domingo, 16 de diciembre de 2012

Breve sueño de amor


Por Maite Pil

Yo estaba a los pies de tu cama, parada, y vos recostado me contabas que siempre que hablabas de mí decías “mi amor”. Y yo te miraba con cierta vergüenza  y me reía, y vos me decías, que sí, que claro, que me amabas. Lo repetías tres veces. Y yo,  más que decirte que yo también, quería darte las gracias. Saltar al colchón, besarte y seguir riendo de felicidad. Y en un momento iba al baño y recortaba  la tapa del inodoro porque sobresalía. Y el plástico sobrante formaba medio corazón. Iba a la habitación y te lo mostraba, me lo ponía en el pecho para que lo vieras. Vos tenías una sonrisa. Era una señal, hasta los objetos nos señalaban algo sobre el amor. Y vos me decías “ves por qué te amo, porque hacés esas cosas”. Y yo pensaba que tenías razón, que todo lo que hacía lo hacía para que me amaras. Nunca fuimos tan felices. Ojalá vos hubieras tenido este sueño. Estoy segura de que si lo hubieras soñado te habrías enamorado de mí. Entonces entenderías por qué nunca me fui, por qué nunca me voy. Sentirías miedo de que alguna vez lo hiciera y me dirías algo parecido a una confesión.
Te lo quería contar por eso. 

jueves, 29 de noviembre de 2012

Llamado a la solidaridad

Por Flor Bea
 
Se necesita con suma urgencia hombres que PREGUNTEN.

Estoy en llamas de furia, lo advierto. NO hay nada que me ponga de peor humor que un hombre no me pregunte qué te pasa cuando hago de todo, ¡¡¡todo!!! para que se dé cuenta de que me pasa algo. O sea, qué les pasa a los hombres que, cuando es evidente que algo me pasa, me siguen hablando como si nada!!! O sea, lo llamo por teléfono:
–Hola.
–Hola.
–Hola, Flor, ¿cómo estás?
–Bien, no, no sé, más o menos… ¿Dónde estás?, se escucha como el culo.
–En el colectivo.
–Bueno, ¿no te podés correr?
–¿Adónde?
–No sé, adonde se escuche mejor.

Y pienso: por mí bajate. Pero sé que si le pido que se baje voy a estar siendo egoísta, además de que no solo que no va a bajarse sino que va a creer que estoy loca. Siento odio pero sigo la conversación de la mejor manera que puedo.

–No, todo bien, no importa, te quería decir algo importante pero se escucha mal.
–Yo te escucho bien, decime.
–No, no importa.
­– Bueno, ¿cómo te fue en el trabajo? ¿Bien?
–Sí.
­–¿Y ya llegaste a tu casa?
–Sí.
–¿Vas a cocinar?
–No. ¡Y no te escucho nada son ese ruido!
–Bueno, te llamo a la noche.

¿¿¿¿¿Qué?????? ¿¡¡¡No le da intriga lo que tenía para decirle!!!? ¿¡¡¡Y no se dio cuenta de que le contesté todo con monosílabos, que es obvio que algo me pasa!!!? Además, ¡¿a la noche?! Son las seis de la tarde. Primero: qué es la noche, ¿las 8?, ¿las 9?, ¿las 10?, ¿10.30? Para las once, si no me llamó, me suicidé.
Además de que seis y once lo estaba llamando de nuevo.

–¿Pero qué pasa?
–De todo, pero no sé, ¿a qué hora me vas a llamar?
–Cuando llego a casa, como siempre.
–No, no sé a qué hora llegás a tu casa.
–A la de siempre, sí sabés… no te preocupes, hablamos más tarde.

Peor. Mirá, al menos la noche me la puedo figurar. Más tarde es una coordenada de tiempo que mí no se me representa de ningún modo en concreto, y yo NECESITO cosas concretas. A ver si empezamos a entendernos mujeres y hombres. De más está decir que entré en un ataque de llanto en cuanto cortamos… Y no podía hacer más que desear que me llamara en ese momento y atenderlo con la voz de llanto desgarrado para que de una puta vez me preguntara qué te pasa, a ver si con ese llanto seguís sin preguntarme… Qué qué me pasa. De todo: que tengo TODA la ropa sucia, que me dijiste que me llamabas más tarde y no sé lo que eso significa en tu mundo, que se rompió el collar turquesa, sí, el que te encanta, que el incienso es más grande que el agujero del porta incienso, que mi jefe es un imbécil y hoy tenía olor a chivo, que hay ruido porque es hora pico y la gente parece que no sabe conducir sin tocar bocina, que se cortó el agua esta mañana y no me pude bañar y ahora voy a tener que bañarme de noche y el pelo me va a quedar como el culo, que se me había ido la menstruación pero resulta que hoy se me manchó la bombacha con una gota de sangre porque se va pero viene y hace lo que le parece, ah, y que me quedé sin papel higiénico y estoy usando rollo de cocina y no pienso invertir un solo minuto de mi puta y aburrida vida en ir a un almacén a comprar papel higiénico. Pero sabés qué, dejá, ni te preocupes por preguntarme lo que me pasa. Ya ni me importa, ¿sabés lo que voy a hacer? Voy a bajar a la panadería y me voy a comprar TODAS las tortas y me las voy a comer todas y no pienso guardarte nada, y voy a engordar y a reventar y te vas a joder vos también porque voy a estar gorda y fea. Pero feliz por haberme comido la panadería entera que larga un olor que me tiene loca todas las mañanas. Mierda, voy a tener que mudarme ahora que lo pienso.

¿Y él? Sigue ahí, tranquilo, en el colectivo. Después llega a su casa, se da una ducha, pone el noticiero, se abre una lata de cerveza, se rasca el culo y después, recién después, me llama. Ayyyyyy. Ommmmmmmmmmmmmm. Ya sé, es mi culpa. Pero este es un pedido a la comunidad masculina. ¿Pueden preguntar la frase mágica “qué te pasa“?, no es mucho, y eso da pie para que nos desahoguemos. Ya sé que no es justo que nos desahoguemos contra ustedes, pero con un abarzo, un mi amor, no te preocupes, la ropa te la lavo yo y a la panadera voy a matarla, ya está, no es tanto pedir, ¿no?

miércoles, 7 de noviembre de 2012

París, sin tus uñas

Por Flor Bea
 
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Tengo las fotos que tomé desde el balcón de tu casa. Los edificios de enfrente salieron muy lindos. Con buhardillas todos ellos; pero me gusta observar lo diferentes que pueden llegar a ser los marcos de las ventanas. Nuestra ventana era más amplia, tu edificio era demasiado nuevo. No importa. Tu sillón era naranja y eso compensa que no hayamos hecho el amor en una típica buhardilla parisina.
Las buhardillas de París ya no se encienden por las noches, sin tus uñas.
En el sillón naranja te escribía mensajitos en Facebook que los leías desde tu computadora, al lado mío, en tu silla de escritorio. Y me respondías los mensajitos también por escrito diciéndome que el naranja me quedaba hermoso. Y que dejara de jugar y me pusiera a escribir. Pero yo (te) estaba escribiendo.
El kilo de naranjas a 3.99 euros en París ya no es jugoso, sin tus uñas.
Entonces nos sentamos en el sillón color ladrillo de dos cuerpos y ocupamos solo un cuerpo y medio del sillón con tu cuerpo y el mío. Y miramos cuatro películas en blanco y negro en una misma noche. Y todo estaba apagado en París excepto nuestra computadora-pantalla-cine y la torre de Eiffel. Pero…
Las luces de la torre de Eiffel ya no se encienden por las noches, sin tus uñas.
Entonces me quisiste hacer los masajes que aprendiste cuando viviste en Tailandia con tu familia. Te entregué mi pie izquierdo. Lo amasaste orientalmente. Y ahí fue cuando nos acordamos de terminarnos la comida china de la noche anterior.
Las tiendas de comida china en Montmartre ya no me llenan de saliva la boca con su olor, sin tus uñas.
Por suerte ya habíamos terminado de comer cuando yo tiré mi cabeza para atrás para reírme más cómoda y vos cambiaste de pie y quisiste olerlo y olerlo. Y bromeamos que lo mordías y lo comías y lo lamías y lo untabas y lo chupabas y lo devorabas.
No, los quesos franceses en París ya no son ricos, ni siquiera caros, sin tus uñas.
Y dejaste de mirarme para poner play de nuevo en la película. Pero a tu mano la dejaste en mi pie derecho y ahí empezaste y no paraste. Y es el día de hoy que no paraste. Mientras, afuera llovía, como cada noche, y tu balcón estaba, hacía meses, mojado.
París ya no es gris y lluviosa; ahora ni siquiera tiene clima, sin tus uñas.
Me rascaste suavemente (si es que a esa caricia única puede llamársela rascar) a cada lado de mi pie, del empeine y de la planta, porque ya no te importaba mostrarme lo que habías aprendido en Tailandia. Y ese roce de tus uñas con mi piel todavía algunas mañanas me despierta, y me miro los pies a ver si tienen tu mano.
Los locos sueltos de París están más perdidos(,) sin tus uñas.
Y yo ya no estoy en París…
Y yo no estoy, sin tus uñas.

jueves, 18 de octubre de 2012

Al borde del marrón


Por Flor Bea


Took my diamond to the pawnshop –
But that don’t make it junk.
Leonard Cohen

Hoy me siento confundida. Por un lado, creo que acabo de descubrir que lo entiendo todo. Por otro lado, desde entonces que quiero pasar en limpio todo lo que entendí (que es todo) y noto que ni sé de qué se trata ese todo.
He mirado a los ojos a muchos hombres en los dos últimos meses y he encontrado de las bellezas más profundas y más fugaces que supe ciertas. He conocido a varios de verdad; últimamente he estado frente a hombres que se quitaron la ropa, se sentaron desnudos sobre la cama y me explicaron quiénes eran y por qué habían llegado a esa ciudad y a esa cama. Y luego me tendió la mano, me acostó sobre esa cama, me acomodó el pelo y me besó suave pero apasionadamente todo el cuerpo y yo no dije nada, y luego, con algunas noches más, le di mis sonrisas y le conté qué hago, que no es lo mismo que quién soy, pero sí, de mí también hablamos y hoy sabe perfectamente quien soy, a su manera, y para su versión.
Y siempre siempre se quedó mirando mi mirada.
Y detrás de los dos, y de cada uno de nosotros, encontré las tonterías más profundas, la inocencia más genuina y la soledad menos inevitable de mundo. Y las palbras más exactas (¿será porque es escritor?).
¿Por qué esta noche de lluvia él está solo y yo estoy sola? ¿Por qué él está en una ciudad que no es en la que yo estoy, pero en una ciudad en la que también llueve?
Es sencillo (y aquí es cuando creo que lo entiendo todo): porque somos inocentes pero tenemos armas en las manos.

Estábamos tomando champagne. Me explicó que la amaba. Ella le dijo que creía que no estaba enamorada de él.
–No importa, podés tomarte el tiempo que necesites, yo voy a esperarte –me dijo.
Quise llorar pero le clavé una mirada caliente.
–Pero lo que te digo es transparente –agregó mirando fijo la copa–, no lo tiñas de marrón.

Luego me abrazó en la estación de tren y lloró. Y lloró. Y supe que él estaba llorando en mi hombro. Entonces cuando nos soltamos, porque los demás pasajeros ya estaban abordando el tren, nos miramos a la cara y le vi láminas de agua en las mejillas. Y lo miré con cara de no estás llorando, no te preocupes mi amor, no estás lorando, yo no te duelo, tú no me dueles…, y él me miró la mirada.

Entonces aquella tarde de lluvia (por supuesto) que fuimos con su coche a recorrer los viñedos de champagne, entramos a tomar unas copas en un bar fantasma donde dentro estaba la dueña, tres alemanes y una familia francesa con dos hijos casi obesos, y de pronto algo pasó, y él y yo lo notamos y nos reímos porque supimos que éramos los dos únicos delirantes que lo habíamos notado:
–A la gente eso no le importa.
Luego hicimos el amor en el coche, y cuando en mi cama pienso en él lo pienso transpirado, perfecto, en el coche, perfecto, mojado, erecto, correcto, amado.

Apasionados todavía, paramos a comprar el vino que beberíamos horas más tarde en su casa, con la cena. El vendedor, en francés, lo miró y le dijo:
–Y si tu esposa se te queja, venís y te devuelvo la plata y te llevás ese de 60 euros –y me guiñó un ojo, y ellos dos se rieron y yo no porque no entiendo francés.
Pero cuando él me contó la anécdota, era esta. Ya van tres versiones, supongo que la vida real fue un poco diferente.. Y yo amo su versión. La suya, que en el medio del relato se interrumpe, apoya él las manos sobre la mesa desde la cual lo miro cocinar, me acerca los ojos a mis ojos, y me dice:
–La esposa. Esposa. Mi esposa.

Pero tengo que caminar por el andén hasta mi vagón. Es mucho más adelante. Arrastro una maleta con rueditas. Imagino que él me mira, que no deja de mirarme hasta que subo al tren. Que no deja de mirar mi pelo dorado.

Pero yo lo último que vi fue esa lámina plateada sobre su mejilla derecha. Y otras láminas. Y otra mejilla.

Y me llamas y me preguntas por qué no estás en París, y yo ahí entiendo que aún somos inocentes, a pesar de sostener en la intimidad y en la soledad de nuestras manos todo el marrón.

viernes, 12 de octubre de 2012

A Fabulous Kisser

Por Flor Bea

 
Como me termina pasando con todo en esta vida, de las citas también acabo cansándome. Me aburro de todo. Pero no voy a hablar de que me aburro de todo, voy a hablar de otras citas que tuve en Barcelona.
Estaba yo sola en Barcelona. Sería muy largo contarles cómo es que él llegó a invitarme a salir esa tarde barra noche, pero el punto que es quedamos en tal esquina a tal hora. Demoró porque se perdió en las curvas de Terrassa (Terrassa queda a cuarenta minutos en tren de Plaza Catalunya en BCN). Me llamaba al celular para decirme que estaba cerca pero que no encontraba exactamente la esquina. Bueno, no importa. Eso sí, qué coche será que tenés, digo, al menos para levantar los brazos y sacudirlos en alto si te veo venir a lo lejos. Pero no le pregunté por el coche: un segundo antes de la pregunta que no fue, me incomodé yo misma, como si no fuera una pregunta práctica, como si fuera a juzgar. Llegó. Ahí pensé: suerte que no le pregunté qué auto tenía. Era un BMW negro descapotable. Específicamente, el M6, con la música alta aunque no mucho y otros gestos para no pasar desapercibido. En cada semáforo brindábamos tema de conversación a la gente. Sí, no era muy cómodo, yo no tenía ganas de vidrieras en mi noche.
Fuimos a la terraza de un hotel ubicado justo en una esquina de Barcelona, muy cerca de la Sagrada Familia. La vista era hermosa. Tomamos vinos y comimos quesos, y probé ahí por primera vez la comida más típica de ellos: el pan con tomate (parece una boludez pero es una delicia, chorrea aceite de oliva y eso es lo mejor). Me contó entonces que estaba casado. Bueno. Más pan con aceite y tomate, pensé. Me mostró las fotos de su mujer, una rusa que se casó con él solo para obtener la nacionalidad española. Me explicó que lo hizo porque él sí la amaba aunque sabía que ella no. Bueno, y más vino, por favor. Cuando salimos de la terraza, mientras esperábamos el ascensor que iba a llevarnos a la planta baja, me regaló un chupetín con forma de corazón, sonrió y me mostró que él tenía un chupetín gemelo en su mano. Se rió con ruido y me entregó el suyo también. Yo quise llorar pero le sonreí.
Regresamos por la autopista, esta vez con el techo cerrado porque el viento de la noche entonces iba a ser demasiado. Tres cuadras antes de mi casa (yo estaba parando en Terrassa, él era de Terrassa, fue una de las coincidencias que hizo posible la cita) frenó el coche para mostrarme más fotos de su Iphone. Sí, la modelo que lo acosaba pero que él prefería tener lejos “porque son chicas hermosas pero peligrosas, mirala, ¿no es un bombón?”.
¿A qué fuimos? Quiero decir… ¿qué hacíamos él y yo un domingo por la noche en una terraza romántica de Barcelona gastando tanto dinero en quesos y vinos, rodeados de parejas que parecían amarse (aunque eso casi siempre es más un parecer que un ser) y de japoneses que tomaban fotos a la increíble vista? ¿En qué momento él decidió cambiar el discurso, decidió dejar de mirarme a mí para mirarse a sí mismo? Sí, es cierto, a mí no me gustaba, y debe de haberse dado cuenta, y entonces cambió los planes. Pero quiero preguntar: ¿es válido cambiar los planes en medio de la cita? ¿O deberíamos jugarla hasta el final? ¿Está bien transmitirle (ni idea de qué modo lo hice…) que no me gusta en la primera hora o debería mantener las expectativas hasta el final y luego decirle: no, hoy no porque ya es tarde y no sabía que podía no volver a mi casa… pero llámame en la semana, ok? (aunque esté mintiéndole)?
Sé que cambió los planes y no que yo tampoco le gusté a él porque ya en la puerta de mi casa, los dos parados al borde de su coche, me dijo: mira que aunque soy feo beso como ningún hombre que has besado en tu vida besa, ¿no quieres probar? Soy fabuloso en eso.
¿Eh??? ¿¡Esos modos de jugarse una última carta!? Pero después de la modelo y tu esposa y el gusto a queso que debés de tener… No, gracias, la verdad es que no quiero probar.
Y así fue como las últimas semanas me fui cansando… No me comí ningún chupetín, se los dejé de regalo a la pareja que me hospedaba en la casa de Terrassa. Aunque debo confesar que dudé de si regalarlos o acaso no usarlos para practicar... anyway.

lunes, 8 de octubre de 2012

Una triste cagada.







Por Maite Pil

Qué mierda la angustia certera.
Lacaniana y teórica.
Qué mierda la gente inevitable.
Lacaniana y Real.
Qué mierda la felicidad contada. 
Lacaniana y sintomática
Qué mierda el miedo.
Lacaniano y defensivo.
Qué mierda la soledad. 
Lacaniana y simbólica.
Qué mierda el silencio.
Lacaniano y académico. 
Qué mierda la muerte miserable.
Lacaniana y gozosa.

Qué triste la vida sin sentido.
Qué triste el cuerpo en decadencia. 
Qué triste el cuerpo solo. 
Qué triste la espera.  
Qué triste el que no reconoce a la mierda. 
Qué triste no hacer de la mierda otra cosa. 

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Menos lindo cualquier cosa, Godot.



Por Maite Pil.

Menos lindo cualquier cosa, Godot.
Te dije casi aullando y vos no sabías.
Noche que nada cambia está vacía. 
Cuando estalle voy a salpicarte con mierda.

Menos lindo todas las cosas, Godot. 
Te dije escupiendo insultos y vos no asentías.
Culpa que no es bondad es cobardía. 
Cuando estalle voy a salpicarte con fuerza.

Atesorá la distancia.
El día que sea feliz voy a volver
Ya no a gritarte
Ya no a insultarte
Ya no a escupirte

Y atesorá el disimulo.
Porque voy a volver
Ya no a salpicarte
El día que sea feliz
Ya no voy a hablarte. 







lunes, 17 de septiembre de 2012

Tuve cita con un nerd

Por Flor Bea

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A mí me gustan varios tipos de hombre (o varios tipos directamente, pero suelo preocuparme por escoger solo uno) y de hecho los he probado diferentes. Y esto desde lo físico hasta lo más interior, si es que he llegado alguna vez tan profundo… En fin. Me gustan las citas, además, creo ya haberlo confesado en algún post y si no, sépanlo a partir de este. Sí, me gustan las citas; me gusta esa situación de cita de “te paso a buscar con el coche por tal lado a tal hora y estar preparándome sola en mi casa con música de fondo y poco pulso en las manos para pintarme las uñas de los pies debido a un cierto temblor que prefiero no asumir como nerviosismo pero que tampoco sé cómo bautizarlo para mentirles. Asimismo, no adhiero a las citas a ciegas, esas donde te vas a encontrar con alguien que nunca hasta entonces has visto, tal vez solo hablado un poco en algún chat (amén de que no chateo…).
Pero en esta ocasión, el fin de semana pasado para ser más precisa, tuve cita con un nerd a quien, por supuesto, ya había visto personalmente pero en un bar con poca luz y música bien alta. Además, no lo había visto parado y habíamos estado hablando solo un poco (del mismísimo bar), a los gritos por el ruido, y yo borracha. De modo que al día siguiente sabía que había conocido a alguien, me desperté con una sensación linda en la panza (a pesar del alcohol ingerido la noche anterior) pero a decir verdad no recordaba un carajo lo hablado (y su aspecto más o menos, más bien creo que lo que veía en mi recuerdo no era un recuedo sino una construcción mía, pero no quiero hilar tan fino). Igual, no me importó. El teléfono celular me sonó esa misma tarde, día siguiente de esa noche, y era él. Lindo momento. Me dijo de vernos al día siguiente para cenar y acepté, muy entusiasmada (me da ternura recordarme).
Me pasó a buscar con su coche. Mientras conducía acordamos ir primero al cine y luego por la cena. No tenía una voz especialmente linda pero pensé que podía con ello.
Estacionó el coche a tres cuadras de las salas de cine. Fueron tres largas cuadras. Entre otras cosas porque yo no sabía el camino (cómo me rompe las pelotas caminar por la calle con alguien hacia un lugar que no sé qué camino requiere, y entonces llegar a la esquina y amagar como una pelotuda doblar, porque me pareció entender que el otro iba a hacer eso, y chocarme con el otro que no dobla, porque era derecho…).
Cuando salimos del cine y volvíamos al coche, vi algo de su lenguaje corporal que ya me hizo sospechar lo que todavía no quería asumir: al llegar al cordón de la vereda, tras haber cruzado una calle, no subía el escalón como cualquier mortal, flexionando simplemente la rodilla; pegaba un saltito para alcanzar la vereda. Pánico.
Restaurante. Carta abierta en sus manos. Terminamos de elegir lo que queremos y se queda leyendo la carta como si fuera el diario. El mozo nos mira varias veces pero no viene. Yo le clavo la mirada a él porque estoy dispuesta a, en cuanto me la devuelva, pedirle con gestos o palabras, me da igual, que cierre la carta así el mozo entiende que ya sabemos lo que queremos, pero él no me mira, sigue leyendo “el diario”.
–¿Pedimos?
­–Sí, claro.
Levanto la mano y llamo al mozo. Estoy dispuesta a sacudir en el aire la servilleta como señal de socorro para que nos atienda de una puta vez (me cago de hambre).
Le pide la promoción de las patatas bravas que viene con tres cañas de cerveza por cinco euros (estamos en España) pero le explica al mozo que nos sobra una caña, que somos dos. El mozo no ve el problema, yo tampoco. Él insiste en explicar que sobra una caña. El mozo se cansa y dice:
–Bien, les traigo una porción de bravas y dos cañas.
Él se pone feliz porque siente que el mozo finalmente lo comprendió. Yo pienso que es la pelotudez más grande que vi porque nos va a salir más caro que la promo, pero a esa altura me la suda (como dicen acá).
Terminamos las bravas. Me pregunta si he probado las croquetas de jamón.
–No.
Las pide.
–Y la cerveza, por favor.
–¿Qué cerveza? –le pregunta el mozo.
–La otra caña.
–Ah, y otra caña, vale.
Mi dios, me agarro la cabeza porque ya entiendo todo.
El mozo viene con las croquetas y dos cañas porque tratándose de dos personas “españolas” nadie creería que nos vamos a comer una porción de croquetas compartiendo una caña… (ni tratándose de cualqueir nacionalidad, pero en fin).
Él se agarra la cabeza; espera, tímido, a que el mozo se vaya y me dice:
­–Entendió mal, nos faltaba una sola caña, nos trajo una de más.
Vale, yo a esa altura no quería saber más nada ni con las croquetas ni con él, pero sentí ganas de contestarle mal.
–No, no nos faltaba una caña; además qué, ¿íbamos a compartirla?
– Y sí, porque es la que faltaba para completar la promo de las bravas…
­–Ya, ya, lo interrumpí y probé las croquetas, que eran una delicia.
Volvimos al coche. Se agarraba del volante como si fuera a caerse por la ventanilla. Yo quería viajar sentada en el techo a esa altura. Pero él fue todo el viaje hablándome de su trabajo (con computadoras, claro) mientras se acomodaba los anteojos redonditos sobre la nariz, porque se le resbalaban por la transpiración. Y sí, España en verano está que arde.

sábado, 18 de agosto de 2012

La ley y el desorden.

Por Maite Pil. 

http://www.youtube.com/watch?v=ijZRCIrTgQc

Hay una gran diferencia entre el mal dirigido y el efecto colateral de la mera existencia. No hay que ignorar el hecho de que por el simple existir afectamos a nuestro mundo. El que nos armamos, ese que tenemos cerca. No recuerdo si ya he citado esta gran frase que me dijo mi analista alguna vez: "No existe la justicia en el amor".  Justicia es " (...) dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece". Tiempo después, soy un poco lenta con las devoluciones, entendí que la frase de mi analista estaba en línea con la propia definición que Lacan hace del amor: "Amar es dar lo que no se tiene a quien no lo es".( Algunas traducciones dicen a quien no lo quiere o necesita, lo cual sería básicamente lo mismo). El otro día le pregunté a una persona si estaba enojada conmigo y me contestó: "¿Debería estar enojado?". Lo cual me dejó pensando en que no sólo efectivamente estaba enojado sino que además pareciera que el enojo válido, el que hace justicia, el que puede ser confesado, debe ser efecto consecuente de un acto determinado. Imaginen ustedes si alguien nos preguntara si lo queremos y le contestásemos "¿Debería quererte?". No hay forma de regular, de ejercer un control, de regir una ley respecto a los afectos. Pero, como los humanos necesitamos de un soporte simbólico que haga las veces de ley, que nos ampare, inventamos la noción de compromiso. 
Entonces, quienes estén dentro de la regulación del compromiso, podrán ejercer determinada cantidad de derechos a la vez que responderán a determinada cantidad de obligaciones. Muchos utilizarán esto como estrategia defensiva, lo cual es una canallada. Una amiga una vez me dijo: "Hay que desconfiar de la gente que tiene los dientes tan blancos". Qué gran metáfora, aunque ella lo haya dicho en sentido literal. Hay que desconfiar de la gente que tiene la conciencia limpia. Todos hacemos daño, alguna vez, lo queramos o no. Lo importante es entender que la pretendida libertad que supuestamente nos da la ausencia de compromiso  no nos libra de responsabilidades. No hay forma de regular los afectos humanos que surgen de los vínculos, cuales quiera sean sus características. En lo tocante al amor, el orden lineal de la causalidad se rompe. Entender y obrar según esto, es lo más parecido a la justicia que los humanos podemos alcanzar. 

jueves, 16 de agosto de 2012

Don Giovanni


Por Flor Bea 

Anoche me deleité más de tres horas mirando Don Giovanni, la ópera con libreto de Lorenzo da Ponte y música de Mozart, dirigida por Peter Sellars.
Es un canto al amor y a la traición. Don Giovanni es un cretino que traiciona a cuanta mujer se le cruza por el camino. Elvira, su enamorada, sufre incansablemente por él, y aunque sabe perfectamente que es un negro desagradable al que tendría que mandar al carajo y más allá, ella reincide y cae en sus garras una y otra vez. ¿Qué tendrá el morocho que todas caen ahí como tontas?

Al comienzo del primer acto, Leporello, el criado de Don Giovanni, debe calmar a Elvira del ataque de nervios que tiene al sentirse traicionada por el bastardo de Giovanni, como ella misma lo llama. Es parte del trabajo de Leporello tranquilizar a todas las mujeres destrozadas por su amo. A Elvira la consuela diciéndole que se olvide de él, que ella no ha sido ni la primera ni la última a la qué él cagó descaradamente, y entonces le canta el listado de mujeres con las que estuvo su amo, un listado, por cierto, muy prolijo: están agrupadas por nacionalidad, porque así es más fácil contabilizarlas: 640 italianas, 231 alemanas, 100 francesas, 91 turcas, más las españolas… son casi 1100… ¡Vaya consuelo!

¿Por qué sufre Elvira; qué le ha hecho Giovanni?
“Hiciste que te amara, me dijiste que te casarías conmigo y a los tres días dejaste la ciudad… Me dejaste en ruinas”.

La perla del primer acto: Zerlina, otra mujer de la que Giovanni pretende apropiarse pero que ya tiene su prometido, el enorme Masetto, se está reconciliando con él, aunque no es tarea fácil porque Masetto se siente amenazado por Giovanni. No es para menos: Giovanni la agarra por atrás contra una pared y le recita a la ingenua Zerlina:
“Soy todo amor, voy a hacerte feliz”.
Pero Zerlina no parece contenta, entonces el propio Giovanni se la entrega a Masetto. Zerlina le recita a su amado las palabras de amor más dulces, por ser también simples:
“Paz, mi amor. Tú eres mi vida. Vamos a pasar los días y las noches de nuestras vidas con satisfacción y felicidad”.
¿Quién pudiera hacer una declaración de amor tan bella y concreta a pesar de tener a Giovanni por ahí hinchando las pelotas, no?



Y de a poco, todos los personajes van apareciendo en escena y se desata una espacie de saqueo al mejor estilo diciembre de 2001 en Argentina.
“Chocolat. Whatch out, Zerlina! Ice cream, candy… a sweet beginning”.
Y un canto a favor de la libertad, y un Giovanni sacándose la ropa…
Bueno, se llevó todos mis aplausos.
El segundo acto, reconozco, me encontró agotada. Too much. Una de las mejores cosas que vi en DVD en el último año, sin dudas.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Una amiga.


Por Maite Pil.



Leticia me llamó llorando y con algún tipo de cuadro gripal, conozco sus congestiones. Se deprime y se engripa, o se engripa y eso la deprime. No logré entender mucho de lo que dijo, por sus mocos y la histeria, pero mencionó algo de un hombre boca abajo en la cama, vestido, que no pudo soportarlo, que un hombre no hace eso y algunos comentarios más acerca de sus límites, la muerte y el final. Este día iba a llegar. Con algún hombre se las iba a cobrar.  Hasta ahora entre nosotras el "lo mato, lo mato" había sido una muletilla. Pero no iba a tardar demasiado en ocurrir. Una vez casi nos matamos entre nosotras. En esa época estábamos por rendir un final de neurociencias y, estudiando las funciones cerebrales, se nos dio por golpearnos la cabeza en lugares estratégicos para olvidar viejos y actuales amantes. Terminé un mes con un cuello ortopédico y ella con la boca partida. A pesar de todo esto, recurre a mí en plena crisis como si yo fuera a darle alguna solución coherente. Tal vez aquel golpe sí la haya afectado. Será que soy bastante buena en esto de la escucha. O será que estoy lo suficientemente loca para ir, sin hacer demasiadas preguntas, a la potencial escena de un crimen. Me preparé algunas cosas que podríamos necesitar. Un vino, aunque corría el riesgo de que ella estuviera con antibióticos. Pero yo no iba a mover un muerto sobria porque todavía tengo algo de decencia. Unos cubre calzados que me había robado del trabajo y unos guantes de latex. Dos paquetes de cigarrillos. Una caja de anticonceptivos de emergencia. Lavandina y uno de esos jabones femeninos. Un juego de sábanas sucio, un toallón y la cámara de fotos.  Me tomé un colectivo de una línea que no me llevara a su casa sólo para tener el boleto como coartada.  Me bajé a la primera parada y me tomé un taxi. No sabía si iba a servir de algo pero era la primera vez que estaba envuelta en una cosa así. Como metí todo en una mochila de camping, me hice pasar por extranjera con el taxista, el cual no dudó ni un segundo en pasearme por la ciudad aprovechándose de la situación. Esto ya estaba empezando a salirme caro. Después de varias vueltas sin sentido, llegué. Le toqué el portero con nuestro clásico código y enseguida me abrió. Por suerte puede abrir desde arriba. Creo que se mudó ahí simplemente por eso, para ahorrarse el viaje en ascensor. Me abrió la puerta de arriba e intentó darme un beso, le esquivé la cara para no dejarle transpiración en la mejilla y le pregunté "Dónde está?", susurrando, como si los muertos escucharan. No me contestó y rompió en llanto, mientras me hacía un gesto con el brazo como invitándome a pasar. Le respondí con otro gesto que me esperara. Ahí fue cuando me di cuenta de que los cubre calzados junto con los guantes habían quedado a lo último de la mochila. Me agaché en el pasillo y empecé a buscarlos. Me los puse con una velocidad digna de admiración y entré. Leticia me miró con una cara surrealista y me preguntó: "¿Pisaste mierda?". Yo no podía hablar, me apoyé el dedo sobre la boca como los carteles de silencio hospital y fui directo a su habitación. No había nadie en la cama ni a los alrededores, tampoco en el placard. Volví al comedor y le pregunté "¿Qué hiciste con el tipo que tenías en la cama?". "¿Martín? Se fue a la casa, lo mandé al carajo", me contestó, y volvió a llorar. Se puso a hacer mate mientras me explicaba cómo él solía esperarla boca abajo en la cama antes de tener sexo y cómo ella ya no soportaba esa escena. Me quedé en blanco, casi temblando. No podía sentir más que decepción ante la ausencia del crimen. Y miedo por mí, por mi deseo. Le dije que había pisado mierda y que yo iba a tomar vino.


lunes, 6 de agosto de 2012

Así estoy hecha daño

Por Flor Bea

Hoy me senté en el sillón a pensar en vos pero no pude pensarte
porque no recuerdo tu cara.
No recuerdo tu cara.
No la recuerdo ni de frente ni de perfil. No te recuerdo de espaldas tampoco.
Y no es que te haya olvidado.
Vaya si te hubiera olvidado….
A cada lugar donde voy te recuerdo.
Hoy iba en auto y te recordé tanto tanto, que volví a llorar por nosotros.
Tuvieron que consolarme.
Pero tu cara no vino. Se me fugó tu cara.
Sí, sé de qué color era tu pelo y tus ojos.
Y sé perfectamente cómo era tu nariz.
Pero no los recuerdo.
Saber no es recordar.
Sé que te besé, pero no me recuerdo besándote.
No recuerdo el sabor de tu boca ni la diferencia de altura ni los dos en la cama.
No me acuerdo de vos y yo en la cama.
Y recuerdo que la última o la anteúltima vez
(ves, no recuerdo con exactitud)
me hiciste el amor de una manera suave como solo en una amarga despedida
podríamos haber hecho y yo mire hacia la ventana que tenía a mi derecha,
Y a través de la ventana vi la luna que estaba a mi derecha.
Y pensé,
recuerdo que pensé
que no tenía que olvidar esa noche, nuestros cuerpos,
tu desnudez petróleo.
Pero hoy no la recuerdo. Sin embargo, hoy, ya no recuerdo.
Sí, claro que tengo todavía recuerdos de vos:
recuerdo tu campera marrón y recuerdo tus pies.
Recuerdo especialmente las uñas de tus pies.
Y creo que recuerdo también las uñas de tus manos.
Recuerdo una noche sentados los dos en una especie de escalinata en San Telmo, tomando cerveza del pico.
¿Tomábamos cerveza del pico?
Sí, te recuerdo en nuestra primera cita, ¿y qué?,
¿acaso vos eras vos y yo era yo?
¿Quién era yo?
¿Era yo?
¿Entonces era yo?
Quiero preguntar: antes de conocerte, vos quién eras y yo quién era.
Me gustaría amarte como no te he conocido
(no, no es cierto, no sé si te soporto sin los cambios hechos a mi medida).
Por  mi parte, yo nacería de nuevo sólo para arreglarme y que me ames arreglada, reparada (así estoy hecha daño).
Y te pregunto: ¿cómo es tu cara?
Sabés, sé que has llorado tanto…
Delante de mí, incluso, has llorado tanto.
Y no te recuerdo llorando.
No sé qué expresión hacés cuando llorás.
Puedo escuchar tu risa (¿puedo escuchar tu risa?).
No, no es cierto, no puedo escuchar tu risa.
Y cuando hablamos por Skype escucho tu voz y te reconozco, sí, claro,
nunca pensé que alguien hubiera usurpado tu cuenta…
Pero no te reconozco.
¿De qué nos estamos hablando?
Quiero decir:
¿acaso crees que sabes quien soy?
Es que si no tienes ni idea de quién eres…
¿Y crees que siempre hablo de tú?
No, por supuesto que no, hablo de vos.
Yo hablo de vos.
Todo el día hablo de vos.
Con todos hablo de vos.
¿Y vos?,
¿recordás la cara que pongo cuando hago el amor?
No, perdón, la pregunta es otra: ¿sabés qué cara pongo?
De qué estamos hablando ahora.
Quiero decir, ¿por qué decidiste amarme?
Yo no recuerdo tu cara.
Entendeme, escuchame, atendeme un momentito y después seguís con lo que estás haciendo: yo no recuerdo tu cara, yo no recuerdo tu cara, yo no recuerdo tu cara, yo no recuerdo tu cara, yo no recuerdo tu cara, yo no recuerdo tu cara.
Y miro fotos y te reconozco, sí, pero no me ayudan a recordar nada.
Reconocer no es lo mismo que recordar.
Y si la policía viniera con una foto tuya y me gritara:
¡alto ahí!, ¿¡conoce, usted, a este sujeto!?
Contestaría que sí si decidiera decirles la verdad,
pero conocer no es recordar.
Recuerdo una de las peores cenas que tuvimos, allá en el centro de Buenos Aires.
(¿cuál de todas las peores?
La de nuestro aniversario).
Qué dolor.
Sabés qué pasa…
Ah, antes, pregunto:
¿vos me mirabas cuando hacíamos el amor?
Porque yo sí, pero no vi si vos me mirabas… ¿ves cómo es?
¿Recordás cómo era?
 Y tu respiración…
No recuerdo tu respiración
y sin embargo todo el día respirabas,
todo el día, todo el día.
¿Qué voy a hacer con vos?
¿Qué voy a hacer sin vos?
Si yo te miraba todo el día…
¿te acordás que a vos te gustaba cómo yo te miaraba?
(Amame por haberte mirado,
por favor, amame).
Vos eras una luciérnaga,
eras poeta y eras gay,
eras un reptil y una mariposa.
Eras niebla.
Yo era lluvia,
era truenos y era brisa,
era risa y era trampa,
era rampa.
Era espinas.
Después nos encontramos.
Y vos me dijiste a mí:
Tú eres fuego y yo quiero estar contigo.
Y yo te hice burla,
y no me acuerdo si en el momento me quedé pensando 
en que te estaba haciendo burla
o en lo que te estaba diciendo.
Te estaba diciendo: sabés qué pasa…
Eso te pregunté unas líneas más arriba
para revelarte qué paso entre vos y yo,
pero de verdad qué pasó
(ni las mariposas ni los vientos, ¡la verdad!),
pero ya no lo recuerdo
y eso también es estar hecha daño.

Montevideo, agosto de 2012

domingo, 29 de julio de 2012

¿Alcoyana, Alcoyana?


Por Maite Pil. 


En mi ritual dominguero de investigación para el blog,  decidí buscar en internet notas dirigidas a los hombres sobre conquista y otras yerbas. Generalmente, cuando son dirigidas a mujeres, los títulos suelen ser: “Cómo enamorar a un hombre”, “La gran noche: Cómo vestirse para la primera cita”, “Hacete amiga de tu ginecólogo” , “Volver con tu ex: Pros y contras de la segunda vuelta”, “Tips para ser el centro de las miradas”, etc, etc.  Y googleo, entonces, y me topo con una nota titulada “La siempre lista”. (Publicada en la página de una famosa marca de desodorantes que promete, al usar su producto, sexo hasta al más estúpido de los hombres.) Una nota que habla sobre cómo detectar, al final de la noche, a una mina que esté dispuesta a irse del boliche con cualquiera. 
Es decir, del lado femenino tenemos un sin fin de preocupaciones que van dirigidas a la seducción y a la obtención del amor. Revistas y publicaciones varias que giran en torno a esta temática son consumidas por las mujeres. Y como en todo lo tocante al consumo, uno termina preguntándose qué vino primero, si el producto o la demanda. Seguramente se sobredeterminen. El problema, claro está, que el alcance, las consecuencias que de esto se desprenden, van más allá del mero acto del comprar tal o cual revista. Se van moldeando discursos. Imperativos sociales, por denominarlos de algún modo, que nos afectan a todos.  Que el amor es sólo cuestión de mujeres es una gran mentira. Y basta con leer a Lacan, a Zizek, Fromm, Barthes, escuchar a Dolina, o escuchar tango, por dar algunas referencias, para darse cuenta de que no es así. Que el sexo ocasional es patrimonio masculino: Bueno, no hace falta ser un genio para saber que detrás, delante, arriba, o debajo de todo hombre que está teniendo sexo “ocasionalmente”, hay una mujer.  
Hay una tendencia, una necesidad, probablemente, de establecer diferencias entre hombres y mujeres.  Tanto más fuerte cuanto más se avance en dirección a la igualdad y la pluralidad. Y ojo,  no niego que existan algunas diferencias así como también creo que en ciertos sentidos son necesarias. El enigma y la curiosidad mucho tienen que ver con el deseo. Existen en tanto construcciones simbólicas, lógicamente. Que nos van moldeando y nos hacen identificar con tal o cual cosa y nos permiten, entonces, construir una identidad, y adoptar una postura masculina o femenina.  
Lo interesante de todo esto, y lo paradojal, es que se acepta la igualdad en terrenos donde justamente, lo que no aparece, es la comunión de los das posturas (masculina y femenina). Voy a hablar de hombres y mujeres para simplificar la cuestión, pero bien sabemos que el sexo o género no determina la elección de objeto. Vivimos en una sociedad que acepta una mujer policía o un hombre diseñador de interiores, por dar un ejemplo grotesco de cuestiones que antes eran patrimonio de un solo sexo y privativo del otro. Es muy difícil hoy en día sentir al propio género como un impedimento. Entonces, mientras avanzamos en aspectos profesionales y de derechos se retrocede en otros. Sin embargo, los puntos que debieran unirnos, los aspectos en los que deberíamos comulgar, se nos presentan como incompatibles.  Hombres buscando sexo y mujeres buscando amor. Así se plantea la cosa. (Ni hablar de los usos que se hacen del cuerpo femenino, eso ya merece un capítulo aparte). El, supuesto, desencuentro de propósitos es permanentemente planteado y tal vez la publicidad sea la mayor cómplice de esto. Por eso creo que ahí está la clave.  El ejemplo más alevoso y paradigmático que se me ocurre es el de  la publicidad de una tarjeta de un banco. Allí se presenta a un matrimonio completamente desigual.  Ella es una romántica absoluta y él es un apático. Uno mira eso y se pregunta por qué están juntos, qué los atrae, cuál es el sentido de continuar con una pareja así. Lo presentan con un tono cómico, claramente, pero es lamentable y patético. Triste, muy triste ¿Qué los une? ¿Cuál es el punto de encuentro? Usar la tarjeta de crédito.
Que cada uno saque su propia conclusión.  

lunes, 16 de julio de 2012

Las casas

Por Flor Bea
 
Me he mudado de casa, como de barrio, tantas, tantas veces. Me mudé también de compañía. Y sí, creer o reventar, yo vivía con un tipo. Éramos una pareja. Si éramos felices no tengo idea porque recuerdo poco y nada de aquella etapa de mi vida. Fue lejos y hace tiempo, cuando yo era joven, muy joven y me pintaba los ojos de negro y no me pintaba los labios porque besaba seguido. También viví con amigas. Con una duró muy poco la convivencia porque ella quedó embarazada y a continuación nos peleamos. Una parte de la pelea fue un malentendido, la otra parte fue bien entendida. Con otra amiga conviví bastante más. Porque ninguna quedó embarazada y porque nos compensamos bien: yo grito cuando ella calla, ella calla cuando yo grito. O sea… la gritona soy yo, asumido.
Pero llegué a las casas porque estaba pensando en otra cosa. En mis invitados en mis casas. O más bien, en mí en mis casas con mis invitados. Quiero decir: qué lindas y cómodas que me parecieron a mí mis casas. Un ambiente, estufa, sahumerios, los violines de Kronos Quartet sonando en un buen parlante… ¿qué más podía querer yo de una casa “mía” (entre comillas porque siempre fueron alquiladas)?
Pero entonces él me dijo que venía a cenar a casa. Que me ocupara de la cena, que él llevaba el vino. ¿A casa?, ¿de la cena? Me bloqueé. O sea, arroz integral (si no blanco) para mí era sinónimo de cena. ¿¡Y a casa!? De pronto tuve la sensación de que no iba a pasar por la puerta de entrada. Él era tan alto y mi casa, por dios, de un ambiente, tan pequeña. No íbamos a entrar los dos en la cocina, no, no íbamos a entrar, definitivamente. La cena resultó el chau fan de mi chino de entonces, y su vino. Se quedó a pasar la noche. Pero como tuvimos que dormir en mi cama de una plaza y media que a su vez hacía de sillón y él tan grande… se despertó y se quejó del dolor de cuello y entonces yo… pensé que nunca más iba a llamarme.
O el uruguayo que vivía en Colonia y me dijo: “Te extraño, te amo, me voy para Buenos Aires. Bancame en tu casa hasta que consiga algo”. ¿¡En mi casa!? Bueno, salí corriendo a comprar un camino para la mesa ratona, fundamental. Y averigüé en todos los Frávega si de verdad era malo poner el microondas encima de la heladera. O sea, se me había metido en la cabeza que sin microondas no lo podía recibir. Pero en mi cocina… apenas entraba yo (una vez tuve un depto en el que no entraba la heladera en la cocina y la tenía en el living, sí, pasé por todas). Nunca compré el microondas porque una compañera de la oficina me preguntó dónde iba a poner todo lo que tenía arriba de la heladera (licuadora, especiero de seis frasquitos, frutera, panera y rollo de cocina) y entonces caí en mi realidad.
Pero el peor ataque de nervios lo tuve cuando mi rubio preferido me llamó para dormir juntos. Bueno, su casa descartada excepto que su esposa quisiera dormir con nosotros también. Ambos odiamos los telos. OK, mi departamento.
–A las 10 está bien.
Corté. Me tamblaban las manos. Miré a mi alrededor. Agarré el Blem pero me estaba meando. Fui al baño con el Blem. Hice más que pis y entonces me di cuenta.
–¡No tengo bidet! Qué mierda.
Me limpié y salí corriendo al pasillo del edificio. Me tomé el ascensor y noté el Blem en la mano. ¿Había cagado y me había limpiado con el Blem en la mano? “Qué loca, por dios, si lo apoyé en el piso y volví a agarrarlo“, pensé.
Llegué a la vereda. Miré a ambos lados como si fuese a cruzar la calle. Un pendejo pasó y me dijo: “Sí, enceramela, mamita“. Paré un taxi que pasó por la puerta. Me subí. El taxista me preguntó adónde iba. “A la zona de los negocios de sanitarios“, le dije. “¿Dónde mierda queda eso?“, me preguntó enojado porque se dio cuenta de que billetera no tenía, sólo tenía Blem. Le tendría que haber disparado con el aerosol en los ojos por ser un guarango conmigo. Pero simplemente me bajé. Caminé las tres cuadras que habíamos hecho con el auto, llegué a mi departamento, entré al baño y me senté a llorar en el inodoro.
Mismo día a la noche: mi rubio en mi casa. Todo mío (ilusión, no importa).
Se levanta para ir al baño. Yo aprovecho para alinear los libros en la biblioteca.
–Siempre me pregunté cómo hace la gente que no tiene bidet.
Auch.
–Ah, con Blem –se hace el chiste a sí mismo.
Bueno, no me causó nada de gracia.
Un tarado el rubio. Por suerte no me llamó nunca más.

jueves, 12 de julio de 2012

Si esta siesta


Maite Pil

El viento era  helado. Fumé con los guantes puestos. Vino el colectivo y me ubiqué delante del asiento que sabía se iba a desocupar en tres paradas. Me senté. Antes de desmayarme en un sueño profundo, pensé que buscar es una mierda. Cerré los ojos y pensaba más. Después de un millón y medio de estados anímicos perdí el hilo conductor. Podría culparlo a mi gato por ello. Juega con  cordones, con piolines, bien podría haber escondido el hilo conductor debajo de la heladera. “Hay que tener cuidado con la curiosidad” me dijo  mi analista al final de la sesión, ya abriéndome la puerta del consultorio. Pará, pará, qué me quisiste decir. ¿¡Qué me quiso decir!? Y de pronto estoy en el departamento y pienso que construirse un mundo sobre la palabra es infantil. Y una verdad, y una vida, y un par de deseos, otras tantas frustraciones. Construirse personas, vínculos, recuerdos. La vida es un puro bla. Ahora no escucho nada. Me tapo los oídos y empiezo a  decir “lero, lero, no te escucho”. Buscar es una mierda. Ojalá este momento de silencio se prolongara para siempre, me digo sin hablar. Lo pienso.  No quiero volver a buscar palabras. Hay vínculos que son como sopas de letras. Veo la sopa adentro de una taza de café enorme y se forman palabras. Mamá. Hermana. Hombre. Hombre no es un vínculo, y tiro la taza. Trato de decir algo pero no escucho, tampoco la taza hace ruido al caer. Hay cosas que ya nunca voy a poder decirte y al lado de la taza me doblo en llanto. Veo unas fotos en la computadora que tiene forma de caja de cartón. Encuentro una foto tuya y empiezo a vomitar letras, aunque no llegué a tomar nada de esa sopa verde, espesa, llena de errores conceptuales. No quiero ver nada. Grito pero no me sale la voz. Estoy muy cansada. Me tiro en el piso con la idea de taparme los ojos. Pero esta vez no iba a espiar por entre los dedos.
Me reincorporo y me siento  en silencio, después camino.  Pero estaba  a oscuras. No, empiezo a tener miedo de golpearme con la mesa, una que estaba ahí, cruzada. Entonces me vuelvo a sentar. Me quedo sentada a oscuras. Con los ojos cerrados y los oídos tapados. Pienso que no hay música pero no quiero ni a la música. No, no la quiero. Siempre me trae recuerdos. Y vuelven las palabras, y las imágenes. No, no quiero nada de eso. No quiero comer tampoco. Los sabores me los guardaré para otra ocasión. Y desearía no haberme cortado el pelo, estaba casi rapada y me desesperaba.  Era verano, en el piso estaba el enterito que tenía puesto el día que te conocí. Y me lo pongo. Me revuelco arriba de las piedras del gato, la caja era enorme. Sí, arriba de las piedras del gato a oscuras y en silencio. Empiezo a llenarme de mierda toda la ropa y el cuerpo. Y miro la bañadera pero no me voy a bañar. Odio el vapor y además la ducha hace mucho ruido. No quiero saber nada con los sonidos. Las ventanas empañadas me hacen acordar a las casas. Pero esto no tiene forma de casa. Algo se deforma y se pone negro. De pronto abrí los ojos, tenía la mano del colectivero en mi hombro, me dijo algo, yo balbuceé. Bajé como eyectada de una nave espacial. Y me fui, caminando y en silencio, pensando en la diferencia entre un sueño y una pesadilla. 

jueves, 5 de julio de 2012

En el centro del drama.


Por Maite Pil






La última vez que había ido al teatro y salido así de emocionada fue con “Medea” en el teatro San Martín. En esta ocasión fue la obra “Las descentradas”, de Salvadora Medina Onrubia , la que me devolvió al cuerpo esa específica sensación de haber formado parte de un espectáculo teatral gozoso.  Cuánta tensión se juega allí, en el escenario y en el público, siendo testigos todos de lo inacabado, de un arte en proceso.  El teatro nos coloca frente a algo que el cine no nos da: la contingencia, el margen al error.  La obra ya no está en cartel pero pueden leerla en “Las descentradas y otras piezas teatrales” de Ediciones Colihue.
No es azaroso que esta obra me remita a aquel mítico personaje de Medea.  Una mujer que comete el acto más horroroso en nombre de lo más preciado: el amor. También Elvira, protagonista de “Las descentradas”, cae, en cierta medida, en esta trampa. Mujeres ¿Quién las entiende? ¿Por qué tanto drama?  De más está decir que a mí, algo de este drama,  me deja capturada… Hasta el psicoanálisis intentó responderse la pregunta sobre qué quiere la mujer.  La respuesta está, claro, en una por una. Que vaya a ser descubierta, o no, ya ese es otro cantar.
Elvira está infelizmente casada con un corrupto político argentino. Ella quiere ser  otra mujer, quiere estar en otro lado (ocupar otro lugar en esa sociedad machista), y mientras tenga a su esposo, parecen ser claros sus deseos.  O para decirlo en términos de Lacan: “Los obstáculos externos que impiden nuestro acceso al objeto son precisamente los que crean la ilusión de que sin ellos el objeto nos resultaría directamente accesible.”
Elvira se enamora, muy a pesar suyo, del prometido de su mejor amiga, una niña consentida, simple y feliz, que pocas curiosidades tiene acerca del sentido de la vida y poco conocimiento sobre el dolor. Elvira y su amante son descubiertos por su esposo, el cual le pide el divorcio. Ella lo acepta y va a vivir un tiempo a la casa de una amiga suya, Gloria, escritora. Una mujer que ha sido condenada por su entorno por haber dejado a su familia para dedicarse a su arte. Los diálogos entre ellas dos no tienen desperdicio. “Todo es una traba en el camino si a donde se quiere llegar es a la felicidad” le dice Gloria a Elvira con todo el dolor del mundo. El dolor que le proporciona el hecho de haber abandonado a sus hijos por algo que creyó iba a hacerla más feliz. Y no. Escribir no la hace feliz, ya no hay lugar para la felicidad en su universo, tan sólo actos desesperados para mitigar la angustia. Elvira, en un principio, se resiste a creerle. Le habla acerca de su proyecto, quiere tener una familia, plancharle la ropa a su futuro esposo, cocinarle. Ser su mujer. Cree haber encontrado el lugar. “¿Y si la felicidad fuese sólo una palabra?” le pregunta Gloria . Nadie va a responder jamás esa pregunta con palabras.
Elvira renuncia a su amor, cree que él debe casarse con aquella niña que tanto lo desea y tanto está sufriendo por él. “Cuando hay dos mujeres involucradas con un hombre siempre gana la distante” dice Elvira. Ella renuncia a su amor para ganar. Para ganarse un lugar en el deseo de él. Para que él la extrañe, la añore, para que él se pregunte cómo habría sido la vida con ella.
Renunciar. En orden de alcanzar una fantasía, un deseo, es necesaria la renuncia.  Lo contrario a lo que suponen (¿imponen?) las sociedades de consumo, donde el imperativo es la acumulación sin renuncia.  Voy a citar nuevamente a Lacan porque creo que nadie pudo decir ciertas cosas mejor que él: "Para que alguna cosa exista es necesario que en alguna parte haya un agujero."
“Nos ganaron los simples, los que tienen el secreto de la vida” exclama Gloria al final de la obra. El secreto de la vida. Qué paradojal. Pareciera ser que cuántas más preguntas nos hagamos acerca de él, más nos alejamos.  
Tal vez este secreto de la vida, la posibilidad de construirse un tipo de felicidad, sea justamente el no intentar llenar todos los agujeros. Y así, entonces, poder construir otra cosa, en otro lugar. Poder armarnos como hombres y mujeres, y aceptarnos agujereados. Elvira no pudo, no pudo con el agujero que Gloria le mostró al decirle que la felicidad sea, tal vez, sólo una palabra. Elvira quería un amor totalizante, idílico. Quería la felicidad, toda ella, completa. Éste es su acto horroroso. El no haber podido dejarse amar a pesar de los vacíos. 

sábado, 23 de junio de 2012

Llamado de atención.


Por Maite Pil

A Juan José Burzi por la gracia en la desgracia.


 http://www.youtube.com/watch?v=o8Wo4Hd4RZ8&feature=related


Es muy feo despertarse un sábado a la mañana con el celular. Sobre todo si quien llama es el técnico de Telecom que está esperando en la planta baja. Salté de la cama, escondí la botella de vino que estaba sobre la mesa, cerré la cocina, estiré el acolchado, me puse el jean. En el ascensor me di cuenta de que no me había lavado los dientes. Horror. Bueno, tengo una polera, pensé. Puedo hablarle y taparme la boca con el cuello. Total, qué sabe, puedo ser tímida. O puedo tener un defecto en la dentadura que me condiciona socialmente. Él no lo sabe. 
Cuando subimos descubro que no había cerrado el placard. Toda mi ropa, toda la ropa que tengo en esta vida, rebalsando hacia el mundo. Los cajones semi cerrados. Un espanto. El caos me pone muy loca cuando otro más puede observarlo. En cambio, el caos y yo a solas, nos entendemos. De hecho, basta que haga limpieza para perder unas cuantas cosas. Como la pala. A veces me pregunto si la habré tirado junto con la basura que ella contenía. Sería como un síntoma psicótico, o algo así. Confundir lo literal con lo simbólico. Los psicóticos no entienden metáforas, generalmente. Y yo no entendí que la pala, aunque estuviera con la basura, no era parte de ella. O al menos, esa es la construcción que hago de esta misteriosa desaparición.
El técnico se fue rápido y dejó la línea en funcionamiento, por suerte. Y se fue sin juzgarme por el estado de mi casa, por suerte también. En un momento sentí miedo, ¿Y si es un violador o un loco? ¿Qué clase de persona se pone un anillo así en el dedo meñique? ¿Será una insignia mafiosa?
Funciona el teléfono y él se fue sin matarme ni violarme. Ahora puedo no recibir llamados con toda la tranquilidad del mundo. Igual, me hice un café y me puse a escuchar a ver si había mensajes, por las dudas. Y había. Algunos de mi tía, enojada porque nunca me encontraba. Otros de Telecom diciendo que pague. Muchos mensajes de un número de teléfono que desconozco pero sospecho. Un mensaje de Federico, si alguien sabe quién es tenga el gesto de avisarme. Y un mensaje de Julián. Julián no me llamó a mí, la llamó a Gloria. Hay que llamarse Gloria, eh.  Ésto decía él: “Hola Gloria, soy Julián, vi como tres llamados tuyos, no estaba con ganas de hablar, es un momento de mierda, qué sé yo, no sé que decir, que no me olvido y ya hablaremos. Chau.”
Pobre Gloria. Sentí una inmediata y penosa identificación con ella. Tres llamados. Yo pudiera haber llegado al cuarto o quinto. Gloria se midió. Y el destino la traicionó. O Julián es un boludo que marcó mal el teléfono. Capaz no sea un boludo, capaz fue un fallido. Pasan esas cosas. A los dos días de haberme separado de Matías me llega un mensaje de él preguntándome dónde era la fiesta. Qué fiesta, Matías? Te equivocaste de número, boludo. Hay que ser boludo. 
El punto es que yo tenía un desencuentro en mis manos. No dudé. Lo llamé a Julián. No estaba. Me puse medio loca por no encontrarlo, me sentí Gloria. Pensé, lo llamó dos veces más? Hasta tres es aceptable.  Digo, si se banca tres llamados de Gloria se puede bancar tres llamados míos, que ni me conoce. Y todavía no le di motivos para odiarme o quererme lejos. Llamo dos veces más y nada. Pero Julián tiene contestador. Mucho mejor, le dejo un mensaje. Tengo que decirle algo. Tengo que unirlos, o al menos, hacer algo por Gloria. ¿Qué decirle a un contestador? ¿Vivirá solo Julián? ¿Habrá llamado de su casa? ¿Del trabajo? Muchas  dudas. ¿Cómo llegar al corazón de Julián?
El motivo del mensaje iba a ser doble. Por un lado, avisarle que el mensaje lo recibí yo y no Gloria. Y por el otro, decirle que la llame nuevamente, y que la llame ya. Porque ella está esperando y esperar es muy feo. 
Entonces me acordé de una entrevista que le hace un español a Borges. Yo la vi por youtube hace un tiempo. Así que la rastreé por el historial y me dispuse a verla. Me hice otro café ya que estaba. Mi idea era volver a la cama, la idea original. Pero ya no creía. Era un deber para con Gloria resolver esto y la cafeína estaba surtiendo efecto.
Finalmente, y después de varias distracciones, encuentro el fragmento que buscaba. Me encanta escuchar a cierta gente hablar, hablar de la vida, de lo humano. Borges dice lo siguiente: “La amistad no necesita frecuencia, el amor sí. Pero la amistad, y sobre todo la amistad de hermanos, no. Puede prescindir de la frecuencia. En cambio el amor, no. El amor está lleno de ansiedades, de dudas, un día de ausencia puede ser terrible. " Lo dice tan lindo, además. Con ese tono de voz tan apacible... Yo debería hablar así. Con menos histrionismo. 
En fin. El plan era el siguiente: Anotarme en un papel el mensaje para Julián, llamar, dejar el mensaje. Hice varios borradores, hasta que me decidí por uno. Por contenido y duración: “Hola, este es un mensaje para Julián, me dejaste un mensaje en el contestador a mí creyendo que era el de Gloria. O sea, ella no lo recibió. Ojalá ya hayan hablado, y si no,  llamala, porque como dice Borges, un día de ausencia en el amor puede ser terrible.”
Pero lo llamo y el hijo de puta me atiende. La concha de la lora. Con estos tipos no se puede prever nada. La puta madre. Ya no sé si Julián sea el mejor hombre para Gloria. Capaz Gloria necesite otra clase de persona a su lado. Una persona que marque bien su número, por ejemplo. Seguro que Julián no es cirujano. Creo que las mujeres como Gloria necesitan estar con un cirujano. Digo, no todas con el mismo cirujano. Sino que por cada mujer como Gloria debería haber un cirujano que las ame. Son más prácticos.
Corté. No estaba preparada para afrontar esa conversación. Y pensé, si llamo simultáneamente de mi teléfono y del celular, en alguno de ellos dos me va a atender directamente el contestador. El plan, ahora, era el siguiente: marcar primero del celular y marcar, con dos segundos de diferencia, desde mi teléfono de línea así desde ése le dejaba el mensaje que ya tenía redactado.
No sé bien qué fue lo que falló, pero terminé dejándole el mensaje no al contestador, sino a él, a su persona . Cuando me di cuenta de la estupidez que estaba cometiendo decidí no perder la concentración en el texto. Se lo leí a Julián, medio apurada pero tratando de imitar el tono de Borges. Julián no me interrumpió en ningún momento. Corté y volví a la cama.
Y me quedé dando vueltas en torno a otra cosa que menciona Borges en esa entrevista. Él cita una frase de Emily Dickinson, que dice algo así como que publicar no es parte esencial del destino de un escritor. Qué triste es esa frase. Seguro la idea de ella era el consuelo, pero el consuelo siempre aparece después de lo penoso. Capaz Julián no sea parte esencial del destino de Gloria. O viceversa. Y capaz el amor no sea parte esencial de mi destino a pesar de ser una romántica.

Por Maite Pil. 

jueves, 21 de junio de 2012

Tan pez

Por Flor Bea

Si no escribo me ahogo, pensé; y si pensarlo saqué la computadora en el aeropuerto y empecé a escribir.
Los aeropuesrtos son lugares nefastos. Nunca me sentí completamente feliz en un aeropuerto, ni siquiera las pocas veces que viajé acompañada. He arribado a aeropuertos con el alma destrozada; pero también he llegado a algunos con ansiedad y entusiasmo por alcanzar ese lugar soñado y, sin embargo, ni en esas ocasiones fui la más feliz. Sin contar que parecen una gran maqueta. Que están llenos de gente pero yo no conozco a nadie. Que muchos ríen y comen y yo no quiero consumir en un patio de comidas y tampoco tengo con quién reír. Que casi siempre viajo sola…
Viajar sola tiene sus inmensas ventajas. Te da la posibilidad de conocer mucha gente y de conseguir muchas cosas gratis. Te da la posibilidad de enamorarte aunque sea fugazmente. Te la la posibilidad de fantasear con historias de amor que por fin protagonices…
Pero las valijas pesan y el cambio horario te deja más estúpida que sexy y entonces ya no conquistás a nadie. Sin contar que te bañarías porque ya pasaron doce horas desde que te levantaste y no vas a alcanzar tu ciudad de origen hasta dentro de otras diez. Porque dicen que el mundo es chico, pero yo me levanté a las cuatro de la mañana del jueves (o sea, lo que alguien diría: en medio de la noche del miércoles) en un lugar del hemisferio norte donde estaba durmiendo, y no voy a llegar a Buenos Aires hasta las nueve de la mañana del día siguiente, o sea, viernes. Y el desodorante y la pasta de dientes dentro de la Ziploc. Y las medias sobre las que caminaste mientras te escañaban hasta las entrañas. Y las zapatillas que cargaste en la mano hasta darte cuenta de que van en los pies. Y el sueño.
Dicen, también, que los aviones son lugares ideales para conocer a alguien. Después de cargar la mochila de mochilero en la espalda, creyendo que me hacía una mujer interesante pero en realidad me hacía caminar como un pato, tengo esperanzas de que en el asiento de al lado me toque un gringo de esos que parecen salidos de una película indie de este país (Hollywood no miro, perdón). Pero seguro que me toca una mamá de pelo castaño y nariz gorda con su precioso niño de tres años sobre quien sus compañeros de fila en el avión van a hablar todo el santo viaje. Sí, sin dudas que el niño podría ser un perfecto candidato pero si tuviera treinta años más por lo menos. Y ella… si no tuviera la nariz gorda y un hijo, lo consideraría (nunca me gustaron las mujeres que en la punta de la nariz tienen mucha carne, ni las que tienen tanto pelo en las cejas, quiero decir de paso, que se me perdone por esto).
Pero es jueves (¿es jueves?) y yo siento una inmensa pena. Tan inmensa como el país que visité aunque mucho más inmensa que él, porque yo me fui de ese país y la pena se vino conmigo (¡maldita pena!).
Pena por esta maldita soledad que tanto se hincha en los aeropuertos, esos nefastos lugares que quedan en un lugar que puede que nunca conozcas por más de que estés en él, y del cual sabés la hora pero no terminás de entenderlo, y sabés la temperatura pero nunca llegás a sentirla porque, aunque dicen que quien viaja es como un pájaro al viento, estás más encerrada que nunca en ese lugar tan, tan… link y de libertad, esta especie de pecera para seres sin aletas pero con maletas, no tiene casi nada.
¿O acaso pudiste elegir qué comer? Sí, entre cuatro o cinco cadenas de comida rápida. Y seguro que te hicieron creer que estabas eligiendo. Pero como encima de males la comida chatarra está rica, más menos la disfrutás mirando por los ventanales de vidrio y por un minutos dudás de si acaso vos no estarás en el lugar perfecto de este mundo, siendo libre y feliz, mirando tiburones que nadan en un océano tan celeste... No, son máquinas y se llaman aviones, te lo recuerdo.
Y entonces caigo en la cuenta no de las horas reales que ya llevo levantada, sino de que en breve voy a estar yo dentro de uno de esos aviones alejándome aún más del lugar que ya dejé, por elección no por obliagación, pero que tanto me gustaba, y entiendo, por fin entiendo, por qué los aeropuertos son lugares tan nefastos y me hacen sentir tan sola, tan pez.