domingo, 7 de octubre de 2018

La pantufla de la vida.












Por Maite Pil. 

A los catorce años tuve un novio del cual me enamoré perdidamente.  Nunca tuvimos relaciones, yo era virgen  y él no quería tener nada que ver con mi situación. El noviazgo habrá durado unos meses hasta que me dejó. Olvidarme de él me costó horrores. Yo lo adoraba, estaba absolutamente tomada por él. Me rompió el corazón. Después de muchos años, volvió a aparecer. Nos vimos algunas veces para tomar un café  hasta que un día me invita a dormir. Literalmente, a dormir con la ropa puesta. Yo acepté porque pensé que era una especie de juego, hacer como si no fuera a pasar nada. Pero no. Él estaba decidido a que no pasara nada. Nos despedimos a la mañana siguiente y nunca más nos volvimos a ver.
A las pocas noches de ese suceso, inexplicable y absolutamente absurdo, soné con él. Lo soñé con un pene enorme, que le daba vuelta hacia atrás, como una especie de cola de diablo. Me decía que no podíamos tener sexo porque con semejante pene no se podía. Yo lo abrazaba y ,por detrás de la espalda, le acariciaba la cabeza y le decía que no importaba. Por supuesto que este sueño se lo llevé a mi analista de turno y se hizo un festín. 

Mi amiga M. se ríe de mí cada vez que le digo que alguien me intriga, sexualmente hablando. Me dice que no es intriga eso, que es calentura. Y yo le digo que no, que también podría ser, pero que es fundamentalmente intriga. De alguna manera ese episodio que relaté, y ese sueño, me traumaron. Yo necesito corroborar, por decirlo de manera elegante, que no habrá obstáculo. Supongo que la desnudez de cualquiera puede generar curiosidad, pero creo que la desnudez masculina mucho más. 
En este sentido, entiendo que algunos hombres le escapen a ciertos encuentros a medida que la expectativa se va haciendo mayor. Ya sea evitándolo o no consiguiendo una erección, que es una forma de escape también. 
Pero la sexualidad no es genitalidad. Si al encuentro sexual lo vaciamos de toda fantasía, de todo sentido más allá de lo físico, nos queda una coreografía repetitiva y limitada. No hay demasiado que inventar. Incluso se puede sumar gente, objetos, lencería, pero nada de eso por sí mismo aporta si no hay una comunión anterior, un acuerdo erótico tácito que emerge de forma misteriosa con el otro.  
Eso explica por qué muchas veces cuanta más puesta en escena se hace, menor es el placer. No hay nada más deprimente que proponerse ser pasional con alguien con quien ya se perdió, o nunca se alcanzó, la excitación. 
Me causa mucha gracia cuando alguien me cuenta que tal coge mal. Me resulta tan absurdo como que me diga que no sabe respirar ¿Qué es lo que hace mal? Es como que yo diga que mi novio de la adolescencia no coge. Sí, coge, pero no conmigo. 
Hay una presión estética, y de rendimiento, colocada en los cuerpos, que no contribuye al placer. Vivimos en una sociedad que busca incansablemente hacer del cuerpo el gran protagonista del sexo. Pero, en verdad, es sólo un instrumento a través del cual se experimenta. 
Yo soy radical en este sentido, creo que si se rompe el erotismo, o el acuerdo no surge con el otro, no hay nada que tenga sentido hacer. Claro que el mercado nos ofrece soluciones concretas para resolver los problemas de erección y de lubricación ¿No te calienta? No te preocupes, nosotros hacemos posible que cojas igual que si te calentara. Pero ¿de qué nos sirve eso realmente?

No soy de las que piensen que el deseo sexual esté en crisis porque haya mayor apertura social respecto de la sexualidad y sus manifestaciones. Creo que puede entrar en crisis en la medida en que ya no sea condición necesaria para el encuentro con el otro. Somos nosotros mismos los que muchas veces aceptamos evadir esta cuestión y poner el cuerpo en función del sexo como una actividad más. Basta con leer la cantidad de notas periodísticas que hablan sobre los beneficios del sexo- como quien habla de las propiedades vitamínicas del tomate- para darse cuenta de que hay un vaciamiento de erotismo. Pero coger no es como comer o ir al gimnasio, aunque nos los quieran vender de esa misma forma. Por eso siempre tengo presente una frase de Lacan que dice: no nos sorprende que un hombre pueda eyacular mirando una pantufla.  La pantufla, aunque no nos sorprenda, es el verdadero misterio de la vida.