domingo, 1 de julio de 2018

El milagro del amor.


Por Maite Pil


Anoche cenando con unas amigas llegamos a la conclusión de que toda buena pasión deriva en amor. No hay forma, para nosotras, de escapar de eso. 
Los hombres, en cambio, pueden atravesar relaciones pasionales sin amar. Incluso, iría más allá, y diría que para muchos de ellos es condición del amor que no haya pasión. 
No estoy hablando de hombres de la década del 50 que tenían a la mujer en la casa y a la amante afuera. Hoy por hoy esto subsiste de una forma mucho más solapada y, cala tan hondo, que tal vez no sea ni reconocible para ellos. Mientras que antes se hacía de esto una elección consciente y se distribuían las necesidades en dos figuras femeninas antagónicas ( la madre y la puta) hoy se transformó en un padecer que deja a muchos hombres habitando la insatisfacción: Por qué con mi pareja no cojo bien.  
La verdad, es que de poco vale ocupar nuestro tiempo intentando resolver los conflictos masculinos. Que, por otra parte, los tenemos idealizados y consideramos que son mejores que los nuestros ¿O no? ¿No fantaseamos muchas veces en experimentar el amor como los hombres? Que es en verdad, las ganas de no experimentarlo. Las ganas de habitar la pasión despojada de sentimientos. 

Tarde o temprano, cuando un vínculo se dispone así, que una quiere amar (porque sin la autorización del otro nunca se ama del todo) y el otro sólo desea, la cosa se termina; utilizamos infinidad de rodeos para no toparnos con esa pared. Aparece el padecer del entre citas. En los encuentros nadie duda de que se la pasa bien. Pero es en ese medio, en ese tiempo que no garantiza el volver a verlo a el otro, que las mujeres perdemos la cadena. Y empezamos a buscar signos de amor. Que si me escribió, que si me preguntó como estaba, que si tardó dos días en responder, que si me invitará a tal evento, etc. 
En este sentido pueden aparecer diferentes posturas, a veces interpretamos la realidad a nuestra conveniencia y leemos amor donde no lo hay, otras, no podemos leer nada, ni siquiera aquello que existe y que no es poco. 
El otro día escuché una frase que hablaba de otra cosa pero bien puede aplicarse: el poder naturaliza su conveniencia. Está claro que cuando la dinámica se da como la planteo, el poder está del lado del que no ama. La conveniencia es no habitar la incomodidad del desencuentro. Nosotras sabemos esto, por eso la angustia. Si hacemos lo que queremos, aparece la incomodidad y se deshace el vínculo. La fantasía que subyace en todas nosotras es que su amor no llegó todavía pero que podría llegar. No es una fantasía infundada en absoluto. Casi siempre el hombre ama segundo. Pero no siempre. 
Ahora bien, me interesa traer a colación de esto una frase de Lacan - que si no desasnamos nos puede cagar la existencia-: El amor es siempre recíproco. 
¡Francés tenía que ser! ¿Qué carajo quiso decir con esto? Les aviso desde ya que bajo ningún punto está diciendo que es suficiente amar para ser amado. Así que abandonen esa ilusión. Hay que entenderlo como la confirmación de que nunca se ama completamente a solas. El otro participa, no es un asunto individual. De lo que el otro nos presenta nosotros construimos una forma particular del decir, lo nombramos amor.  Por eso cuando un amor se confiesa, aunque se fantasee con el ridículo, jamás cae por sorpresa. 
Por lo demás, voy a parafrasear a Miller y cerrar diciendo que cuando el amor de uno se corresponde con el amor del otro, es siempre del orden del milagro.