domingo, 15 de julio de 2018

Ajustada








Por Maite Pil. 


Hablando con una amiga por teléfono me cuenta que su ex le escribió un mail justo cuando ella estaba empezando a salir con otro.  Yo, que cuando tengo un día lógico me aferro a eso cual salvavidas, le dije que la explicación era muy obvia: el factor tiempo. Que es el tiempo el que hace coincidir ambos fenómenos y que ellos iban a suceder, de todas formas, sin dependencia entre sí. El ex le iba a escribir y ella- todos sabemos- iba a estar con otro. 
Pero la duda ya se había apoderado de mí. La rigidez en mi respuesta ya no era tanto una convicción sino una forma de sacarla a ella de ese circuito, desengancharla de ese mail. 
Ya a solas surgen las preguntas del caso: ¿Será realmente así como le dije? ¿O será posible que haya dependencia entre ambos fenómenos amorosos? Y si es posible ¿Puede probarse?
Empecé a recordar momentos en los que yo misma me vi envuelta en una de esas coincidencias fascinantes. No tuve que irme muy lejos en el tiempo. En la última etapa de mi relación con F. un día me llega un whatsapp de un número desconocido. Al abrirlo, descubro con asombro que se trataba de K. Me pregunta si me puede llamar, le digo que sí. 
K. estaba en la misma que yo, con dudas, con nostalgia, con un deseo atragantado. Y, por suerte, lejos. Hubiera sido una tragedia tenerlo cerca, verlo, usarlo de tapón. La distancia me garantizaba no tener que elegir, porque like they say, a man don´t always do what´s best for him -frase que dice el personaje de la entrañable película de los noventas "Romeo is bleeding"-. La coincidencia era doble, no sólo me escribió en el momento justo sino que, además, le estaban pasando las mismas cosas. 
K. me ayudó a tomar la decisión. Él no hizo nada en concreto, ojo, pero me acompañó en la angustia. Me conectó con mi cuerpo. Y yo hice un poco lo mismo, supongo, así fue que los dos decidimos separarnos de nuestras respectivas parejas. Decisión que nada tenía que ver con un pacto de amor. Estamos lejos.  No hay forma de terminar esto satisfactoriamente, le dije un día que creímos, por un segundo, estar a un Uber de distancia. 
Ahora somos amigos. Él volvió con ella. Yo no. Yo nunca vuelvo. Nunca se trató de eso para mí, ni con uno ni con el otro. 
¿Qué hubiera pasado si él nunca me mandaba ese whatsapp? Una variación de lo mismo. Yo me hubiese separado igual. Para cuando acepté ese llamado, ya estaba un poco separada, pienso. Él me había escrito un tiempo antes y nunca le respondí, me parecía una traición, la tentación iba a ser inevitable. ¿Quién necesita de tentaciones cuando es feliz?
Nada quita que K. haya tenido un papel central en todo. No sólo en mi separación, ya que fue ésta la que se dio y no otra, sino también en el comienzo de mi relación con F. Él, F., era todo lo que K. no era. Siempre fueron dos caras de una misma moneda. Una moneda que nunca fue cambio. 

Supongo que adjudicarle el sentido de la incógnita a ciertas apariciones es una forma de habitar al otro que no nos necesita. Se puede estar presente incluso, o tanto más aún, en la medida en que uno sobre eso no sabe ni acciona. El misterio es una forma del amor. Sobre todo, de esos amores a los que no les quedan más decisiones por tomar. 

lunes, 9 de julio de 2018

Y el hombre qué.



Por Maite Pil. 




La presentación de la novela "La huesped", de Florencia del Campo, en Eterna Cadencia, que estuvo a cargo de Elsa Drucaroff, se construyó en base a una léctura de género. Es una novela que trata sobre una mujer que está en pareja y, por cuestiones que desconocemos, se muda con él a la casa de su suegra. Allí empiezan a desarrollarse, a tomar cuerpo, sus conflictos, que no son más que la imposibilidad de aprehender un deseo que le sea propio. La lectura de Elsa fue muy interesante, ya que enmarcó esa imposibilidad de desear, que se traduce en un agujero en el lenguaje que construye este personaje femenino, en una imposibilidad colectiva que está dada porque el lenguaje deja, de por sí, a la mujer afuera. Lo más interesante, desde mi propia experiencia, fue que al salir de la presentación, quien en ese entonces era mi pareja, me miró con un enojo mal disimulado y me preguntó: y el hombre qué. 
Hay algunas escenas del libro que retratan a este personaje masculino, la pareja de la protagonista, como un tipo bruto, en el sentido de animalado. Ella lo describe, por momentos, como un animal sucio y desagradable que invita a la burla. Un pelotudo, porque no hay forma de decir algo de un hombre, que mueva a risas, sin que se sienta un pelotudo todo aquel que goce identificarse - lo que demuestra, en mi humilde opinión, que la exclusión del lenguaje que cualquier individuo pueda sufrir supera al género como tal-. 
Qué sé yo el hombre qué, no se trata de un hombre. Esa fue mi respuesta. Lo único que me falta, tener que responder, además de qué es ser una mujer, el hombre qué. ¡Además! ¿El hombre que qué? ¿Por qué no tiene verbo esa pregunta? ¿Qué es? ¿Qué tiene que hacer? ¿Qué que? 

Que el amor feminiza a los hombres es algo que vengo leyendo seguido o, como lo dice Nicolás Mavrakis en su libro "El sexo no es bueno", los castra. O sea, el amor les quita más que que les aporta. Y cito - respecto de la lectura que hace N. M. de Karl Ove Knausgard en Un hombre enamorado-:"marido orgulloso de su castración y voluntarioso babysitter (...) es, en esencia, una chica" -"chica" no mujer. Se encoje-. 
Continúo: "Si se lee con atención Un hombre enamorado, entonces, lo que queda es un mundo donde la igualdad y la justicia son los únicos parámetros importantes. Un mundo donde no se toleran las diferencias porque estas ya han sido arrasadas por la castración y la prohibición (...) ese no es sólo un mundo incompatible con el amor, también es un mundo opresivo y pavoroso donde el sexo no es bueno". 
Me llama la atención, sin ánimos de juzgar, que crea que hubo un mundo anterior que fue más propicio para el amor. Es una idea romántica, sin dudas, y cargada de nostalgia. Supongo que toda época habrá sentido un poco lo mismo. Como vengo diciendo hace un tiempo, el cine da cuenta de esto cuando decide colocar ciertas historias de amor por fuera de la contemporaneidad. Las historias de amor actuales no son tales -sacando a los franceses de lado, que siguen reproduciendo triángulos amorosos no matter what-. Son historias de parejas que se juntan para preguntarse, individualmente, qué es ser lo que son, respectivamente. 
Decir que la igualdad y la justicia atentan contra el amor es como echarle la culpar a Netflix de que una pareja no se hable. 
Por lo demás, como no tenemos otra vida, habrá que arreglárselas para amar en el mundo, y el género, que nos toca. 







domingo, 1 de julio de 2018

El milagro del amor.


Por Maite Pil


Anoche cenando con unas amigas llegamos a la conclusión de que toda buena pasión deriva en amor. No hay forma, para nosotras, de escapar de eso. 
Los hombres, en cambio, pueden atravesar relaciones pasionales sin amar. Incluso, iría más allá, y diría que para muchos de ellos es condición del amor que no haya pasión. 
No estoy hablando de hombres de la década del 50 que tenían a la mujer en la casa y a la amante afuera. Hoy por hoy esto subsiste de una forma mucho más solapada y, cala tan hondo, que tal vez no sea ni reconocible para ellos. Mientras que antes se hacía de esto una elección consciente y se distribuían las necesidades en dos figuras femeninas antagónicas ( la madre y la puta) hoy se transformó en un padecer que deja a muchos hombres habitando la insatisfacción: Por qué con mi pareja no cojo bien.  
La verdad, es que de poco vale ocupar nuestro tiempo intentando resolver los conflictos masculinos. Que, por otra parte, los tenemos idealizados y consideramos que son mejores que los nuestros ¿O no? ¿No fantaseamos muchas veces en experimentar el amor como los hombres? Que es en verdad, las ganas de no experimentarlo. Las ganas de habitar la pasión despojada de sentimientos. 

Tarde o temprano, cuando un vínculo se dispone así, que una quiere amar (porque sin la autorización del otro nunca se ama del todo) y el otro sólo desea, la cosa se termina; utilizamos infinidad de rodeos para no toparnos con esa pared. Aparece el padecer del entre citas. En los encuentros nadie duda de que se la pasa bien. Pero es en ese medio, en ese tiempo que no garantiza el volver a verlo a el otro, que las mujeres perdemos la cadena. Y empezamos a buscar signos de amor. Que si me escribió, que si me preguntó como estaba, que si tardó dos días en responder, que si me invitará a tal evento, etc. 
En este sentido pueden aparecer diferentes posturas, a veces interpretamos la realidad a nuestra conveniencia y leemos amor donde no lo hay, otras, no podemos leer nada, ni siquiera aquello que existe y que no es poco. 
El otro día escuché una frase que hablaba de otra cosa pero bien puede aplicarse: el poder naturaliza su conveniencia. Está claro que cuando la dinámica se da como la planteo, el poder está del lado del que no ama. La conveniencia es no habitar la incomodidad del desencuentro. Nosotras sabemos esto, por eso la angustia. Si hacemos lo que queremos, aparece la incomodidad y se deshace el vínculo. La fantasía que subyace en todas nosotras es que su amor no llegó todavía pero que podría llegar. No es una fantasía infundada en absoluto. Casi siempre el hombre ama segundo. Pero no siempre. 
Ahora bien, me interesa traer a colación de esto una frase de Lacan - que si no desasnamos nos puede cagar la existencia-: El amor es siempre recíproco. 
¡Francés tenía que ser! ¿Qué carajo quiso decir con esto? Les aviso desde ya que bajo ningún punto está diciendo que es suficiente amar para ser amado. Así que abandonen esa ilusión. Hay que entenderlo como la confirmación de que nunca se ama completamente a solas. El otro participa, no es un asunto individual. De lo que el otro nos presenta nosotros construimos una forma particular del decir, lo nombramos amor.  Por eso cuando un amor se confiesa, aunque se fantasee con el ridículo, jamás cae por sorpresa. 
Por lo demás, voy a parafrasear a Miller y cerrar diciendo que cuando el amor de uno se corresponde con el amor del otro, es siempre del orden del milagro.