sábado, 9 de junio de 2018

“El hilo fantasma” - o cómo carajo hacer para que el amor funcione -






Por Maite Pil.


La película comienza con una serie de planos detalles de él, Reynolds, arreglándose, preparándose. Se viste, se maquilla. Una vez preparado, la cámara se aleja, y no vamos a volver a verlo tan de cerca por un rato largo – cuando está en cama padeciendo-. Hay que saber leer el lenguaje de la cámara en directores como Paul Thomas Anderson. Porque allí se dice, y mucho. Nos prepara para un personaje que nos va a mantener distantes, que sus ropas le hacen de armadura, ama a sus ropas y sus ropas lo aman a él.
La semana pasada les hablé de “L´amant d´un jour” y la triada que ésta planteaba. Acá, desde otro lugar, se repite la misma lógica ¿Será que las parejas siempre se forman de a tres? Vos, yo y lo imposible. Es, justamente, el desarrollo de ese imposible que se hace película y que nos pasea por una historia de amor, que más allá de algunos detalles extravagantes, no deja de ser una historia de amor de a tres más.
Cuando ellos se conocen, el flechazo es recíproco e inmediato. Él la ve y ya la está seduciendo. La forma en que le enumera los ingredientes del desayuno es muy erótica, tal vez el momento más erótico de la película (¿o me pareció sólo a mí?). En fin, él está dispuesto a seducir, le cambia el tono de voz, la mirada, tiene una sonrisa a punto de salir. Y ella, que sabe perfectamente lo que está pasando, las intenciones de él, ya tiene su número de teléfono preparado en un papel.
¿Por qué a él le gusta una camarera vulgar? Tengo dos teorías al respecto que se pueden complementar. Por un lado, ella le sirve comida. Y qué es la comida sino el primer lazo evidente de amor con la madre – madre nutricia que brinda sus cuidados mediante el pecho-. La otra, el uniforme. Él ama los uniformes. Ama que la ropa le de sustento al cuerpo, lo nombre, lo designe en tal o cual situación. Por esto, precisamente, nunca los vemos desnudos. No sabemos qué pasa, no hay ni una escena sexual, no sabemos cómo se las arregla él, ni ella, cuando la ropa no forma parte.
Podemos intuir que no es precisamente el acto sexual lo que los une, ella lo desea, claramente lo desea, y él desea vestirla. Vos, yo y la ropa.
Vale aclarar que la película comienza con otra ocupando el lugar de ella, una otra que claramente no supo qué hacer con esa imposibilidad primera, que no logró desnudarlo.
En la primera cita, ella, Alma, conoce a Cyril, la hermana de él. Y sabe, porque por eso se angustia, que ahí radica otro obstáculo. Vos, yo y tu hermana. 
Pero Alma ya decidió que lo quiere a él. Y cuando una mujer decide eso, poco se puede hacer al respecto. Va a conquistarlo a toda costa, a cualquier costo.
Él quiere hacer ropa, quiere diseñar, y no puede con todo. Alma le gusta, sí, la necesita cerca, relativamente cerca, pero hace lo imposible para mantenerla a raya. “El té te lo llevás, pero la interrupción ya se produjo” le dice Reynolds a Alma en una escena. Donde claramente el té no es el problema. A él se le interrumpe un modo de vivir, un modo de hacerse con sí mismo. Ella no se anoticia de su rechazo, insiste, interrumpe, se recupera de sus desplantes.
El quiebre en el vínculo se produce cuando Alma descubre que, ante los malestares físicos, él se despoja de sus ropas, se pone el pijama y se entrega a la cama, a la calma. Y allí sí hay lugar para ella. Un lugar maternal, pero un lugar al fin. ¿Qué disfruta Alma de estar en esa posición? ¿Cuál es su ganancia en todo este asunto? Haberle ganado. Habérselo ganado. Gana ganar. No ser como la otra que ocupó ese lugar en el desayuno, al comienzo de la película, y fue suplantada, esa perdió, para Alma, al menos. Alma se propone romper con la serie de mujeres que esperan de él ser amadas. No importa si el amor de él es una cagada, o un vómito, para ser más fieles a la trama de la película.
Y así es que, para reproducir aquella escena en la que ella tiene un lugar, una participación, lo envenena sin que él sepa, para que se sienta mal. Para poder entrar a su habitación, y verlo de cerca, verlo sin el uniforme de hombre fuerte. 
Luego, más avanzada la trama y casamiento mediante, en una escena maravillosa, surge el acuerdo en la pareja. Kiss me before i feel sick, le dice él con la cara iluminada. Ya no es ella haciendo de las suyas, interrumpiendo. Son los dos. Porque la postura de Reynolds no es puro cuento. No puede, si se siente bien, colocarla a ella en ese lugar que la hace feliz. Lo cual me parece todo un rasgo de salud, de su parte. No puede, diferente sería que gozara haciendo de cuenta de que no puede. Mucho se ha dicho acerca de los rasgos perversos de él. Yo, realmente, no los veo. Si hay alguien perverso, en tal caso, es ella; que lleva la fantasía, del enfermarlo para poseerlo, a la práctica. Vos, yo y la enfermedad.
Perversión o fantasía perversa, da un poco lo mismo. El punto es que ellos logran transformar ese “Vos, yo y lo imposible”, en otra fórmula. Que no dista demasiado de lo que puede suceder en una pareja, pongamosle, normal. Hay rituales, escenarios, que las parejas se arman para que la cosa funcione. Salir los viernes sin los hijos, no cocinar los domingos, comprar juguetes sexuales, etc.
Pero claro, el cine es un recorte, y como tal, nos deja con la ilusión de que esa fórmula funciona, y que se podrá sostener en el tiempo. Yo me pregunto qué va a pasar cuando lo imposible vuelva a emerger. Y mi fantasía, si se me permite, es que cuando se agote esto, la triada será: vos, yo y la muerte.