domingo, 14 de octubre de 2018

Un poliamor y dos pancitos





Por Maite Pil.




De un tiempo a esta parte está en agenda, se viene debatiendo, la idea del poliamor. La premisa fundamental, para simplificar, sería que una persona mantiene varias relaciones en simultáneo, con conocimiento y consentimiento de los otros actores que, a su vez, también podrían estar teniendo otras relaciones en simultáneo también consentidas por los otros.

En mi época, porque ya me empiezo a sentir un poco vintage, a esto lo llamábamos estar con más de uno. Claro que la diferencia fundamental radicaba en que no había explicitud. Se entendía que al no haber un compromiso manifiesto, formal y enunciado, cada quien podía, si quería, estar o no con otras personas. Pero claro que el compromiso ausente, en el caso al que me referí recién, tenía que ver con la monogamia. Es decir, la exclusividad. Y el gran salto de estatuto, entre este tipo de vínculo y el comprometido, era ese justamente: decir que estamos solamente juntos. 
Lo más interesante de esto es que, en definitiva, en ese salto de estatuto, lo que más trascendía no era tanto la idea de dejar a otros de lado sino que, ese acuerdo, era el signo de amor por excelencia. Importaba más eso, ser elegido exclusivamente, sentirse amado, que las nuevas cláusulas del contrato.

Yo -y creo que muchos y muchas coincidirán conmigo- no puedo dejar de pensar que el amor es extraordinario, en el sentido estricto de la palabra; es aquello que nos saca del anonimato, que nos hace especiales respecto de otros, que nos coloca en un lugar de privilegio para el amante. Sin embargo, llegado a este punto, me encuentro con una gran contradicción cuando pienso en la relación, que se da muchas veces, entre el amor y los celos. Los que hemos sufrido celos, ya sea porque fuimos celosos o fuimos celados- o ambas- sabemos que la fantasía fundamental que se pone en juego casi nunca es si él o ella ama a alguien más. Lo que atormenta en este tipo de fantasías es la posibilidad de que se desee a alguien o algo- porque a veces se es celoso del trabajo, o de los hijos de otro matrimonio, etc.- más de lo que se lo desea a uno. Es decir que, el estatuto que nos da el ser amados, no es reaseguro suficiente, no nos alcanza. No quiero con esto dar la impresión de que los celos son el parámetro por excelencia para cuantificar el amor de una persona. No siempre es mediante los celos que esta intriga que nos impone el sentirnos amados es manifestada, se expresa o, para ponerlo en otros términos, se sintomatizaDe algún modo, cuando alguien nos ama, nos preguntamos por qué a mí
Es por esto que me surge la inquietud respecto de si no será esa pregunta - por qué a mí - la condición necesaria para cuestionarse por el deseo del Otro. Tal vez éste sea un punto clave en todo este meollo: ¿Hay amor allí donde el deseo del Otro no me conmueve?  

Concluyo, entonces, sin demasiadas certezas ni grandes revelaciones, que lo que me hace ruido del "poliamor" no está relacionado ni con una cuestión moral, ni de economía pasional; ni siquiera me resulta novedoso. Me molesta el nombre, lisa y llanamente, debo confesar que es eso. Me molesta en el mejor de los sentidos: me hace pensar y me moviliza. ¿Por qué no denominarlo "polivínculo"? ¿Por qué es necesario meter al amor en el medio? ¿Es acaso una forma de "sacralizar" una modalidad que puede ser interpretada - o juzgada- como inocua y pasatista? ¿No es acaso su denominación una forma de evadir el deseo?















domingo, 7 de octubre de 2018

La pantufla de la vida.












Por Maite Pil. 

A los catorce años tuve un novio del cual me enamoré perdidamente.  Nunca tuvimos relaciones, yo era virgen  y él no quería tener nada que ver con mi situación. El noviazgo habrá durado unos meses hasta que me dejó. Olvidarme de él me costó horrores. Yo lo adoraba, estaba absolutamente tomada por él. Me rompió el corazón. Después de muchos años, volvió a aparecer. Nos vimos algunas veces para tomar un café  hasta que un día me invita a dormir. Literalmente, a dormir con la ropa puesta. Yo acepté porque pensé que era una especie de juego, hacer como si no fuera a pasar nada. Pero no. Él estaba decidido a que no pasara nada. Nos despedimos a la mañana siguiente y nunca más nos volvimos a ver.
A las pocas noches de ese suceso, inexplicable y absolutamente absurdo, soné con él. Lo soñé con un pene enorme, que le daba vuelta hacia atrás, como una especie de cola de diablo. Me decía que no podíamos tener sexo porque con semejante pene no se podía. Yo lo abrazaba y ,por detrás de la espalda, le acariciaba la cabeza y le decía que no importaba. Por supuesto que este sueño se lo llevé a mi analista de turno y se hizo un festín. 

Mi amiga M. se ríe de mí cada vez que le digo que alguien me intriga, sexualmente hablando. Me dice que no es intriga eso, que es calentura. Y yo le digo que no, que también podría ser, pero que es fundamentalmente intriga. De alguna manera ese episodio que relaté, y ese sueño, me traumaron. Yo necesito corroborar, por decirlo de manera elegante, que no habrá obstáculo. Supongo que la desnudez de cualquiera puede generar curiosidad, pero creo que la desnudez masculina mucho más. 
En este sentido, entiendo que algunos hombres le escapen a ciertos encuentros a medida que la expectativa se va haciendo mayor. Ya sea evitándolo o no consiguiendo una erección, que es una forma de escape también. 
Pero la sexualidad no es genitalidad. Si al encuentro sexual lo vaciamos de toda fantasía, de todo sentido más allá de lo físico, nos queda una coreografía repetitiva y limitada. No hay demasiado que inventar. Incluso se puede sumar gente, objetos, lencería, pero nada de eso por sí mismo aporta si no hay una comunión anterior, un acuerdo erótico tácito que emerge de forma misteriosa con el otro.  
Eso explica por qué muchas veces cuanta más puesta en escena se hace, menor es el placer. No hay nada más deprimente que proponerse ser pasional con alguien con quien ya se perdió, o nunca se alcanzó, la excitación. 
Me causa mucha gracia cuando alguien me cuenta que tal coge mal. Me resulta tan absurdo como que me diga que no sabe respirar ¿Qué es lo que hace mal? Es como que yo diga que mi novio de la adolescencia no coge. Sí, coge, pero no conmigo. 
Hay una presión estética, y de rendimiento, colocada en los cuerpos, que no contribuye al placer. Vivimos en una sociedad que busca incansablemente hacer del cuerpo el gran protagonista del sexo. Pero, en verdad, es sólo un instrumento a través del cual se experimenta. 
Yo soy radical en este sentido, creo que si se rompe el erotismo, o el acuerdo no surge con el otro, no hay nada que tenga sentido hacer. Claro que el mercado nos ofrece soluciones concretas para resolver los problemas de erección y de lubricación ¿No te calienta? No te preocupes, nosotros hacemos posible que cojas igual que si te calentara. Pero ¿de qué nos sirve eso realmente?

No soy de las que piensen que el deseo sexual esté en crisis porque haya mayor apertura social respecto de la sexualidad y sus manifestaciones. Creo que puede entrar en crisis en la medida en que ya no sea condición necesaria para el encuentro con el otro. Somos nosotros mismos los que muchas veces aceptamos evadir esta cuestión y poner el cuerpo en función del sexo como una actividad más. Basta con leer la cantidad de notas periodísticas que hablan sobre los beneficios del sexo- como quien habla de las propiedades vitamínicas del tomate- para darse cuenta de que hay un vaciamiento de erotismo. Pero coger no es como comer o ir al gimnasio, aunque nos los quieran vender de esa misma forma. Por eso siempre tengo presente una frase de Lacan que dice: no nos sorprende que un hombre pueda eyacular mirando una pantufla.  La pantufla, aunque no nos sorprenda, es el verdadero misterio de la vida. 




domingo, 30 de septiembre de 2018

Lo que leí cuando leí.










Por Maite Pil. 


Las mujeres heterosexuales fantaseamos, muchas veces, con que esos amigos hombres que tenemos nos revelen grandes verdades sobre ellos y entonces así finalmente entenderlos y sacarles ventaja. Ventaja al cometido de la conquista. Pero no, resulta que tienen los mismos dramones que una. No saben si mandar un audio o un texto, si aparecer, no saben cómo leer las actitudes de ella, no tienen una certeza que ofrecer,  ningún saber les es propio cual hombre. Nadan las mismas aguas de la incertidumbre que nostras. 
A mí, el amor, y la sexualidad, me importan desde que tengo 6 años. Puedo recordar patente un almuerzo en casa de mi madre, con mi tía de invitada, y preguntarles -ambas psicoanalistas- qué era el Complejo de Edipo. Claro que en ese momento yo no sabía que estaba preguntando por ambas cosas- sexualidad y amor-, lo sé ahora. 
Con el psicoanálisis me pasa un poco lo mismo que con los amigos hombres, pero con resultados un poco más satisfactorios: es el lugar desde el cual espío, repienso y trabajo- cuando efectivamente estoy en análisis- mis dos grandes temas. 

Una nueva virilidad y otros ensayos sobre el sexo y la época de Gabriel G. Artaza Saade (psicoanalista) - a quien le agradezco la gentileza de habérmelo regalado y dedicado- es uno de esos libros que me resultarán de consulta constante. Voy a hacer un breve recorrido, arbitrario, de los puntos que más me han interesado. 
Supongo que todos tenemos modalidades diferentes de lectura, creo que el modo en que se lee dice mucho del modo en que se vive. Yo leo, fundamentalmente, aquello que puedo anudar a una experiencia. En este sentido, si bien no hago una lectura académica, puesto que no lo soy, tampoco hago una lectura de pseudo autoayuda del psicoanálisis. No encuentro-ni busco- consejos o nuevas formas de resolver. No hay nada allí que me sirva para modificar un acto - para eso está la terapia-. Como tampoco lo hay en mis experiencias. Jamás pude aprender de lo que me pasó cual profilaxis ante nuevos errores. La experiencia siempre ha resultado paliativa, tal como me impacta la lectura. 


"Amor, deseo y goce" es la primer parte del libro y es sobre la que me voy a pronunciar. 
Lo primero que encuentro allí es un interrogante respecto de qué es lo que nos gusta de alguien, la causa del deseo. Y de esto ya podemos desprender la primer cuestión: qué de alguien. Cuando hablamos con alguien y le contamos sobre X nos pregunta, muy comúnmente, pero qué te gusta del chabón. Es decir que todos, de alguna manera, tenemos incorporada la noción que hay una parcialidad del gusto. No te gusta todo el chabón: el gusto -o deseo- está recortado. Esa causa de deseo, ese recorte, el rasgo insustancial - muchas desconocido para uno mismo- es lo que Lacan denomina objeto a. 
Emparentando esto con lo primero que dije respecto de que ni la experiencia, ni el amigo hombre, ni la lectura nos dicen demasiado sobre lo que vendrá, y mucho menos sobre cómo conquistar a alguien, me pregunto ¿se puede realmente conquistar a alguien? Si ni siquiera uno puede, a ciencia cierta, saber qué le gusta de quien le gusta.

Otro tema que encuentro es la separación que se da, mayormente en el hombre, entre el amor y el deseo. Cómo puede ser que cojamos tan bien y no se enamore. ¿Nunca se hicieron esa pregunta? También habría que preguntarse por qué se busca enamorar desde ese lugar, pero eso lo dejamos para otra ocasión. Digo más arriba mayormente hombres porque está íntimamente vinculado al vínculo con la madre, la idealización de esta figura y la degradación de la otra, la garchadora
Es válido preguntarse si el feminismo, cual revolución, va a poder disolver a lo largo de los años estas cuestiones psíquicas tan arraigadas que superan lo que, muchas veces, se mal resume como la ideología del machirulo. 

Por último me interesa compartirles esta idea de legalidad heterosexual en los hombres.Que creo es uno de los grandes temas de la época. El autor los describe como tipos que, efectivamente, son heterosexuales pero hay algo ahí del orden de la virilidad que no cierra. Cuentan con una virilidad pasiva, a la que le falta iniciativa, tipos a los que hay que bajarles los pantalones - me hace acordar a la anécdota que les conté del amante que me esperaba boca abajo en la cama-.

Es curioso que, justamente, antes se utilizara la expresión  tener los pantalones bien puestos para referirse a aquel que mandaba, al que tomaba las decisiones. Lo que me lleva a pensar, una vez más, que hay cierta venganza solapada. Que hay hombres que no logran acomodarse del todo a las nuevas modalidades vinculares que se están dando - a las mujeres también nos cuesta, eh-. Creo que la legalidad heterosexual -en esta lectura de época que me permito hacer y corre exclusivamente por cuenta mía- no es más que el síntoma del hombre que quiere, cueste lo que cueste, llevar los pantalones puestos.






domingo, 23 de septiembre de 2018

Bésame mucho, poquito, nada.






Por Maite Pil.




Pienso en los besos. Recordé que en mis épocas de adolescente terminaba con los labios en compota de tanto besarme, la cara raspada y alguna que otra paspadura. Una vez que se incorpora el acto sexual, en los encuentros con el otro, la cosa cambia. Los besos y todo ese ritual de franeleo calentón va desapareciendo, o se va acortando.
Ni hablar de lo que pasa cuando ya tenés una pareja con la que convivís. El beso empieza a desaparecer del sexo también. Se da una mezcla entre que ya no se lo necesita tanto, porque el código pasa por otro lado, pero también cierto componente de rechazo. Es como si de alguna manera aquella huella del beso como pasión quedara incorporada y no mereciera ser traicionada. Los besos pasan a ser un simple saludo, un piquito terrorífico y helado.

Hace algunos años, una amiga mía vivía con su pareja, y cada vez que yo iba de visita presenciaba el mismo tipo de situaciones. Él le decía, por ejemplo, voy acá a un par de cuadras y vuelvo, y se acercaba a ella y le daba un beso. A mi no me saludaba. Y cuando llegaba iba hacia ella y le daba otro beso. Y yo pensaba pero por dios qué pesado! Cuántas veces va a saludarla este pibe por día. Después entendí que ya estaban entrando en la etapa que mencioné antes; él tenía pánico de perder los besos en la pareja. Es más, ahora sospecho que probablemente se quedara abajo haciendo tiempo y fuese todo una maniobra para poder besarla.

Lo típico que se pregunta cuando una relación viene en picada es ¿hace cuánto que no cogen? Y yo creo que esa pregunta merece ser suplantada por ¿hace cuánto que no se besan? Son los besos, a mi entender, y no el sexo- que incluso puede ser muy placentero aún cuando estés durmiendo con el enemigo- el indicador óptimo para evaluar el vínculo amoroso.  

Hay una canción de Los Caballeros de la Quema que dice "no hay besos campeones en un primer round". No coincido para nada. El beso es o no es. Funciona entre dos o no funciona. No hay mucho margen para trabajarlo y mejorarlo. Tal vez quiso decir que no hay encuentro sexual campeón en un primer round, eso sí puede ser. Pero claro, no pegaba mucho la frase con la estrofa.

Ayer le pregunté a una amiga, O., cómo le había ido con el señor que se había visto, y me empieza a contar más o menos el encuentro hasta que me dice pero no me coparon mucho los besos, viste. Ya está, no se diga más, el flaco no le movió un pelo.

Yo tengo un tema con los besos, sobre todo los besos como saludo, lo reconozco. En ese tipo de vínculos que no son ni chicha ni limonada pueden ser un problemón. Que te encontrás y te saludás con un beso en el cachete y te despedís con un beso en la boca. Ok, la primera vez está bien, pero y la segunda y la tercera y la cuarta... Qué fiaca y qué stress. Ni hablar si en el medio se cuela un encuentro público con gente conocida en común. Yo he explotado más de una bomba en esas situaciones. Preferiría ser como los yankees que casi no se besan al saludarse. Se dicen hola y listo.
La otra vez hablando con M., que iba a encontrarse con un flaco por segunda vez, le pregunté ¿y cómo lo vas a saludar? Y no entendía de qué le hablaba ¿Cómo pelotuda cómo lo voy a saludar?, me decía. Sí, si lo vas a saludar con un beso en el cachete o un beso en la boca, le insistía yo. Ah, pero vos te hacés problema por todo, me replicaba. Hasta que cayó en la cuenta de que lo que le estaba haciendo era una pregunta súper válida. Ella iba siempre a la boca porque nunca se lo había cuestionado.
Al final, ese encuentro se frustró, pero de haberse concretado, estoy segura de que lo habría saludado con un beso en el cachete.

domingo, 16 de septiembre de 2018

La grieta.





Por Maite Pil. 





Este es el primer domingo, desde que retomé el blog, que me deprimo. Deprimir en términos de domingo. La angustia anticipatoria del lunes, un pelín de arrepentimiento por el uso del tiempo libre, en qué se invirtió, qué expectativas hubo, etc. Hay una película de Netflix que se llama "La enfermedad del domingo", no sé a qué remite el nombre, no la vi, pero me parece genial. Me hubiese gustado que sea de mi autoría, de alguna manera, me siento dueña del domingo y sus derivados. 
Había logrado esto a fuerza de imponerme una rutina de escritura y soledad. Generalmente es un día que no estoy con mi hija y eso me permite también hacer uso del silencio hogareño- cosa vital si las hay-. Pero no es sólo eso, es tener una voz como mujer. Esa voz que me dijo hace unos meses atrás, el día de mi cumpleaños, que me tenía que ir corriendo de la pareja en la que estaba. Que no quería ni torta ni velas, era absurdo pedir tres deseos si no podía hacer esa única cosa por mí. 
La gente me llamaba para saludarme y me preguntaban qué planes tenía y yo les decía, ninguno, me estoy separando. Y algunos pensaban que era uno de esos chistes incómodos que suelo hacer y otros no sabían cómo darme ánimos porque todo les parecía sumamente triste. Entonces yo terminaba calmándolos ellos, como siempre hago cuando me pasa algo, diciendo que bueno, que no era tan grave, que no era la mejor noticia para dar, pero que la vida continuaba y yo estaba decidida y feliz de estar decidida. Así fue que empezaron dos o tres meses de locura absoluta. Pero yo elegí pararme estoicamente en el medio del samba.
En el transcurso de esos días, se separa mi vecina también. Ya le he dedicado unas palabras a ella. Siempre me llamó la atención la transformación física y estética que tuvo a partir de la separación. A las semanas, ya alguien la estaba trayendo en auto del trabajo. Al principio, se quedaban un largo rato en la puerta. Luego él empezó a pasar y ayer ella se mudó a su casa.
¿Cómo puede salirse de una separación queriendo convivir? Eso, incluso, me parece anecdótico ¿Quiénes son estas personas que en términos de meses van de cero a cien ? Hay una grieta -que no es sólo amorosa- que separa a estas dos tierras. 
Yo he cruzado alguna vez al otro lado - el cruce en el otro sentido es casi siempre un viaje de ida- y los resultados no fueron buenos. Mi amiga M. - quien está chocha de que la cite tan seguido- día por medio me (se) pregunta por qué nunca un tipo normal. A mí no me parece normal lo que hay del otro lado, pero entiendo su queja. Yo también me quejo. Somos de una generación que se queja de los hombres, pero lo estamos revisando.  Identificar de qué lado de la grieta se para uno es fundamental. Por supuesto que la cuestión que separa no es creer o no creer en el amor, eso sería una simplificación tonta. Sería más bien con qué limitaciones. Es decir, qué preguntas se le formulan y qué expectativas hay ahí colocadas. Hay una demarcación que se va construyendo y reviendo. Exige un dinamismo y cierta introspección. Es un  modo de habitar la pareja -si es que ésta se consuma- y es un modo también de asumir las dificultades de generar semejante comunión. Habrá gente, habrá amores, que soplan y hacen botella. Los que no, sabemos la importancia de no perder el aliento. 

domingo, 9 de septiembre de 2018

A tomar por culo.





Por Maite Pil. 


Leí una frase el otro día, más bien una oración, que me interpeló de una forma particular. Hay ideas que logran acomodar, tiene una capacidad ordenadora, que le ponen palabras a una sensación, es decir, transforman el sentir en conocimiento: "(...) somos amables pero no amamos".

De pronto se me vino una lluvia de recuerdos, un aluvión de gracias recibidos. De gracias insólitos, horribles, cobardes, idiotas. ¿Hay algo más violento que transformar en un favor aquello que no lo es?
Tal vez no sólo de favores se trate. Ese ser agradecido, educado, es también una forma de trazar la línea que separa la acción, el deseo, del recibimiento. 
Pero no amamos, claro que en este punto no tomo el amar de forma literal. Casi nunca hablo de amor, creo que cuando hay amor no hay demasiado para decir. Me importa el amor en tanto falta, pensar qué lo rodea, cómo se lo anticipa. 

Mi amiga M. me contaba hace un tiempo que había estado con un hombre al que, en primera instancia, le pidió que no pasara nada porque se estaba viendo con alguien más, pero al calor de los besos, ella cambió de opinión ¡Y él no! Quién carajo se piensa que es para respetarme de esa manera ¡Por respeto me decía! Pero dejame de joder. Lamento profundamente no haberle prestado más atención a esto, nos hubiésemos ahorrado descubrir lo que descubrimos por vías más grotescas. Su intento por permanecer visto como un tipo correcto lo llevó a las más impensadas incorrecciones. Hacía lo que debía, pero de deseo, ni hablar. 

Supongo que cuando suceden este tipo de cosas, estos desencuentros de deseo, las broncas son inevitables. Al menos, como estado transitorio. No conozco una sola persona que me haya dicho no me quiere ver más, pero me lo dijo en re buenos términos, qué bueno/a que es. No existe eso. El rechazo es siempre doloroso. Claro que con esto no estoy diciendo que las diferentes formas de comunicarlo den lo mismo. Pero a fin de cuentas, reemplazar lo que no sentimos por buenos modales, no es la solución. No hay solución, de hecho. Buscarla, probablemente, sea una utopía culposa. 
Creo que las mujeres, en este punto, y tal vez desde un lugar intuitivo, sabemos mejor que los hombres que la incomodidad es inevitable. Hace tiempo vengo pensando que hemos transformado esto - el estar incómodas- en una forma ventajosa de habitar ciertos vínculos. 
You can´t snort a line of coke off a woman´s ass and not wonder about her hopes and dreams, it´s not gentlemanly, dice el protagonista de la serie "Californication" en uno de sus capítulos. 

De alguna manera esta frase ilustra cómo pensar en un intercambio justo en relación al encuentro con un otro es un poco absurdo: Un culo a cambio de escucha -una escucha programada y artificial-. 
Confundir simetría con reciprocidad o, mejor dicho, buscar la simetría allí donde lo recíproco no existe, sea, tal vez, el peor error evitable a cometer. 







domingo, 2 de septiembre de 2018

La paciente excepcional.




Por Maite Pil.

Te estás viendo con alguien. Todo marcha con la normalidad relativa que conllevan este tipo de relaciones. Pero de pronto una mañana, en el silencio matutino, algo suena a rajadura y vos sabés que todo está a punto de romperse. Nadie se sienta a desayunar. El café se toma de parados, acodados en la mesada o mirando por el balcón. Siempre te pareció un poco boba esta idea del lenguaje corporal, pero hay que admitir que el cuerpo da señales. 
Lo tenés bajo la mira, la rigidez en la cara es un hecho, poco se puede hacer para batallarla. Te debatís entre sacar un tema de conversación e ignorar el elefante o quedarte en silencio y mirando el piso para siempre. Él te desliza todo lo que tiene que hacer en lo que resta de la semana, vos sabés que el tiempo se acabó y te despedís con un beso espantoso, una pequeña puesta en escena de acuerdo tácito.
Te vas, empezás a caminar  y te cae como un rayo la certeza de que todo se fue al demonio. Pero ¿Qué pasó? ¿Por qué me di cuenta de que algo estaba pasando? 
Lo primero que hacés es contárselo a alguna amiga, o a todas, porque necesitás opiniones. Están las que te dicen que sí, que es la última vez que lo vas a ver, y están las que no te dan bola, que te dicen que sos una exagerada, qué sabés, capaz el chabón estaba dormido, te contestan. Y vos no entendés cómo hacen para sobrevivir en este mundo con esa mirada ingenua y optimista. 

La certeza cala cada vez más hondo. Querés distraerte con otras cosas pero la pregunta no cede y se vuelve más intensa ¿Qué carajo pasó? 
Estás pendiente del celular. Cada minuto que pasa sin un mensaje de él confirma tu teoría. Pensás que qué suerte que en dos días tenés terapia, sabés que tenés que llegar viva a ese día, ponerte metas cortas, como los adictos en recuperación. Volvés a hablar con una de esas amigas que no te dieron bola, le presentás todos los argumentos, no vas a parar hasta convencerlas a todas de que es así como decís, porque cualquier otra conversación te parece una pérdida de tiempo. Lográs quebrarlas, empiezan a trabajar para tu equipo. No estás sola, tenés cuatro o cinco mujeres pensando teorías y estrategias para vos. Se empiezan a barajar escenarios posibles. Están las que te dicen que le escribas vos, para tantear, están las que te dicen que esperes y están las que te dicen que es porque no se quiere enganchar. A esas las amás. 
Llega el día en que tenés sesión con tu analista. Te acostás en el diván y le contás la situación. Te angustiás, hablás de la ansiedad, por un momento hasta se pone sobre la mesa la idea de que seas vos la que está boicoteando el vínculo. Sabés que no es el caso, pero bueno, la que está ahí sos vos. Te menciona la palabra silencio, que qué te pasa con los silencios, y te quedás callada. Decidís ponerle onda a la sesión, tratás de ser cooperativa, pensás que bueno, que a fin de cuentas, esto te va a servir para la próxima relación. Que por algo hacés terapia y no vas al tarotista. Te da un poco de bronca, igual, sacás la cuenta de todos los años invertidos en tratar de ser un poco más sana. Te enojás y le decís a tu analista que por qué no podés angustiarte sin sentirte una loca. Te quedás mirando el cuadro que tiene colgado, no te queda mucho tiempo de sesión, querés decir algo que dé pie a una intervención genial. Pero no podés, estás tomada por el cuadro, no se te cae una idea. Le confesás esta fantasía que tenés de ser una paciente excepcional. La frase paciente excepcional rebota en el consultorio. Se te abren los capilares, te late la cara, podés escuchar el piii del silencio y un dejamos acá.  








domingo, 26 de agosto de 2018

La ceremonia de la bombacha.






Por Maite Pil. 

Mi tía me contaba el otro día que tenía una amiga que, para evitar encamarse en la primera cita con un señor, para trazarse un límite, se ponía la ropa interior más rota y fea que tuviera. Pero, qué pasaba, no le funcionaba como reparo y, finalmente, se terminaba acostando con el tipo así, con la bombacha impresentable. Y aunque el fracaso de esta estrategia fuese sistemático, lo repetía cada vez que una cita se le presentara.

Ayer surgió, en una conversación, la diferencia entre un plan y una ceremonia. Las ceremonias pueden consumarse con independencia de los planes, o al menos, los trascienden. 
Las citas, los encuentros, tienen mucho de esto. El casamiento, para no saltear lo obvio, es la ceremonia por excelencia que da cuenta de la consumación del amor. Hoy por hoy puede ser la convivencia, un primer viaje, etc.
El ejemplo que presenté antes me parece una linda forma de ilustrar cómo esto se cuela también en lo más micro: La ceremonia correspondería a la elección de la bombacha, el plan sería no coger.

Si tuviéramos que trazar una línea de tiempo, respecto de un encuentro con un otro, se podría componer de tres momentos; el antes, el durante y el después. Foucault diría que el mejor de los tres, es el último:  El mejor momento del amor es cuando el amante se está yendo en el taxi (...)  comenzás a recordar el calor de aquel cuerpo, el encanto de su sonrisa, el tono de su voz. 
Y a quién no le pasó, te quedás oliendo el perfume que te dejó en el pulóver y fantaseás con no lavarlo nunca más. O se te vienen fragmentos del encuentro y te agarra ese vértigo en la panza. Mi amiga M. me dijo genialmente una vez "son mariposas sexuales". 

Puede ocurrir, también, que la ceremonia se constituya en el durante.
Voy a contar esto porque pasó hace muchos años y jamás daría nombres. Tuve un amante con el que nos veíamos en una frecuencia semanal. Yo iba a la casa, generalmente los miércoles, llevaba algo de postre o alguna bebida, y él se encargaba de los ingredientes de la cena. Cocinábamos, tarta de berenjena - la hago muy rica- o fajitas, comíamos, mirábamos algo en la tele o poníamos música. Yo iba al baño, él iba a la pieza y me esperaba acostado en la cama boca abajo y vestido - no voy a entrar en este punto-. Todas las putas veces lo mismo.
Ay, pero qué embole, me dijo una vez otra amiga cuando le conté la situación que ya me estaba pareciendo, por lo menos, sospechosa. Pero no había forma, o yo no la encontré, de introducir una variación en los encuentros. Acá, plan y ceremonia se habían enlazado, de forma tal, que ya no era posible obtener uno sin el otro.
Hablo, en este caso en particular, de ceremonia y no de rutina, porque la rutina no abre paso a nada, nada se espera de ella, es un lugar que se habita, que se reproduce sin siquiera ser consciente de ello. Si lo pensara en términos zizekianos, podría decir que la rutina es a la pareja lo que la ideología es al hombre. 

En lo personal, se me dificulta darle la derecha a Foucault y decir que el después es mi instancia preferida. Dura un tiempo eso. Pero requiere de una renovación que no siempre sucede y a veces se convierte en un martirio al que le he dedicado ya varios comentarios.
La ceremonia preparatoria se puede vivir con entusiasmo, sí, que siempre conlleva la posibilidad de la desilusión, o se puede vivir con cierto desinterés, como defensa ante los nervios, y finalmente no haber ido lo preparada que se debía estar. 
Definitivamente me quedo con el durante - pero no el que relaté anteriormente-. Ese momento en que lo estás mirando y no sos ni consciente de lo mucho que te gusta, no hay nervios, no te preguntás de qué hablar, ni qué gesto hacer, si se te corrió el flequillo para un lado o para el otro. Fluye. Estás ahí y él está ahí. Punto final. 






















domingo, 19 de agosto de 2018

500 días de explicaciones.







Por Maite Pil. 





El otro día subí a facebook mi opinión respecto de la película "500 días con ella", que es, básica y resumidamente, que si la película pretendía relatar una historia de amor masculino, fracasa; ya que el protagonista está en una posición femenina y todas las mujeres nos identificamos con él. 
Me saltaron a la yugular. Tal vez, el problema fundamental de mi razonamiento fue asumir que existe tal cosa llamada "amor masculino". Pero en primer término, y por sobre todas las cosas, mi mayor error fue no haber establecido qué es femenino y qué es masculino, en tanto posiciones. No se trata de convenciones relacionadas con el género o el sexo biológico, las nenas rosa y los varones celeste, no. 
Posición femenina sería aquella que asume su falta, su castración. Posición masculina, estaría del lado de la potencia, del tener y del poder. Por ejemplo, Ray Donovan, el personaje de la serie titulada de la misma forma, es un claro ejemplo de una posición masculina, el tipo es un pene andante. Ojo, hay posiciones masculinas en mujeres también, sin ir más lejos, a Cristina Kirchner se le ha achacado muchas veces no hacer política desde la femineidad. 
No quiero meterme en terreno escabroso, son épocas donde la lucha por la igualdad en materia de derechos no está del todo delimitada en relación a la pretensión de igualdades subjetivas. Supongo que sólo el tiempo, y el avance del feminismo, nos revelará cuánto se sobredeterminan. 

Pero volvamos al amor. Si es así como dijo mi querido ex psicoanalista L.L. (¿existe ese término, ser ex psicoanalista de alguien? ¿Tener un ex psicoanalista?) que amor masculino es una contradicción, es decir, que siempre se experimenta al amor desde una posición femenina, no debería haber intriga alguna. Bastaría con haber pasado por la experiencia de amar para saber cómo ama un hombre. Sin embargo, esto no es así. Pienso entonces que, tal vez, la intriga fundamental, no sea cómo ama sino cuándo y por qué

Las mujeres - no es que me adjudique el derecho de hablar por todas las mujeres sino que a los fines de la reflexión me sirvo de generalidades o de lo que yo entiendo por generalidades- queremos incesantemente saber por qué. Y la pregunta no es tanto por qué me ama sino por qué no me ama. No es necesario tampoco llegar al extremo de la pregunta sobre el amor, se puede observar en cuestiones más pequeñas: por qué me clavó el visto, por qué no me contesta, por qué no me dijo de hacer algo este fin de semana, etcétera, etcétera. Es un flagelo. 
Retomo la otra pregunta y digo cuándo porque estoy convencida de que los hombres están completamente atravesados por las circunstancias. Difícilmente un tipo que no quiera enamorarse se enamora. Tienen que predisponerse para el amor. Las mujeres, en cambio, solemos estar más desprevenidas; yo, por ejemplo, podría sucumbir a los encantos de un seductor en medio de un incendio. Claro que no sería el momento ni el lugar, pero podría suceder y no me resistiría. 
Tal vez - y esto corre exclusivamente por cuenta mía- el hombre se sirva de las circunstancias para defenderse de caer en esa postura que necesariamente implica el amor que es la de la falta, la feminización. Hace muchos muchos años tuve un novio que cada vez que yo le planteaba algo de la relación, me decía que tenía que pagar las expensas. No miento, así de absurdo como suena. Yo lo entendía, igual. Las expensas lo sacaban a flote, no era un insensible ni un psicópata- aunque le hubiese encantado serlo- era un tipo que no podía amarme y pagar las expensas al mismo tiempo. Esta fantasía de no poder cumplir, de no poder rendir, de que una mujer trastoca el orden de las cosas, es masculina. Por eso muchas veces lo hombres no aman sino a fuerza de convencimiento. Hay que convencerlos y, en muchos casos, darles garantías. Las mujeres- o cualquiera que se identifique con una posición femenina-, al ya nadar en las aguas de la castración, no tenemos tanto rollo con esto. Tenemos otros, obviamente. 


En fin, espero haber echado algo de luz respecto de lo que quise plantear, fallida e incompletamente, el otro día. Yo, por mi parte, seguiré con este espacio de reflexión que me reservo para compartir con ustedes. El objetivo no es tanto encontrar respuestas, mucho menos ofrecérselas como tales a ustedes, sino, al menos, delimitar los misterios que me importan en esta vida. 













sábado, 11 de agosto de 2018

Qué forra.








Por Maite Pil. 





Un día arreglé un encuentro con un señor. Nos encontramos en un famoso bar de Palermo. Él me estaba esperando en la barra. Era un día de semana, no era tarde, no había mucha gente. En la barra, éramos sólo nosotros dos. Yo suponía de qué iba la cosa. Unas cervezas y después, el después. Pero saberlo, suponerlo, es muy diferente a evidenciarlo. Además, en el medio, siempre puede pasar lo impredecible. 

En un momento él me dice que va al baño y se va. Yo me bajo de mi banqueta, me acomodo las ropas, siempre hay una media que se baja o se sube. Y en el piso, a la altura de su asiento, mirándome, yacía una caja de preservativos inmaculada. 
Son de él, pensé. Qué hago. No puedo decirle que se le cayeron. Sería como contar el final de la película. Y mirá si los compró para usarlos con otra. O peor, no son de él y yo doy por sentado una situación. Pero si son de él y después nos faltan, es un garrón. Porque si no se los doy, y nos vamos de acá sin forros, y le digo en el camino que compremos, me va a decir que no, que él ya tiene. Y yo qué le voy a decir ¿Estás seguro? Es absurdo. Dejarlos tirados no es una opción. Porque además corro el riesgo de que los vea en mi presencia ¿Y si pone cara de incomodidad cuando los ve? Me voy a dar cuenta de que los encontró y yo también voy a poner cara de incomodidad, y a nadie le gustan esas caras. No, yo no puedo presenciar el momento en que los encuentre. 
Dejarlos tirados no es una opción. ¿Y si es un experimento? ¿Y si los dejó tirados a propósito para que los encontrara? ¿Será su forma de invitarme a cojer? ¿Será un psicópata? ¿Será una prueba que tengo que pasar? Me siento una rata de laboratorio ¿Qué hago? 
Bueno, tengo que repasar mis opciones, dejarlos tirados es una, con el riesgo de que ambos muramos de vergüenza. Levantarlos y decirle que se le cayeron, con el riesgo de que me diga que no, que no son de él, y se sienta mal. Yo, honestamente, después de este desgaste no tengo capacidad para hacer sentir bien a alguien. Levantarlos y preguntarle si se le cayeron... ¡Pero por Dios! Si es obvio que son de él, no hay nadie acá, y quedar como una ingenua que no sabe a qué vino. No. 
Se los guardo en la mochila que está colgada del gancho. Eso. Ya fue. Se le deben haber caído de otro lado, si esto tiene doble cierre y está perfectamente cerrado, pero se los guardo en el bolsillo de la mochila igual. Peor es nada. Al menos así los saco del piso y me evito la confrontación.
Ya, ahora, Maite, agachate y agarrá la caja de forros y guardásela en el bolsillo de la mochila. Maite, va a salir del baño y vos todavía no resolviste qué hacer y el tiempo va a resolver por sí solo, eh ¿o qué te pensás, que va a estar en el baño por siempre? 
Le sonreí al barman, me agaché a agarrarlos, se los guardé en el bolsillo de la mochila y me volví a acomodar en mi banqueta. 
Cuando llegamos al telo, él me dice no encuentro los forros. Buscaba en los bolsillos de la campera, del pantalón. Yo, con mi mejor cara de desentendida, le contesté ¿no te fijaste en la mochila?
Y los encontró. 


domingo, 5 de agosto de 2018

In sex we trust.









Por Maite Pil.


Ayer hablando con una amiga, comentándole acerca de que hoy iba a escribir sobre sexo, ella me decía que el problema fundamental de nuestra especie es que las mujeres podemos quedar embarazadas sin necesidad de tener un orgasmo (aunque sea vox pupuli que el orgasmo, sus contracciones, facilitan la concepción).
Es cierto, qué curioso desbalance biológico; desbalance que, por otra parte, no va a poder ser equilibrado culturalmente.
Los hombres seguramente piensen, bueno, ustedes no necesitan del orgasmo pero nosotros necesitamos de la erección, ustedes no tienen que hacer nada. 
Este "no tienen que hacer nada" lo escuché varias veces. Como si tener una erección fuese un hacer, un hacerse a sí mismos.
Basta con haber tenido alguna situación con un hombre que no tuvo una erección, sobre todo en encuentros casuales, para sentir que lo que pasa entre el hombre y su pene es un tema privado. Una empieza a salirse poco a poco del cuadro, con algo de angustia, pero no porque para la mujer sea imprescindible la erección, sino porque lo es para el otro. Todo el ego y la confianza que podrían haber ganado en las etapas de conquista, se derrumban estrepitosamente. En general, incluso, evitan volver a encontrarse con esa mujer, anticipando, o temiendo, una nueva derrota.
Mi amiga F., que tuvo un encuentro hace poco con estas características, nos pedía consejos sobre cómo encarar la situación en el después. No tengo una fórmula, pero supuse que si llegaba a mandarle algún mensaje compasivo, o si pretendía querer consolarlo, decirle que no había pasado nada, que no importaba, el efecto que produciría sería contraproducente: no lo hagas sentir un pelotudo, fue mi consejo final - la verdad es que no podía dejar de pensar en la escena de Lost highway cuando ella, casi al comienzo de la película, le da unas palmaditas en la espalda a él después de un encuentro íntimo fallido; gesto que desata la locura del personaje masculino que termina matándola porque no soporta esa humillación-. 


Obviamente que lo que estoy haciendo acá son generalizaciones y que todos tenemos nuestras particularidades pero, sacando de lado otro tipo de prácticas sexuales, como el sexo tántrico y etc., los encuentros heterosexuales ordinarios, por llamarlos de alguna manera, se construyen, casi en su mayoría, en torno a la erección y la eyaculación: son éstas las que marcan el compás.

Ahora ¿Qué pasa con el placer femenino, con el orgasmo femenino? "Es un agujero negro" me dijeron hace poco. Casi que no hay metáfora en esa frase.
En facebook, hace un tiempo, leí que alguien comentaba que tenía una amiga a la que se le "encendían las mejillas" cuando la pasaba bien y que no necesariamente eso iba acompañado de un orgasmo. Somos tan buenas las mujeres, protegemos tanto ese vínculo hombre-pene, que hasta buscamos suplentes, cubrimos esa ausencia con los más variados síntomas. Que se duermen las manos, que se acalambran los pies, cosas que, por cierto, sacadas de contexto son espantosas y jamás las pensaríamos como indicadores placenteros.
Es que está tan magnificado el orgasmo femenino que se corre el riesgo de que se lo piense como algo extraordinario, casi del orden del milagro, y si se lo piensa como tal, entonces, puede ocurrir como no.
En la película Nymphomaniac (Lars Von Trier, 2013), que si no la vieron se las recomiendo, se trabaja mucho la sexualidad femenina. Tal vez el director quiso, de alguna manera, poner en evidencia cómo lo que en un hombre podría pensarse como una vida sexual osada, pero relativamente normal, en una mujer se la convierte en patológica. La película fracasa en ese sentido, no logra su cometido, no aporta a la causa de la liberación sexual femenina. Todo lo contrario, termina colocando al placer femenino como fuente de dolor y de peligro; no hay límite en esa búsqueda, no hay satisfacción posible para este personaje. Toda satisfacción se convierte en pérdida. La mujer no puede más que retirarse del placer para autopreservarse. 


Pienso también que hay una instancia de intimidad que a veces se presenta y es la primera vez que no pasa nada. Y no me refiero a un intento fallido, ni a una baja en el deseo, sino a la primera vez que no hay sexo. Es mucho más importante y significativo que la primera vez que sí lo hay. Es un momento clave. Hay que poder soportar esa instancia. No transitarlo con angustia o con rechazo muchas veces es un desafío. Se abre un estar con el otro que supera lo sexual y que no siempre se está dispuesto a atravesar.


A fin de cuentas, en el encuentro con un otro, siempre hay algo de puesta a prueba. Negar eso, no soportar que algo pueda fallar, pensar al sexo como una cuestión de destreza, rendimiento o simple placer individual, es una forma de escapar a la intimidad. Es una paja de a dos, solía decir mi vieja. Y cualquiera que se haya hecho una paja sabe que no hay nada más lindo que el encuentro con otro cuerpo. Aunque lo que allí suceda sea imposible de prever.

domingo, 29 de julio de 2018

El seductor abandónico.



Por Maite Pil. 




En mis viejas épocas de soltería, ciertas cosas eran diferentes. Hoy me encuentro en un ecosistema de seducción, que si bien sigue teniendo dos o tres reglas invariables, está soportado por nuevos instrumentos. Apps que te dicen que a tres cuadras hay alguien dispuesto a cojer, otras que te matchean, la vidriera de instagram, el visto del whatsapp, etc. 
Seguramente algunas de ellas tengan un alto grado de efectividad en cuanto a conocer a un otro se trate, pero poco pueden hacer para sostener eso; la construcción de los vínculos, queridos humanos, sigue corriendo por nuestra cuenta. 
Ayer hablando en un grupo de whatsapp le hicimos de soporte técnico a una amiga que había tenido una cita el viernes, y ya ayer amanecida, nos manda un audio diciendo "Sé que no me va a escribir nunca más". Pero empecemos por el principio. 
Sin entrar en demasiados detalles, voy a decir que ellos venían hablando hace un tiempo, hasta que finalmente empiezan a organizar el encuentro. Se encuentran, la pasan bien, algunas cosas fallan- como siempre- pero el saldo del encuentro sigue dando positivo, dice ella. El sábado decide mandarle un mensaje, para romper el hielo, le hace un chiste de la resaca, y él nunca responde (sigue sin hacerlo). Hace poco vi una película donde la protagonista femenina va a buscar a la casa al tipo que nunca más la llamó, se le planta enfrente y le pregunta:¿Por qué no me llamaste nunca más? Yo soy alguien, no podés simplemente retirarme la palabra.
Claro que eso es una película y la escena se resuelve bien. En la vida real, no nos atreveríamos a hacer semejante pregunta, estamos obligadas a respetar ciertas reglas, fundamentalmente la regla del silencio, o si no, seremos unas malas jugadoras. 
Entre tanta oferta humana y tanta falsa facilidad-porque la competencia está a la orden del día-, la seducción, al contrario de lo que se podría pensar, cobra un papel fundamental en todo este meollo. Y me pregunto ¿Qué les pasa a ciertos hombres con la seducción? 
Estoy empezando a observar un fenómeno que bien podría denominar la seducción desproporcionada: Hay una falta de relación entre la seducción planteada por el hombre y lo que sucede después - lo que sucede, es básicamente, que desaparecen-. Es como si en tiempos donde acercarse a otro está facilitado, el hombre necesitara redoblar la apuesta. 
"Yo no le pedí que me regalara un chocolate" nos decía ella en el grupo ¡No, claro que no se lo pidió! 
¿Quién desconfiaría de un hombre que regala un chocolate, no? ¿Por qué las mujeres entramos como caballos?
La respuesta más obvia frente a esta desproporción en la seducción es pensarlo como una demostración de potencia masculina: Puedo, yo me puedo levantar a esta mina, incluso con los métodos más tradicionales, románticos y tontos de la historia, y después veo. 
En mi época, era prácticamente al revés. Es decir, en función de lo que se jugaba al momento de seducción, se planteaban las intenciones. La seducción no era simplemente el medio para obtener la atención del otro, era también la antesala de qué tipo de vínculo se pretendía. Por eso el amante tosco no te regalaba un chocolate ni aunque tuviera una caja llena. Porque no quería confundir, porque no era ese su juego,  y sin embargo, se jugaba de a dos. Hay una honestidad y una lealtad en ese amante que es hermosa. 
Claro que un hombre que seduce no está obligado, después, a que esa mujer le guste. Eso no está en discusión. Lo que me preocupa es que seduzcan sin propósito, lo que me lleva a la siguiente cuestión: ¿seducen a mujeres que no les gustan? ¿Seducen para poner a prueba el gusto, para ponerse a prueba a sí mismos? Si la seducción funciona, ¿el gusto desaparece? 
Por suerte se aprende, y a fuerza de desencantos, a detectar al seductor abandónico a tiempo. Seguramente que en el camino pague sentencia algún inocente, son los riesgos que se corren. Fuck me once, shame on you; fuck me twice, shame on me. 
Llámenme paranoica, pero no puedo dejar de pensar que hay una venganza solapada en este asunto, seguramente una que no es planeada de forma consciente. Creo que es mucho más profundo que lo que vulgarmente podríamos llamar un hombre histérico. Es como si buscaran imponernos, ellos mismos, los obstáculos que la sociedad, la tecnología y la conciencia, ya no nos imponen. Un acto de terrorismo al placer. Para que no nos olvidemos que, a fin de cuentas, ellos, los hombres, siguen siendo imprescindibles







domingo, 22 de julio de 2018

La anónima.






Por Maite Pil. 




Hay separaciones que son bastante simples de explicar o, al menos, responden a cierta continuidad, a un devenir. Toda pareja tiene su talón de Aquiles -supongo- y a veces eso, que al principio se circunscribe a un tema, termina tomando otros, se expande.
Alguien me citó una frase hace unos días, cuidado pequeños amantes, que el contrato se firma en las primeras horas.
Es la paradoja fundamental de todo vínculo amoroso, se establecen las clausulas en el momento en que más se está dispuesto a ceder. No hay tal cosa como buenos comerciantes enamorados.
En mi caso, ya no se trataba de tal o cual tema. Cuando me preguntan por qué me separé no logro convencer a nadie con mis respuestas. La gente busca motivos dramáticos, grandes traiciones, actos imperdonables. Nada de eso.
Por la mirada, osé responder alguna vez. Hay miradas imposibles de soportar. Esas que nos sacan del anonimato y nos colocan donde no queremos estar siendo lo que no queremos ser.
Quiero ser anónima, pensé, sentí. Es el camino. 
¡A tomar por culo las expectativas de todos! No me voy a condicionar nunca más ¡Voy a hacer lo que quiera cuando quiera! La sensación de libertad me invadía el cuerpo. ¡Nunca más voy a necesitar de un otro! Era una fiesta. Había resuelto todos mis problemas vinculares. Es una sensación embriagadora. Descubrí la pólvora.
¡Pero qué poco dura, la puta madre!
En una de esas primeras noches sin mi hija, me fui a cenar con una amiga y ella me decía que me había ganado la lotería, prácticamente; que ya tenía una hija, una casa, y que ahora era momento de pasarla bien. Vos tenés que garchar ¿hace cuánto que no garchás? vos tenés que tener un montón de chongos. Y te garchás a uno, y después te vas, y te garchás a otro ¡Qué suerte que tenés!
A mí ya me estaba bajando la manía pos separación y empezaba a presentir los primeros síntomas fatales. Pero como no la quería decepcionar -cosa que en sí misma ya denotaba que escapar de la mirada es un imposible- le dije que sí, que tenía razón. Y hasta me lo volví a creer. Haz como si creyeras y la creencia llegará por sí sola
Pero yo debo tener un circuito cortado. Hay una comunicación intrínseca que no fluye. A tal punto que el otro día tuve que releer uno de mis posteos para ver qué pensaba cuando podía pensar anónimamente.
¿Cómo puede ser que lo que uno sepa no sirva de nada?
Hay saberes que se olvidan, también. Que pasado un tiempo de no ponerlos en práctica se entumecen. Yo había logrado desarrollar ciertos protocolos, estrategias, reglas. Me funcionaban parcialmente, nunca fui la heroína de este lío, a decir verdad. Supongo que a determinada edad, eso está muy bien, alcanza.
Pasados los treinta y con una hija en el haber, todo cambia. ¿Pero realmente lo cambia todo?
Bueno, algunas cosas cambian seguro. Ya nadie te llama a las tres de la mañana para ver en qué andás, por ejemplo. Y si lo hicieran, no escucharías el teléfono sonar. Okey, pienso, el afuera cambia, la disponibilidad cambia.
¿Y yo cambié? ¿Se puede elegir cambiar? ¿Necesito un cambio o una cura? No lo sé. Pero hay algo que sí sé incluso en tiempos donde mucho de lo que sé parece inútil: No puedo hacer pasar eso por un Otro. Ya conozco los resultados.

domingo, 15 de julio de 2018

Ajustada








Por Maite Pil. 


Hablando con una amiga por teléfono me cuenta que su ex le escribió un mail justo cuando ella estaba empezando a salir con otro.  Yo, que cuando tengo un día lógico me aferro a eso cual salvavidas, le dije que la explicación era muy obvia: el factor tiempo. Que es el tiempo el que hace coincidir ambos fenómenos y que ellos iban a suceder, de todas formas, sin dependencia entre sí. El ex le iba a escribir y ella- todos sabemos- iba a estar con otro. 
Pero la duda ya se había apoderado de mí. La rigidez en mi respuesta ya no era tanto una convicción sino una forma de sacarla a ella de ese circuito, desengancharla de ese mail. 
Ya a solas surgen las preguntas del caso: ¿Será realmente así como le dije? ¿O será posible que haya dependencia entre ambos fenómenos amorosos? Y si es posible ¿Puede probarse?
Empecé a recordar momentos en los que yo misma me vi envuelta en una de esas coincidencias fascinantes. No tuve que irme muy lejos en el tiempo. En la última etapa de mi relación con F. un día me llega un whatsapp de un número desconocido. Al abrirlo, descubro con asombro que se trataba de K. Me pregunta si me puede llamar, le digo que sí. 
K. estaba en la misma que yo, con dudas, con nostalgia, con un deseo atragantado. Y, por suerte, lejos. Hubiera sido una tragedia tenerlo cerca, verlo, usarlo de tapón. La distancia me garantizaba no tener que elegir, porque like they say, a man don´t always do what´s best for him -frase que dice el personaje de la entrañable película de los noventas "Romeo is bleeding"-. La coincidencia era doble, no sólo me escribió en el momento justo sino que, además, le estaban pasando las mismas cosas. 
K. me ayudó a tomar la decisión. Él no hizo nada en concreto, ojo, pero me acompañó en la angustia. Me conectó con mi cuerpo. Y yo hice un poco lo mismo, supongo, así fue que los dos decidimos separarnos de nuestras respectivas parejas. Decisión que nada tenía que ver con un pacto de amor. Estamos lejos.  No hay forma de terminar esto satisfactoriamente, le dije un día que creímos, por un segundo, estar a un Uber de distancia. 
Ahora somos amigos. Él volvió con ella. Yo no. Yo nunca vuelvo. Nunca se trató de eso para mí, ni con uno ni con el otro. 
¿Qué hubiera pasado si él nunca me mandaba ese whatsapp? Una variación de lo mismo. Yo me hubiese separado igual. Para cuando acepté ese llamado, ya estaba un poco separada, pienso. Él me había escrito un tiempo antes y nunca le respondí, me parecía una traición, la tentación iba a ser inevitable. ¿Quién necesita de tentaciones cuando es feliz?
Nada quita que K. haya tenido un papel central en todo. No sólo en mi separación, ya que fue ésta la que se dio y no otra, sino también en el comienzo de mi relación con F. Él, F., era todo lo que K. no era. Siempre fueron dos caras de una misma moneda. Una moneda que nunca fue cambio. 

Supongo que adjudicarle el sentido de la incógnita a ciertas apariciones es una forma de habitar al otro que no nos necesita. Se puede estar presente incluso, o tanto más aún, en la medida en que uno sobre eso no sabe ni acciona. El misterio es una forma del amor. Sobre todo, de esos amores a los que no les quedan más decisiones por tomar. 

lunes, 9 de julio de 2018

Y el hombre qué.



Por Maite Pil. 




La presentación de la novela "La huesped", de Florencia del Campo, en Eterna Cadencia, que estuvo a cargo de Elsa Drucaroff, se construyó en base a una léctura de género. Es una novela que trata sobre una mujer que está en pareja y, por cuestiones que desconocemos, se muda con él a la casa de su suegra. Allí empiezan a desarrollarse, a tomar cuerpo, sus conflictos, que no son más que la imposibilidad de aprehender un deseo que le sea propio. La lectura de Elsa fue muy interesante, ya que enmarcó esa imposibilidad de desear, que se traduce en un agujero en el lenguaje que construye este personaje femenino, en una imposibilidad colectiva que está dada porque el lenguaje deja, de por sí, a la mujer afuera. Lo más interesante, desde mi propia experiencia, fue que al salir de la presentación, quien en ese entonces era mi pareja, me miró con un enojo mal disimulado y me preguntó: y el hombre qué. 
Hay algunas escenas del libro que retratan a este personaje masculino, la pareja de la protagonista, como un tipo bruto, en el sentido de animalado. Ella lo describe, por momentos, como un animal sucio y desagradable que invita a la burla. Un pelotudo, porque no hay forma de decir algo de un hombre, que mueva a risas, sin que se sienta un pelotudo todo aquel que goce identificarse - lo que demuestra, en mi humilde opinión, que la exclusión del lenguaje que cualquier individuo pueda sufrir supera al género como tal-. 
Qué sé yo el hombre qué, no se trata de un hombre. Esa fue mi respuesta. Lo único que me falta, tener que responder, además de qué es ser una mujer, el hombre qué. ¡Además! ¿El hombre que qué? ¿Por qué no tiene verbo esa pregunta? ¿Qué es? ¿Qué tiene que hacer? ¿Qué que? 

Que el amor feminiza a los hombres es algo que vengo leyendo seguido o, como lo dice Nicolás Mavrakis en su libro "El sexo no es bueno", los castra. O sea, el amor les quita más que que les aporta. Y cito - respecto de la lectura que hace N. M. de Karl Ove Knausgard en Un hombre enamorado-:"marido orgulloso de su castración y voluntarioso babysitter (...) es, en esencia, una chica" -"chica" no mujer. Se encoje-. 
Continúo: "Si se lee con atención Un hombre enamorado, entonces, lo que queda es un mundo donde la igualdad y la justicia son los únicos parámetros importantes. Un mundo donde no se toleran las diferencias porque estas ya han sido arrasadas por la castración y la prohibición (...) ese no es sólo un mundo incompatible con el amor, también es un mundo opresivo y pavoroso donde el sexo no es bueno". 
Me llama la atención, sin ánimos de juzgar, que crea que hubo un mundo anterior que fue más propicio para el amor. Es una idea romántica, sin dudas, y cargada de nostalgia. Supongo que toda época habrá sentido un poco lo mismo. Como vengo diciendo hace un tiempo, el cine da cuenta de esto cuando decide colocar ciertas historias de amor por fuera de la contemporaneidad. Las historias de amor actuales no son tales -sacando a los franceses de lado, que siguen reproduciendo triángulos amorosos no matter what-. Son historias de parejas que se juntan para preguntarse, individualmente, qué es ser lo que son, respectivamente. 
Decir que la igualdad y la justicia atentan contra el amor es como echarle la culpar a Netflix de que una pareja no se hable. 
Por lo demás, como no tenemos otra vida, habrá que arreglárselas para amar en el mundo, y el género, que nos toca.