domingo, 2 de diciembre de 2018

La suerte ya no juega.





Por Maite Pil. 


Antes era muy común oír decir a alguien, o incluso decir, en algún mal momento de nuestras vidas amorosas, no tengo suerte en el amor. Y qué es lo que se decía realmente con esto, qué encubría la suerte en este terreno. A veces apuntaba a los repetidos desenlaces fallidos de las historias amorosas, otras, a la falta de oportunidad de encontrar a alguien- que no se sabe si existe-. Todos conocimos esas leyendas urbanas que narraban que él o ella se quedaron a dormir la primer noche en la casa del otro y no se fueron nunca más. Fue un flechazo, ay, qué suerte! 
¿Pero era realmente suerte eso? ¿O era una facilidad primera que no auspiciaba de garante en el desenlace de un vínculo?  

A mí criterio, uno de los cineastas que mejor trabajó este tema es Woody Allen - dejemos de lado su pedofilia, perversión, personalidad abusiva, o como quieran o crean más acertado llamarla-. Voy a citar dos ejemplos claros de cómo él puso sobre la mesa que la suerte no es más que una cuestión arbitraria de resultados y que es sólo a posteriori donde puede establecerse - no es más que una cuestión de percepción- qué es buena o mala suerte
El primero es del film "Ladrones de medio pelo"(2000). Aquí él, que también lo protagoniza, convence a la mujer de poner un negocio al lado de un banco con el fin de robarlo mediante un boquete y hacerse millonarios. La ironía consiste en que el negocio empieza a funcionar tan bien que se vuelven millonarios de forma legítima. 
El segundo ejemplo lo tomo de la película "Match point" (2005), cuando el protagonista quiere deshacerse del anillo de su víctima y, al revolearlo al río, choca contra la muralla y queda en el piso. Eso permite que un hombre cualquiera lo agarre y sea acusado del asesinato de ella. En el tenis - deporte que recorre toda la trama de la película y del cual proviene el título de la misma- eso sería un Net. Sin embargo, para el personaje, esa falta termina convirtiéndose en la jugada que le asegura su victoria.

Hay un viejo refrán que dice "afortunado en el juego, desafortunado en el amor". Y hace referencia a cierto supuesto equilibrio de ganancias, o temor neurótico de revanchismo del destino, en donde cuando algo sale bien, seguramente, otra cosa salga mal. 
A mí entender es un refrán que cayó en desuso y que ya no representa el espíritu de época que se vive; porque lo más asertivo sería afirmar lo contrario: afortunado en el juego, afortunado en el amor. Digo esto porque vivimos rodeados de la idea de que el éxito llama al éxito. Tenemos todo un aparato de redes sociales que nos invitan a recortar lo mejor de nuestras vidas y colocarlo en la vidriera. Pero también de algo más profundo, el capitalismo como sistema de acumulación infinita, donde la idea de renuncia no existe. Por esto me parece, también, que la filosofía del poliamor, lejos de ser combativa y revolucionaria, es funcional a este paradigma en el que todos jugamos el papel de hijos únicos caprichosos que debemos ser constantemente satisfechos.
Incluso, el otro día, Florencia Fernandez, psicoanalista uruguaya, puso en su Facebook, más bien se preguntaba, desde cuándo se empezó a utilizar el término "Disfrutalo!". Antes se deseaba "suerte", luego "éxitos" y ahora se apela al gozo. El mandato terrorista por excelencia, que cuenta con el apoyo ideológico de la meritocracia.

Hace unos domingos atrás, cuando publiqué mi escrito sobre los supuestos nuevos hombres feministas, y planteé la pregunta de qué quiere el hombre de hoy, muchas mujeres me contestaron, con insólito enojo, que ellas tenían "una vida" y que no necesitaban cuestionarse por el otro. Lo cual me lleva a pensar en un fracaso profundo y complejo de cómo se (auto)perciben ciertas conquistas femeninas en el terreno de lo público. La lucha feminista no puede considerar a la soledad como un triunfo, es más bien el síntoma de lo complejo que se han vuelto ciertos vínculos.  Hacer de lo que falla, de lo que nos falta, incluso de lo que nos cuesta, un síntoma con aceptación social, es lo que nos rige hoy. Donde creemos que tenemos más derechos y posibilidades pero estamos cada día más alienados y con una libertad, e intimidad, absolutamente vulnerada. 

domingo, 25 de noviembre de 2018

Mamita.






Por Maite Pil. 





Hace un tiempo, hablando con una mujer cuya identidad prefiero preservar, contándole de mis torpezas amorosas y encuentros fallidos, me dice  pero vos ya tenés una hija, no rompas las pelotas, yo vengo primero. Como si el destino, Dios o el universo, manejara un sistema donde a las mujeres se nos fuese ubicando por orden de prioridad. Una suerte de lista de espera de donación de órganos. 
Al tiempito de este breve e infructuoso intercambio de desgracias, vi un episodio de una serie, que creo ya les he recomendado, Easy. En este capítulo -porque cada uno es una historia diferente- la protagonista, una mujer de unos treinta y pico, se separa del novio y cae en la cuenta de que no le quedan muchos años para conocer a alguien, consolidar el vínculo y tener hijos. Digo cuenta porque es un aspecto fundamental en estos casos, empieza a correr el contador del poder quedar embarazadas y eso dificulta ubicar al deseo. 
Cuando terminé de ver el capítulo tuve una sensación de alivio tonto y pensé: qué suerte que ya tengo una hija, de todas las angustias que existen en este mundo hay una que no voy a transitar; me salvé de contar años fértiles. 
La verdad es que yo nunca tuve el objetivo de ser madre, de tener un hijo, formar una familia, casarme, etc. Emergió como deseo en un momento determinado, con una persona determinada, y tuve la suerte de quedar embarazada en el primer mes de intento. 
Quiero aclarar, antes de continuar, por si no quedó clara mi postura, que bajo ningún punto considero que todas las mujeres atraviesen esta angustia ni que deban hacerlo. De ninguna manera creo que toda mujer deba ser, o deba desear ser, madre.  

Hecha la aclaración correspondiente, me interesa pensar en lo siguiente: cómo repercute la maternidad - la deseada o la consolidada- en el vínculo con los hombres y en la concepción de deseables que manejamos las mujeres. 
Cuando me separé y retomé diálogo con algunos hombres de mi pasado, un poco la pregunta que sobrevolaba a las conversaciones, que no se animaban a formular del todo, era, básicamente, seguís cogiendo como antes? Qué cambió?
En el caso de la mujer que cito al principio, la pregunta que sobrevuela -en la fantasía femenina, al menos- es otra y sería la siguiente: querés coger aunque no te embarace? 

Y conozco hombres que no son padres, que desearían serlo, que ya pasaron los treinta largos, que no se preguntan ni se cuestionan si eso los hace más o menos deseables. Y no pasa porque el hombre sea fértil, digamos, en términos generales, durante toda su vida. Porque piensan, también, y con tino, que tener un hijo a los setenta años sería un cachito absurdo.   

Algunos meses atrás, Luciano Lutereau (psicoanalista y escritor) hizo un posteo en Facebook, no lo recuerdo textual, donde hablaba de que el deseo masculino estaba estrechamente relacionado con la juventud. Y coincido plenamente, seguramente haya un fogoneo cultural al respecto y podríamos debatir muchísimo sobre esto, pero me importa más que nada pensar en cómo las mujeres, pasada cierta edad, utilizamos a la maternidad - repito, la consolidada, la deseada, o la supuestamente deseada- para encubrir el miedo al deserotismo. Abandonar la posición de Lolita es un duelo que muchas mujeres, con determinadas características, debemos afrontar. 

Concluyo entonces que, si bien me ahorré, como dije antes, una angustia, para ponerlo en esos términos, todas las mujeres, pasada cierta edad, estamos sujetas a un miedo. Y el desafío no pasa por internarse en un gimnasio, hacer dietas insoportables, operarse el culo o congelar óvulos. Quien tenga la voluntad que lo haga, obviamente. Pero el desafío, entiendo yo, consiste en entender que el deseo trasciende al cuerpo. Que se puede ser madre sin gestar, que se puede erotizar sin ser joven. 
Y cuando todo se mezcla porque, cómo no hacerlo, la madre y la puta llegan a donde llegan haciendo lo mismo, tener en claro que no es necesario elegir. No hay contradicción alguna allí. Y quien crea que sí, deberá revisar su propio deseo. 











   

domingo, 11 de noviembre de 2018

El enojo líquido.






Por Maite Pil. 




Hace poco viví una situación en la que me enojé con un hombre por una cuestión relacionada a mi trabajo. Me enojé porque consideré que desde hacía un tiempo venía desoyendo lo que yo tenía para ofrecer y no sólo eso sino que, además, me puso en diversas comparaciones ante las cuales, obviamente, yo no salía precisamente ganando. Como este no era un vínculo estrictamente profesional, y se trataba de una persona a la que le tenía respeto y cariño, fui surfeando los comentarios. Pero un día surfear no alcanzó y decidí confrontar la situación. 

Esto es anecdótico, por supuesto, y lo traigo porque me parece interesante para enmarcar una cuestión con la que muchas veces, hombres y mujeres, debemos lidiar que es el derecho a enojarse. Cuántas veces hemos escuchado, o incluso dicho, fulano o mengano no tiene derecho a enojarse. 
Ahora, de esto me interesa desprender tres directrices, una tiene que ver con qué es el enojo, la otra es cómo lo instrumentamos, qué hacemos con eso, y la tercera es si el enojo requiere autorización. 

El enojo, tal como lo entiendo yo, es una sensación - o mecanismo- completamente involuntario que puede estar plagado de otros componentes, tales como decepción, angustia, frustración, etc. Ahora, qué pasa, el enojo muchas emerge porque es a partir de lo cual, muchas veces, logramos poner el limite o el corte en relación al otro. Cuantas veces pasa que hay gente que se fabrica una pelea con su pareja para poder poner fin a ese vínculo. Este último ejemplo sería una de las peores instrumentaciones del enojo. También hay que distinguir entre quien lo tiene como mecanismo, y que nada sabe de eso, de quien hace una puesta en escena del enojo para hacer sentir culpable al otro, ahí ya estaríamos hablando de otra cosa. 

En general podemos observar una relación entre el grado de compromiso, o intimidad, que hay en un vínculo determinado (amoroso, amistoso, familiar, etc.) con, lo que antes caractericé como, el derecho a enojarse. Podemos constatarlo muy fácilmente en los vínculos de sexo ocasional donde si uno no atiende el teléfono el otro, aunque le hierva la sangre, se la tiene que comer y no decir ni mu. Yo jamás escuché a nadie decir no tenés derecho a amarme. Y fijensé qué cosa curiosa porque, en el amor, es mucho más difícil ubicar, incluso tal vez sea imposible, qué se hizo, si es que hizo algo, para ser amado. Sin embargo, ante el enojo, el otro, es decir, quién produce la ofensa, debe hacer cierto ejercicio de revisión. Parece que eso molesta. Y de ahí esta idea de tener derecho no. Quién sos vos para venir a hacerme revisar mi ética o mis intenciones. 

Las mujeres -y perdón que tenga que volver una vez más a hacer distinciones de sexo- en este sentido, hemos sido culturalmente entrenadas para evitar la expresión del enojo. Con el agregado, además, de que, a modo de herramienta coercitiva, se asocia socialmente y constantemente el enojo femenino con la locura. 

Yo no vi, y no sé si alguna vez lo haga, la película argentina "Re loca". Pero por el trailer y diversas críticas que me tomé el tiempo de leer, se trata de una mujer que empieza a toparse con una serie de situaciones, muchas de ellas vinculadas con las injusticias cotidianas del machismo, por lo  que, entonces, se transforma en una suerte de vengadora y se vuelve re loca. Yo no sé, honestamente, si la intención de la película era reivindicar a la mujer, pero la verdad, el tiro les sale por la culata. Porque no es necesario volverse loca para defenderse. No nos volvemos locas cuando nos enojamos. Entiendo que es una comedia y que necesita de esos componentes. Pero se reproduce una y otra vez esta idea de que la mujer sólo puede enojarse locura mediante. 

Estas ideas que circulan y que están muy arraigadas, de que nos enojamos por locas, o porque estamos indispuestas, o porque somos muy emocionales y entonces, capaz, confundimos las cosas; de que nos enojamos con X pero en realidad lo que nos pasa es que estamos tristes porque se nos murió el gatito, etc. son las que facilitan que terminemos comiendo de la mano de los manipuladores (y acá no distingo sexos porque hay mujeres manipuladoras también). 
Que logran, muchas veces, y gracias a todo lo que acabo de describir, que terminemos dudando de la legitimidad de nuestra postura o que nos sintamos culpables.

Me parece importante agregar, y ya corriéndome de la lógica machista que creo que subyace mucho de lo que mencioné anteriormente, que vivimos en una sociedad con grandes contradicciones respecto de este tema. Que por un lado nos vende frases de superación, paz y armonía, y por otro lado, genera más y más violencia. 
Entonces, en la medida en que no podamos integrar al enojo como sentimiento válido, no vamos a resolver muchas de las cosas que nos pasan. 
La idea de que el que se enoja pierde, no sólo tiene un costado exitista nefasto, sino que además, pretende reproducir conductas de sumisión funcionales al capitalismo. 
Enseñar a amar es tan importante como enseñar a enojarse. Porque quien sabe amar y enojarse, jamás será violento. La violencia y la autodestrucción son, en cierta medida, la malversación de ambos sentimientos. 








domingo, 4 de noviembre de 2018

De viril a feministo






Por Maite Pil. 





Al observar a mi hija (Z.) jugar con amigos varones pude darme cuenta de ciertas cuestiones. Y mi teoría fundamental - que tiene sólo este caso de respaldo- es que el patriarcado (entendido como sistema de reproducción ideológica) no es el responsable de que el hombre compita, mida su fuerza, compare sus pitos, sino más bien, es responsable de dejar a la mujer por fuera de eso. Es decir que, esas características que enumeré, que son las más obvias, yo las encuentro tan presentes en mi hija como en sus amigos. 
La mamá de uno de los nenes, cuando Z. juega a la pelota con ellos, siempre le recalca al hijo pateá despacio que ella es una nena. Y la realidad es que Z. juega tan bien a la pelota como ellos y le puede llegar a doler un pelotazo tanto como a ellos. 
Ese trato diferencial hace que muchas veces a ella la odien porque, claro, si ella llora, se pudre todo. ¿Quién hizo llorar a Z? es la pregunta que siempre vociferan las otras madres. 

Ahora, vayamos al mundo de los adultos. Ayer vi una película, "Fuerza Mayor", que me la recomendó Gabriel Artaza Saade, a quien ya les presenté en un posteo anterior a raíz de la lectura que hice de su libro "Una nueva virilidad". Me la recomendó, justamente, porque él está interesado y enfocado en esa temática. No quiero spoilear demasiado, pero básicamente, la película muestra cómo un tipo, padre y esposo, no puede asumir que en una situación determinada no actuó de forma "viril" y su reacción fue de escape - en lugar de tener una reacción de protección que es la que se le atribuye como correcta a un hombre-. Ahora, el problema, en la película - y en la vida real- no es de qué forma actuó él sino de qué forma él creyó que debía actuar. Tal es el mandato, la impostura, que él no admite haber hecho lo que hizo. No puede asumirse como un hombre escapista. Si él hubiera admitido que hizo lo que hizo, el problema quedaba ahí, no llegaba ni al estatuto de problema. Pero él no puede, no es que no quiera, que sea un canalla con su mujer, no puede aceptarlo para sí.
A mí la película me pareció graciosísima, sin embargo, no es esa la llegada, por lo que me han comentado, que tiene sobre los hombres.

Me pasó, me pasó de tener relaciones que se cayeran a pedazos porque hay hombres que son incapaces de reconocerse falibles. Me pasó que me odiaran por ser económicamente independiente. Me pasó de ver hombres llorar porque no los necesitaba, sólo los quería.  

Mi pregunta es qué piensan hacer al respecto. Los hombres, digo, qué piensan hacer respecto de que el cuento que les contaron es una farsa. Que no necesitan ser héroes, ni proveedores, ni sementales. Qué van a hacer respecto del lugar que hoy ocupan en relación a una mujer ¡Que no es menor, joder! Se les abren las puertas a un tipo de vinculación mucho menos presionada, más equitativa, donde no los medimos ni los cuantificamos. 
¿Quieren eso o no? ¿Qué quieren los hombres de hoy que se criaron con el discurso de ayer? 

Freud se ha preguntado infinidad de veces qué quiere la mujer . Y esa pregunta ha sido retomada y reversionada otras tantas.
Creo que llegó el momento de preguntar- y preguntarse- qué quieren los hombres. Porque si hay algo que no va a reproducirse de parte nuestra, es un mandato. No nos interesa el disfraz del feminista, el eslogan de la igualdad o el discurso tonto y mal aprendido de la inclusión. Nos interesa, necesitamos, que tengan los huevos para decir qué carajo quieren y cómo se sienten cómodos.
Si no, es todo farsa y entonces vamos a tener realmente una crisis de vínculos. Tal vez, la peor de todas las épocas.   



domingo, 28 de octubre de 2018

Humano y divino.












Por Maite Pil.



A muchos de ustedes les habrá pasado de contarle a un amigo o amiga una situación determinada, un encuentro "amoroso", incluso un diálogo, algo que sucede entre dos, y que quien escucha diga pero qué ridículo. Es sorprendente cómo, incluso con gente que no necesariamente tenemos un alto grado de intimidad o vínculo consolidado, se da una suerte de acuerdo. Y el acuerdo recae, fundamentalmente, en no juzgar de absurdo lo que está sucediendo.

Yo les adelanté por Facebook que hoy quería hablar- hablo cuando escribo- la diferencia entre la ilusión y el enamoramiento. Me gusta pensar que esos pequeños acuerdos son el punto de partida para ilusionarse. Ahora, ¿ilusionarse respecto de qué?

El otro día dije que para enamorarse era necesario estar un pelín aburrido; me corrijo y digo que para ilusionarse, y no enamorarse, hay que estarlo. Cuando hablo de aburrimiento me refiero a cierto espacio simbólico inutilizado o, como leí alguna vez por allí, para que alguna cosa exista es necesario que en alguna parte haya un agujero.
Pero estar agujereados no nos garantiza estar predispuestos a la ilusión. Todos lo estamos, de alguna u otra forma, nadie puede declararse completo, rellenado. Y eso no nos garantiza estar dispuestos a la ilusión de enamorarnos.
Entonces, ¿hay predisposición o no la hay? ¿Es una cuestión de voluntad?


Quienes abordan el estudio del amor desde una perspectiva científico-biológica hablan de neurotransmisores, preselección genética y estimulaciones químicas. Nos reducen a una especie más cuyo fin es la reproducción.

En las antípodas de este pensamiento podemos ubicar al psicoanálisis. Y en este sentido, para ilustrar por qué lo coloco de la vereda de enfrente, voy a citar un dicho de Lacan, que adoro por su ironía y simplismo: Un acto no es simplemente algo que les sale así, una descarga motriz (...) aun cuando, con la ayuda de cierto número de artificios, de diversas facilidades, o incluso del establecimiento de cierta promiscuidad, se llega a hacer del acto sexual algo que no tiene más importancia, como se dice, que beber un vaso de agua. No es verdad, y lo percibimos rápidamente, porque ocurre que se bebe un vaso de agua y después se tiene un cólico.

La ilusión, entonces, sería la antesala de otra instancia, un estado en el cual el otro tuvo una participación reducida. La ilusión es un poco narcisista, es acostarse en soledad a fantasear. Es la paja. Como me dice muchas veces mi amiga M., no tengo en quién pensar.

Para enamorarse, sin embargo, el otro tiene que tener una participación más activa. Incluso uno mismo debe asumir un rol activo, el de la conquista. Aún cuando, conquistar, sea un hacerse conquistar. A veces es estratégico y a veces no, responde a otras características. Los hombres - perdón que generalice- suelen estar dispuestos a la ilusión y poco dispuestos a enamorarse. Enamorarse es, indefectiblemente, asumir el agujero frente al otro.

Antes de empezar a escribir, y en relación a un diseño, le dije a un amigo que no tuviera miedo de quedar como un hincha pelotas con las modificaciones. Me dijo que no, que en absoluto él temía eso. Al despedirlo, diciéndole que me iba a poner con el blog, me dijo: escribí sobre el temor a ser hincha pelotas.
No es un temor infundado el que tenemos en este sentido. De hecho, la tecnología se ha puesto en función de cuantificar y medir el rechazo. Los tildes azules, la hora de la última conexión, y un sin fin de herramientas que usamos para flagelarnos y estipular el deseo y la intención ajena.
Aún así, teniendo todo un aparato tecnológico-capitalista confabulando en nuestra contra, la fantasía de lo que podría haber sido no muere. La fantasía neurótica del desencuentro, de la pérdida por el malentendido, o la falta de timing, van a subsistir.
Porque, a fin de cuentas, ilusionarse es humano y enamorarse es divino.













































































domingo, 14 de octubre de 2018

Un poliamor y dos pancitos






Por Maite Pil.




De un tiempo a esta parte está en agenda, se viene debatiendo, la idea del poliamor. La premisa fundamental, para simplificar, sería que una persona mantiene varias relaciones en simultáneo, con conocimiento y consentimiento de los otros actores que, a su vez, también podrían estar teniendo otras relaciones en simultáneo también consentidas por los otros.

En mi época, porque ya me empiezo a sentir un poco vintage, a esto lo llamábamos estar con más de uno. Claro que la diferencia fundamental radicaba en que no había explicitud. Se entendía que al no haber un compromiso manifiesto, formal y enunciado, cada quien podía, si quería, estar o no con otras personas. Pero claro que el compromiso ausente, en el caso al que me referí recién, tenía que ver con la monogamia. Es decir, la exclusividad. Y el gran salto de estatuto, entre este tipo de vínculo y el comprometido, era ese justamente: decir que estamos solamente juntos. 
Lo más interesante de esto es que, en definitiva, en ese salto de estatuto, lo que más trascendía no era tanto la idea de dejar a otros de lado sino que, ese acuerdo, era el signo de amor por excelencia. Importaba más eso, ser elegido exclusivamente, sentirse amado, que las nuevas cláusulas del contrato.

Yo -y creo que muchos y muchas coincidirán conmigo- no puedo dejar de pensar que el amor es extraordinario, en el sentido estricto de la palabra; es aquello que nos saca del anonimato, que nos hace especiales respecto de otros, que nos coloca en un lugar de privilegio para el amante. Sin embargo, llegado a este punto, me encuentro con una gran contradicción cuando pienso en la relación, que se da muchas veces, entre el amor y los celos. Los que hemos sufrido celos, ya sea porque fuimos celosos o fuimos celados- o ambas- sabemos que la fantasía fundamental que se pone en juego casi nunca es si él o ella ama a alguien más. Lo que atormenta en este tipo de fantasías es la posibilidad de que se desee a alguien o algo- porque a veces se es celoso del trabajo, o de los hijos de otro matrimonio, etc.- más de lo que se lo desea a uno. Es decir que, el estatuto que nos da el ser amados, no es reaseguro suficiente, no nos alcanza. No quiero con esto dar la impresión de que los celos son el parámetro por excelencia para cuantificar el amor de una persona. No siempre es mediante los celos que esta intriga que nos impone el sentirnos amados es manifestada, se expresa o, para ponerlo en otros términos, se sintomatizaDe algún modo, cuando alguien nos ama, nos preguntamos por qué a mí
Es por esto que me surge la inquietud respecto de si no será esa pregunta - por qué a mí - la condición necesaria para cuestionarse por el deseo del Otro. Tal vez éste sea un punto clave en todo este meollo: ¿Hay amor allí donde el deseo del Otro no me conmueve?  

Concluyo, entonces, sin demasiadas certezas ni grandes revelaciones, que lo que me hace ruido del "poliamor" no está relacionado ni con una cuestión moral, ni de economía pasional; ni siquiera me resulta novedoso. Me molesta el nombre, lisa y llanamente, debo confesar que es eso. Me molesta en el mejor de los sentidos: me hace pensar y me moviliza. ¿Por qué no denominarlo "polivínculo"? ¿Por qué es necesario meter al amor en el medio? ¿Es acaso una forma de "sacralizar" una modalidad que puede ser interpretada - o juzgada- como inocua y pasatista? ¿No es acaso su denominación una forma de evadir el deseo?














domingo, 7 de octubre de 2018

La pantufla de la vida.












Por Maite Pil. 

A los catorce años tuve un novio del cual me enamoré perdidamente.  Nunca tuvimos relaciones, yo era virgen  y él no quería tener nada que ver con mi situación. El noviazgo habrá durado unos meses hasta que me dejó. Olvidarme de él me costó horrores. Yo lo adoraba, estaba absolutamente tomada por él. Me rompió el corazón. Después de muchos años, volvió a aparecer. Nos vimos algunas veces para tomar un café  hasta que un día me invita a dormir. Literalmente, a dormir con la ropa puesta. Yo acepté porque pensé que era una especie de juego, hacer como si no fuera a pasar nada. Pero no. Él estaba decidido a que no pasara nada. Nos despedimos a la mañana siguiente y nunca más nos volvimos a ver.
A las pocas noches de ese suceso, inexplicable y absolutamente absurdo, soné con él. Lo soñé con un pene enorme, que le daba vuelta hacia atrás, como una especie de cola de diablo. Me decía que no podíamos tener sexo porque con semejante pene no se podía. Yo lo abrazaba y ,por detrás de la espalda, le acariciaba la cabeza y le decía que no importaba. Por supuesto que este sueño se lo llevé a mi analista de turno y se hizo un festín. 

Mi amiga M. se ríe de mí cada vez que le digo que alguien me intriga, sexualmente hablando. Me dice que no es intriga eso, que es calentura. Y yo le digo que no, que también podría ser, pero que es fundamentalmente intriga. De alguna manera ese episodio que relaté, y ese sueño, me traumaron. Yo necesito corroborar, por decirlo de manera elegante, que no habrá obstáculo. Supongo que la desnudez de cualquiera puede generar curiosidad, pero creo que la desnudez masculina mucho más. 
En este sentido, entiendo que algunos hombres le escapen a ciertos encuentros a medida que la expectativa se va haciendo mayor. Ya sea evitándolo o no consiguiendo una erección, que es una forma de escape también. 
Pero la sexualidad no es genitalidad. Si al encuentro sexual lo vaciamos de toda fantasía, de todo sentido más allá de lo físico, nos queda una coreografía repetitiva y limitada. No hay demasiado que inventar. Incluso se puede sumar gente, objetos, lencería, pero nada de eso por sí mismo aporta si no hay una comunión anterior, un acuerdo erótico tácito que emerge de forma misteriosa con el otro.  
Eso explica por qué muchas veces cuanta más puesta en escena se hace, menor es el placer. No hay nada más deprimente que proponerse ser pasional con alguien con quien ya se perdió, o nunca se alcanzó, la excitación. 
Me causa mucha gracia cuando alguien me cuenta que tal coge mal. Me resulta tan absurdo como que me diga que no sabe respirar ¿Qué es lo que hace mal? Es como que yo diga que mi novio de la adolescencia no coge. Sí, coge, pero no conmigo. 
Hay una presión estética, y de rendimiento, colocada en los cuerpos, que no contribuye al placer. Vivimos en una sociedad que busca incansablemente hacer del cuerpo el gran protagonista del sexo. Pero, en verdad, es sólo un instrumento a través del cual se experimenta. 
Yo soy radical en este sentido, creo que si se rompe el erotismo, o el acuerdo no surge con el otro, no hay nada que tenga sentido hacer. Claro que el mercado nos ofrece soluciones concretas para resolver los problemas de erección y de lubricación ¿No te calienta? No te preocupes, nosotros hacemos posible que cojas igual que si te calentara. Pero ¿de qué nos sirve eso realmente?

No soy de las que piensen que el deseo sexual esté en crisis porque haya mayor apertura social respecto de la sexualidad y sus manifestaciones. Creo que puede entrar en crisis en la medida en que ya no sea condición necesaria para el encuentro con el otro. Somos nosotros mismos los que muchas veces aceptamos evadir esta cuestión y poner el cuerpo en función del sexo como una actividad más. Basta con leer la cantidad de notas periodísticas que hablan sobre los beneficios del sexo- como quien habla de las propiedades vitamínicas del tomate- para darse cuenta de que hay un vaciamiento de erotismo. Pero coger no es como comer o ir al gimnasio, aunque nos los quieran vender de esa misma forma. Por eso siempre tengo presente una frase de Lacan que dice: no nos sorprende que un hombre pueda eyacular mirando una pantufla.  La pantufla, aunque no nos sorprenda, es el verdadero misterio de la vida. 




domingo, 30 de septiembre de 2018

Lo que leí cuando leí.










Por Maite Pil. 


Las mujeres heterosexuales fantaseamos, muchas veces, con que esos amigos hombres que tenemos nos revelen grandes verdades sobre ellos y entonces así finalmente entenderlos y sacarles ventaja. Ventaja al cometido de la conquista. Pero no, resulta que tienen los mismos dramones que una. No saben si mandar un audio o un texto, si aparecer, no saben cómo leer las actitudes de ella, no tienen una certeza que ofrecer,  ningún saber les es propio cual hombre. Nadan las mismas aguas de la incertidumbre que nostras. 
A mí, el amor, y la sexualidad, me importan desde que tengo 6 años. Puedo recordar patente un almuerzo en casa de mi madre, con mi tía de invitada, y preguntarles -ambas psicoanalistas- qué era el Complejo de Edipo. Claro que en ese momento yo no sabía que estaba preguntando por ambas cosas- sexualidad y amor-, lo sé ahora. 
Con el psicoanálisis me pasa un poco lo mismo que con los amigos hombres, pero con resultados un poco más satisfactorios: es el lugar desde el cual espío, repienso y trabajo- cuando efectivamente estoy en análisis- mis dos grandes temas. 

Una nueva virilidad y otros ensayos sobre el sexo y la época de Gabriel G. Artaza Saade (psicoanalista) - a quien le agradezco la gentileza de habérmelo regalado y dedicado- es uno de esos libros que me resultarán de consulta constante. Voy a hacer un breve recorrido, arbitrario, de los puntos que más me han interesado. 
Supongo que todos tenemos modalidades diferentes de lectura, creo que el modo en que se lee dice mucho del modo en que se vive. Yo leo, fundamentalmente, aquello que puedo anudar a una experiencia. En este sentido, si bien no hago una lectura académica, puesto que no lo soy, tampoco hago una lectura de pseudo autoayuda del psicoanálisis. No encuentro-ni busco- consejos o nuevas formas de resolver. No hay nada allí que me sirva para modificar un acto - para eso está la terapia-. Como tampoco lo hay en mis experiencias. Jamás pude aprender de lo que me pasó cual profilaxis ante nuevos errores. La experiencia siempre ha resultado paliativa, tal como me impacta la lectura. 


"Amor, deseo y goce" es la primer parte del libro y es sobre la que me voy a pronunciar. 
Lo primero que encuentro allí es un interrogante respecto de qué es lo que nos gusta de alguien, la causa del deseo. Y de esto ya podemos desprender la primer cuestión: qué de alguien. Cuando hablamos con alguien y le contamos sobre X nos pregunta, muy comúnmente, pero qué te gusta del chabón. Es decir que todos, de alguna manera, tenemos incorporada la noción que hay una parcialidad del gusto. No te gusta todo el chabón: el gusto -o deseo- está recortado. Esa causa de deseo, ese recorte, el rasgo insustancial - muchas desconocido para uno mismo- es lo que Lacan denomina objeto a. 
Emparentando esto con lo primero que dije respecto de que ni la experiencia, ni el amigo hombre, ni la lectura nos dicen demasiado sobre lo que vendrá, y mucho menos sobre cómo conquistar a alguien, me pregunto ¿se puede realmente conquistar a alguien? Si ni siquiera uno puede, a ciencia cierta, saber qué le gusta de quien le gusta.

Otro tema que encuentro es la separación que se da, mayormente en el hombre, entre el amor y el deseo. Cómo puede ser que cojamos tan bien y no se enamore. ¿Nunca se hicieron esa pregunta? También habría que preguntarse por qué se busca enamorar desde ese lugar, pero eso lo dejamos para otra ocasión. Digo más arriba mayormente hombres porque está íntimamente vinculado al vínculo con la madre, la idealización de esta figura y la degradación de la otra, la garchadora
Es válido preguntarse si el feminismo, cual revolución, va a poder disolver a lo largo de los años estas cuestiones psíquicas tan arraigadas que superan lo que, muchas veces, se mal resume como la ideología del machirulo. 

Por último me interesa compartirles esta idea de legalidad heterosexual en los hombres.Que creo es uno de los grandes temas de la época. El autor los describe como tipos que, efectivamente, son heterosexuales pero hay algo ahí del orden de la virilidad que no cierra. Cuentan con una virilidad pasiva, a la que le falta iniciativa, tipos a los que hay que bajarles los pantalones - me hace acordar a la anécdota que les conté del amante que me esperaba boca abajo en la cama-.

Es curioso que, justamente, antes se utilizara la expresión  tener los pantalones bien puestos para referirse a aquel que mandaba, al que tomaba las decisiones. Lo que me lleva a pensar, una vez más, que hay cierta venganza solapada. Que hay hombres que no logran acomodarse del todo a las nuevas modalidades vinculares que se están dando - a las mujeres también nos cuesta, eh-. Creo que la legalidad heterosexual -en esta lectura de época que me permito hacer y corre exclusivamente por cuenta mía- no es más que el síntoma del hombre que quiere, cueste lo que cueste, llevar los pantalones puestos.






domingo, 23 de septiembre de 2018

Bésame mucho, poquito, nada.






Por Maite Pil.




Pienso en los besos. Recordé que en mis épocas de adolescente terminaba con los labios en compota de tanto besarme, la cara raspada y alguna que otra paspadura. Una vez que se incorpora el acto sexual, en los encuentros con el otro, la cosa cambia. Los besos y todo ese ritual de franeleo calentón va desapareciendo, o se va acortando.
Ni hablar de lo que pasa cuando ya tenés una pareja con la que convivís. El beso empieza a desaparecer del sexo también. Se da una mezcla entre que ya no se lo necesita tanto, porque el código pasa por otro lado, pero también cierto componente de rechazo. Es como si de alguna manera aquella huella del beso como pasión quedara incorporada y no mereciera ser traicionada. Los besos pasan a ser un simple saludo, un piquito terrorífico y helado.

Hace algunos años, una amiga mía vivía con su pareja, y cada vez que yo iba de visita presenciaba el mismo tipo de situaciones. Él le decía, por ejemplo, voy acá a un par de cuadras y vuelvo, y se acercaba a ella y le daba un beso. A mi no me saludaba. Y cuando llegaba iba hacia ella y le daba otro beso. Y yo pensaba pero por dios qué pesado! Cuántas veces va a saludarla este pibe por día. Después entendí que ya estaban entrando en la etapa que mencioné antes; él tenía pánico de perder los besos en la pareja. Es más, ahora sospecho que probablemente se quedara abajo haciendo tiempo y fuese todo una maniobra para poder besarla.

Lo típico que se pregunta cuando una relación viene en picada es ¿hace cuánto que no cogen? Y yo creo que esa pregunta merece ser suplantada por ¿hace cuánto que no se besan? Son los besos, a mi entender, y no el sexo- que incluso puede ser muy placentero aún cuando estés durmiendo con el enemigo- el indicador óptimo para evaluar el vínculo amoroso.  

Hay una canción de Los Caballeros de la Quema que dice "no hay besos campeones en un primer round". No coincido para nada. El beso es o no es. Funciona entre dos o no funciona. No hay mucho margen para trabajarlo y mejorarlo. Tal vez quiso decir que no hay encuentro sexual campeón en un primer round, eso sí puede ser. Pero claro, no pegaba mucho la frase con la estrofa.

Ayer le pregunté a una amiga, O., cómo le había ido con el señor que se había visto, y me empieza a contar más o menos el encuentro hasta que me dice pero no me coparon mucho los besos, viste. Ya está, no se diga más, el flaco no le movió un pelo.

Yo tengo un tema con los besos, sobre todo los besos como saludo, lo reconozco. En ese tipo de vínculos que no son ni chicha ni limonada pueden ser un problemón. Que te encontrás y te saludás con un beso en el cachete y te despedís con un beso en la boca. Ok, la primera vez está bien, pero y la segunda y la tercera y la cuarta... Qué fiaca y qué stress. Ni hablar si en el medio se cuela un encuentro público con gente conocida en común. Yo he explotado más de una bomba en esas situaciones. Preferiría ser como los yankees que casi no se besan al saludarse. Se dicen hola y listo.
La otra vez hablando con M., que iba a encontrarse con un flaco por segunda vez, le pregunté ¿y cómo lo vas a saludar? Y no entendía de qué le hablaba ¿Cómo pelotuda cómo lo voy a saludar?, me decía. Sí, si lo vas a saludar con un beso en el cachete o un beso en la boca, le insistía yo. Ah, pero vos te hacés problema por todo, me replicaba. Hasta que cayó en la cuenta de que lo que le estaba haciendo era una pregunta súper válida. Ella iba siempre a la boca porque nunca se lo había cuestionado.
Al final, ese encuentro se frustró, pero de haberse concretado, estoy segura de que lo habría saludado con un beso en el cachete.

domingo, 16 de septiembre de 2018

La grieta.





Por Maite Pil. 





Este es el primer domingo, desde que retomé el blog, que me deprimo. Deprimir en términos de domingo. La angustia anticipatoria del lunes, un pelín de arrepentimiento por el uso del tiempo libre, en qué se invirtió, qué expectativas hubo, etc. Hay una película de Netflix que se llama "La enfermedad del domingo", no sé a qué remite el nombre, no la vi, pero me parece genial. Me hubiese gustado que sea de mi autoría, de alguna manera, me siento dueña del domingo y sus derivados. 
Había logrado esto a fuerza de imponerme una rutina de escritura y soledad. Generalmente es un día que no estoy con mi hija y eso me permite también hacer uso del silencio hogareño- cosa vital si las hay-. Pero no es sólo eso, es tener una voz como mujer. Esa voz que me dijo hace unos meses atrás, el día de mi cumpleaños, que me tenía que ir corriendo de la pareja en la que estaba. Que no quería ni torta ni velas, era absurdo pedir tres deseos si no podía hacer esa única cosa por mí. 
La gente me llamaba para saludarme y me preguntaban qué planes tenía y yo les decía, ninguno, me estoy separando. Y algunos pensaban que era uno de esos chistes incómodos que suelo hacer y otros no sabían cómo darme ánimos porque todo les parecía sumamente triste. Entonces yo terminaba calmándolos ellos, como siempre hago cuando me pasa algo, diciendo que bueno, que no era tan grave, que no era la mejor noticia para dar, pero que la vida continuaba y yo estaba decidida y feliz de estar decidida. Así fue que empezaron dos o tres meses de locura absoluta. Pero yo elegí pararme estoicamente en el medio del samba.
En el transcurso de esos días, se separa mi vecina también. Ya le he dedicado unas palabras a ella. Siempre me llamó la atención la transformación física y estética que tuvo a partir de la separación. A las semanas, ya alguien la estaba trayendo en auto del trabajo. Al principio, se quedaban un largo rato en la puerta. Luego él empezó a pasar y ayer ella se mudó a su casa.
¿Cómo puede salirse de una separación queriendo convivir? Eso, incluso, me parece anecdótico ¿Quiénes son estas personas que en términos de meses van de cero a cien ? Hay una grieta -que no es sólo amorosa- que separa a estas dos tierras. 
Yo he cruzado alguna vez al otro lado - el cruce en el otro sentido es casi siempre un viaje de ida- y los resultados no fueron buenos. Mi amiga M. - quien está chocha de que la cite tan seguido- día por medio me (se) pregunta por qué nunca un tipo normal. A mí no me parece normal lo que hay del otro lado, pero entiendo su queja. Yo también me quejo. Somos de una generación que se queja de los hombres, pero lo estamos revisando.  Identificar de qué lado de la grieta se para uno es fundamental. Por supuesto que la cuestión que separa no es creer o no creer en el amor, eso sería una simplificación tonta. Sería más bien con qué limitaciones. Es decir, qué preguntas se le formulan y qué expectativas hay ahí colocadas. Hay una demarcación que se va construyendo y reviendo. Exige un dinamismo y cierta introspección. Es un  modo de habitar la pareja -si es que ésta se consuma- y es un modo también de asumir las dificultades de generar semejante comunión. Habrá gente, habrá amores, que soplan y hacen botella. Los que no, sabemos la importancia de no perder el aliento. 

domingo, 9 de septiembre de 2018

A tomar por culo.





Por Maite Pil. 


Leí una frase el otro día, más bien una oración, que me interpeló de una forma particular. Hay ideas que logran acomodar, tiene una capacidad ordenadora, que le ponen palabras a una sensación, es decir, transforman el sentir en conocimiento: "(...) somos amables pero no amamos".

De pronto se me vino una lluvia de recuerdos, un aluvión de gracias recibidos. De gracias insólitos, horribles, cobardes, idiotas. ¿Hay algo más violento que transformar en un favor aquello que no lo es?
Tal vez no sólo de favores se trate. Ese ser agradecido, educado, es también una forma de trazar la línea que separa la acción, el deseo, del recibimiento. 
Pero no amamos, claro que en este punto no tomo el amar de forma literal. Casi nunca hablo de amor, creo que cuando hay amor no hay demasiado para decir. Me importa el amor en tanto falta, pensar qué lo rodea, cómo se lo anticipa. 

Mi amiga M. me contaba hace un tiempo que había estado con un hombre al que, en primera instancia, le pidió que no pasara nada porque se estaba viendo con alguien más, pero al calor de los besos, ella cambió de opinión ¡Y él no! Quién carajo se piensa que es para respetarme de esa manera ¡Por respeto me decía! Pero dejame de joder. Lamento profundamente no haberle prestado más atención a esto, nos hubiésemos ahorrado descubrir lo que descubrimos por vías más grotescas. Su intento por permanecer visto como un tipo correcto lo llevó a las más impensadas incorrecciones. Hacía lo que debía, pero de deseo, ni hablar. 

Supongo que cuando suceden este tipo de cosas, estos desencuentros de deseo, las broncas son inevitables. Al menos, como estado transitorio. No conozco una sola persona que me haya dicho no me quiere ver más, pero me lo dijo en re buenos términos, qué bueno/a que es. No existe eso. El rechazo es siempre doloroso. Claro que con esto no estoy diciendo que las diferentes formas de comunicarlo den lo mismo. Pero a fin de cuentas, reemplazar lo que no sentimos por buenos modales, no es la solución. No hay solución, de hecho. Buscarla, probablemente, sea una utopía culposa. 
Creo que las mujeres, en este punto, y tal vez desde un lugar intuitivo, sabemos mejor que los hombres que la incomodidad es inevitable. Hace tiempo vengo pensando que hemos transformado esto - el estar incómodas- en una forma ventajosa de habitar ciertos vínculos. 
You can´t snort a line of coke off a woman´s ass and not wonder about her hopes and dreams, it´s not gentlemanly, dice el protagonista de la serie "Californication" en uno de sus capítulos. 

De alguna manera esta frase ilustra cómo pensar en un intercambio justo en relación al encuentro con un otro es un poco absurdo: Un culo a cambio de escucha -una escucha programada y artificial-. 
Confundir simetría con reciprocidad o, mejor dicho, buscar la simetría allí donde lo recíproco no existe, sea, tal vez, el peor error evitable a cometer. 







domingo, 2 de septiembre de 2018

La paciente excepcional.




Por Maite Pil.

Te estás viendo con alguien. Todo marcha con la normalidad relativa que conllevan este tipo de relaciones. Pero de pronto una mañana, en el silencio matutino, algo suena a rajadura y vos sabés que todo está a punto de romperse. Nadie se sienta a desayunar. El café se toma de parados, acodados en la mesada o mirando por el balcón. Siempre te pareció un poco boba esta idea del lenguaje corporal, pero hay que admitir que el cuerpo da señales. 
Lo tenés bajo la mira, la rigidez en la cara es un hecho, poco se puede hacer para batallarla. Te debatís entre sacar un tema de conversación e ignorar el elefante o quedarte en silencio y mirando el piso para siempre. Él te desliza todo lo que tiene que hacer en lo que resta de la semana, vos sabés que el tiempo se acabó y te despedís con un beso espantoso, una pequeña puesta en escena de acuerdo tácito.
Te vas, empezás a caminar  y te cae como un rayo la certeza de que todo se fue al demonio. Pero ¿Qué pasó? ¿Por qué me di cuenta de que algo estaba pasando? 
Lo primero que hacés es contárselo a alguna amiga, o a todas, porque necesitás opiniones. Están las que te dicen que sí, que es la última vez que lo vas a ver, y están las que no te dan bola, que te dicen que sos una exagerada, qué sabés, capaz el chabón estaba dormido, te contestan. Y vos no entendés cómo hacen para sobrevivir en este mundo con esa mirada ingenua y optimista. 

La certeza cala cada vez más hondo. Querés distraerte con otras cosas pero la pregunta no cede y se vuelve más intensa ¿Qué carajo pasó? 
Estás pendiente del celular. Cada minuto que pasa sin un mensaje de él confirma tu teoría. Pensás que qué suerte que en dos días tenés terapia, sabés que tenés que llegar viva a ese día, ponerte metas cortas, como los adictos en recuperación. Volvés a hablar con una de esas amigas que no te dieron bola, le presentás todos los argumentos, no vas a parar hasta convencerlas a todas de que es así como decís, porque cualquier otra conversación te parece una pérdida de tiempo. Lográs quebrarlas, empiezan a trabajar para tu equipo. No estás sola, tenés cuatro o cinco mujeres pensando teorías y estrategias para vos. Se empiezan a barajar escenarios posibles. Están las que te dicen que le escribas vos, para tantear, están las que te dicen que esperes y están las que te dicen que es porque no se quiere enganchar. A esas las amás. 
Llega el día en que tenés sesión con tu analista. Te acostás en el diván y le contás la situación. Te angustiás, hablás de la ansiedad, por un momento hasta se pone sobre la mesa la idea de que seas vos la que está boicoteando el vínculo. Sabés que no es el caso, pero bueno, la que está ahí sos vos. Te menciona la palabra silencio, que qué te pasa con los silencios, y te quedás callada. Decidís ponerle onda a la sesión, tratás de ser cooperativa, pensás que bueno, que a fin de cuentas, esto te va a servir para la próxima relación. Que por algo hacés terapia y no vas al tarotista. Te da un poco de bronca, igual, sacás la cuenta de todos los años invertidos en tratar de ser un poco más sana. Te enojás y le decís a tu analista que por qué no podés angustiarte sin sentirte una loca. Te quedás mirando el cuadro que tiene colgado, no te queda mucho tiempo de sesión, querés decir algo que dé pie a una intervención genial. Pero no podés, estás tomada por el cuadro, no se te cae una idea. Le confesás esta fantasía que tenés de ser una paciente excepcional. La frase paciente excepcional rebota en el consultorio. Se te abren los capilares, te late la cara, podés escuchar el piii del silencio y un dejamos acá.  








domingo, 26 de agosto de 2018

La ceremonia de la bombacha.






Por Maite Pil. 

Mi tía me contaba el otro día que tenía una amiga que, para evitar encamarse en la primera cita con un señor, para trazarse un límite, se ponía la ropa interior más rota y fea que tuviera. Pero, qué pasaba, no le funcionaba como reparo y, finalmente, se terminaba acostando con el tipo así, con la bombacha impresentable. Y aunque el fracaso de esta estrategia fuese sistemático, lo repetía cada vez que una cita se le presentara.

Ayer surgió, en una conversación, la diferencia entre un plan y una ceremonia. Las ceremonias pueden consumarse con independencia de los planes, o al menos, los trascienden. 
Las citas, los encuentros, tienen mucho de esto. El casamiento, para no saltear lo obvio, es la ceremonia por excelencia que da cuenta de la consumación del amor. Hoy por hoy puede ser la convivencia, un primer viaje, etc.
El ejemplo que presenté antes me parece una linda forma de ilustrar cómo esto se cuela también en lo más micro: La ceremonia correspondería a la elección de la bombacha, el plan sería no coger.

Si tuviéramos que trazar una línea de tiempo, respecto de un encuentro con un otro, se podría componer de tres momentos; el antes, el durante y el después. Foucault diría que el mejor de los tres, es el último:  El mejor momento del amor es cuando el amante se está yendo en el taxi (...)  comenzás a recordar el calor de aquel cuerpo, el encanto de su sonrisa, el tono de su voz. 
Y a quién no le pasó, te quedás oliendo el perfume que te dejó en el pulóver y fantaseás con no lavarlo nunca más. O se te vienen fragmentos del encuentro y te agarra ese vértigo en la panza. Mi amiga M. me dijo genialmente una vez "son mariposas sexuales". 

Puede ocurrir, también, que la ceremonia se constituya en el durante.
Voy a contar esto porque pasó hace muchos años y jamás daría nombres. Tuve un amante con el que nos veíamos en una frecuencia semanal. Yo iba a la casa, generalmente los miércoles, llevaba algo de postre o alguna bebida, y él se encargaba de los ingredientes de la cena. Cocinábamos, tarta de berenjena - la hago muy rica- o fajitas, comíamos, mirábamos algo en la tele o poníamos música. Yo iba al baño, él iba a la pieza y me esperaba acostado en la cama boca abajo y vestido - no voy a entrar en este punto-. Todas las putas veces lo mismo.
Ay, pero qué embole, me dijo una vez otra amiga cuando le conté la situación que ya me estaba pareciendo, por lo menos, sospechosa. Pero no había forma, o yo no la encontré, de introducir una variación en los encuentros. Acá, plan y ceremonia se habían enlazado, de forma tal, que ya no era posible obtener uno sin el otro.
Hablo, en este caso en particular, de ceremonia y no de rutina, porque la rutina no abre paso a nada, nada se espera de ella, es un lugar que se habita, que se reproduce sin siquiera ser consciente de ello. Si lo pensara en términos zizekianos, podría decir que la rutina es a la pareja lo que la ideología es al hombre. 

En lo personal, se me dificulta darle la derecha a Foucault y decir que el después es mi instancia preferida. Dura un tiempo eso. Pero requiere de una renovación que no siempre sucede y a veces se convierte en un martirio al que le he dedicado ya varios comentarios.
La ceremonia preparatoria se puede vivir con entusiasmo, sí, que siempre conlleva la posibilidad de la desilusión, o se puede vivir con cierto desinterés, como defensa ante los nervios, y finalmente no haber ido lo preparada que se debía estar. 
Definitivamente me quedo con el durante - pero no el que relaté anteriormente-. Ese momento en que lo estás mirando y no sos ni consciente de lo mucho que te gusta, no hay nervios, no te preguntás de qué hablar, ni qué gesto hacer, si se te corrió el flequillo para un lado o para el otro. Fluye. Estás ahí y él está ahí. Punto final. 






















domingo, 19 de agosto de 2018

500 días de explicaciones.







Por Maite Pil. 





El otro día subí a facebook mi opinión respecto de la película "500 días con ella", que es, básica y resumidamente, que si la película pretendía relatar una historia de amor masculino, fracasa; ya que el protagonista está en una posición femenina y todas las mujeres nos identificamos con él. 
Me saltaron a la yugular. Tal vez, el problema fundamental de mi razonamiento fue asumir que existe tal cosa llamada "amor masculino". Pero en primer término, y por sobre todas las cosas, mi mayor error fue no haber establecido qué es femenino y qué es masculino, en tanto posiciones. No se trata de convenciones relacionadas con el género o el sexo biológico, las nenas rosa y los varones celeste, no. 
Posición femenina sería aquella que asume su falta, su castración. Posición masculina, estaría del lado de la potencia, del tener y del poder. Por ejemplo, Ray Donovan, el personaje de la serie titulada de la misma forma, es un claro ejemplo de una posición masculina, el tipo es un pene andante. Ojo, hay posiciones masculinas en mujeres también, sin ir más lejos, a Cristina Kirchner se le ha achacado muchas veces no hacer política desde la femineidad. 
No quiero meterme en terreno escabroso, son épocas donde la lucha por la igualdad en materia de derechos no está del todo delimitada en relación a la pretensión de igualdades subjetivas. Supongo que sólo el tiempo, y el avance del feminismo, nos revelará cuánto se sobredeterminan. 

Pero volvamos al amor. Si es así como dijo mi querido ex psicoanalista L.L. (¿existe ese término, ser ex psicoanalista de alguien? ¿Tener un ex psicoanalista?) que amor masculino es una contradicción, es decir, que siempre se experimenta al amor desde una posición femenina, no debería haber intriga alguna. Bastaría con haber pasado por la experiencia de amar para saber cómo ama un hombre. Sin embargo, esto no es así. Pienso entonces que, tal vez, la intriga fundamental, no sea cómo ama sino cuándo y por qué

Las mujeres - no es que me adjudique el derecho de hablar por todas las mujeres sino que a los fines de la reflexión me sirvo de generalidades o de lo que yo entiendo por generalidades- queremos incesantemente saber por qué. Y la pregunta no es tanto por qué me ama sino por qué no me ama. No es necesario tampoco llegar al extremo de la pregunta sobre el amor, se puede observar en cuestiones más pequeñas: por qué me clavó el visto, por qué no me contesta, por qué no me dijo de hacer algo este fin de semana, etcétera, etcétera. Es un flagelo. 
Retomo la otra pregunta y digo cuándo porque estoy convencida de que los hombres están completamente atravesados por las circunstancias. Difícilmente un tipo que no quiera enamorarse se enamora. Tienen que predisponerse para el amor. Las mujeres, en cambio, solemos estar más desprevenidas; yo, por ejemplo, podría sucumbir a los encantos de un seductor en medio de un incendio. Claro que no sería el momento ni el lugar, pero podría suceder y no me resistiría. 
Tal vez - y esto corre exclusivamente por cuenta mía- el hombre se sirva de las circunstancias para defenderse de caer en esa postura que necesariamente implica el amor que es la de la falta, la feminización. Hace muchos muchos años tuve un novio que cada vez que yo le planteaba algo de la relación, me decía que tenía que pagar las expensas. No miento, así de absurdo como suena. Yo lo entendía, igual. Las expensas lo sacaban a flote, no era un insensible ni un psicópata- aunque le hubiese encantado serlo- era un tipo que no podía amarme y pagar las expensas al mismo tiempo. Esta fantasía de no poder cumplir, de no poder rendir, de que una mujer trastoca el orden de las cosas, es masculina. Por eso muchas veces lo hombres no aman sino a fuerza de convencimiento. Hay que convencerlos y, en muchos casos, darles garantías. Las mujeres- o cualquiera que se identifique con una posición femenina-, al ya nadar en las aguas de la castración, no tenemos tanto rollo con esto. Tenemos otros, obviamente. 


En fin, espero haber echado algo de luz respecto de lo que quise plantear, fallida e incompletamente, el otro día. Yo, por mi parte, seguiré con este espacio de reflexión que me reservo para compartir con ustedes. El objetivo no es tanto encontrar respuestas, mucho menos ofrecérselas como tales a ustedes, sino, al menos, delimitar los misterios que me importan en esta vida. 













sábado, 11 de agosto de 2018

Qué forra.








Por Maite Pil. 





Un día arreglé un encuentro con un señor. Nos encontramos en un famoso bar de Palermo. Él me estaba esperando en la barra. Era un día de semana, no era tarde, no había mucha gente. En la barra, éramos sólo nosotros dos. Yo suponía de qué iba la cosa. Unas cervezas y después, el después. Pero saberlo, suponerlo, es muy diferente a evidenciarlo. Además, en el medio, siempre puede pasar lo impredecible. 

En un momento él me dice que va al baño y se va. Yo me bajo de mi banqueta, me acomodo las ropas, siempre hay una media que se baja o se sube. Y en el piso, a la altura de su asiento, mirándome, yacía una caja de preservativos inmaculada. 
Son de él, pensé. Qué hago. No puedo decirle que se le cayeron. Sería como contar el final de la película. Y mirá si los compró para usarlos con otra. O peor, no son de él y yo doy por sentado una situación. Pero si son de él y después nos faltan, es un garrón. Porque si no se los doy, y nos vamos de acá sin forros, y le digo en el camino que compremos, me va a decir que no, que él ya tiene. Y yo qué le voy a decir ¿Estás seguro? Es absurdo. Dejarlos tirados no es una opción. Porque además corro el riesgo de que los vea en mi presencia ¿Y si pone cara de incomodidad cuando los ve? Me voy a dar cuenta de que los encontró y yo también voy a poner cara de incomodidad, y a nadie le gustan esas caras. No, yo no puedo presenciar el momento en que los encuentre. 
Dejarlos tirados no es una opción. ¿Y si es un experimento? ¿Y si los dejó tirados a propósito para que los encontrara? ¿Será su forma de invitarme a cojer? ¿Será un psicópata? ¿Será una prueba que tengo que pasar? Me siento una rata de laboratorio ¿Qué hago? 
Bueno, tengo que repasar mis opciones, dejarlos tirados es una, con el riesgo de que ambos muramos de vergüenza. Levantarlos y decirle que se le cayeron, con el riesgo de que me diga que no, que no son de él, y se sienta mal. Yo, honestamente, después de este desgaste no tengo capacidad para hacer sentir bien a alguien. Levantarlos y preguntarle si se le cayeron... ¡Pero por Dios! Si es obvio que son de él, no hay nadie acá, y quedar como una ingenua que no sabe a qué vino. No. 
Se los guardo en la mochila que está colgada del gancho. Eso. Ya fue. Se le deben haber caído de otro lado, si esto tiene doble cierre y está perfectamente cerrado, pero se los guardo en el bolsillo de la mochila igual. Peor es nada. Al menos así los saco del piso y me evito la confrontación.
Ya, ahora, Maite, agachate y agarrá la caja de forros y guardásela en el bolsillo de la mochila. Maite, va a salir del baño y vos todavía no resolviste qué hacer y el tiempo va a resolver por sí solo, eh ¿o qué te pensás, que va a estar en el baño por siempre? 
Le sonreí al barman, me agaché a agarrarlos, se los guardé en el bolsillo de la mochila y me volví a acomodar en mi banqueta. 
Cuando llegamos al telo, él me dice no encuentro los forros. Buscaba en los bolsillos de la campera, del pantalón. Yo, con mi mejor cara de desentendida, le contesté ¿no te fijaste en la mochila?
Y los encontró.