domingo, 19 de mayo de 2019

El vuelto de la cobra.







Por Maite Pil. 


Como muchos de ustedes ya se han enterado, Jimena Barón sacó un nuevo tema, "La cobra". El primero, "La tonta", cuenta, básicamente, cómo ella se siente una tonta por haber creído en el amor de un hombre; amor que no era tal, o amor que la dejaba a ella en un lugar indeseable. Es sabido que ese tema está basado en la experiencia que tuvo con el padre de su hijo. Desconozco los detalles de dicha relación, pero evidentemente las cosas no terminaron bien. "La cobra", entonces, viene a ser la superación de aquella historia, devenida en canción, que se inicia con ese sentimiento de ser una boluda - esto lo dijo ella en una entrevista-. 
Es muy entendible y supongo que casi todos podemos empatizar con cierto sentimiento de estafa que puede generar el haber apostado amorosamente a una relación y ser traicionado. Y entonces aquí se da, también, una suerte de falsa doble victimización, porque no sólo se ha sido estafado sino que además se siente culpa por haberlo sido; como si ser tonta fuese la condición anterior a la estafa y no, el sentirse tonta, su efecto. 
La primera fantasía que se desprende de esto es, entonces, que con habilidad e inteligencia uno puede salvarse de un dolor o de una decepción amorosa. Tal vez esos atributos sirvan para los negocios y la timba financiera, pero en el amor y los vínculos, la cosa pasa por otro lado. Digo falsa doble victimización porque o se es víctima o se es responsable. De alguna forma esta canción, aunque creo que no era su intención, exime de responsabilidad al otro y le carga todas las tintas a la propia estupidez. Y hay chicas que la cantan como si fuera un himno feminista...

Bueno, volvamos a la "La cobra": 
Soy la cobra que se cobra todo lo que hiciste, bebé 
¿Pensabas que era gratis lastimar? 
(...) 
A ver si ahora te animás 
Que me hice piedra de tanto aguantar 
Que tanta mierda me hizo hasta engordar 
Y crezco y crezco, y me hice grande (Uh) 
Ya te puedo aplastar, ay.

Una épica de la amenaza y la venganza. Ahora bien, en un ámbito mafioso, por ejemplo, ambas conductas tienen un sentido. La amenaza busca, infundiendo miedo, obtener algo. La venganza, en cambio, es un acto aleccionador. Pero no para el objeto de la venganza, alecciona al resto, a quienes observan el despliegue; es una demostración de poder. 
En el ámbito amoroso, por otra parte, la amenaza y la venganza no existen. ¿Con qué se amenaza a alguien que ya no te quiere? ¿Cómo se venga uno de aquel que se fue?
La amenaza y la venganza son fantasías defensivas. Creer que en tres meses te lo vas a cruzar en una fiesta y vos vas a estar hecha una diosa y él se va a querer matar por haberte dejado, te puede servir de consuelo un ratito. No tiene nada de malo fantasear con esas escenas, pero no son una solución en sí mismas. Todo lo contrario, son la demostración plena de que el duelo no ha concluido. Cuando uno duela un vínculo, ya no recurre a esas escenas de supuesta satisfacción. La satisfacción está en otros lados, en otros amores.    
Confundir al dolor con ser víctima y al resentimiento con empoderamiento son dos lujos que no podemos darnos.   







domingo, 5 de mayo de 2019

Desgraciada







Por Maite Pil. 

Hace varios años atrás me fui de vacaciones, con un novio que tenía, a una playa muy exclusiva de Uruguay. Él era de zona norte y el ambiente le resultaba absolutamente familiar. A mí no, todo me parecía bastante plastificado; y el contraste con la naturaleza no podía más que exacerbarlo. Una tarde, a la hora de los tragos, mi momento favorito, fuimos a un bar de playa precioso. Mientras yo saboreaba un aperitivo vital, él se tomaba, probablemente, una gaseosa.  En un momento se sienta, en una de las mesas libres, una familia digna de revista: un hombre con cara de millonario y cuerpo de deportista,  una cuarentona con cuerpo de quinceañera, una quinceañera con cuerpo de mujer y una hija menor con evidentes problemas madurativos (problemas que, en verdad, los tenían todos los integrantes). No tuve mejor idea que decirle- a mi entonces novio-: pobres, la hija menor les cagó la familia perfecta
Él creyó que me estaba burlando de la piba, pero para nada, de hecho era con la única que me podía identificar. Mi ex se paró y se fue. El viaje continuó pero nada volvió a ser o mismo. Él seguía horrorizado y yo me sentía cada vez menos comprendida. Tener que defenderse de un chiste ante una pareja es una de las cosas más aburridas y solitarias del mundo. 
Tonto sería de mi parte evadir la culpabilidad de mis dichos. Yo no quería provocar- ni mucho menos ofender- a nadie más que a él. A veces hacerse odiar es una linda forma de evitar que el partenaire se conforme con una Sprite. Pero me salió mal. 

A veces me pregunto qué hace que dos personas puedan construir una intimidad que se les sea propia. Que no haya censuras en un chiste, una confesión e, incluso, en cierta miseria. 
¿Es la intimidad el camino para construir una pareja? ¿O será la pareja el camino para construir la intimidad? Que no son lo mismo, y que pueden tomar carriles separados, doy fe.  

En el escrito anterior les hablé del pensamiento y de la pasión. Y allí me preguntaba qué es el amor, qué lugar ocupa, qué rol juega, en función de esas dos cuestiones.  Hoy me pregunto qué es una pareja, qué hace que algunos logren consumarla y otros no. A veces no falta nada para que suceda y no sucede.  A veces falta algo, y se consuma igual.  

Hace poco me preguntaron por qué quería formar una pareja si podíamos ser amantes. Pero es que el amante siempre deja una silla vacía. Nunca falta la ocasión en que te gustaría que se siente al lado. 










miércoles, 1 de mayo de 2019

Banda flotante








Por Maite Pil. 



El sábado vi un concierto, por llamarlo de alguna forma, de música experimental (o algo por el estilo). Mientras lo escuchaba no podía más que pensar que no me conmovía, no me emocionaba, simplemente me mantenía en tensión. Tiene esa cosa rupturista respecto del ritmo, no hay continuación. No soy una experta en música, en absoluto, sólo puedo decir que esos saltos, esos vaivenes en la melodía, no pude más que identificarlos con un ejercicio intelectual. Era una música para pensar o, mejor dicho, algo de mi forma de pensar se identificaba con ese estilo. 
Dos días después vi una película que se llama "Frank & Lola". Se trata de un hombre y una mujer que se conocen y comienzan una relación. Todo va bien hasta que una serie de secretos, y encuentros con terceros, comienzan a salir a la luz. La pareja se pudre tal como lo expresan ambos. Pero eso es simplemente algo que piensan- que no por eso genera menos dolor-. Se distancian y, un corto tiempo después, se reencuentran en un evento. Y allí es cuando él le dice una de las cosas más honestas y descriptivas de lo que quiero, con mucha dificultad, transmitir hoy. Dice él: ninguno de los motivos por los que dejé de verte superan a los motivos que hacen que te extrañe. 
En el momento no hice la conexión, ni siquiera es que busqué ver esa peli adrede. Pero recién, en una caminata solitaria, pude entender que en la pasión no sólo no hay motivos sino que tampoco hay interrupciones válidas. 
La pasión y la atracción son estados insistentes, que van hacia una única dirección, lo que no quiere decir que tengan el destino asegurado. Pero esa dirección es el encuentro con el otro. El pensamiento puede carecer de eso, incluso, puede gozar de disentir, de aislarse, de reinvindicarse . La pasión no, la pasión nunca goza de forma solitaria. 
¿Y qué pasa con el amor? ¿Qué es eso? Porque aunque hablemos de pasión, atracción, no podemos ubicarlos muy lejos del pensamiento. Porque como todos ya sabemos, el corazón, incluso el alma, son figuras poéticas, no fuentes de expresión o sentimiento humano alguno. Tal vez el amor sea esa forma particular e intransferible de sintetizar lo que nos apasiona y lo que nos hace pensar. 

jueves, 18 de abril de 2019

El juego de preguntas y respuestas.







Por Maite Pil. 

Hace tiempo que vengo pensando en lo que nos pasa a las mujeres que estamos entre los 30 y los 45 años, que estamos recientemente separadas, con hijos en algunos casos, y que venimos de relaciones y experiencias amorosas reglamentadas de otra forma. Debo admitir que nos sentimos- hablo por mí y mi entorno, al menos- un tanto desconcertadas y culposas. No damos pie con bola, nos perdimos una parte, y es como si de pronto hubiésemos sido eyectadas al nuevo universo de la soltería sin una puta guía de supervivencia. 

El feminismo de hoy no tiene nada que ver con el feminismo que se viene; las nuevas generaciones la tendrán mucho más fácil, estarán más relajados, la equidad será un estado y no una lucha. El feminismo de hoy, en cambio, y por razones obvias, es un feminismo contestatario, en el sentido literal de la palabra: le contesta a alguien que se pronunció primero. Y eso que se pronuncia primero, que no es más que la raíz patriarcal que habita en todos nosotros, nos mantiene en tensión constante. 
Tal es así que una de las consignas más repetidas es el famoso no es no. Que implica, necesariamente, a un varón proponiendo y a una mujer respondiendo. Ese es el formato con el que hemos sido criadas. Ni que hablar del "mirá cómo nos ponemos", que no puede más que servirse de la misma lógica, la de la mujer cual objeto de observación, para reprender o denunciar una conducta. 

Hablando ayer con una amiga, nos preguntábamos qué les pasaría a los tipos por la cabeza cuando deciden clavar un visto en lugar de decir simplemente que no, que pasan, que no pueden, etc. Empecé, entonces, a preguntar, a hacer una breve encuesta, a ver cuántas mujeres callan en lugar de responder. No voy a presentar aquí datos matemáticos, pero sí voy a decir dos cosas que más o menos pude sacar en limpio de mi poco representativa investigación de campo. Por un lado, que el hombre está mucho más acostumbrado a la insistencia y no la vive como algo humillante. Por el otro, está menos acostumbrado, y hasta en algunos casos diría incómodo, ante la conquista. 

Yo insisto con estos temas porque, aunque nos creamos que hemos superado las viejas mecánicas del amor, estamos aún impregnadas de ellas. Yo me crié con una madre cuyos consejos femeninos eran, básicamente, hacete desear. ¡Y eso que era una progresista! Psicoanalista, montonera y abortera - que en paz descanse- y aún así, su idea del amor se apoyaba en el deseo del hombre. 
El hacete desear, hacelo esperar, hacete la difícil, todas esas frases que, con mejores o peores intenciones, nos han dicho e inculcado, no se borran de la noche a la mañana. Pero contenían cierta verdad: develaban la actuación, la impostura, y por lo tanto el esfuerzo, que eso suponía.
Dicho esto, sospecho que aquellas viejas fórmulas lo que hacían, de alguna manera, era delimitar el deseo, y el placer, femenino.  Y creo que es a eso a lo que más se le teme. Por eso me pareció, y me sigue pareciendo, fantástica la exposición que hizo Pino Solanas en el Senado respecto de la despenalización del aborto. Abrió la puerta que incluso muchas mujeres no se animaron a abrir, la del goce. 

Hoy leí un artículo muy interesante - de Nahuel Krauss en la Revista Polvo- que me llevó a repensar una famosa frase de Zizek que dice que el cine es el arte perverso por excelencia, porque no da lo que se desea sino que delimita al deseo, lo instruye, lo impone. Estoy esperando, todavía, una gran película de amor que nos diga cómo carajo hacer para amarnos y desearnos hoy, con lo que tenemos y con lo que aprendimos. Hasta ahora, sólo vi historias de indecisión. No quiero que se me mal interprete, pero me pregunto si verdaderamente aspiramos a un mundo mejor, más justo y equitativo, o si simplemente queremos una vida que no implique renuncia alguna. 




domingo, 14 de abril de 2019

La piel.







Por Maite PIl. 


Hace unas semanas leí "La piel" de Juan Terranova. Llegué a ella por reseñas, a las que llegué, a su vez, vaya uno a saber cómo, supongo que internet tiene esas extrañas formas de trazarnos caminos. Leí varias de ellas, algunas más amenas que otras, pero en todas sobrevolaba la idea de que el personaje, el narrador, es un sociópata, un tipo apático, inescrupuloso, dispuesto a casi todo. 
Sin embargo yo tengo otra lectura, y tal vez también se juegue la piel aquí- en tanto sensación sin demasiado fundamento- en lo que voy a decirles. Si esta novela hubiera sido adaptada en al cine en la década del cuarenta o de los noventas - donde se asistió a una reedición del género film noir- estaríamos frente al antihéroe que todo lo arriesga por una femme fatale (Majo, en este caso). Hay una épica del amor, de un amor sin edulcorar, de un amor que está a un paso de serlo y que no importa demasiado, ya, si se concreta a lo largo de la trama. 
Está estructurada como un diario, un diario para su propia lectura, no se lo dedica a nadie. Con casi nadie comparte verdaderamente lo que piensa, en ese sentido sí podemos decir que estamos frente a un narcisista, un narcisista entendido como aquel que se guarda en el bolsillo, con recelo y arrogancia, esas grandes ideas sobre el mundo que tiene sobre el mundo. Por eso no me sorprendería que en ese diario fuera capaz de mentirse a sí mismo. Hay una suerte de tramitación de la culpa allí, un paliativo que le permite continuar, pero que también le permite fantasear. Todas sus amantes gozan con él. Eso es algo que sólo un hombre un tanto fabulador se atrevería a dejar por escrito. 

Me resulta imposible no asociar a este narrador porteño con el personaje de Reynolds, el diseñador en el film "El hilo fantasma". Críticas y críticas tildándolo de perverso y no sé cuántos diagnósticos desacertados más. Tampoco coincidí allí, creo que Reynolds, como tantos hombres, hacen lo que pueden con el amor y la resistencia es bien válida para dar abrir paso al encuentro. 

Como es domingo, y no tengo la más mínima intención de terminar este escrito con una frase alentadora o una profunda reflexión, voy a citar un brevísimo fragmento de "La piel", tal vez el más bello y crudo: "No somos únicos y hermosos. No sabemos negociar. Concedemos sin demandar. O pedimos demasiado y no ofrecemos nada cambio". 

               


Trampas.








Por Maite Pil. 

Una de las noticias facebookianas de la semana fue la Sologamia. Una práctica que consiste en casarse con uno mismo y cuyo objetivo, o lo que pretende instaurar, institucionalizar, es el amor propio y la autocompasión. Ojo, no crean que digo estas cosas en sentido peyorativo, lo estoy citando del sitio oficial. Como soy un poco prejuiciosa decidí buscar "autocompasión" en el diccionario porque tal vez le estaba dada una connotación errónea, pero no, ya corroborado, puedo decir que mi juicio es valedero: hay algo (auto)lastimoso allí. Entre los argumentos de por qué surge esta práctica aparece, en primer lugar, la crisis del matrimonio. Ahora, me pregunto, ¿puede la legitimación de esta práctica resolver la profunda crisis vincular a la que asistimos? Y lo más curioso ¿por qué paliar el fracaso del matrimonio de a dos con un matrimonio de a uno?

Me llama la atención cómo en los últimos años se ha intentado revertir o subsanar ciertas prácticas - o síntomas de la época- desde la misma lógica desde la que se las produjo o reproduce. A veces da la sensación de que nos enfrentamos a una trampa que no es más  que el lenguaje mismo al que estamos todos sometidos. Como pasa con el vegetarianismo y el veganismo, por ejemplo, que rechazan el consumo de carne pero no puede dejar de emular a las comidas que la contienen: chorizo de vegetales, hamburguesa de lentejas, carne de soja, etc. Y ni que hablar de las nuevas formas de sexualidad, que apuntan a desterrar el encasillamiento pero no pueden dejar de producir más y más categorías. La frutilla del postre es, sin dudas, que se ha desarrollado un lenguaje inclusivo denominado en masculino ¿no debería ser lenguaje inclusive

Pero eso es sólo una pata de la problemática, una de las tantas paradojas. Lo que verdaderamente encubren estos intentos por romper con lo establecido, y así tener individuos más libres, igualitarios y respetuosos, es que la idea de felicidad es siempre algo que se nos ofrece desde afuera. La felicidad es una construcción que se va manifestando desde diversos soportes y que nos delimita lo deseable o esperable en una cultura determinada. Difícilmente pueda crearse otra dinámica, una que no convierta a las elecciones en mercancías.  

Es como si todos estuviésemos bajo el mando del Rey de "El principio", que nos ordena hacer lo que ya hemos hecho y nos prohíbe lo que no podríamos hacer aunque quisiéramos. La felicidad, que supone la libertad, se ha vuelto un Rey que busca hacer uso de su autoridad sin resultado alguno. 








domingo, 31 de marzo de 2019

De la deconstrucción a la codificación.









Por Maite Pil.

Muy a mi pesar, porque ya sabía que era medio floja y porque no me gustan, en términos generales, las películas ambientadas del siglo XIX para atrás, terminé viendo "La favorita" de Yorgos Lanthimos. Publiqué, entonces, mi parecer sobre ella en facebook y no faltó, entre los comentarios, el chabón que dijera que le había encantado porque mostraba a tres mujeres empoderadas. Sólo a un hombre se le puede ocurrir que esa es una película feminista. Las tres mujeres empoderadas son: la reina que llega a reinar porque se murió el rey, la mina que se coge a la reina para que ésta haga lo que ella quiere y la otra que se da cuenta de que para dejar de ser una sirvienta tiene que hacer lo mismo, cogerse a la reina. A veces me da ganas de mudarme de planeta. 

Estoy un poco podrida de hablar de esto pero es un tema que nos tiene entrampados a todos. Estamos coartados. El problema no es el feminismo, claro está, el problema es cómo en estos últimos dos años se fueron gestando y manifestando síntomas muy particulares en relación a esto que está pasando, creo yo, sólo en la Argentina. 

Se pone en debate al unísono: el derecho al aborto legal, el poliamor, que si te grita ya no es amor, que podés estar en pelotas pero si a último momento decidís no coger, estás en todo tu derecho, los piropos en la calle, el lenguaje inclusivo, las canciones de Cacho Castaña, los femicidios y el humor de los años ochentas. Es una locura. Pareciera que se discute todo junto para no resolver nada. Es como la izquierda criticando a los gobiernos populares.

Hay una frase de Zaffaroni, no la recuerdo textual, pero dice algo así como que no es lo mismo el Código Penal que la ley del padre. Entonces, la primer división que hay que tener clara es entre aquello que puede regular y prevenir el Estado y aquello que no.  Las deudas del Estado con las mujeres creo que todos las tenemos bastante claras y me parece que es el primer consenso que hay que lograr. Lo que a mí me interesa pensar acá es aquello que queda por fuera, entrar en el otro terreno, el vincular, el emocional. Voy a parafrasear a Zaffaroni y decir que no es lo mismo el Código Penal que un código de pareja o de amistad. Y así debe ser.

Asocio esto inmediatamente a cuando Macri dijo que si fuese por él sacaría una ley para que fuésemos todos felices. Es muy interesante analizar esa frase a la luz de los hechos actuales. Sólo una persona que produce infelicidad puede pensar semejante cosa. No se expresa allí tanto el deseo de felicidad como el carácter prohibitivo respecto de otro sentimiento que no sea ese.
Esto no lo digo yo, lo dijo Levy-Strauss hace muchos años atrás, la ley aparece cuando nada más puede impedir que eso suceda. Sería idiota prohibir un imposible.

Entonces, así como el patriarcado no se va a caer sacando un decreto, tampoco podemos prohibir los micromachismos con la ley de lo políticamente correcto. Porque este mandato de corrección que se instaló - para algunos, de la noche a la mañana- lo que hace es taponar en vez de disolver, resolver. Si no descomprimimos y repensamos entre todos algunas consignas, vamos a terminar formando un ejercito de odiadores anónimos y lobos disfrazados de corderos. 

      

domingo, 17 de marzo de 2019

Corpus.




Por Maite Pil. 

Quería escribir sobre el film "9 semanas y media". Pensar por qué mucha gente de mi generación no lo vio, por qué no se ha convertido en una película de culto o, por su contrario, una película desgraciada; no acaba por ser ni una ni la otra. Para este ejercicio, obviamente, no sólo tenía que volver a ver la película sino que, además, tenía que leer y ordenar en forma cronológica una cantidad significante de críticas y referencias a ella. 

Nada de eso sucedió, nunca fui buena alumna, ni siquiera de mí misma. Prefiero tomarme una cerveza, o varias, en un bar antes que responder a consignas. Nunca pude cumplir con esta clase de entregas.
La pregunta que se desprende de esta situación, obviamente, es qué le compite al saber. 
¿Por qué preferiría hacer otra cosa?
Y en este sentido, y aunque no haya estudiado, voy a ser categórica: al saber le compite el cuerpo. 

En el cuerpo habita un mas allá, podemos mirarnos en el espejo, podemos sacarnos una foto, podemos, incluso, bajar la vista y considerar cuerpo a todo aquello que está de la nariz para abajo. Y no alcanza. 
Podemos pretender hacer del otro un cuerpo. Pero es inútil; se modifica cada vez que entramos en contacto con él. No hay manera de abarcar la totalidad de un cuerpo visualmente. La maja desnuda no está completamente desnuda ¿Qué hay en su espalda? Nadie lo sabe. O qué sé yo qué pasa con los pies cuando miro una cara, un muslo o una nuca. 

Lacan dice que no hay relación sexual. Lo dice, un poco, arbitrariamente y, otro poco, reposando en un montón de conceptos sumamente complejos. Creo que, con haber dicho que no se pude ver a un cuerpo en su totalidad, habría bastado. Me parece a mí. 
Convengamos que, en términos generales, más allá de que los telos hagan todo lo posible por su contrario, la idea de duplicar miradas es incontrastable. O se mira al cuerpo o se mira al espejo, no se puede hacer las dos cosas en simultáneo. 

Lo que sí se puede, y de hecho se hace, se quiera o no, haya o no haya un espejo mediando, es fantasear con la mirada de un tercero. Es esa fantasía- no en un sentido erótico- constitutiva y complementaria, porque viene a poner cuerpo allí donde el ojo no llega, la que hace que sea imposible la comunión de a dos. Como ocurre, incluso, en la ideación y puesta en escena de la venganza. No hay forma de que complazca a quien la lleva a cabo en la medida en que no sea reconocida, o relatada, como tal. Tanto a la venganza, como a la relación sexual, se le suponen placeres que no le son del todo propios. 

Lejos de querer entristecerlos con esta mínima redacción, porque para eso ya se ha inventado todo, desde la ópera hasta la clase media, me gustaría rescatar como recurso la desnudez. No como objeto de observación pornográfica sino como medio de comunicación. Hacer contacto con la piel del otro es lo más cerca que podemos estar de ser humanos. Y después se verá qué hacemos con eso.   


domingo, 10 de marzo de 2019

La mirada imperiosa.






Por Maite Pil


Hace tiempo que vengo leyendo la frase - aplicada a diversas situaciones- quedate con el que te mire como fulano mira a mengano. No tengo idea de dónde salió, disculpen mi ignorancia, tampoco me tomé el tiempo de rastrearla, pero me interesa, más que nada, la forma en que se reproduce en las redes sociales.

¿Por qué pegó y pega tanto?
A simple vista podríamos decir que es romántica, que apela a la simpleza de un gesto- suponiendo que la mirada podría ser uno- como motivo suficiente para permanecer en un amor o descubrirlo como tal. Pero si nos ponemos a analizarla con más detenimiento vamos a desprender de ella diversas interpretaciones. Para hacer este ejercicio voy a, primero, enunciar las dos cosas que más fácilmente discierno en su construcción.
Por empezar, esta frase implica, necesariamente, la presencia de un tercero. Es un testigo quien le atribuye la cualidad de valiosa, amorosa o deseante a esa mirada, no quien la recibe. Por supuesto que no hace falta que ese testigo sea efectivamente una persona de carne y hueso, esa tercera posición puede estar dada por un imaginario.
En segundo término, que es el que más me interesa y me espanta, en iguales cantidades, es que abona a una construcción absolutamente narcisista y especular del amor: Quedate con el te mire.

La frase está perfectamente construida. De eso no caben dudas. Hay un sujeto - imaginario o no- que ve cómo otro mira y que debe avisarle al tercero, al mirado, que es visto de tal o cual forma.

¿Por qué hay que avisarle al mirado de que es mirado y que debe permanecer en esa vista? - Quedate con es un imperativo bastante fuerte- Y ¿a quién mira o qué ve aquel que es receptor de esa mirada? ¿Por qué no se da cuenta? ¿Qué relación hay entre lo que uno ve de un otro con lo que el otro puede devolverle?
Esta frase no responde ninguna de estas cuestiones. No pretende hacerlo, tampoco. Es la frase pretendidamente amorosa que le hace la pata, el caldo gordo, a los tiempos del Instagram y la foto como protagonista. Donde importa mucho más ser visto que ver. Donde se goza, incluso, de esa asimetría. No sea cosa que vayamos a descubrir que rara vez se está a la altura de lo que el otro ve en uno.
La única forma de salir de esta lógica de amores de vidriera es cruzando miradas. Sólo así podremos enfrentar al vacío fundamental del amor: no hay nada que ver.















lunes, 4 de marzo de 2019

Presente continuo



Por Maite Pil.


A long time ago- pero en esta galaxia-, y con un amante en particular que no viene al caso, tuve una serie de situaciones desafortunadas. De esas que suceden cuando una torpemente quiere llevar el vínculo a un determinado lugar pero acepta todas las condiciones que pone el otro, que apuntan, obviamente, al lado contrario. 
Un día, completamente sacada por su fortuita desaparición, intenté contactarlo setenta mil veces. Eran épocas en que no quedaba registro de esto como lo hay hoy. Ante semejante acting out, al día siguiente, no pude más que sentirme miserable. Necesitaba remediar lo que había hecho. Y no tuve mejor idea que ir a la librería de la vuelta de mi casa y comprar "El arte de amar". No para leerlo yo, cosa que hubiese sido un poco más honesta, sino para regalárselo a él. En una de las hojas de cortesía le escribí una dedicatoria que no recuerdo, pero sospecho que citaba una frase de alguien más ¡Como para que el regalo no fuera tan personal!
Ese mismo día, el de la compra del libro, dí con él, y él, ni enterado de todo mi drama, y hasta concretamos un encuentro. El libro, por supuesto, me lo quedé yo pero le arranqué esa hoja de cortesía, no podía soportar tanto melodrama en un mismo objeto. 
Pero, acaso  ¿no hubiese sido más sano regalarle el libro a un hombre que se hace presente y no al  fantasma que estaba empezando a fantasear en mi cabeza?
No, yo quería el gran acto final. El regalo de despedida. La confesión irremediable. Hacerle creer que podría haber sido amado de no haber sido por él. 
Lo que enmascaraba ese libro-porque bien podría haber sentido que ya había puesto todo de mí y que la mejor manera de salir de esa situación era tomando distancia- es que era yo quien sentía culpa. Pero no una culpa que me invitara a reflexionar, más bien una culpa que me impulsaba a arrastrarlo conmigo a esa espantosa e insostenible incomodidad. 
Por suerte - y "por suerte" me refiero a haberme sometido a análisis- pude generar otros tipos de vínculos con los hombres. Claro que eso no significa que en todas mis relaciones haya existido correspondencia. Pero, al menos, pude situar eso - el desencuentro- en otra escena; escena que requería, indefectiblemente, que yo desarrollara otro papel. Así es como  pude - casi sin proponérmelo porque ese es el verdadero logro del psicoanálisis, ser sin impostura o instrucción clínica- querer amar y ser amada; sin culpas, sin víctimas y sin victimarios. 
Hoy, a raíz de un recuerdo de facebook, saqué la cuenta y descubrí que, a pesar del tiempo que pasó, mantengo vínculos con muchos de los hombres de mi pasado; amistosos la gran mayoría. Es más fácil cambiar uno que cambiar una dinámica.  Pero ¿puede una dinámica sostenerse si uno de sus integrantes cambió?
Sí y no.  No importa demasiado. Todos, pasada cierta edad, nos preguntamos si el amor es aquello que pasó o aquello que está por venir. Y no son ni preguntas ni respuestas excluyentes entre sí. Lo único que es excluyente al interrogante sobre el amor es aquel que no quiere participar de él. 

domingo, 24 de febrero de 2019

Eres responsable de tu lazo.








Por Maite Pil. 

El otro día estaba hablando con una amiga que me decía que me veía muy bien, que no le parecía que tenía que retomar análisis por ahora. Ese "muy bien" respondía a cierta capacidad, si se quiere, o cierta predisposición a no meter la cabeza adentro del león. Lo que antes - y por antes no me refiero a años atrás, eh- respondía a una estrategia impostada - que siempre sale mal- hoy responde a un cuidado y, por qué no, a un deseo. 
Otra amiga me contaba que estaba tranquila porque no estaba sufriendo ansiedades con los hombres, pero claro, es que no había ninguno. Es fácil sentirse bien así, si no hay nadie que la vuelva loca.  
Ese "estoy tranquilo/a solo/a" que tanto circula hoy, pone en evidencia que el encuentro con un otro es siempre inquietante. Por eso hablaba de estrategia más arriba, no sólo se despliega una táctica en el accionar propio sino que, además, se pretende anticipar el movimiento ajeno. Un tremendo embole. 

Ahora, cabe aclarar algo, no es que uno por hacer análisis ande por la vida con un preservativo gigante puesto de la cabeza a los pies, que todo lo previene, como en esa genial escena de La pistola desnuda.  Más bien diría que es la operación contraria, la de sacarse lo que impide el contacto con el otro sin por eso descuidarse. Es decir, dar con el talle

Bueno, todo muy lindo, uno viene funcionando bien social y amorosamente hablando, hasta que de pronto ¡zás! pasa algo que no se sabe a cuento de qué viene. No hacen falta grandes catástrofes para que se desacomoden algunos patitos. A veces es una boludez - en términos objetivos- lo que desencadena el padecimiento. 
Por ejemplo, María (por poner un nombre x) decidió no escribirle más a José porque sabe que si le escribe y éste no responde, va a angustiarse. Entonces se queda tranquila con su decisión, la sostiene sin ansiedades. José un día le escribe, le pone "Hola, cómo estás?", ella responde "Bien y vos?", y él no contesta más.  
¿Qué pasó ahí? Bueno, es ciencia ficción pretender saber qué pasó. Pero me parece importante distinguir dos cosas. La primera es que, que María se sienta puesta a prueba (es decir, tener que enfrentarse con su ansiedad) no quiere decir, necesariamente, que José la haya puesto a prueba. Capaz José nunca se anotició de la ansiedad de María. Tal vez sea distracción o idiotez.
La segunda es que el obrar del otro, más allá de la intención, impacta sí o sí en el lazo, en el vínculo. Y esto está muy bien descrito en el libro "Miserias neuróticas ¿Es analizable el carácter?" de Lucas Boxaca y Luciano Lutereau (pag. 14 a 18). 


Me interesa particularmente este punto. Porque el lazo existe, es innegable. Más allá de los nombres que le asignemos a tal o cual relación. A veces pareciera que se confunden los tantos y que, en la medida en que no haya un compromiso, en la medida en que no se nombre de tal o cual forma el vínculo, cada cual está por la suya. Eso es puro cuento. Siempre que estemos ante un otro, siempre que seamos un otro para alguien, habremos de asumir cierta  responsabilidad. Es fácil decir que Whatsapp, el capitalismo y la mar en coche, tienen la culpa de la decadencia que hay en los vínculos, la falta de contacto físico, la falta de libido, etc. 
Yo creo que es al revés, que es allí donde elegimos reposar, donde filtramos el encuentro y nos quedamos paralizados. Pareciera ser que es preferible ser un valiente con miedo que un miedoso con valentía. 










jueves, 14 de febrero de 2019

San Valentina


Por Maite Pil



Odio los poemas
y odio la poesía.
Odio a las mujeres etéreas
suelen trabajar de camareras
¿Nadie sospecha?
Odio esa entrega
al delantal
con ojos claros
y palabras de servicio.
Te fuiste a la mierda
¿pero volviste?
Porque a alguien quiero.
Me puedo coger a tu amigo
No soy celosa.
Puedo irme con él
a ese bar donde está
la camarera que flota.




domingo, 10 de febrero de 2019

Casuales.








Por Maite Pil. 


La vida puede estar llena de casualidades, pero, lo que es indiscutible, es que es la atención la gran recopiladora de ellas.  Hay casualidades que no le importan a nadie, que jamás serán descubiertas. Otras que sí, que nos importan, nos importan tanto que no podemos más que sacarlas de su misma definición y reconvertirlas. Es la gran ironía de la casualidad: sólo es descubierta en tanto exista la visión del sujeto. Por lo tanto esa combinación, esa asociación que ejercemos sobre el objeto, la transforma en otra cosa: en una interpretación. Ojo, no estoy hablando de psicoanálisis, estoy hablando de cualquier tipo de vínculo sexual o amoroso.

Digamos que en general- habrá gente más simple que otra, seguramente- somos seres enigmáticos. La capacidad de amar y de desear, incluso la capacidad de disociar una cosa de la otra, nos convierte prácticamente en imposibles. La comunicación con el otro está siempre fragmentada. 

Las mujeres, probablemente por esta cosa de que la charla fue históricamente una actividad más bien femenina, tenemos muy entrenadas ciertas inquietudes que solemos compartirnos. Qué me quiso decir justo ahora me lo dice, suelen ser interrogantes permanentes. 
Hace poco una mujer me contó que el chico con el que se está viendo se le sumó al viaje que ella iba a hacer sola. Pero, tras ese acto, vino la siguiente enunciación de parte de él: te quiero decir algo, que nos vayamos de viaje juntos no quiere decir nada, yo me separé hace poco, bla, bla bla.  
Por supuesto que cuando me lo contó yo puse el grito en el cielo. No se puede deshacer un acto atajándose, macho. Él no quería que ella especule con que coger más irse de viaje equivalga a formar una pareja ¡Pero él quiso ir de viaje con ella! A un viaje que no estaba invitado. Entonces,  ¿a quién le hablaba él realmente? 

En el otro extremo, como para dibujar una línea imaginaria de actitudes, están los que proclaman el acto, con fantástica certeza, y luego no hacen nada. Conozco más de los que me gustaría en este punto. Un día es te voy a dar las llaves de casa y a la semana es me fui a vivir unos meses afuera. A los veintipico una cosa así me habría dejado devastada. Retomaría análisis para descubrir por qué un hombre que estaba dispuesto a darme las llaves de su casa de pronto se fue a vivir a otro lado. Cuando ya pasás los treinta, y te desayunás con semejante panorama, sabés que nunca te hubiera dado las llaves de su casa.

En el medio, entre los que arruinan lo que hacen con lo que dicen, y los que dicen lo que no hacen, están, digamos, los más inquietantes. Hay una moderación que no por eso nos - y los- coloca en un lugar menos deseante.
Si tuviera que hacer un paralelismo con los términos en los que plantea Zizek a la curvatura de la vida, diría que los primeros en describir son los que constituyen el recuerdo, los segundos, la expectativa, pero estos últimos, éstos podrían ser el acontecimiento.

Hoy temprano, que todavía no tenía muy claro sobre qué iba a escribir, leí una cita de Clarice Lispector sobre el no entender. “Una dulzura de estupidez” la denomina en un momento.

Supongo que por eso empiezo hablando de las casualidades. Porque es tan dulce como estúpido atribuirle a una casualidad la posibilidad de que el amor acontezca. 






domingo, 20 de enero de 2019

El obstáculo de amar








Por Maite Pil.



Hojeando "El arte de amar" de Erich Fromm me topé con una oración que sobresalía de la página, tuve que releerla - la completaba rápidamente con el sentido contrario- porque va un poco a contramano del espíritu de nuestra época: "(...) y sin duda no estar o no ser aburrido es una de las condiciones fundamentales para amar". 

Por empezar, en general, si hay una pregunta que se haga respecto del amor, en estos tiempos, es cómo hacer para ser amado. Pensamos al amor, en primera instancia, como aquello a recibir, no a dar. -Porque, además, para amar, digamos, no hace falta gastar un peso. Sin embargo, para ser merecedores de amor, nos han dicho, sistemática y compulsivamente, que debemos pasar por la aceptación y la atracción. Y eso sí requiere de cierta inversión. Quien busca ser amado hace a la economía funcionar.- 
Este lugar pasivo en que todos nos colocamos, más o menos, creo que influye mucho más en todos los rollos que hay hoy por hoy respecto a la maternidad y la paternidad que la interpretación  independentista que se hace de esto. Ser madre o padre ya todos sabemos que no deriva, necesariamente, de un amor preexistente, de una pareja constituida. Aún así, hay mujeres esperando ser amadas para llevar esta función a cabo, y hombres que confiesan que asumirían ese rol sí y solo sí la mujer que los ama se los reclama. Parece estereotipado y antiguo lo que digo, pero sigue sucediendo en el ámbito heterosexual. No estamos tan avanzados como creemos. 
He hablado con muchas personas que me han dicho no voy a tener un hijo con cualquiera. Pero lo que están diciendo, en verdad, es que no están dispuestos a colocarse en el lugar de dadores de amor sin antes haber pasado por la experiencia del recibimiento; no pueden correrse del lugar de ser los corresponsales del amor. Ahora ¿acaso no cumplimos ya esta función siendo hijos?
Odio hacer aclaraciones porque cortan el espíritu del texto, pero la época lo requiere y lo entiendo: no creo que toda persona deba desear tener hijos ni que tener hijos sea el único medio para hacer el pasaje de buscar ser amado a amar. Simplemente me parece un buen ejemplo ilustrativo y que se ha vuelto mucho más sintomático de lo que se cree. 

Voy a ir a la segunda cuestión que me llamó la atención de la oración: el aburrimiento como impedimento para amar. Cualquiera pensaría que no tener grandes estímulos u ocupaciones es más bien el propio estado que empuja a buscar a un otro. 
Ni siquiera es que pensemos en términos de aburrimiento demasiado; creemos que el aburrimiento, con tanta cosa inventada, se erradicó, como la peste negra.- Debe haber millones de aburridos en el mundo diagnosticados con depresión.-
Algo de la actividad y de lo inactivo se nos juega a todos a la hora de estar frente a un otro. De pronto no queremos parecer demasiado ocupados - o entretenidos- para que no se piense que no hay lugar para alguien más. O, incluso, a la inversa, quién no se ha inventado una salida o un plan para no quedar como siempre disponible
El amor compite dentro de una serie de actividades, aunque en el discurso se pretenda ir hacia otro lado. Predicamos- hombres y mujeres- que buscamos compañerismo, aspiramos darle al amor un lugar paralelo pero aditivo; sin embargo, terminamos por colarlo en la agenda.  

El vinculo de la humanidad con el amor va a ir mutando. No importa realmente qué pasaba antes en comparación con lo que suponemos pasa ahora; si la idea del amor hacía más pié en el dar que en el recibir. Porque, sea como fuera, algo permanecerá irresoluble. Alguien tuvo que escribir El arte de amar, vamos! Que lejos de hacer oda a un tipo amor, es síntoma de que en esta materia algo siempre falla. El aprendizaje es siempre inexacto y la experiencia es intransferible. Algo que los detractores de Netflix deberían ir asumiendo: siempre habrá obstáculos. 


  













domingo, 13 de enero de 2019

La derrota hecha espectáculo








Por Maite Pil.


Hace tiempo que vengo pensando en que la idea de la denuncia como conquista feminista es, por lo menos, derrotista.  Porque no revierte la posición de víctima de la mujer. La victimización e infantilización de las mujeres persiste aún allí donde se cree que hay un territorio ganado. Por supuesto que toda víctima debe hallar lugar para la denuncia - eso no se discute- pero hacer de esto una bandera creo que profundiza la problemática.
Últimamente me dediqué especialmente a ver entrevistas que abordaran estos temas. Y, sacando de lado a los discursos de las denunciantes, el alrededor suele manifestarse ante este fenómeno como algo que les da mucho orgullo, que los entusiasma, los pone felices, etc. Se le dedica un segundo al repudio del victimario- muchas de las veces ni se lo menciona- y 30 minutos al goce pajero de la valentía de la víctima

La violencia machista existe y sus máximas expresiones son la violación y el femicidio. Eso está muy claro, una trompada tampoco se discute, por supuesto. Pero me interesa pensar las zonas grises, los matices que pueden presentarse en un vínculo; y, por sobre todas las cosas, la desigualdad constitutiva que las mujeres hacemos carne frente a un hombre.

Quiero hacer el ejercicio de pensar en aquellas situaciones que no están penadas por la ley, es decir, que no constituyen un delito, y que aún así son percibidas como violentas. El planteo inevitable que se me presenta aquí es muy simple: o tenemos un código penal insuficiente o hay un ámbito inimputable. A raíz de una situación que presencié entre dos hombres, me puse a pensar en cómo a veces las mujeres tomamos, per se, a la presencia masculina como potente, totalizadora, controladora, etc. Por eso mi introducción, ¿acaso no hay algo de esto en todo vínculo? ¿Cómo vamos a construir una ética de la igualdad - se necesita más ética que ley, creo yo- cuando nos consideramos o nos consideran en inferioridad de condiciones? Ya puedo imaginar el rum rum de mucha gente pensando por qué dedico mi tiempo en pensar esto, que pensar esto es una forma más de culpabilizar a la mujer y una serie más de preconceptos reactivos que impiden revertir, verdaderamente, al orden patriarcal. 

Lo peor del machismo es cómo éste ha logrado hacer pié en las mujeres. Por eso creo que el feminismo, lejos de ir contra los hombres, debe ir contra las mujeres machistas. En una toma de una empresa, por ejemplo, uno no busca convencer al dueño, busca convencer al compañero para que haga alianza. Ahí radica el verdadero triunfo.

En la medida en que las mujeres quedemos fijadas al relato de la denuncia como triunfo, nada va a cambiar. No hay modificación de los roles allí. Como los hombres están medio desorientados, y no quieren perderse un garche por machirulos, retoman el relato que presumen feminista, pero profundizan la idea de la mujer como víctima y la espectacular y esporádica aparición de una denunciante. 
Eso no es igualdad. Es un discurso que baila al son de la canción de moda. El feminismo debe ir por mujeres sin victimarios y aplaudir menos a las víctimas. Porque si no, caemos en la espectacularización de la desigualdad pero no cambiamos nada.