jueves, 14 de febrero de 2019

San Valentina


Por Maite Pil



Odio los poemas
y odio la poesía.
Odio a las mujeres etéreas
suelen trabajar de camareras
¿Nadie sospecha?
Odio esa entrega
al delantal
con ojos claros
y palabras de servicio.
Te fuiste a la mierda
¿pero volviste?
Porque a alguien quiero.
Me puedo coger a tu amigo
No soy celosa.
Puedo irme con él
a ese bar donde está
la camarera que flota.




domingo, 10 de febrero de 2019

Casuales.








Por Maite Pil. 


La vida puede estar llena de casualidades, pero, lo que es indiscutible, es que es la atención la gran recopiladora de ellas.  Hay casualidades que no le importan a nadie, que jamás serán descubiertas. Otras que sí, que nos importan, nos importan tanto que no podemos más que sacarlas de su misma definición y reconvertirlas. Es la gran ironía de la casualidad: sólo es descubierta en tanto exista la visión del sujeto. Por lo tanto esa combinación, esa asociación que ejercemos sobre el objeto, la transforma en otra cosa: en una interpretación. Ojo, no estoy hablando de psicoanálisis, estoy hablando de cualquier tipo de vínculo sexual o amoroso.

Digamos que en general- habrá gente más simple que otra, seguramente- somos seres enigmáticos. La capacidad de amar y de desear, incluso la capacidad de disociar una cosa de la otra, nos convierte prácticamente en imposibles. La comunicación con el otro está siempre fragmentada. 

Las mujeres, probablemente por esta cosa de que la charla fue históricamente una actividad más bien femenina, tenemos muy entrenadas ciertas inquietudes que solemos compartirnos. Qué me quiso decir justo ahora me lo dice, suelen ser interrogantes permanentes. 
Hace poco una mujer me contó que el chico con el que se está viendo se le sumó al viaje que ella iba a hacer sola. Pero, tras ese acto, vino la siguiente enunciación de parte de él: te quiero decir algo, que nos vayamos de viaje juntos no quiere decir nada, yo me separé hace poco, bla, bla bla.  
Por supuesto que cuando me lo contó yo puse el grito en el cielo. No se puede deshacer un acto atajándose, macho. Él no quería que ella especule con que coger más irse de viaje equivalga a formar una pareja ¡Pero él quiso ir de viaje con ella! A un viaje que no estaba invitado. Entonces,  ¿a quién le hablaba él realmente? 

En el otro extremo, como para dibujar una línea imaginaria de actitudes, están los que proclaman el acto, con fantástica certeza, y luego no hacen nada. Conozco más de los que me gustaría en este punto. Un día es te voy a dar las llaves de casa y a la semana es me fui a vivir unos meses afuera. A los veintipico una cosa así me habría dejado devastada. Retomaría análisis para descubrir por qué un hombre que estaba dispuesto a darme las llaves de su casa de pronto se fue a vivir a otro lado. Cuando ya pasás los treinta, y te desayunás con semejante panorama, sabés que nunca te hubiera dado las llaves de su casa.

En el medio, entre los que arruinan lo que hacen con lo que dicen, y los que dicen lo que no hacen, están, digamos, los más inquietantes. Hay una moderación que no por eso nos - y los- coloca en un lugar menos deseante.
Si tuviera que hacer un paralelismo con los términos en los que plantea Zizek a la curvatura de la vida, diría que los primeros en describir son los que constituyen el recuerdo, los segundos, la expectativa, pero estos últimos, éstos podrían ser el acontecimiento.

Hoy temprano, que todavía no tenía muy claro sobre qué iba a escribir, leí una cita de Clarice Lispector sobre el no entender. “Una dulzura de estupidez” la denomina en un momento.

Supongo que por eso empiezo hablando de las casualidades. Porque es tan dulce como estúpido atribuirle a una casualidad la posibilidad de que el amor acontezca. 






domingo, 20 de enero de 2019

El obstáculo de amar







Por Maite Pil.



Hojeando "El arte de amar" de Erich Fromm me topé con una oración que sobresalía de la página, tuve que releerla - la completaba rápidamente con el sentido contrario- porque va un poco a contramano del espíritu de nuestra época: "(...) y sin duda no estar o no ser aburrido es una de las condiciones fundamentales para amar". 

Por empezar, en general, si hay una pregunta que se haga respecto del amor, en estos tiempos, es cómo hacer para ser amado. Pensamos al amor, en primera instancia, como aquello a recibir, no a dar. -Porque, además, para amar, digamos, no hace falta gastar un peso. Sin embargo, para ser merecedores de amor, nos han dicho, sistemática y compulsivamente, que debemos pasar por la aceptación y la atracción. Y eso sí requiere de cierta inversión. Quien busca ser amado hace a la economía funcionar.- 
Este lugar pasivo en que todos nos colocamos, más o menos, creo que influye mucho más en todos los rollos que hay hoy por hoy respecto a la maternidad y la paternidad que la interpretación  independentista que se hace de esto. Ser madre o padre ya todos sabemos que no deriva, necesariamente, de un amor preexistente, de una pareja constituida. Aún así, hay mujeres esperando ser amadas para llevar esta función a cabo, y hombres que confiesan que asumirían ese rol sí y solo sí la mujer que los ama se los reclama. Parece estereotipado y antiguo lo que digo, pero sigue sucediendo en el ámbito heterosexual. No estamos tan avanzados como creemos. 
He hablado con muchas personas que me han dicho no voy a tener un hijo con cualquiera. Pero lo que están diciendo, en verdad, es que no están dispuestos a colocarse en el lugar de dadores de amor sin antes haber pasado por la experiencia del recibimiento; no pueden correrse del lugar de ser los corresponsales del amor. Ahora ¿acaso no cumplimos ya esta función siendo hijos?
Odio hacer aclaraciones porque cortan el espíritu del texto, pero la época lo requiere y lo entiendo: no creo que toda persona deba desear tener hijos ni que tener hijos sea el único medio para hacer el pasaje de buscar ser amado a amar. Simplemente me parece un buen ejemplo ilustrativo y que se ha vuelto mucho más sintomático de lo que se cree. 

Voy a ir a la segunda cuestión que me llamó la atención de la oración: el aburrimiento como impedimento para amar. Cualquiera pensaría que no tener grandes estímulos u ocupaciones es más bien el propio estado que empuja a buscar a un otro. 
Ni siquiera es que pensemos en términos de aburrimiento demasiado; creemos que el aburrimiento, con tanta cosa inventada, se erradicó, como la peste negra.- Debe haber millones de aburridos en el mundo diagnosticados con depresión.-
Algo de la actividad y de lo inactivo se nos juega a todos a la hora de estar frente a un otro. De pronto no queremos parecer demasiado ocupados - o entretenidos- para que no se piense que no hay lugar para alguien más. O, incluso, a la inversa, quién no se ha inventado una salida o un plan para no quedar como siempre disponible
El amor compite dentro de una serie de actividades, aunque en el discurso se pretenda ir hacia otro lado. Predicamos- hombres y mujeres- que buscamos compañerismo, aspiramos darle al amor un lugar paralelo pero aditivo; sin embargo, terminamos por colarlo en la agenda.  

El vinculo de la humanidad con el amor va a ir mutando. No importa realmente qué pasaba antes en comparación con lo que suponemos pasa ahora; si la idea del amor hacía más pié en el dar que en el recibir. Porque, sea como fuera, algo permanecerá irresoluble. Alguien tuvo que escribir El arte de amar, vamos! Que lejos de hacer oda a un tipo amor, es síntoma de que en esta materia algo siempre falla. El aprendizaje es siempre inexacto y la experiencia es intransferible. Algo que los detractores de Netflix deberían ir asumiendo: siempre habrá obstáculos. 


  













domingo, 13 de enero de 2019

La derrota hecha espectáculo








Por Maite Pil.


Hace tiempo que vengo pensando en que la idea de la denuncia como conquista feminista es, por lo menos, derrotista.  Porque no revierte la posición de víctima de la mujer. La victimización e infantilización de las mujeres persiste aún allí donde se cree que hay un territorio ganado. Por supuesto que toda víctima debe hallar lugar para la denuncia - eso no se discute- pero hacer de esto una bandera creo que profundiza la problemática.
Últimamente me dediqué especialmente a ver entrevistas que abordaran estos temas. Y, sacando de lado a los discursos de las denunciantes, el alrededor suele manifestarse ante este fenómeno como algo que les da mucho orgullo, que los entusiasma, los pone felices, etc. Se le dedica un segundo al repudio del victimario- muchas de las veces ni se lo menciona- y 30 minutos al goce pajero de la valentía de la víctima

La violencia machista existe y sus máximas expresiones son la violación y el femicidio. Eso está muy claro, una trompada tampoco se discute, por supuesto. Pero me interesa pensar las zonas grises, los matices que pueden presentarse en un vínculo; y, por sobre todas las cosas, la desigualdad constitutiva que las mujeres hacemos carne frente a un hombre.

Quiero hacer el ejercicio de pensar en aquellas situaciones que no están penadas por la ley, es decir, que no constituyen un delito, y que aún así son percibidas como violentas. El planteo inevitable que se me presenta aquí es muy simple: o tenemos un código penal insuficiente o hay un ámbito inimputable. A raíz de una situación que presencié entre dos hombres, me puse a pensar en cómo a veces las mujeres tomamos, per se, a la presencia masculina como potente, totalizadora, controladora, etc. Por eso mi introducción, ¿acaso no hay algo de esto en todo vínculo? ¿Cómo vamos a construir una ética de la igualdad - se necesita más ética que ley, creo yo- cuando nos consideramos o nos consideran en inferioridad de condiciones? Ya puedo imaginar el rum rum de mucha gente pensando por qué dedico mi tiempo en pensar esto, que pensar esto es una forma más de culpabilizar a la mujer y una serie más de preconceptos reactivos que impiden revertir, verdaderamente, al orden patriarcal. 

Lo peor del machismo es cómo éste ha logrado hacer pié en las mujeres. Por eso creo que el feminismo, lejos de ir contra los hombres, debe ir contra las mujeres machistas. En una toma de una empresa, por ejemplo, uno no busca convencer al dueño, busca convencer al compañero para que haga alianza. Ahí radica el verdadero triunfo.

En la medida en que las mujeres quedemos fijadas al relato de la denuncia como triunfo, nada va a cambiar. No hay modificación de los roles allí. Como los hombres están medio desorientados, y no quieren perderse un garche por machirulos, retoman el relato que presumen feminista, pero profundizan la idea de la mujer como víctima y la espectacular y esporádica aparición de una denunciante. 
Eso no es igualdad. Es un discurso que baila al son de la canción de moda. El feminismo debe ir por mujeres sin victimarios y aplaudir menos a las víctimas. Porque si no, caemos en la espectacularización de la desigualdad pero no cambiamos nada.