domingo, 16 de septiembre de 2018

La grieta.





Por Maite Pil. 





Este es el primer domingo, desde que retomé el blog, que me deprimo. Deprimir en términos de domingo. La angustia anticipatoria del lunes, un pelín de arrepentimiento por el uso del tiempo libre, en qué se invirtió, qué expectativas hubo, etc. Hay una película de Netflix que se llama "La enfermedad del domingo", no sé a qué remite el nombre, no la vi, pero me parece genial. Me hubiese gustado que sea de mi autoría, de alguna manera, me siento dueña del domingo y sus derivados. 
Había logrado esto a fuerza de imponerme una rutina de escritura y soledad. Generalmente es un día que no estoy con mi hija y eso me permite también hacer uso del silencio hogareño- cosa vital si las hay-. Pero no es sólo eso, es tener una voz como mujer. Esa voz que me dijo hace unos meses atrás, el día de mi cumpleaños, que me tenía que ir corriendo de la pareja en la que estaba. Que no quería ni torta ni velas, era absurdo pedir tres deseos si no podía hacer esa única cosa por mí. 
La gente me llamaba para saludarme y me preguntaban qué planes tenía y yo les decía, ninguno, me estoy separando. Y algunos pensaban que era uno de esos chistes incómodos que suelo hacer y otros no sabían cómo darme ánimos porque todo les parecía sumamente triste. Entonces yo terminaba calmándolos ellos, como siempre hago cuando me pasa algo, diciendo que bueno, que no era tan grave, que no era la mejor noticia para dar, pero que la vida continuaba y yo estaba decidida y feliz de estar decidida. Así fue que empezaron dos o tres meses de locura absoluta. Pero yo elegí pararme estoicamente en el medio del samba.
En el transcurso de esos días, se separa mi vecina también. Ya le he dedicado unas palabras a ella. Siempre me llamó la atención la transformación física y estética que tuvo a partir de la separación. A las semanas, ya alguien la estaba trayendo en auto del trabajo. Al principio, se quedaban un largo rato en la puerta. Luego él empezó a pasar y ayer ella se mudó a su casa.
¿Cómo puede salirse de una separación queriendo convivir? Eso, incluso, me parece anecdótico ¿Quiénes son estas personas que en términos de meses van de cero a cien ? Hay una grieta -que no es sólo amorosa- que separa a estas dos tierras. 
Yo he cruzado alguna vez al otro lado - el cruce en el otro sentido es casi siempre un viaje de ida- y los resultados no fueron buenos. Mi amiga M. - quien está chocha de que la cite tan seguido- día por medio me (se) pregunta por qué nunca un tipo normal. A mí no me parece normal lo que hay del otro lado, pero entiendo su queja. Yo también me quejo. Somos de una generación que se queja de los hombres, pero lo estamos revisando.  Identificar de qué lado de la grieta se para uno es fundamental. Por supuesto que la cuestión que separa no es creer o no creer en el amor, eso sería una simplificación tonta. Sería más bien con qué limitaciones. Es decir, qué preguntas se le formulan y qué expectativas hay ahí colocadas. Hay una demarcación que se va construyendo y reviendo. Exige un dinamismo y cierta introspección. Es un  modo de habitar la pareja -si es que ésta se consuma- y es un modo también de asumir las dificultades de generar semejante comunión. Habrá gente, habrá amores, que soplan y hacen botella. Los que no, sabemos la importancia de no perder el aliento. 

domingo, 9 de septiembre de 2018

A tomar por culo.





Por Maite Pil. 


Leí una frase el otro día, más bien una oración, que me interpeló de una forma particular. Hay ideas que logran acomodar, tiene una capacidad ordenadora, que le ponen palabras a una sensación, es decir, transforman el sentir en conocimiento: "(...) somos amables pero no amamos".

De pronto se me vino una lluvia de recuerdos, un aluvión de gracias recibidos. De gracias insólitos, horribles, cobardes, idiotas. ¿Hay algo más violento que transformar en un favor aquello que no lo es?
Tal vez no sólo de favores se trate. Ese ser agradecido, educado, es también una forma de trazar la línea que separa la acción, el deseo, del recibimiento. 
Pero no amamos, claro que en este punto no tomo el amar de forma literal. Casi nunca hablo de amor, creo que cuando hay amor no hay demasiado para decir. Me importa el amor en tanto falta, pensar qué lo rodea, cómo se lo anticipa. 

Mi amiga M. me contaba hace un tiempo que había estado con un hombre al que, en primera instancia, le pidió que no pasara nada porque se estaba viendo con alguien más, pero al calor de los besos, ella cambió de opinión ¡Y él no! Quién carajo se piensa que es para respetarme de esa manera ¡Por respeto me decía! Pero dejame de joder. Lamento profundamente no haberle prestado más atención a esto, nos hubiésemos ahorrado descubrir lo que descubrimos por vías más grotescas. Su intento por permanecer visto como un tipo correcto lo llevó a las más impensadas incorrecciones. Hacía lo que debía, pero de deseo, ni hablar. 

Supongo que cuando suceden este tipo de cosas, estos desencuentros de deseo, las broncas son inevitables. Al menos, como estado transitorio. No conozco una sola persona que me haya dicho no me quiere ver más, pero me lo dijo en re buenos términos, qué bueno/a que es. No existe eso. El rechazo es siempre doloroso. Claro que con esto no estoy diciendo que las diferentes formas de comunicarlo den lo mismo. Pero a fin de cuentas, reemplazar lo que no sentimos por buenos modales, no es la solución. No hay solución, de hecho. Buscarla, probablemente, sea una utopía culposa. 
Creo que las mujeres, en este punto, y tal vez desde un lugar intuitivo, sabemos mejor que los hombres que la incomodidad es inevitable. Hace tiempo vengo pensando que hemos transformado esto - el estar incómodas- en una forma ventajosa de habitar ciertos vínculos. 
You can´t snort a line of coke off a woman´s ass and not wonder about her hopes and dreams, it´s not gentlemanly, dice el protagonista de la serie "Californication" en uno de sus capítulos. 

De alguna manera esta frase ilustra cómo pensar en un intercambio justo en relación al encuentro con un otro es un poco absurdo: Un culo a cambio de escucha -una escucha programada y artificial-. 
Confundir simetría con reciprocidad o, mejor dicho, buscar la simetría allí donde lo recíproco no existe, sea, tal vez, el peor error evitable a cometer.