domingo, 10 de junio de 2018

Celos will tear us apart



Por Maite Pil

Antes de ayer vi una película, “El hilo fantasma”, sobre la cual ya escribí pero dejé afuera esta escena que les voy a relatar, la estaba guardando para la ocasión. Sin entrar en demasiados detalles, la escena consiste en que la protagonista, que vive con su amante, por decirlo de alguna manera, lo ve a él tomándole las medidas para un vestido de novia a una chica joven y bella. Lo ve de lejos, más allá de la distancia física, porque lo ve de afuera. La cara se le transforma, en un segundo pasan por sus gestos angustia, odio y desesperación. Esa escena es la condensación perfecta de lo que los celos son y lo que los celos provocan. Al menos, en las mujeres.
La verdad es que la piba de la escena era linda, sí ¿pero para tanto? ¿Como para que te cague el día y, probablemente, la relación?
Se siente excluida, lo que me parece uno de los puntos claves del asunto. Las escenas que nos dan celos siempre son vistas de afuera, nunca formamos parte. Ya sea porque las observamos con paralizante fascinación o porque las fantaseamos con el mismo énfasis. Somos espectadoras, pasivas, de una historia, que la mayoría de las veces, no existe ni existirá. Pero no es ese en el único sentido que la exclusión aparece, se da, también, como una suerte de repartición de atributos donde lo que tenga ella yo ya no lo tengo, dejo de poseerlo. Si es linda, yo me siento horrible, si es inteligente, yo me siento una pelotuda. Y así, con lo que se puedan imaginar al infinito. La mala noticia es que el mundo está plagado de mujeres hermosas e inteligentes. La buena, es que tal vez la única que está pensando en eso sos vos.
En cambio, los celos de los tipos, son otra cosa. La posibilidad de que conozcas a otro más lindo y más copado que él, existe, obviamente. Que, vamos, puede pasarle a cualquiera, a un hombre o a una mujer en una relación hetero u homo; pero los celos no son preventivos, todo lo contrario.
Lo que importa es la construcción de ese celo, el contenido que cada uno le da. Cuál es el detalle o el dato que dispara semejante horror. Ahí radica la diferencia entre las posturas masculinas y femeninas.
Conozco mil historias donde había un tercero, X, que era fuente de celos, y luego con el tiempo, adivinen qué pasó: El celado se fue con X. Pero no porque hubiera verdad en la sospecha sino porque la sospecha plantó el deseo. (Si esto les pasó o llegara a pasarles, ni se gasten en explicarlo, o pedir explicaciones. No tiene sentido). Alguien me dijo una vez, que a su vez creo que se lo dijeron – el origen de esta frase tal vez nos pueda llevar a generaciones atrás, si alguien es el autor le reconoceremos los derechos- no hay que darles ideas.
Bueno, los celos de los hombres, ahí me quedé: El celo al pasado. El celo al pasado, es tan tonto como el celo al futuro, nadie lo niega, pero la diferencia es que el hecho ya fue consumado. No hay salida. Si el celo al pasado emerge, a menos que se pueda viajar en el tiempo, hay que agarrar la cartera e irse. Es un fantasma que carcome la cabeza y que poco se puede hacer al respecto. Hay una película muy buena que retrata esto que se llama “Song to song”. El protagonista (Ryan Gosling) descubre -descubre porque pregunta, no porque el destino así lo quiso- que su pareja tuvo sexo con un tipo que lo cago a él en un negocio discográfico. Un tipo que lo tiene todo, plata, facha, minas, poder. Un pene erecto caminante. Y Ryan (no recuerdo el nombre del personaje) no puede vivir con eso, quiere investigar, hace preguntas que sólo le traen respuestas insoportables. Cuántas veces se acostó con él, cuándo, etc. etc. ¿Cuál es la única pregunta que no hace en relación al otro? Si lo amaba, eso no lo pregunta. No le interesa. Él sabe que ella lo ama a él. Pero no le sirve. Porque no puede dejar de pensar en cómo se la cogería el otro. Si la tendrá más grande que él. Si la hacía acabar en tal o cual posición. Y se separan, obviamente.
Mientras que de un lado tenemos una postura femenina que cela la posibilidad de que otra sea más mujer, elegida para ocupar ese lugar, más merecedora de amor; del otro nos encontramos con una postura donde lo que se pone en juego no es amor, sino placer, que otro la haga (o la hizo) gozar más que él.

En fin, yo no estoy intentando hacer teoría, y mucho menos dar recetas. Me gusta describir aquellas cosas que observo; el saber, o construir cierto tipo de saber propio, debe servir de algo. No siempre se aprende de lo que se sabe, ni se pone en práctica lo aprendido. Pero si se empieza por algún lado, es sin dudas, sabiéndolo. Saberlo para no querer saber más nada de esto.