un desencuentro. 
De alguna forma, esto que señalaba al principio de tildar a los hombres de perversos, tan a la ligera, es apelar a una suerte de obediencia debida. Obedecer excluye a la elección. No se puede- y no porque yo lo diga- acceder al poder sin asumir la responsabilidad e incomodidad que esto supone. 
Quedarse con la idea de que el poder es un beneficio es no haberlo ejercido. 
Empoderarse es humano, responsabilizarse es divino.